¿Otra vez vas a verla? —¿Vas otra vez a verla? Marina formuló la pregunta ya sabiendo la respuesta. Dmitri asintió sin levantar la mirada, se puso la chaqueta y comprobó sus bolsillos: llaves, móvil, cartera. Todo en orden. Ya podía irse. Marina aguardó. Una palabra, al menos. Un “perdona” o un “vuelvo pronto”. Pero Dmitri simplemente abrió la puerta y salió. El cerrojo sonó suave, casi discreto. Como si pidiera disculpas por su dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio, abajo, estaba bañado por la tenue luz de las farolas, y no le costó reconocer la figura conocida. Dmitri caminaba deprisa, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. A ella. A Ana. A su hija Sonia, de siete años. Marina apoyó la frente en el cristal frío. …Siempre lo supo. Desde el principio sabía a lo que se arriesgaba. Cuando lo conoció, Dmitri seguía casado. Formalmente. El sello en el DNI, el piso compartido, la niña. Pero ya no convivía con Ana: alquilaba una habitación, sólo iba por su hija. “Me fue infiel”, le confesó Dmitri entonces. “No pude perdonar. Pedí el divorcio”. Y Marina le creyó. Dios, qué fácil fue creerle. Porque quería creerle. Porque se enamoró —absurdamente, como con diecisiete años—. Citas en cafeterías, largas llamadas, el primer beso bajo la lluvia ante su portal. Dmitri la miraba como si fuese la única mujer en el mundo. El divorcio. Su boda. Piso nuevo, proyectos juntos, sueños de futuro. Y entonces empezó todo. Primero las llamadas. “Dima, tráeme el medicamento para Sonia, se ha puesto mala”. “Dima, se ha roto el grifo, no sé qué hacer”. “Dima, la niña llora, quiere verte, ven ya”. Dmitri salía corriendo. Siempre. Marina intentaba entender. La niña, al fin y al cabo, no tiene culpa. Claro que debe estar presente, ayudar, participar. A veces Dmitri la escuchaba, intentaba marcar límites con la exmujer. Pero Ana cambiaba de táctica. “No vengas el fin de semana. Sonia no quiere verte”. “No llames, la alteras”. “Me preguntó por qué su padre nos abandonó. No supe qué decirle”. Y Dmitri cedía. Cada vez. Cuando intentaba negarse a otra petición “urgente”, Ana atacaba donde más dolía. En una semana Sonia repetía palabra por palabra lo que decía su madre: “Ya no nos quieres. Elegiste a otra tía. No quiero verte”. Una niña de siete años no inventa eso sola. Dmitri volvía destrozado, culpable, con la mirada apagada. Y ante el menor pretexto, corría de nuevo donde la ex —con tal de que la niña no le tuviese rechazo, con tal de no ver esos ojos fríos y ajenos. Marina lo entendía. De verdad. Pero estaba agotada. La silueta de Dmitri desapareció por la esquina. Marina se despegó de la ventana, se frotó la frente: quedó una marca rojiza por el cristal. La casa vacía la oprimía. El reloj marcaba casi medianoche cuando el sonido de la llave la devolvió al presente. Marina estaba en la cocina, con una taza de té fría frente a ella, sin haberla tocado —miraba cómo la capa oscura se extendía por la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido en el rellano. Dmitri entró sin hacer ruido, se quitó la chaqueta, la colgó. Se movía con cautela, como quien espera no ser visto. —¿Y ahora qué ha pasado? Marina se sorprendió al oír lo tranquila que sonaba la pregunta. Llevaba tres horas ensayando esa frase y, llegada la medianoche, las emociones parecían calcinadas por dentro. Dmitri guardó silencio un segundo. —Se ha roto el calentador. Tenía que arreglarlo. Marina levantó la mirada despacio. Él se quedó en el marco de la cocina, sin decidirse a entrar, mirando por encima de ella, a la ventana oscura. —Tú no sabes arreglar calentadores. —He llamado al técnico. —¿Y tenías que esperarle? —Marina apartó la taza—. ¿No podías llamarlo desde aquí? ¿Por teléfono? Dmitri frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio se volvió denso y turbio. —¿Acaso todavía la quieres? Ahora sí la miró, bruscamente, con rabia, con reproche. —¿Qué tontería dices? ¡Todo lo hago por mi hija! ¡Por Sonia! ¿Qué tiene que ver Ana? Dio un paso en la cocina y Marina, casi sin darse cuenta, retrocedió junto con la silla. —Sabías cuando te metiste conmigo que tenía que ir allí. Sabías que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Montarás un drama cada vez que vaya por la niña? La garganta se le cerró. Marina quería contestar con dignidad, pero en vez de eso, los ojos le escocieron y rodó por la mejilla la primera lágrima. —Pensé… —tragó saliva—. Pensé que al menos fingirías que me amas. Aunque fuera mentira. —Marina, ya basta… —¡Estoy harta! —gritó, asustada del propio tono—. ¡Harta de no ser ni la segunda! ¡La tercera! ¡Después de tu ex, de sus caprichos, de calentadores rotos a medianoche! Dmitri golpeó el marco con la palma. —¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no vaya a verla? —Quiero que me elijas a mí, aunque sea una vez —Marina se levantó, la taza tembló y el té cayó sobre la mesa—. ¡Que alguna vez digas “no”! No a mí —a ella. ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus dramas! Dmitri se dio la vuelta, agarró la chaqueta. —¿Dónde vas? La puerta se cerró de un portazo. Marina permaneció en la cocina, el té goteaba sobre el linóleo, y el eco aún le resonaba. Cogió el móvil, marcó su número. Una señal, dos, tres. “El abonado no responde”. Otra vez. Y otra. Silencio. Marina se dejó caer en la silla, con el móvil apretado en el pecho. ¿Adónde ha ido? ¿A verla? ¿Otra vez con ella? ¿O simplemente vaga por la ciudad de madrugada, enfadado y herido? No lo sabía. Y el no saber le dolía más. La noche se hizo interminable. Marina sentada en la cama, el móvil visto y apagado. Marcar, escuchar el tono, colgar. Escribir: “¿Dónde estás?”. Luego otro mensaje: “Contéstame, por favor”. Más: “Tengo miedo”. Enviarlos y contemplar la solitaria marca gris. No entregado. O entregado, sin leer. ¿Qué más da? A las cuatro de la mañana dejó de llorar. Las lágrimas se agotaron, se secaron por dentro, dejándola en una extraña y afilada soledad. Se levantó, encendió la luz y abrió el armario. Basta. Ya basta. Encontró la maleta polvorienta en la estantería, con la etiqueta rota de algún viaje antiguo. La lanzó a la cama y empezó a meter cosas: jerseys, vaqueros, ropa interior. Sin orden, sin discriminar: lo que alcanzaba, lo metía. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva y encuentre la casa vacía. Que la busque, que llame y escriba mensajes que ella no leerá. Que aprenda lo que es. A las seis de la mañana Marina estaba en el recibidor, dos maletas, el bolso al hombro, la chaqueta abrochada mal. Observó el llavero, tenía que sacar su llave y dejarla en la mesa. Los dedos no respondían. Tiró del aro, lo intentó con la uña, pero la llave no cedía y las manos temblaban, y los ojos escocían aunque no sabía de dónde sacaría más lágrimas… —¡Maldita sea! El llavero se estrelló contra el suelo, tintineando en el gres. Marina lo miró un instante y luego se hundió sobre la maleta, abrazándose y sollozando fuerte, feo, con hipos y bocanadas, como cuando de niña rompió el jarrón favorito de su madre y pensó que el mundo se venía abajo. No oyó que se abría la puerta. —Marina… Dmitri se arrodilló frente a ella, sobre el frío azulejo del pasillo. Y olía a humo y a noche. —Marina, perdona. Perdóname, por favor. Ella levantó la cabeza. El rostro empapado, hinchado, la máscara de rímel negra. Dmitri le tomó las manos con cuidado. —He estado toda la noche en casa de mi madre. Me ha dado una buena: me ha puesto las pilas. Marina guardó silencio. Le miraba y no sabía si creerle. —Voy a llevar a Ana a juicio. Voy a exigir un régimen de visitas claro, oficial, como debe ser. Y ella no podrá… no podrá manipular así, ni poner a Sonia en mi contra. Apretó sus manos más fuerte. —Te elijo a ti, Marina. ¿Lo entiendes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo se movió. Un brote pequeño, terco, de esperanza, el mismo que había intentado arrancar toda la noche. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Le iba a creer. Por última vez. Y después… que sea lo que tenga que ser.

¿Otra vez con ella?

¿Otra vez te vas con ella?

Carmen preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Jesús asintió, sin alzar la mirada. Se abrochó la chaqueta, comprobó los bolsillosllaves, móvil, cartera. Todo en su sitio. Podía marcharse.

Carmen esperó. Una palabra, al menos. Un perdona o un vuelvo enseguida. Pero Jesús simplemente abrió la puerta y salió. La cerradura sonó suave, discreta. Como si pidiera disculpas por el dueño de la casa.

Carmen se acercó a la ventana. El patio, abajo, apenas iluminado por los faroles del portal. Distinguió con facilidad la figura conocida. Jesús caminaba rápido, decidido; como quien sabe perfectamente adónde va. Con ella. Con Lucía. Con su hija, la pequeña Clara, de siete años.

Carmen apoyó la frente en el cristal frío.

Ella lo sabía. Desde el principio supo a lo que se exponía. Cuando se conocieron, Jesús aún seguía casado. Formalmente. Un sello en el DNI, piso compartido, una hija. Pero él ya no vivía con Lucíaalquilaba una habitación, sólo iba por Clara.

Me fue infiel, le contó Jesús. No pude perdonarla. Pedí el divorcio.

Y Carmen le creyó. Madre mía, qué fácil fue creerle. Porque quería, claro. Porque se había enamorado, con esa estupidez valiente de los diecisiete años. Citas en cafeterías, eternas llamadas, el primer beso bajo la lluvia, en la puerta de su edificio. Jesús la miraba como si fuese la única mujer en Madrid.

El divorcio. La boda. Nuevo piso, planes juntos, conversaciones sobre el futuro.
Y entonces empezó todo.

Primero eran llamadas. Jesús, tráele medicinas a Clara, está enferma. Jesús, se ha roto el grifo, no sé qué hacer. Jesús, la niña llora y quiere verte, ven ya.

Jesús acudía corriendo. Siempre.

Carmen intentaba comprender. Una hija es sagrada. La niña no tiene la culpa de que sus padres se hayan separado. Por supuesto, su padre debía estar presente, ayudar, implicarse.
A veces Jesús la escuchaba, intentaba poner límites con su exmujer.
Pero Lucía cambiaba de táctica.

No vengas el fin de semana, Clara no quiere verte.
No llames, la estás alterando.
Me ha preguntado por qué su padre nos dejó. No supe qué contestarle.
Y Jesús se derrumbaba. Siempre. Si alguna vez intentaba no ceder a una nueva urgencia, Lucía lo hundía. Y pronto Clara repetía palabras de su madre: Ya no nos quieres. Elegiste a otra señora. No quiero verte.

Una niña de siete años no podría inventar tal cosa.

Jesús regresaba tras esas conversaciones roto, culpable, los ojos apagados. Y en cuanto Lucía lo llamaba, él corría otra vez, con tal de no ver a su hija mirándolo como a un extraño.
Carmen lo comprendía. De verdad.

Pero ya no podía más.

La silueta de Jesús se perdió en la esquina del edificio. Carmen se despegó del cristal, se frotó la frentela piel le quedó marcada, rojiza. El piso vacío la ahogaba.

El reloj rozaba la medianoche cuando el llavín giró en la puerta.
Carmen estaba sentada en la cocina, frente a una taza de té que hacía horas se había enfriado. No la había tocadosólo observaba la película oscura que se formaba en la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido en el rellano.

Jesús entró en silencio, quitándose la chaqueta y colgándola. Caminaba despacio, con esa cautela de quien desea que nadie le note.

¿Qué ha pasado esta vez?

Carmen se sorprendió al oír su propia voz, tan tranquila. Había ensayado esa pregunta durante tres horas, y a medianoche sus emociones se habían consumido.

Jesús dudó un instante.

La caldera. Tuve que arreglarla.

Carmen alzó la mirada despacio. Él estaba en el umbral, sin decidirse a entrar, mirando hacia la ventana oscura.

No tienes ni idea de calderas.
Llamé a un técnico.
¿Y tenías que esperar allí? Carmen apartó la taza. ¿No podías llamarlo desde aquí? Por teléfono.

Jesús frunció el ceño, cruzando los brazos. El silencio se hizo denso y desagradable.

¿Aún la quieres?

Entonces sí la mirórápido, con rabia y tristeza.

¿Pero qué tonterías dices? Lo hago todo por mi hija. Por Clara. Qué pinta Lucía aquí.

Entró a la cocina, y Carmen instintivamente retrocedió, arrastrando la silla.

Sabías, cuando empezaste conmigo, que tendría que ir allí. Que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Vas a montar una escena cada vez que vaya con Clara?

Sintió cómo la garganta se le cerraba. Quiso contestar con firmeza, pero sólo logró que los ojos se le llenasen de lágrimas y la primera rodara por su mejilla.

Pensé se le cortó la voz. Pensé que al menos fingirías quererme. Que al menos lo aparentarías.
Carmen, ya basta
¡Estoy harta! El grito le salió sin querer, asustándola. ¡Harta de ser lo último! Ni segunda, ¡tercera! Después de tu ex, de sus caprichos, de las calderas rotas a medianoche.

Jesús golpeó el marco de la puerta con la palma.

¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no vaya?
¡Quiero que me elijas alguna vez! Carmen se puso de pie, la taza tambaleó y el té se derramó en la mesa. ¡Que digas no! Pero a ella, a Lucía.
Estoy harto de tus escenas.

Jesús se giró y agarró su chaqueta del perchero.

¿A dónde vas?

La puerta se cerró de golpe por toda respuesta.

Carmen permaneció de pie, el té goteando sobre el suelo de linóleo, el ruido retumbando en los oídos. Cogió el móvil y marcó su número. Tonos, uno tras otro. El abonado no responde.

Otra vez. Y otra.

Silencio.

Con lentitud se dejó caer de nuevo en la silla, apretando el teléfono contra el pecho. ¿Adónde habrá ido? ¿Con ella? ¿Otra vez a su lado? ¿O recorrerá las calles de Madrid, cabreado y dolido?
No lo sabía. Y esa incertidumbre la destrozaba.

La noche se hizo eterna.

Carmen se sentó en el borde de la cama, móvil en manola pantalla encendía y se apagaba. Volver a llamar, escuchar el tono, colgar. Escribirle: ¿Dónde estás?. Luego otro mensaje: Contesta, por favor. Y uno más: Tengo miedo. Enviar, y ver la solitaria palomita gris. No entregado. O si se entregaba, no leído. Qué más daba.

A las cuatro de la mañana, Carmen dejó de llorar. Ya no le quedaban lágrimas; sólo una extraña sensación de vacío. Se levantó, encendió la luz y abrió el armario.

Basta.

Había aguantado suficiente.

Localizó una maleta en lo alto del armario; polvorienta, con una etiqueta rota de algún viaje pasado. La lanzó sobre la cama y empezó a guardar cosas. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin ordenar, sin pensarsimplemente metía todo lo que alcanzaba. Si a él le daba igual, a ella también. Que vuelva al piso vacío. Que la busque, llame, escriba mensajes que ella no leerá.

Que lo sienta.

A las seis de la mañana, Carmen estaba ya en la entrada. Dos maletas, bolso al hombro, chaqueta mal abrochadaun lado más largo que otro. Miró el llavero en su mano; tenía que quitar su llave y dejarla sobre la mesa.

No podía.

Tiraba del aro, intentaba sacarla con la uña, no había forma; las manos le temblaban, las lágrimas pugnaban de nuevo.

¡Maldita sea!

El llavero cayó al suelo, tintando contra la baldosa. Carmen lo miró, luego se sentó sobre la maleta, se abrazó y lloró; fuerte, desconsolada, sollozando y jadeando como una niña que acaba de romper el jarrón favorito de su madre y cree que el mundo se termina.

No oyó cómo se abría la puerta.

Carmen

Jesús se arrodilló frente a ella, en el frío suelo del vestíbulo. Olía a humo y a calles mojadas.

Carmen, perdóname. Perdóname, por favor.

Ella alzó la cabeza. La cara empapada, hinchada, los ojos envueltos en rímel corrido. Jesús cogió sus manos con delicadeza.

He estado toda la noche con mi madre. Me puso las pilas sonrió torcido. Me hizo ver las cosas claras.

Carmen callaba, mirándolo sin saber si podía creerle.

Voy a llevar a Lucía a juicio. Pediré un régimen de visitas formal con Clara, por ley, como debe ser. No podrá manipularme, ni enfrentarme a mi hija.

Jesús apretó sus manos con fuerza.

Te elijo a ti, Carmen. ¿Me oyes? Eres mi familia.

En su pecho algo latió; una esperanza pequeña y testaruda, que trató de arrancar toda la noche.

¿De verdad?
De verdad.

Carmen cerró los ojos. Decidió creerle, al menos una última vez. Y, si no sale bien ya aprenderé a cuidarme.

Hoy sé que hay que ponerse siempre en primer lugar. Nadie va a elegirte si tú no lo haces primero.

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¿Otra vez vas a verla? —¿Vas otra vez a verla? Marina formuló la pregunta ya sabiendo la respuesta. Dmitri asintió sin levantar la mirada, se puso la chaqueta y comprobó sus bolsillos: llaves, móvil, cartera. Todo en orden. Ya podía irse. Marina aguardó. Una palabra, al menos. Un “perdona” o un “vuelvo pronto”. Pero Dmitri simplemente abrió la puerta y salió. El cerrojo sonó suave, casi discreto. Como si pidiera disculpas por su dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio, abajo, estaba bañado por la tenue luz de las farolas, y no le costó reconocer la figura conocida. Dmitri caminaba deprisa, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. A ella. A Ana. A su hija Sonia, de siete años. Marina apoyó la frente en el cristal frío. …Siempre lo supo. Desde el principio sabía a lo que se arriesgaba. Cuando lo conoció, Dmitri seguía casado. Formalmente. El sello en el DNI, el piso compartido, la niña. Pero ya no convivía con Ana: alquilaba una habitación, sólo iba por su hija. “Me fue infiel”, le confesó Dmitri entonces. “No pude perdonar. Pedí el divorcio”. Y Marina le creyó. Dios, qué fácil fue creerle. Porque quería creerle. Porque se enamoró —absurdamente, como con diecisiete años—. Citas en cafeterías, largas llamadas, el primer beso bajo la lluvia ante su portal. Dmitri la miraba como si fuese la única mujer en el mundo. El divorcio. Su boda. Piso nuevo, proyectos juntos, sueños de futuro. Y entonces empezó todo. Primero las llamadas. “Dima, tráeme el medicamento para Sonia, se ha puesto mala”. “Dima, se ha roto el grifo, no sé qué hacer”. “Dima, la niña llora, quiere verte, ven ya”. Dmitri salía corriendo. Siempre. Marina intentaba entender. La niña, al fin y al cabo, no tiene culpa. Claro que debe estar presente, ayudar, participar. A veces Dmitri la escuchaba, intentaba marcar límites con la exmujer. Pero Ana cambiaba de táctica. “No vengas el fin de semana. Sonia no quiere verte”. “No llames, la alteras”. “Me preguntó por qué su padre nos abandonó. No supe qué decirle”. Y Dmitri cedía. Cada vez. Cuando intentaba negarse a otra petición “urgente”, Ana atacaba donde más dolía. En una semana Sonia repetía palabra por palabra lo que decía su madre: “Ya no nos quieres. Elegiste a otra tía. No quiero verte”. Una niña de siete años no inventa eso sola. Dmitri volvía destrozado, culpable, con la mirada apagada. Y ante el menor pretexto, corría de nuevo donde la ex —con tal de que la niña no le tuviese rechazo, con tal de no ver esos ojos fríos y ajenos. Marina lo entendía. De verdad. Pero estaba agotada. La silueta de Dmitri desapareció por la esquina. Marina se despegó de la ventana, se frotó la frente: quedó una marca rojiza por el cristal. La casa vacía la oprimía. El reloj marcaba casi medianoche cuando el sonido de la llave la devolvió al presente. Marina estaba en la cocina, con una taza de té fría frente a ella, sin haberla tocado —miraba cómo la capa oscura se extendía por la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido en el rellano. Dmitri entró sin hacer ruido, se quitó la chaqueta, la colgó. Se movía con cautela, como quien espera no ser visto. —¿Y ahora qué ha pasado? Marina se sorprendió al oír lo tranquila que sonaba la pregunta. Llevaba tres horas ensayando esa frase y, llegada la medianoche, las emociones parecían calcinadas por dentro. Dmitri guardó silencio un segundo. —Se ha roto el calentador. Tenía que arreglarlo. Marina levantó la mirada despacio. Él se quedó en el marco de la cocina, sin decidirse a entrar, mirando por encima de ella, a la ventana oscura. —Tú no sabes arreglar calentadores. —He llamado al técnico. —¿Y tenías que esperarle? —Marina apartó la taza—. ¿No podías llamarlo desde aquí? ¿Por teléfono? Dmitri frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio se volvió denso y turbio. —¿Acaso todavía la quieres? Ahora sí la miró, bruscamente, con rabia, con reproche. —¿Qué tontería dices? ¡Todo lo hago por mi hija! ¡Por Sonia! ¿Qué tiene que ver Ana? Dio un paso en la cocina y Marina, casi sin darse cuenta, retrocedió junto con la silla. —Sabías cuando te metiste conmigo que tenía que ir allí. Sabías que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Montarás un drama cada vez que vaya por la niña? La garganta se le cerró. Marina quería contestar con dignidad, pero en vez de eso, los ojos le escocieron y rodó por la mejilla la primera lágrima. —Pensé… —tragó saliva—. Pensé que al menos fingirías que me amas. Aunque fuera mentira. —Marina, ya basta… —¡Estoy harta! —gritó, asustada del propio tono—. ¡Harta de no ser ni la segunda! ¡La tercera! ¡Después de tu ex, de sus caprichos, de calentadores rotos a medianoche! Dmitri golpeó el marco con la palma. —¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no vaya a verla? —Quiero que me elijas a mí, aunque sea una vez —Marina se levantó, la taza tembló y el té cayó sobre la mesa—. ¡Que alguna vez digas “no”! No a mí —a ella. ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus dramas! Dmitri se dio la vuelta, agarró la chaqueta. —¿Dónde vas? La puerta se cerró de un portazo. Marina permaneció en la cocina, el té goteaba sobre el linóleo, y el eco aún le resonaba. Cogió el móvil, marcó su número. Una señal, dos, tres. “El abonado no responde”. Otra vez. Y otra. Silencio. Marina se dejó caer en la silla, con el móvil apretado en el pecho. ¿Adónde ha ido? ¿A verla? ¿Otra vez con ella? ¿O simplemente vaga por la ciudad de madrugada, enfadado y herido? No lo sabía. Y el no saber le dolía más. La noche se hizo interminable. Marina sentada en la cama, el móvil visto y apagado. Marcar, escuchar el tono, colgar. Escribir: “¿Dónde estás?”. Luego otro mensaje: “Contéstame, por favor”. Más: “Tengo miedo”. Enviarlos y contemplar la solitaria marca gris. No entregado. O entregado, sin leer. ¿Qué más da? A las cuatro de la mañana dejó de llorar. Las lágrimas se agotaron, se secaron por dentro, dejándola en una extraña y afilada soledad. Se levantó, encendió la luz y abrió el armario. Basta. Ya basta. Encontró la maleta polvorienta en la estantería, con la etiqueta rota de algún viaje antiguo. La lanzó a la cama y empezó a meter cosas: jerseys, vaqueros, ropa interior. Sin orden, sin discriminar: lo que alcanzaba, lo metía. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva y encuentre la casa vacía. Que la busque, que llame y escriba mensajes que ella no leerá. Que aprenda lo que es. A las seis de la mañana Marina estaba en el recibidor, dos maletas, el bolso al hombro, la chaqueta abrochada mal. Observó el llavero, tenía que sacar su llave y dejarla en la mesa. Los dedos no respondían. Tiró del aro, lo intentó con la uña, pero la llave no cedía y las manos temblaban, y los ojos escocían aunque no sabía de dónde sacaría más lágrimas… —¡Maldita sea! El llavero se estrelló contra el suelo, tintineando en el gres. Marina lo miró un instante y luego se hundió sobre la maleta, abrazándose y sollozando fuerte, feo, con hipos y bocanadas, como cuando de niña rompió el jarrón favorito de su madre y pensó que el mundo se venía abajo. No oyó que se abría la puerta. —Marina… Dmitri se arrodilló frente a ella, sobre el frío azulejo del pasillo. Y olía a humo y a noche. —Marina, perdona. Perdóname, por favor. Ella levantó la cabeza. El rostro empapado, hinchado, la máscara de rímel negra. Dmitri le tomó las manos con cuidado. —He estado toda la noche en casa de mi madre. Me ha dado una buena: me ha puesto las pilas. Marina guardó silencio. Le miraba y no sabía si creerle. —Voy a llevar a Ana a juicio. Voy a exigir un régimen de visitas claro, oficial, como debe ser. Y ella no podrá… no podrá manipular así, ni poner a Sonia en mi contra. Apretó sus manos más fuerte. —Te elijo a ti, Marina. ¿Lo entiendes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo se movió. Un brote pequeño, terco, de esperanza, el mismo que había intentado arrancar toda la noche. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Le iba a creer. Por última vez. Y después… que sea lo que tenga que ser.
– Me quedaré y veré cómo cuidas a mi hijo” – la suegra apareció con las maletas.