Durante aquel extraño divorcio, un marido con mucho dinero decidió concederle a su esposa una finca perdida entre la niebla de Castilla, como si fuera una alucinación heredada de un antiguo rey olvidado. Un año después, un giro inesperado y casi irreal lo dejó boquiabierto.
Martín, sabes que no te necesito aquí, ¿verdad? afirmó con voz de eco Lucía, que le sonreía como desde detrás de un velo de sueño . Te aconsejo que regreses a Madrid.
¿De qué Madrid hablas? contestó él agotado, las palabras enredándose entre sí como hilos sueltos. Había sido herida por quien más amaba y ya no tenía fuerzas para discutir. Desde cero empezaron, vendieron su piso modesto en Lavapiés, pusieron hasta la última moneda en aquel negocio que parecía flotar, y sólo Martín había ofrecido una pequeña habitación en un ático compartido al sur. Lucía piloteó la nave hasta la calma, saltando de un alquiler a otro, construyendo su propio terreno con paciencia de escudera.
Pero el tiempo se volvió viscoso y Martín se creyó marqués del cortijo. Cuidando sus intereses, puso todas las propiedades a su nombre, como si fueran fichas de ajedrez; así, Lucía sólo recibiría migajas tras el divorcio. Cuando ya no quedaba nada por figurar, puso en marcha la maquinaria legal para separarse.
¿De verdad te parece justo, Martín? Lucía temblaba como si fuese otra, hecha de vapor.
Él levantó los hombros, indiferente.
No empieces de nuevo. Hace siglos que no aportas. Todo lo saco adelante yo, mientras tú te pierdes en tus cosas.
Fuiste tú quien insistió en que descansara un poco, le respondió con una calma de otra vida.
Martín suspiró pesadamente.
Me hastía discutir. Ah, ¿recuerdas la finca vieja que me dejó el señor Gutiérrez, aquel jefe del despacho en la Castellana? Murió hace años y sólo me quedó esa tierra de fantasmas. Es para ti. Si la rechazas, no tendrás más.
Lucía sonrió tan agria como el vino pasado. Al cabo de más de una década juntos, comprendía que convivía con un forastero.
De acuerdo. Pero sólo si legalizas la finca a mi nombre.
Haz lo que quieras. Así pago menos al fisco, Martin se inventó una sonrisa torcida.
Sin otra palabra, Lucía metió sus recuerdos en maletas y se marchó a un hostal; necesitaba descubrir qué haría con ese pedazo de páramo que le habían entregado. Si no era nada, volvería a otra vida, seguro que Madrid seguiría esperando tras la neblina.
Cargó su Renault con lo estrictamente necesario y se marchó, dejando lo demás a Martín y a su nueva conquista, una figura altiva que Lucía recordaba de un par de reuniones incómodas. Martín le entregó la documentación con una mueca de burla.
Buena suerte, Lucía.
Que te vaya bien, Martín, ella musitó con una serenidad irreal.
¡No te olvides de enviarme una postal con las ovejas! se carcajeó él.
Con los párpados vidriosos, Lucía arrancó y la ciudad se difuminó como un cuadro de Goya bajo la lluvia. No supo cuánto tiempo estuvo llorando, hasta que un golpeteo en la ventanilla la devolvió al presente.
¿Te encuentras bien, muchacha? Mi marido y yo te vimos parada aquí un buen rato preguntó una señora, sus palabras flotando en el aire frío.
Lucía vio a la mujer reflejarse en el cristal, tras ella un banco de piedra y una parada de autobús solitaria. Esbozó media sonrisa.
Solo necesitaba un respiro.
La anciana asintió como si supiera de qué hablaba.
Venimos del hospital. Una vecina está allí sola, nadie la visita… ¿Vas tú hacia Salamanca, por casualidad?
Lucía arqueó las cejas, sorprendida.
¿Salamanca? ¿Donde está la finca?
Así se la sigue llamando, aunque parece más un recuerdo que una finca. El dueño murió y apenas quedan cuatro gatos que la cuidan por cariño a los animales.
Lucía sonrió como en una fábula.
Justo allí me dirijo. Suban, caben en el asiento delantero.
La anciana Carmen Alarcón se sentó junto a Lucía, mientras su marido Tomás se acomodaba detrás.
Durante el viaje, Lucía extrajo detalles del lugar: quién robaba el pienso, quién seguía cuidando a los animales y cómo el granero se había vuelto casi transparente de lo ruinoso. Al llegar, encontró el páramo polvoriento y una docena de vacas tan desorientadas como ella. Decidió quedarse y dejarse llevar por aquella extraña marea.
Tras un año, Lucía contemplaba ochenta vacas pastando en prados esmeralda, como figuras alegóricas. La finca agonizante era ahora una empresa fértil, gracias a los ahorros que custodiaba en una cajita y las joyas vendidas en una pequeña joyería de la Plaza Mayor. Había noches en las que soñaba con ovejas voladoras y pastores desaparecidos en la bruma, pero ya nada la detenía. Sus quesos y yogures eran buscados hasta en la provincia de Ávila.
Cierto mediodía aparecía una joven, Leticia, que traía un periódico donde un anuncio de camiones frigoríficos baratos temblaba ante sus ojos. Lucía reconoció al instante el número: era de la empresa de Martín. Con un guiño pícaro pidió a Leticia que llamara ofreciendo un cinco por ciento más con la única condición de que no mostrasen los camiones a nadie más.
Cuando Lucía fue a echarles un vistazo, encontró a Martín azorado, como si se le hubiera aparecido un duende.
¿Tú vas a comprar esto? balbuceó.
Por supuesto, para la finca. Esa que parecía condenada y ahora es mi reino, dijo Lucía, con voz lejana.
Martín no hallaba palabras. Mientras su vida se diluía como tinta en el agua, Lucía danzaba hacia nuevos horizontes.
El sueño culminó con Lucía encontrando al amor verdadero: Juan, un mecánico de manos generosas y risa profunda, que ayudó a reinventar aún más la finca. Entre risas y promesas, bautizaron juntos a su hija Alba, y Martín, lejano y gris, sólo supo mirar a lo lejos el esplendor que ya no le pertenecía.






