Leandro jamás creyó que Inés fuera su hija. Su esposa, Verónica, trabajaba en una tienda. Se rumoreaba en el barrio que, a menudo, se encerraba en el almacén con hombres ajenos. Por eso, Leandro nunca aceptó que la menuda Inés fuera suya. Nunca le cogió cariño. La única persona que la apoyó fue su abuelo, que además le dejó en herencia la casa familiar.
A la pequeña Inés solo su abuelo la quería
Desde niña, Inés caía enferma con frecuencia. Era frágil y muy bajita. Ni en mi familia ni en la tuya hay nadie tan menuda, solía decir Leandro. Y esta niña es del tamaño de un tapón de bota. Con el paso de los años, el desamor de su padre fue contagiándose también a su madre.
Pero hubo una persona que quiso de verdad a Inés: el abuelo Mateo. Su casa estaba en las afueras del pueblo, justo al borde del bosque. Mateo pasó toda su vida trabajando como guarda forestal. Incluso ya jubilado, visitaba casi a diario el monte. Recogía bayas, hierbas medicinales y, en invierno, alimentaba a los animales. Algunos en el pueblo decían que Mateo era un poco raro, incluso le tenían respeto, porque a veces pronunciaba advertencias y luego se cumplían. Sin embargo, acudían siempre a él cuando necesitaban remedios y tisanas.
El consuelo de Mateo fue el bosque y su nieta, pues su mujer falleció hacía mucho. Cuando la niña empezó a ir al colegio, pasó más tiempo en la casa del abuelo que en la propia. Mateo le enseñaba las propiedades de plantas y raíces. Inés aprendía rápido. Cuando alguien le preguntaba qué quería ser de mayor, respondía: Voy a curar a la gente. Pero su madre le decía que no tenía dinero para sus estudios. En cambio, el abuelo la animaba; le aseguraba que no era pobre, que si tocaba, hasta vendería la vaca si hacía falta.
Le dejó en herencia la casa y le deseó buena ventura
Verónica, la hija de Mateo, apenas lo visitaba. Pero un día apareció en su puerta pidiéndole dinero porque su hijo, Andrés, había perdido una fuerte suma jugando a las cartas en la capital. Le dieron una paliza y le amenazaron con que debía conseguir el dinero como fuera.
¿Sólo vienes cuando te aprieta el zapato?, le dijo Mateo. Años sin aparecerte por aquí. Y le negó la ayuda: No pienso pagar las deudas de Andrés. Mi deber es con mi nieta.
Verónica se marchó echando humo. ¡No quiero volveros a ver más! ¡No tengo ni padre ni hija!, gritó, saliendo corriendo de la casa. Cuando Inés logró entrar en la Escuela de Enfermería, su madre y su padre no le dieron ni un céntimo. Solo Mateo la ayudó. También le sirvió la beca, ya que Inés era buena estudiante.
Poco antes de que finalizara los estudios, Mateo enfermó. Sintiéndose cerca del final, llamó a su nieta y le dijo que le dejaba la casa en herencia. Le aconsejó que buscara un trabajo en la ciudad, pero que nunca olvidase la casa: Mientras aquí haya calor humano, la casa vivirá. En invierno, debes encender siempre la chimenea. No tengas miedo de quedarte aquí sola. Aquí te encontrará la buena suerte, predijo Mateo. Serás feliz, hija. Por lo visto, algo intuía.
La premonición de Mateo se cumplió
Mateo falleció en otoño. Inés empezó a trabajar como enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana los pasaba en la casa del abuelo. Encendía la chimenea siempre que hacía frío. Mateo había dejado leña suficiente para todo el invierno. El pronóstico apuntaba a mal tiempo. Y a Inés le quedaba ese fin de semana largo. No le apetecía quedarse en la habitación que alquilaba en casa de unos parientes mayores de una compañera.
Esa tarde llegó al pueblo. Durante la noche se desató una ventisca. Al amanecer, el viento había amainado, pero la nieve seguía cayendo y cubrió todo el camino. Unos golpes en la puerta sorprendieron a Inés. Abrió. Frente al umbral estaba un joven desconocido. Buenos días. ¿Tendría una pala? He quedado atascado con el coche justo delante de su casa, pidió él. La tiene allí, junto al porche. ¿Le ayudo?, respondió Inés. El muchacho, alto y fornido, la miró con una sonrisa burlona: Sería el colmo que nos quedáramos los dos enterrados en la nieve.
El hombre manejó la pala con destreza, arrancó el coche, pero a los pocos metros volvió a quedarse atascado. Inés le invitó a entrar y tomar un té caliente. Con suerte, pensó, la ventisca acabaría pronto y la carretera estaría despejada, ya que al fin y al cabo tampoco era un lugar tan aislado, y por ahí pasaban muchos coches.
El desconocido, tras vacilar, aceptó y entró en la casa. ¿No le da miedo vivir sola en las afueras?, le preguntó. Ella le explicó que solo iba los fines de semana, que trabajaba en la ciudad, y estaba pensando en cómo salir el lunes, porque quizá no llegara el autobús. El muchacho, que se llamaba Santiago, le ofreció acompañarla, ya que él también debía volver al centro de la comarca, donde vivía. Inés aceptó.
Una tarde, saliendo del hospital, Inés decidió volver a casa andando. Y allí la sorprendió Santiago, que la estaba esperando. Debe de ser que tu infusión de hierbas tenía algún hechizo, bromeó. Me ha entrado muchas ganas de verte de nuevo… y de tomar otro té, si puede ser.
Nunca tuvieron boda; Inés no lo quiso. Al principio, Santiago insistió, pero luego cedió. Sin embargo, su amor fue auténtico. Inés comprobó que no solo en los libros se cuenta cómo los hombres llevan en volandas a sus mujeres. Cuando nació su primer hijo, todos en el hospital se asombraban de la fortaleza del bebé considerando la delicadeza de Inés. Cuando le preguntaron cómo se llamaría el niño, ella respondió: Se llamará Mateo, en honor a una gran persona.







