Maxim guardaba en su interior el pesar de haber decidido divorciarse demasiado rápido. Los hombres sabios convierten a sus amantes en una fiesta, pero él la convirtió en esposa. El ánimo elevado de don Maximiliano desapareció en cuanto aparcó el coche y entró en el portal. En casa le esperaba lo previsible: las zapatillas listas en la entrada, el aroma apetitoso de la cena, la limpieza y flores frescas en el jarrón. Nada le conmovía: su esposa estaba en casa, ¿qué otra cosa puede hacer una mujer madura durante el día? Hornear empanadas y tejer calcetines. Lo de los calcetines era una exageración, claro. Pero lo importante era la esencia. Marina salió como siempre a recibirle con una sonrisa: —¿Cansado? Hoy he hecho empanadas —de col, de manzana, como a ti te gustan… Pero se calló bajo la mirada cargada de Maximiliano. Allí estaba, con su traje cómodo de pantalón para estar por casa, el pelo recogido bajo un pañuelo: siempre cocinaba así. La costumbre profesional de recoger el cabello; toda su vida trabajó como cocinera. Los ojos algo delineados, los labios con brillo. También era costumbre, pero ahora, a los ojos de Maximiliano, eso le parecía vulgar. ¡Qué manía de colorear la vejez! Quizá no debió responderle tan bruscamente, pero soltó: —¡El maquillaje a tu edad es un sinsentido! No te queda bien. Los labios de Marina temblaron, guardó silencio y, además, no preparó la mesa para él. Mejor así. Los empanadas bajo el paño, el té listo: sabría apañarse solo. Tras la ducha y la cena, la amabilidad volvió a él, junto con los recuerdos del día. Maximiliano, envuelto en su albornoz favorito, se acomodó en su sillón de siempre e hizo como que leía. Le vino a la memoria lo que dijo aquella nueva compañera: —Usted es todo un señor atractivo, además de interesante. Maximiliano tenía 56 años y dirigía el departamento jurídico de una gran empresa. A sus órdenes estaban un recién graduado y tres mujeres de más de cuarenta. Otra compañera se había ido de baja maternal; en su lugar contrataron a Asunción. En el momento de la contratación, Maximiliano estaba de viaje y hoy vio a la mujer por primera vez. La invitó a su despacho para conocerla. Ella entró seguida de un aroma sutil de perfume y una sensación de frescura joven. El óvalo de su rostro delicado enmarcado por rizos rubios, ojos azules seguros. Labios carnosos, lunar en la mejilla. ¿En serio tenía treinta? No le hubiera echado ni veinticinco. Divorciada, madre de un hijo de ocho años. Sin saber por qué, pensó: “Bien”. Charlando con la recién llegada, Maximiliano flirteó un poco, diciendo que ahora tendría un jefe viejo. Asunción batió sus largas pestañas y replicó con unas palabras que le agitaron y que ahora recordaba. Su esposa, que ya se había recuperado del enfado, apareció junto al sillón con el té de manzanilla de cada noche. Arrugó el ceño: “Siempre, cuando menos conviene”. Pero lo aceptó con gusto. De pronto se preguntó qué estaría haciendo esa joven y guapa Asunción. Su corazón recibió una punzada de un sentimiento casi olvidado: los celos. **** Tras el trabajo, Asunción pasó por el supermercado. Queso, pan, un poco de kéfir para la cena. Llegó a casa con ánimo neutro pero sin sonrisa. Abrazó a su hijo Vasile más por rutina que con ternura. El padre trasteaba en la galería, donde tenía su taller, la madre preparaba la cena. Dejó las compras y anunció que le dolía la cabeza, que no la molestaran. En realidad, estaba melancólica. Desde que se divorció del padre de Vasile, Asunción vivía frustrada en vanos intentos de convertirse en la mujer principal de la vida de algún hombre. Todos los dignos estaban bien casados y buscaban algo fácil. El último, compañero de trabajo, parecía muy enamorado. Dos años intensos. Hasta le alquiló un piso (más por comodidad propia), pero cuando las cosas se complicaron, le exigió romper y dejar el trabajo. Incluso le buscó otro puesto. Y ahora Asunción volvía a vivir con padres e hijo. La madre la compadecía en lo femenino, el padre creía que el niño debía crecer al menos con su madre, no sólo con los abuelos. Marina, esposa de Maximiliano, llevaba tiempo notando que él sufría una crisis de edad. Lo tenía todo, salvo lo principal. Temía imaginar qué sería lo principal para su marido. Buscaba suavizar la situación. Cocinaba lo que él adoraba, siempre estaba arreglada, no se metía en conversaciones profundas, aunque a ella sí le hacían falta. Trataba de animarle con el nieto, la casa de campo. Pero Maximiliano se aburría, se ensombrecía. Quizá por el deseo de ambos de cambiar de vida, el romance entre Maximiliano y Asunción empezó de inmediato. A las dos semanas de su llegada a la empresa, él la invitó a comer y la llevó a casa. Le tocó la mano, ella le devolvió la mirada con la cara sonrojada. —No quiero despedirme. ¿Nos vamos a mi chalet? —dijo Maximiliano ronco. Asunción asintió y el coche salió disparado. Los viernes, él salía del trabajo una hora antes, pero sólo a las nueve de la noche, su preocupada esposa recibió un mensaje: “Mañana hablamos”. Maximiliano ni imaginaba lo certero de su mensaje sobre la próxima e innecesaria conversación. Marina sabía que tras 32 años de matrimonio es imposible arder como antes. Pero su marido era tan esencial que perderlo sería como perder un trozo de sí misma. Aunque frunciera el ceño, refunfuñara o hiciera tonterías de hombre, seguía allí, en su sillón, cenando y respirando a su lado. Buscando palabras capaces de frenar el derrumbe (sólo suyo, al final), Marina pasó la noche en vela. Quizá por desesperación, sacó el álbum de boda, con ellos jóvenes y el mundo por delante. ¡Qué bella fue! Muchos soñaban llamarla esposa. Él debía recordarlo. Pensó que, si volvía y veía aquellos fragmentos de felicidad, comprendería que no todo es desechable. Pero él no regresó hasta el domingo, y Marina supo que todo había acabado. Ante ella estaba otro Maximiliano. Parecía que la adrenalina le desbordaba. Incómodo, avergonzado no estaba. A diferencia de su esposa, que temía los cambios, él los quería y los aceptó dispuesto. Incluso los había planeado. Hablaba con tono que no permitía réplica. Desde ese momento, Marina podría considerarse libre. Él pediría el divorcio al día siguiente. El hijo con su familia se mudaría con Marina. Todo según la ley. De hecho, el piso de dos habitaciones donde vivía el hijo pertenecía a Maximiliano por herencia. El traslado a un piso de tres habitaciones, con la madre, no perjudicaría la vida de la joven familia, y además ella tendría a quien cuidar. El coche, desde luego, para él. Y respecto a la casa de campo, reservaba su derecho a pasar ahí estancias. Marina sabía que parecía patética y poco atractiva, pero no pudo contener las lágrimas. Le dificultaban hablar, sólo salían palabras ininteligibles. Le rogó que se detuviera, que apelara a los recuerdos, que pensara en la salud, al menos la suya… Eso enfureció aún más a Maximiliano. Se acercó y casi susurró gritándole: —¡No me arrastres a tu vejez! Sería ingenuo decir que Asunción amaba a Maximiliano cuando aceptó su propuesta de matrimonio, la primera noche en el chalet. Le atraía la posición de esposa, y más aún la respuesta al amante que la había abandonado. Le cansaba vivir en el piso donde mandaba su padre de ideas estrictas. Quería un futuro estable. Todo eso podía dárselo Maximiliano. No era mal partido, admitía. A pesar de los casi sesenta, no aparentaba abuelismo. Atlético, juvenil. Jefe de departamento. Listo y agradable. Y en la cama, atento, no egoísta. Le gustaba no tener piso alquilado, ni apuros de dinero ni robos. ¿Sólo ventajas? Bueno, dudaba por la edad. Al cabo de un año, el desencanto empezó a crecer en Asunción. Se sentía aún jovencísima, quería vivir experiencias. Regulares, no una vez al año y no formales. Le gustaban los conciertos, anhelaba un día en el parque acuático, le chiflaba tomar el sol en bikini, salir con amigas. Por juventud y carácter, lo compaginaba con la casa y la familia. Ni su hijo, ahora viviendo juntos, le impedía vivir activamente. Pero Maximiliano empezaba a acusar la edad. Un jurista experimentado, resolvía mil cosas al día, pero en casa era, por decirlo suave, un hombre cansado que buscaba silencio y respeto a sus rutinas. Invitados, teatro y playa, sólo de vez en cuando. No negaba el sexo, pero enseguida quería dormir, aunque fueran las nueve. Y su estómago delicado, intolerante al frito, embutidos, precocinados industriales. Su ex mujer lo había malacostumbrado, claro. A veces era nostálgico hasta con sus platos al vapor. Asunción cocinaba pensando en su hijo, no entendía cómo unas hamburguesas de cerdo podían doler el costado. No era de las de tener a mano una lista de medicinas, creía que un hombre adulto podía comprar las pastillas y recordar cuándo tomarlas. Así que parte de su vida empezó a transcurrir sin él. Salía con su hijo, buscaba sus intereses, se juntaba con amigas. Curiosamente, la edad del marido parecía impulsarle a vivir deprisa. No trabajaban juntos ya: la dirección lo veía poco ético y Asunción se pasó a una notaría. Respiró aliviada de no pasar días bajo la mirada del marido, que le recordaba a su padre. Respeto, eso era lo que sentía por Maximiliano. ¿Es suficiente para que una pareja sea feliz? Se acercaba el 60 cumpleaños de Maximiliano y ella soñaba con una gran fiesta. Pero él reservó mesa en un pequeño restaurante conocido, donde había ido muchas veces. Parecía aburrido, algo natural a su edad. Asunción no se preocupó. Le felicitaban los colegas. Invitar a las parejas antiguas que conoció con Marina sería incómodo. Familia, lejos; además, no fue comprendido al casarse con una jovencita. Su hijo ya no le hablaba. Renegó de él. Pero ¿acaso no tiene un padre derecho a elegir su vida? Aunque casándose, pensó en un “elegir” muy distinto. El primer año con Asunción fue una luna de miel. Le encantaba salir con ella, consentía moderadamente sus gastos, amigas, afición al fitness. Soportaba bien los conciertos y películas excéntricas. En ese ambiente, hizo a Asunción y su hijo dueños de su piso. Al poco, le firmó una donación de su parte del chalet que compartía con su ex. Asunción, tras su espalda, pidió a Marina que le vendiera su mitad. Amenazó con vender su porción a cualquier desconocido. Al final, la compró con dinero de Maximiliano y la casa de campo quedó para ella. Argumentaba que allí había río y bosque, ideal para su hijo. Ahora, en verano, vivían allí los padres de Asunción y el nieto. En cierto modo, mejor: Maximiliano no disfrutaba del inquieto hijo de su joven esposa. Se casó por amor, no para criar hijos ajenos y ruidosos. La familia anterior se ofendió. Con el dinero vendido su piso de tres habitaciones y se dispersaron. El hijo, con su familia, halló un piso de dos habitaciones y Marina se trasladó a un estudio. Cómo vivían, Maximiliano no se interesó. Llegó el día de los sesenta. Tantos le desean salud, felicidad, amor. Pero él no sentía euforia. Hace tiempo. Cada año dominaba la insatisfacción conocida. A su joven esposa, sin duda, la quería. Pero no podía seguirle el ritmo. Y someterla, dominarla, no había modo. Ella sonreía y vivía a su aire. No se excedía, lo notaba, pero eso le inquietaba. ¡Ay, si pudiera meter en ella el alma de su ex esposa! Que viniese con el té de manzanilla, le tapara con la manta si se dormía. Maximiliano pasearía encantado con ella por el parque. Susurraría por las noches en la cocina, pero Asunción no aguantaba sus largas conversaciones. Y empezaba a aburrirse en la cama. Él se ponía nervioso y eso lo empeoraba. Maximiliano guardaba dentro el pesar de haberse apresurado al divorcio. Los hombres sabios convierten a las amantes en una fiesta, pero él la hizo esposa. Asunción, con ese temperamento, se mantendrá al trote al menos una década. Pero pasada la cuarentena, seguirá siendo mucho más joven. Esa brecha sólo se agrandará. Si hay suerte, acabará todo en un instante. ¿Y si no? Esos “pensamientos no de cumpleaños” le apuñalaban las sienes, aceleraban el corazón. Buscó a Asunción con la mirada —estaba entre los que bailaban. Guapa, con los ojos brillantes. Sí, da gusto despertarse a su lado cada día. Aprovechó, salió del restaurante. Quería aire fresco. Pero se le acercaron los colegas. Sin saber qué hacer con la angustia creciente, saltó al taxi aparcado y pidió ir rápido. Más tarde pensaría a dónde. Quería ir donde él importara. Donde bastara llegar y que le esperasen. Que valorasen el tiempo juntos y pudiera relajarse, sin miedo a parecer débil o —Dios no lo quiera— viejo. Llamó a su hijo y, casi suplicando, pidió la nueva dirección de su ex esposa. Escuchó la merecida respuesta ofendida, pero insistió, repitiendo que era cuestión de vida o m…uerte. Le dijo que era su cumpleaños, al fin y al cabo. El hijo se suavizó y advirtió que podía no estar sola. Nada de pareja. Sólo un amigo. —Mamá dijo que estudiaron juntos. Tiene un apellido curioso… Creo que es Bollero. —Bolquevich —corrigió Maximiliano, sintiendo celos. Sí, estuvo enamorado de ella. Era muy popular entonces. Bonita, rebelde. Iba a casarse con ese Bolquevich, pero él, Maximiliano, se la quitó. Fue hace mucho, pero se siente más real que su nueva vida con Asunción. El hijo preguntó: —¿Para qué quieres saberlo, papá? Maximiliano se estremeció ante la olvidada palabra y supo que los echaba de menos a todos. Respondió sinceramente: —No lo sé, hijo. El hijo le dictó la dirección. El taxista paró. Maximiliano bajó, no quería hablar con Marina delante de testigos. Miró la hora —casi las nueve, pero ella era una noctámbula, y para él, un ruiseñor. Llamó al portero. Pero no contestó su ex esposa, sino una voz masculina cansada. Dijo que Marina estaba ocupada. —¿Le pasa algo? ¿Está bien? —preguntó Maximiliano ansioso. La voz exigió saber quién era. —¡Soy su marido, para variar! Usted debe ser don Bolquevich —gritó Maximiliano. El otro le corrigió: marido, sí, pero ex, y por tanto no tiene derecho a molestar a Marina. No le explicó que la amiga estaba en el baño. —¿La vieja pasión nunca muere? —preguntó Maximiliano con sarcasmo celoso, anticipando larga discusión con Bolquevich. Pero el otro contestó breve: —No, se vuelve plateada. No le abrió la puerta…

Te cuento, tía, lo que le pasó a Maximiliano, aunque lo que más tiene es nombre de personaje de novela, pero bueno El hombre llevaba tiempo arrastrando esa espinita de que, quizás, fue demasiado rápido con la separación. Dicen que los hombres sabios convierten a las amantes en días festivos, y él, en cambio, hizo de su amante su esposa.

El ánimo festivo de Maximiliano se fue en cuanto aparcó su coche cerca de su portal en Alcalá de Henares. Subió a casa y allí estaba lo de siempre: zapatillas de las de toda la vida para entrar, el olor de una cena agradable, la casa impecable y flores frescas en el jarrón.

Nada le conmovió: la esposa en casa, qué otra cosa puede hacer una mujer mayor durante el día Cocinar empanadas, tejer bufandas. Lo de las bufandas es una exageración, claro, pero tú me entiendes.

María, su esposa, salió de la cocina como siempre, con la sonrisa de quien se sabe el guion:

¿Vienes cansado, amor? He hecho empanadas, de repollo y de manzana, justo como te gustan

Ella se quedó callada ante la mirada seria de Maximiliano. Llevaba su traje cómodo de casa, el pelo recogido bajo el pañuelo, como siempre cuando cocina. Costumbre profesional: toda la vida había trabajado como cocinera. Sus ojos pintados con un poco de eyeliner y un brillo discreto en los labios. Otra costumbre que, en ese momento, a Maximiliano le pareció demasiado, ¿sabes? Como si tratara de disfrazar su edad.

Y, aunque no era para ser tan brusco, le soltó:

El maquillaje a tu edad es un despropósito, María. Te queda fatal.

A ella se le frunció la boca, no dijo nada y tampoco fue a ponerle la mesa. Mejor. Las empanadas bajo el paño, el té preparado Se las apaña solo.

Tras la ducha y la cena, el buen humor volvió, medio por inercia, junto con recuerdos del día. Maximiliano, con su bata favorita, se acomodó en su sillón, fingiendo leer. Le vino a la cabeza lo que le dijo la nueva colega del despacho:

Usted es un hombre muy atractivo, y además interesante.

A sus 56 años, era jefe del departamento legal de una firma grande de Madrid. Tenía a su cargo a una jovenzuela recién salida de la Complutense y tres mujeres mayores de cuarenta. Otra compañera había entrado en baja maternal y, en su lugar, contrataron a Alicia.

Justo la primera vez que la vio fue aquel día, porque él estuvo de viaje cuando la ficharon.

La llamó a su despacho para conocerla. Con ella llegó el aroma de un perfume ligero, ese frescor juvenil que hace que todo el mundo se gire a mirarla. Cara delicada, rizos rubios, ojos azules y seguros. Labios jugosos y un lunar en la mejilla ¿Treinta años? Él le habría echado veinticinco.

Divorciada, madre de un hijo de ocho años. Y sin saber por qué, pensó para sí: Bien.

Charlando con Alicia, tonteó un poco, le soltó que ahora su jefa iba a ser un vejete como él. Ella pestañeó divertido y le contestó la frase que ahora Maximiliano no podía sacarse de la cabeza.

María, tras superar el berrinche, apareció con la infusión de manzanilla, como cada noche. Él frunció el ceño: Siempre fuera de lugar. Pero la bebió encantado, no te voy a engañar. De pronto le dio por pensar: ¿Qué estará haciendo ahora Alicia, esa chica tan guapa y joven? Y en su pecho punzó una sensación olvidada: celos.

****
Alicia, después del curro, hizo una compra rápida en Mercadona: queso, pan, un poco de kefir para cenar. Llegó a casa seria, sin sonrisa. Abrazó casi por costumbre a su hijo Basilio, que salió corriendo a recibirla.

Su padre trasteaba en la terraza, que era su taller improvisado, y su madre preparaba la cena. Alicia dejó las bolsas y anunció de entrada que tenía migraña, que nadie la molestara. Pero, en realidad, estaba triste.

Alicia lleva tiempo sintiéndose a la sombra, desde el divorcio de Basilio padre. Ninguno de los hombres que ha conocido después está dispuesto a apostar por ella de verdad: todos bien casados y queriendo historias de paso.

El último parecía enamorado, compañero de trabajo y todo, dos años intensos. Hasta le alquiló piso (en realidad, para su propia comodidad), pero cuando la cosa se puso seria, le exigió que dejaran de verse y que ella se cambiara de empresa.

Ahora vivía otra vez con sus padres y Basilio hijo. Su madre la arropaba con cariño, su padre creía que al menos el chaval tendría a la madre cerca, no sólo a los abuelos.

María, la mujer de Maximiliano, había notado que su marido pasaba por una crisis de edad. Aunque en casa nada faltaba, lo esencial parecía ausente. Le asustaba pensar qué sería lo esencial para su esposo, pero hacía lo que podía: cocinaba sus platos favoritos, se cuidaba, no forzaba conversaciones profundas aunque a ella le hacían falta.

Intentó distraerlo con el nieto, el huerto, pero Maximiliano estaba aburrido, sombrío.

Por eso, tal vez, el romance entre Alicia y Maximiliano se desató enseguida. Dos semanas después de que ella entrara en la empresa, él la invitó a comer y la llevó a casa.

Le tocó la mano, ella se giró con la cara sonrosada.

No quiero irme, ¿vamos a mi casa de campo? le dijo Maximiliano, con la voz grave. Alicia asintió y arrancaron.

Los viernes él salía una hora antes del trabajo, pero a las nueve de la noche, María recibió un escueto mensaje: Mañana hablamos.

Maximiliano ni se imaginaba lo acertado de la frase. María entendía que, después de 32 años, uno no arde igual en los amores. Pero su marido era tan esencial para ella, que perderlo era como perder un trozo de sí misma. Que frunza el ceño, que murmure, incluso que se comporte como sólo hacen los hombres al llegar a cierta edad, pero seguía siendo el de siempre, cenando en su silla al lado de ella.

María, buscando qué palabras podían detener la ruina de su vida (más bien de la suya), no pegó ojo.

Sacó el álbum de bodas, donde eran jóvenes y todo por delante. ¡Qué guapa era! Muchos hubieran querido llamarla mi mujer. Quería que su esposo lo recordara. Pensó que, al verlo, él entendería que no todo puede desecharse así.

Pero regresó sólo el domingo. Era otro Maximiliano: el subidón de adrenalina le llenaba hasta las orejas. No había timidez, ni vergüenza.

Él sí quería el cambio casi lo había planeado. Hablaba con un tono tajante.

Desde entonces, María podía considerarse libre. El divorcio lo pediría él, al día siguiente. Su hijo con familia debería mudarse con ella. Todo legal. La vivienda del hijo pasaría a María. El coche, para él. Y la finca, se reservaba el derecho a usarla cuando quisiera.

María se sentía patética y fea, pero no pudo evitar llorar. Las lágrimas no la dejaban hablar y tampoco podía expresar bien lo que sentía. Le suplicó que parara, que recurriera a la memoria, que pensara en su salud, aunque fuera sólo la propia Eso le enfureció. Se acercó y murmuró, entre dientes:

¡No me arrastres contigo a tu vejez!

Sería ingenuo decir que Alicia amaba a Maximiliano. Por eso aceptó su propuesta de matrimonio después de la primera noche juntos, en la casa de campo.

Ser la esposa le apetecía, y le calentaba el corazón pensar en aquel amante que la había rechazado antes.

Estaba harta de vivir en casa bajo el dominio del padre, con sus normas estrictas. Quería seguridad, futuro. Todo eso se lo daba Maximiliano, que, para sus 56, no parecía un abuelo, más bien era atractivo y conservaba su energía. Jefe de departamento, listo y agradable. Incluso en la cama era generoso y apasionado, nada egoísta. Le convencía que no habría pisos alquilados, ni agobios económicos, ni robos. ¿Todo ventajas? Bueno le dudaba lo de la edad.

Pero al año, el desencanto fue creciendo. Alicia se sentía joven, quería disfrutar la vida cada día, no una vez al año y con respeto. Le encantaban los conciertos, el parque acuático, tomar el sol en la playa con bikini atrevido y reuniones de amigas.

Con energía y juventud, podía combinar todo eso con la familia. Incluso con el hijo ya viviendo con ellos, el ritmo seguía igual.

Pero Maximiliano se venía abajo. En el despacho resolvía cosas en minutos, pero en casa a ella le tocaba el marido cansado, que sólo quería silencio y que respetaran sus rutinas. Aceptaba visitas, teatro, playa pero a cuentagotas.

No le decía no a lo íntimo, pero entonces a dormir, aunque fueran las nueve de la noche.

Y encima, había que tener ojo con su estómago: nada frito, ni embutido, ni precocinados. Su exmujer lo había consentido demasiado.

Hasta echaba de menos sus guisos al vapor. Alicia cocinaba pensando en Basilio, su hijo, sin entender cómo podía dolerle un costado por unas croquetas de cerdo.

Nunca recordaba las pastillas necesarias, creía que era cosa de adultos ocuparse de eso. Así, poco a poco, la vida de Alicia empezó a separarse de la de Maximiliano.

Se llevaba al niño de compañero, quedaba con amigas. Curiosamente, la edad de su marido la empujaba a vivir más rápido.

Ya no trabajaban juntos la dirección lo veía poco ético y Alicia se fue a una notaría. Respiró aliviada: ya no tendría que estar todo el día bajo la mirada de su marido, que a veces le recordaba a su padre.

Respeto, eso era lo que sentía por Maximiliano. ¿Bastaba con eso para que fueran felices como pareja?

En vísperas de los 60 de Maximiliano, a ella le apetecía montar una fiesta por todo lo alto. Pero él reservó mesa en un restaurante discreto del centro, el de siempre. Parecía aburrido, pero era lo normal a su edad. Alicia ni se preocupó.

Brindaron familia y colegas. Las parejas con las que antes salía con María ya no eran bienvenidas. Su familia estaba lejos o ni le dirigía la palabra tras casarse con una joven.

Su hijo prácticamente lo borró de su vida. Pero bueno, ¿acaso no tiene derecho un padre a decidir sobre su vida? Aunque se imaginó el decidir de otra manera.

El primer año con Alicia fue casi como una luna de miel. Le encantaba presumir de esposa joven, le dejaba gastar (sin excesos), llegaban las amigas, los entrenamientos Aguantaba conciertos y películas locas. En esa racha, Maximiliano cedió la mitad del piso donde vivían y, al poco tiempo, le dio la mitad de la finca que tenía con María.

Alicia, por detrás, presionó a María para que le vendiera su parte. Amenazaba con vender la suya a cualquiera.

Con dinero de Maximiliano, claro, y acabó la finca a nombre de Alicia. Es bueno para el niño, río y bosque cerca. Los padres de Alicia pasaban el verano ahí con Basilio. Y bien, porque Maximiliano no era muy fan del chaval inquieto de su joven esposa. Se casó por amor, no para criar hijos ajenos y, encima, ruidosos.

La exfamilia se sintió ofendida. Con la venta de la vivienda, se separaron en distintos pisos. El hijo con familia en un piso pequeño; María en una mini-estudio. De ellos, nada quiso saber Maximiliano.

Y llegado el cumpleaños de los sesenta, mucha gente le deseaba salud y amor. Pero él no lo sentía. Ya sólo quedaba insatisfacción.

Quería mucho a su joven esposa, sin duda. Pero no podía seguirle el ritmo. Y controlarla no funcionaba: ella sonreía y hacía su vida. Nada de locuras, lo sabía, pero le fastidiaba.

¡Ay, si pudiera meterle el alma de María en el cuerpo de Alicia! Para que se acercara con la manzanilla, lo tapara si se dormía, paseara despacito por el Retiro, y charlara en la cocina por las noches pero Alicia no soportaba charlas largas y, parece, se aburría en la cama. Y él se ponía nervioso, lo que tampoco ayudaba.

Maximiliano se guardaba, sin decir nada, el pesar de haberse precipitado. Los tipos listos disfrutan a sus amantes como días de fiesta, pero él la convirtió en señora de la casa.

Alicia, aún con su chispa, podría estar diez años jugando a la jovencita, pero aún mayor le sacaría años Una distancia que no se cierra. Con suerte, pensó, todo termina en un cerrar de ojos. ¿Y si no?

Existía esa noche una nube en su cabeza, latía y le apretaba el pecho. Buscó a Alicia con la mirada: estaba bailando, guapísima, los ojos brillando. Es una suerte despertarse y verla a tu lado, claro.

Aprovechó la ocasión y salió del restaurante. Quería airearse, despejar la tristeza. Pero, al momento, lo siguieron algunos compañeros y amigos. Sin saber cómo quitarse esa incomodidad, saltó a un taxi parado y pidió que arrancara rápido. Luego ya diré hacia dónde.

Quería ir a un sitio donde sólo importara él, donde le esperaran de verdad. Donde se valora el tiempo contigo y puedes relajarte, sin el miedo de parecer débil o, peor aún, viejo.

Llamó a su hijo y, casi suplicando, pidió la dirección nueva de la ex. Recibió la respuesta áspera que se merecía, pero insistió, repitiendo que era una cuestión de vida o muerte.

De paso, soltó que era su cumpleaños. El hijo se ablandó un poco y avisó de que su madre podía no estar sola. Nada de pareja; sólo un amigo.

Mamá dice que eran compañeros de clase. Un apellido raro Creo que era Bollón.

Bollo, será Bollón, corrigió Maximiliano, sintiendo los celos. ¡Cómo le gustaba a todos ella! Era guapa y valiente.

Iba a casarse con ese Bollón, pero él, Maximiliano, la conquistó. Hace ya mucho, aunque a veces parece más real que su vida actual con Alicia.

El hijo preguntó:

¿Para qué necesitas eso, papá?

Maximiliano se estremeció y se dio cuenta de cuánto extrañaba a todos. Respondió con sinceridad:

No lo sé, hijo.

El hijo le dictó la dirección. El taxista paró cuando él lo pidió. No quería hablar con María delante de nadie. Miró la hora: casi las nueve. Pero ella siempre fue noctámbula, aunque para él tuviera alma de madrugadora.

Marcó el portero.

Pero respondió una voz masculina y apagada. El hombre dijo que María estaba ocupada.

¿Está bien? ¿Le pasa algo? preguntó Maximiliano, preocupado. El hombre exigió saber quién era.

Soy el esposo, ¡por si te interesa! Y tú, imagino, eres Bollón gritó Maximiliano.

El otro, con cara de pocos amigos, contestó que Maximiliano ya no era nadie; no tenía derecho a molestar a María. No le pareció necesario explicar que ella estaba tomando un baño.

¿Ves cómo el amor viejo nunca se oxida? dijo Maximiliano, listo para pelearse con Bollón. Pero el otro respondió breve:

No, se vuelve plateado.

Nunca le abrieron la puerta.

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Maxim guardaba en su interior el pesar de haber decidido divorciarse demasiado rápido. Los hombres sabios convierten a sus amantes en una fiesta, pero él la convirtió en esposa. El ánimo elevado de don Maximiliano desapareció en cuanto aparcó el coche y entró en el portal. En casa le esperaba lo previsible: las zapatillas listas en la entrada, el aroma apetitoso de la cena, la limpieza y flores frescas en el jarrón. Nada le conmovía: su esposa estaba en casa, ¿qué otra cosa puede hacer una mujer madura durante el día? Hornear empanadas y tejer calcetines. Lo de los calcetines era una exageración, claro. Pero lo importante era la esencia. Marina salió como siempre a recibirle con una sonrisa: —¿Cansado? Hoy he hecho empanadas —de col, de manzana, como a ti te gustan… Pero se calló bajo la mirada cargada de Maximiliano. Allí estaba, con su traje cómodo de pantalón para estar por casa, el pelo recogido bajo un pañuelo: siempre cocinaba así. La costumbre profesional de recoger el cabello; toda su vida trabajó como cocinera. Los ojos algo delineados, los labios con brillo. También era costumbre, pero ahora, a los ojos de Maximiliano, eso le parecía vulgar. ¡Qué manía de colorear la vejez! Quizá no debió responderle tan bruscamente, pero soltó: —¡El maquillaje a tu edad es un sinsentido! No te queda bien. Los labios de Marina temblaron, guardó silencio y, además, no preparó la mesa para él. Mejor así. Los empanadas bajo el paño, el té listo: sabría apañarse solo. Tras la ducha y la cena, la amabilidad volvió a él, junto con los recuerdos del día. Maximiliano, envuelto en su albornoz favorito, se acomodó en su sillón de siempre e hizo como que leía. Le vino a la memoria lo que dijo aquella nueva compañera: —Usted es todo un señor atractivo, además de interesante. Maximiliano tenía 56 años y dirigía el departamento jurídico de una gran empresa. A sus órdenes estaban un recién graduado y tres mujeres de más de cuarenta. Otra compañera se había ido de baja maternal; en su lugar contrataron a Asunción. En el momento de la contratación, Maximiliano estaba de viaje y hoy vio a la mujer por primera vez. La invitó a su despacho para conocerla. Ella entró seguida de un aroma sutil de perfume y una sensación de frescura joven. El óvalo de su rostro delicado enmarcado por rizos rubios, ojos azules seguros. Labios carnosos, lunar en la mejilla. ¿En serio tenía treinta? No le hubiera echado ni veinticinco. Divorciada, madre de un hijo de ocho años. Sin saber por qué, pensó: “Bien”. Charlando con la recién llegada, Maximiliano flirteó un poco, diciendo que ahora tendría un jefe viejo. Asunción batió sus largas pestañas y replicó con unas palabras que le agitaron y que ahora recordaba. Su esposa, que ya se había recuperado del enfado, apareció junto al sillón con el té de manzanilla de cada noche. Arrugó el ceño: “Siempre, cuando menos conviene”. Pero lo aceptó con gusto. De pronto se preguntó qué estaría haciendo esa joven y guapa Asunción. Su corazón recibió una punzada de un sentimiento casi olvidado: los celos. **** Tras el trabajo, Asunción pasó por el supermercado. Queso, pan, un poco de kéfir para la cena. Llegó a casa con ánimo neutro pero sin sonrisa. Abrazó a su hijo Vasile más por rutina que con ternura. El padre trasteaba en la galería, donde tenía su taller, la madre preparaba la cena. Dejó las compras y anunció que le dolía la cabeza, que no la molestaran. En realidad, estaba melancólica. Desde que se divorció del padre de Vasile, Asunción vivía frustrada en vanos intentos de convertirse en la mujer principal de la vida de algún hombre. Todos los dignos estaban bien casados y buscaban algo fácil. El último, compañero de trabajo, parecía muy enamorado. Dos años intensos. Hasta le alquiló un piso (más por comodidad propia), pero cuando las cosas se complicaron, le exigió romper y dejar el trabajo. Incluso le buscó otro puesto. Y ahora Asunción volvía a vivir con padres e hijo. La madre la compadecía en lo femenino, el padre creía que el niño debía crecer al menos con su madre, no sólo con los abuelos. Marina, esposa de Maximiliano, llevaba tiempo notando que él sufría una crisis de edad. Lo tenía todo, salvo lo principal. Temía imaginar qué sería lo principal para su marido. Buscaba suavizar la situación. Cocinaba lo que él adoraba, siempre estaba arreglada, no se metía en conversaciones profundas, aunque a ella sí le hacían falta. Trataba de animarle con el nieto, la casa de campo. Pero Maximiliano se aburría, se ensombrecía. Quizá por el deseo de ambos de cambiar de vida, el romance entre Maximiliano y Asunción empezó de inmediato. A las dos semanas de su llegada a la empresa, él la invitó a comer y la llevó a casa. Le tocó la mano, ella le devolvió la mirada con la cara sonrojada. —No quiero despedirme. ¿Nos vamos a mi chalet? —dijo Maximiliano ronco. Asunción asintió y el coche salió disparado. Los viernes, él salía del trabajo una hora antes, pero sólo a las nueve de la noche, su preocupada esposa recibió un mensaje: “Mañana hablamos”. Maximiliano ni imaginaba lo certero de su mensaje sobre la próxima e innecesaria conversación. Marina sabía que tras 32 años de matrimonio es imposible arder como antes. Pero su marido era tan esencial que perderlo sería como perder un trozo de sí misma. Aunque frunciera el ceño, refunfuñara o hiciera tonterías de hombre, seguía allí, en su sillón, cenando y respirando a su lado. Buscando palabras capaces de frenar el derrumbe (sólo suyo, al final), Marina pasó la noche en vela. Quizá por desesperación, sacó el álbum de boda, con ellos jóvenes y el mundo por delante. ¡Qué bella fue! Muchos soñaban llamarla esposa. Él debía recordarlo. Pensó que, si volvía y veía aquellos fragmentos de felicidad, comprendería que no todo es desechable. Pero él no regresó hasta el domingo, y Marina supo que todo había acabado. Ante ella estaba otro Maximiliano. Parecía que la adrenalina le desbordaba. Incómodo, avergonzado no estaba. A diferencia de su esposa, que temía los cambios, él los quería y los aceptó dispuesto. Incluso los había planeado. Hablaba con tono que no permitía réplica. Desde ese momento, Marina podría considerarse libre. Él pediría el divorcio al día siguiente. El hijo con su familia se mudaría con Marina. Todo según la ley. De hecho, el piso de dos habitaciones donde vivía el hijo pertenecía a Maximiliano por herencia. El traslado a un piso de tres habitaciones, con la madre, no perjudicaría la vida de la joven familia, y además ella tendría a quien cuidar. El coche, desde luego, para él. Y respecto a la casa de campo, reservaba su derecho a pasar ahí estancias. Marina sabía que parecía patética y poco atractiva, pero no pudo contener las lágrimas. Le dificultaban hablar, sólo salían palabras ininteligibles. Le rogó que se detuviera, que apelara a los recuerdos, que pensara en la salud, al menos la suya… Eso enfureció aún más a Maximiliano. Se acercó y casi susurró gritándole: —¡No me arrastres a tu vejez! Sería ingenuo decir que Asunción amaba a Maximiliano cuando aceptó su propuesta de matrimonio, la primera noche en el chalet. Le atraía la posición de esposa, y más aún la respuesta al amante que la había abandonado. Le cansaba vivir en el piso donde mandaba su padre de ideas estrictas. Quería un futuro estable. Todo eso podía dárselo Maximiliano. No era mal partido, admitía. A pesar de los casi sesenta, no aparentaba abuelismo. Atlético, juvenil. Jefe de departamento. Listo y agradable. Y en la cama, atento, no egoísta. Le gustaba no tener piso alquilado, ni apuros de dinero ni robos. ¿Sólo ventajas? Bueno, dudaba por la edad. Al cabo de un año, el desencanto empezó a crecer en Asunción. Se sentía aún jovencísima, quería vivir experiencias. Regulares, no una vez al año y no formales. Le gustaban los conciertos, anhelaba un día en el parque acuático, le chiflaba tomar el sol en bikini, salir con amigas. Por juventud y carácter, lo compaginaba con la casa y la familia. Ni su hijo, ahora viviendo juntos, le impedía vivir activamente. Pero Maximiliano empezaba a acusar la edad. Un jurista experimentado, resolvía mil cosas al día, pero en casa era, por decirlo suave, un hombre cansado que buscaba silencio y respeto a sus rutinas. Invitados, teatro y playa, sólo de vez en cuando. No negaba el sexo, pero enseguida quería dormir, aunque fueran las nueve. Y su estómago delicado, intolerante al frito, embutidos, precocinados industriales. Su ex mujer lo había malacostumbrado, claro. A veces era nostálgico hasta con sus platos al vapor. Asunción cocinaba pensando en su hijo, no entendía cómo unas hamburguesas de cerdo podían doler el costado. No era de las de tener a mano una lista de medicinas, creía que un hombre adulto podía comprar las pastillas y recordar cuándo tomarlas. Así que parte de su vida empezó a transcurrir sin él. Salía con su hijo, buscaba sus intereses, se juntaba con amigas. Curiosamente, la edad del marido parecía impulsarle a vivir deprisa. No trabajaban juntos ya: la dirección lo veía poco ético y Asunción se pasó a una notaría. Respiró aliviada de no pasar días bajo la mirada del marido, que le recordaba a su padre. Respeto, eso era lo que sentía por Maximiliano. ¿Es suficiente para que una pareja sea feliz? Se acercaba el 60 cumpleaños de Maximiliano y ella soñaba con una gran fiesta. Pero él reservó mesa en un pequeño restaurante conocido, donde había ido muchas veces. Parecía aburrido, algo natural a su edad. Asunción no se preocupó. Le felicitaban los colegas. Invitar a las parejas antiguas que conoció con Marina sería incómodo. Familia, lejos; además, no fue comprendido al casarse con una jovencita. Su hijo ya no le hablaba. Renegó de él. Pero ¿acaso no tiene un padre derecho a elegir su vida? Aunque casándose, pensó en un “elegir” muy distinto. El primer año con Asunción fue una luna de miel. Le encantaba salir con ella, consentía moderadamente sus gastos, amigas, afición al fitness. Soportaba bien los conciertos y películas excéntricas. En ese ambiente, hizo a Asunción y su hijo dueños de su piso. Al poco, le firmó una donación de su parte del chalet que compartía con su ex. Asunción, tras su espalda, pidió a Marina que le vendiera su mitad. Amenazó con vender su porción a cualquier desconocido. Al final, la compró con dinero de Maximiliano y la casa de campo quedó para ella. Argumentaba que allí había río y bosque, ideal para su hijo. Ahora, en verano, vivían allí los padres de Asunción y el nieto. En cierto modo, mejor: Maximiliano no disfrutaba del inquieto hijo de su joven esposa. Se casó por amor, no para criar hijos ajenos y ruidosos. La familia anterior se ofendió. Con el dinero vendido su piso de tres habitaciones y se dispersaron. El hijo, con su familia, halló un piso de dos habitaciones y Marina se trasladó a un estudio. Cómo vivían, Maximiliano no se interesó. Llegó el día de los sesenta. Tantos le desean salud, felicidad, amor. Pero él no sentía euforia. Hace tiempo. Cada año dominaba la insatisfacción conocida. A su joven esposa, sin duda, la quería. Pero no podía seguirle el ritmo. Y someterla, dominarla, no había modo. Ella sonreía y vivía a su aire. No se excedía, lo notaba, pero eso le inquietaba. ¡Ay, si pudiera meter en ella el alma de su ex esposa! Que viniese con el té de manzanilla, le tapara con la manta si se dormía. Maximiliano pasearía encantado con ella por el parque. Susurraría por las noches en la cocina, pero Asunción no aguantaba sus largas conversaciones. Y empezaba a aburrirse en la cama. Él se ponía nervioso y eso lo empeoraba. Maximiliano guardaba dentro el pesar de haberse apresurado al divorcio. Los hombres sabios convierten a las amantes en una fiesta, pero él la hizo esposa. Asunción, con ese temperamento, se mantendrá al trote al menos una década. Pero pasada la cuarentena, seguirá siendo mucho más joven. Esa brecha sólo se agrandará. Si hay suerte, acabará todo en un instante. ¿Y si no? Esos “pensamientos no de cumpleaños” le apuñalaban las sienes, aceleraban el corazón. Buscó a Asunción con la mirada —estaba entre los que bailaban. Guapa, con los ojos brillantes. Sí, da gusto despertarse a su lado cada día. Aprovechó, salió del restaurante. Quería aire fresco. Pero se le acercaron los colegas. Sin saber qué hacer con la angustia creciente, saltó al taxi aparcado y pidió ir rápido. Más tarde pensaría a dónde. Quería ir donde él importara. Donde bastara llegar y que le esperasen. Que valorasen el tiempo juntos y pudiera relajarse, sin miedo a parecer débil o —Dios no lo quiera— viejo. Llamó a su hijo y, casi suplicando, pidió la nueva dirección de su ex esposa. Escuchó la merecida respuesta ofendida, pero insistió, repitiendo que era cuestión de vida o m…uerte. Le dijo que era su cumpleaños, al fin y al cabo. El hijo se suavizó y advirtió que podía no estar sola. Nada de pareja. Sólo un amigo. —Mamá dijo que estudiaron juntos. Tiene un apellido curioso… Creo que es Bollero. —Bolquevich —corrigió Maximiliano, sintiendo celos. Sí, estuvo enamorado de ella. Era muy popular entonces. Bonita, rebelde. Iba a casarse con ese Bolquevich, pero él, Maximiliano, se la quitó. Fue hace mucho, pero se siente más real que su nueva vida con Asunción. El hijo preguntó: —¿Para qué quieres saberlo, papá? Maximiliano se estremeció ante la olvidada palabra y supo que los echaba de menos a todos. Respondió sinceramente: —No lo sé, hijo. El hijo le dictó la dirección. El taxista paró. Maximiliano bajó, no quería hablar con Marina delante de testigos. Miró la hora —casi las nueve, pero ella era una noctámbula, y para él, un ruiseñor. Llamó al portero. Pero no contestó su ex esposa, sino una voz masculina cansada. Dijo que Marina estaba ocupada. —¿Le pasa algo? ¿Está bien? —preguntó Maximiliano ansioso. La voz exigió saber quién era. —¡Soy su marido, para variar! Usted debe ser don Bolquevich —gritó Maximiliano. El otro le corrigió: marido, sí, pero ex, y por tanto no tiene derecho a molestar a Marina. No le explicó que la amiga estaba en el baño. —¿La vieja pasión nunca muere? —preguntó Maximiliano con sarcasmo celoso, anticipando larga discusión con Bolquevich. Pero el otro contestó breve: —No, se vuelve plateada. No le abrió la puerta…
Así fue como actué cuando encontré en el bolsillo de mi marido dos vales para un crucero por el mar: en uno de ellos aparecía el nombre de la otra mujer