La viuda negra La simpática y lista Lilia, a punto de acabar la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Vlad, bastante mayor que ella. Fue Vladislav Romanovich, un personaje muy conocido en la ciudad, compositor de canciones populares por Madrid, quien primero reparó en la esbelta y delicada Lilia. Hicieron amistad rápidamente, y Vlad, gran figura de la televisión madrileña, la ayudó a iniciar su carrera como presentadora de su propio programa en Telemadrid, titulado “Conversaciones de corazón a corazón”, donde invitó a psicólogos reconocidos y a otros referentes locales, en un formato de preguntas y respuestas basado en situaciones reales. Vladislav Romanovich, ya con cuarenta y cinco años y tres matrimonios a sus espaldas, era conocido por su energía y su multitud de amigos, aunque nunca logró adaptarse a la vida familiar. Consideraba su genio creativo casi digno de premio nacional de composición, frecuentaba restaurantes, cafés y saunas de la ciudad, y era habitual verle tomando copas en reuniones sociales. El tiempo pasó y Lilia se hizo popular; se casó con Vlad y su programa se convirtió en éxito en toda la ciudad. Elegantemente vestida, agradable y atenta, era la estrella televisiva de la que todos hablaban, aunque pronto comprendió que había elegido al hombre equivocado por marido: Vlad siempre bajo los efectos del alcohol y despectivo con ella. A pesar de recibir halagos de amigos como Semen, y de contar con el apoyo de Vlad mientras se ganaba su afecto, todo cambió tras la boda: los detalles y atenciones desaparecieron. Lilia se desilusionó y empezó a construir su carrera sola, mientras Vlad insistía en que aprendiera inglés para no “parecer una paleta” en el extranjero, aunque fue el consejo de Semen lo que realmente la animó a ponerse a estudiar el idioma. La pareja vivía en un gran piso en Chamberí, herencia del abuelo de Vlad, un distinguido médico. Disponían de una asistenta, Vera, mujer de 43 años, celosa y maliciosa, que presenciaba cada aspecto de su vida privada. La rutina cotidiana se fue llenando de hastío y, tras siete años de matrimonio, Lilia nunca tuvo hijos: Vlad ya tenía un hijo de su primer matrimonio y ella prefería centrarse en el trabajo. Una mañana, tras una noche más de excesos de Vlad, Vera encontró a Vlad desplomado en su despacho y llamaron rápidamente a emergencias. Vlad fue ingresado en la UCI y, esa misma noche, Lilia recibió la noticia de su fallecimiento. El funeral, multitudinario y organizado por Semen, fue todo un acontecimiento madrileño. Semen resumió la vida de Vlad: “Vivió intenso y merece descanso”. Lilia, sola y rodeada de rumores y consejos (“No tienes nada de qué lamentarte, eres joven, libre y rica”), repartió la herencia con el hijo de Vlad y se volcó en su trabajo y amistades. En un café cercano tras una grabación, Lilia conoció a Inocencio, un empresario simpático y robusto que pronto se ganó su confianza y la invitó a salir. Tras despedir y volver a readmitir a Vera, su fiel asistenta, Lilia y “Kiko”, como le llamaba cariñosamente, se casaron tras tres meses y organizaron una luna de miel en las Islas Maldivas digna de celebridad, con todo lujo de detalles y atención VIP. Inocencio resultó ser atento y cariñoso, aunque sufría diabetes y tenía que administrar insulina, lo que no mermaba la felicidad de Lilia, aunque a veces fantaseaba con un marido más atlético. A su regreso a Madrid, Lilia sintió que aún no había encontrado la pasión verdadera, y empezó una aventura secreta con Artemio, el mejor amigo de su colega Costa: todo deseo y pura química. Artemio resultó el amante perfecto y, como Inocencio pasaba mucho tiempo ocupado con su empresa, Lilia mantuvo el idilio en secreto hasta que, una noche, Inocencio los sorprendió juntos y, tras el shock, sufrió un infarto y falleció en casa de Artemio. La hija de Inocencio del primer matrimonio, abogada, no tardó en expulsar a Lilia de la mansión de la sierra madrileña, entregándole un fajo de dinero como compensación y dándole tres días para marcharse. Lilia, pragmática, regresó al gran piso que le quedaba de Vlad en Chamberí junto a Vera. Siguió viéndose con Artemio, aunque no había intención de formalizar la relación, pero poco tiempo después Costa le telefoneó: Artemio había muerto en un accidente de tráfico. Fue entonces cuando Lilia reflexionó: “¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy la viuda negra, todos lo dirán, debo tener el aura negra”. Al cabo de un tiempo, en una de sus grabaciones televisivas, apareció un joven llamado Macario, quien pronto conquistó su corazón. Lilia se enamoró profundamente y, tras investigar su nombre en internet, descubrió que figuraba en el ranking de las cien mayores fortunas de España. No terminaba de creérselo, pero el miedo a perderlo la asaltaba. Días después, Macario sufrió una crisis y fue ingresado; Lilia acudió al hospital, donde él le dio un prometedor mensaje de amor: “Cuando salga, nos casamos”. Lilia aceptó emocionada, sabiendo que por fin encontraba su verdadera felicidad y un porvenir lleno de amor. ¡Gracias por leer y por vuestro apoyo! ¡Os deseo suerte y felicidad en la vida!

La Viuda Negra

Muchos años atrás, en tiempos que ahora parecen tan lejanos, vivía en Salamanca una joven llamada Rosalía, inteligente y de gran belleza, que en los últimos años de la Facultad de Periodismo conoció a un hombre mucho más mayor que ella: Gonzalo Martín de la Fuente. Gonzalo, famoso en la ciudad por componer canciones que todos tarareaban, fue el primero en fijarse en la esbelta y delicada Rosalía.

Gonzalo era un personaje querido por todos. En la televisión local, tenía amigos por doquier. No le costó nada conseguirle a Rosalía, tras terminar la carrera, un puesto como presentadora de su propio programa. Al cabo de poco tiempo, ella estrenó Hablando de corazón, invitando al psicólogo más conocido de Salamanca y a otros personajes. El programa, en formato de preguntas y respuestas, trataba ejemplos extraídos de la vida cotidiana.

Muy bien hecho, Rosalía aplaudió Gonzalo tras ver el programa, ¡eso hay que celebrarlo!

Gonzalo Martín de la Fuente, a sus cuarenta y cinco años, había estado casado tres veces. Su alma inquieta, su energía desbordante y sus incontables amigos mostraban que no era hombre de vida familiar. Vivía para el arte, escribía canciones y se consideraba casi un compositor laureado. Se le veía en todos los restaurantes de moda, cafés, y hasta en las termas; siempre rodeado de conocidos y, a menudo, con una copa de vino en mano.

Con el paso de los años, Rosalía se volvió muy popular en Salamanca. Se casó con Gonzalo y su programa era seguido por miles de salmantinos. Siempre bien arreglada y amable, nunca nadie vio en ella nada de demoníaco; la gente la llamaba la guapa de la tele. Pero pronto descubrió que quizá se había casado con el hombre equivocado, pues su esposo pasaba la mayor parte del tiempo, literalmente, medio borracho.

No te vengas arriba, Gonzalo solía advertirle su amigo Simón, esta muchacha te va a dar mil vueltas todavía, cuando Gonzalo quería humillar a Rosalía bajo los efectos del vino.

No, Simón, nunca he elegido mujeres inteligentes, prefiero pensar que el listo aquí soy yo decía Gonzalo, pellizcándola la mejilla mientras estaban en una cafetería.

Al principio, mientras la cortejaba, Gonzalo era todo un caballero: flores, regalos, hasta dos canciones compuso para ella; escuchaba atento cada cosa que decía. Pero bastó que Rosalía se convirtiera en su esposa para que aquellos gestos se esfumaran. La atención hacia ella no era mayor que la dedicada al gato doméstico, y a menudo le gritaba alguna orden.

Yo, ingenua, de verdad creí que a su lado sería una estrella reflexionaba Rosalía.

Todo resultó muy distinto. En la Facultad aprendió francés, que para viajar no era de gran utilidad. Gonzalo la atormentaba:

¡Aprende inglés! Así te manejas fuera de España, que pareces de pueblo en el extranjero. Al gimnasio ni pienses ir, tonterías. Mejor aprende idiomas.

Después de escuchar eso, Rosalía se negó, por pura rebeldía, a estudiar inglés. Pero un día, durante una cena en casa, el amigo de Gonzalo, Simón, culto y leído, comentó:

El inglés para una mujer de mundo es tan imprescindible como los tacones y Rosalía, sin dudar, se apuntó a clases de inglés con una excelente profesora.

Simón, le has influido mejor que yo se reía Gonzalo, ahora la casa está llena de libros de inglés, y en el coche ya no suena música, sólo lecciones.

Rosalía y Gonzalo vivían en un gran piso, heredado por él de su abuelo, profesor de medicina. La ayuda doméstica era Consuelo, una mujer de cuarenta y tres años, solitaria, envidiosa y mala de corazón, aunque muy bien lo ocultaba. Consuelo era como de la familia, todo el día en la casa y al tanto de la vida íntima de la pareja.

Una mañana, Rosalía despertó y Gonzalo no estaba en la cama; otra vez se había quedado dormido borracho en su despacho. En la cocina, Consuelo sostenía una botella vacía de brandy:

Anoche estaba llena. ¿Qué le pongo para el desayuno?

Un vaso de gazpacho frío respondió Rosalía, y se dirigió al baño.

Tras siete años de matrimonio, no llegaron hijos. A Gonzalo no le interesaba: ya tenía un hijo de su primer matrimonio. Rosalía, volcada en su carrera, tampoco tenía ganas de ser madre. Una vez terminado el desayuno, envió a Consuelo al despacho. Allí, Gonzalo estaba tumbado boca abajo, una mancha roja en la almohada.

Rosalía, ven corriendo gritó Consuelo, llama a emergencias.

¿Qué le pasa?

No lo sé, está muy mal.

Quince minutos después, Rosalía viajaba en ambulancia al hospital con su marido. Lo llevaron directo a cuidados intensivos. El doctor fue claro:

La situación es complicada. No prometemos nada todavía.

Por la noche le llamaron al móvil:

Su marido ha fallecido.

No lo puedo creer susurró con voz apagada. Si apenas era mayor.

El funeral fue solemne. Simón se encargó de todo; la ciudad entera acudió porque Gonzalo era muy conocido. Incluso en el convite, Simón tomó la palabra:

No lloremos. Gonzalo vivió plenamente y se merece descanso. Ahora es libre, sin preocupaciones.

A este hombre no le faltó nada oyó Rosalía en voz baja.

Al principio, Rosalía no se acostumbraba a la ausencia de Gonzalo: el piso estaba silencioso y lúgubre. Consuelo la miraba expectante, sin saber si la despedirían o no. Los compañeros de trabajo opinaban:

Rosalía, no tienes por qué estar triste. Ahora eres joven, libre y, lo más importante, con dinero. Los ahorros y cuentas del difunto se habían repartido entre su hijo y ella. Pero Rosalía ya tenía buen sueldo. Buscaba compañía, evitaba la soledad, a veces tomaba café cerca de casa.

Ese día, después de grabar otro programa, entró en un café del barrio. Bebía lentamente un Rioja, ensimismada. Un hombre corpulento se acercó sonriente y pidió permiso para sentarse con ella.

¿Puedo? ella asintió. Me llamo Gaspar, se presentó. Ella también. ¿Por qué esa tristeza, siendo tan hermosa?

Es que estoy melancólica

Gaspar rondaba los cuarenta, fuerte, castaño, de facciones grandes, le recordó a Rosalía un osito de peluche, y se rio discretamente.

Déjame invitarte algo. ¿Vino, cóctel, pastel lo que desees?

Gracias, sólo un pastel no era muy golosa.

Pese a su aspecto poco agraciado, Gaspar resultó entrañable y divertido, lleno de historias y buen humor. Rosalía se lo pasó en grande. Él la acompañó a casa y quedaron para otra cita.

Por la mañana, Rosalía decidió comunicárselo a Consuelo:

Ya no necesito que sigas, puedo cuidarme sola, cocinar, limpiar y lavar mi ropa.

Ay, Rosalía, llevo años con vosotros, y me echas a la calle. ¿Adónde iré ahora?

Encontrarás otra familia, o de portera en algún edificio.

Me despides sollozó Consuelo, estaba tan acostumbrada

Bueno, en realidad no me falta el dinero, y así no tengo que limpiar ventanas ni baños pensó Rosalía.

Miró a la asistenta, que se secaba las lágrimas.

Está bien, Consuelo, si insistes, puedes quedarte se alegró y hasta la besó en la mejilla.

Os he querido, a ti y a Gonzalo, como si fuerais de mi propia familia. Perderlo fue muy duro, y encima tú me querías echar.

Así siguieron, aunque Gasparal que ella llamaba cariñosamente Gaspínvisitaba la casa con frecuencia. Gaspar adoraba a su esposa. Rosalía se casó con él a los tres meses y quiso que la boda fuese sencilla. Pero para la luna de miel, Gaspar la llevó a las Canarias, pues era empresario y podía permitírselo.

Rosalía pensó que el viaje sería como aquellos que hizo con Gonzalo: vuelo directo, hotel decente, excursiones típicas. Sin embargo, para “Gaspín”, el placer era diferente. Viajaron en clase preferente, alguien los recibió en el aeropuerto y los llevó en coche privado; en el hotel los agasajaron con fuegos artificiales, cocteles y bailes regionales.

La villa era preciosa, cuatro habitaciones, piscina en el patio, playa privada.

Madre mía, ¿cuánto habrá costado todo esto? pensaba Rosalía.

Nunca se interesó por el dinero de Gaspar, aunque sabía que tenía mucho. Él era tierno y amable, le acomodaba la manta, le acariciaba la cabeza. Por las mañanas la obligaba a desayunar bien, no solo a tomar un café antes de ir al trabajo.

Gonzalo siempre me despreciaba, presumiendo de elevarme a su nivel. Gaspar, aunque lejos de ser guapo, vive para mí, está siempre dispuesto a escuchar, eso me conquista reflexionaba Rosalía.

Consuelo adoraba al nuevo esposo y estaba feliz en la gran casa a las afueras, propiedad de Gaspar. Solo hubo un momento incómodo: Rosalía lo vio inyectarse insulina a escondidas.

¿Qué es eso? preguntó preocupado.

Solo insulina, soy diabético, pero llevo la vida normal.

En Canarias soñaba:

¿He encontrado, por fin, mi premio mayor en la vida?

Le encantaba este estilo de viaje. Lo único que la apenaba era compartirlo con su torpe y redondeado marido, en vez de con un monitor de surf o un entrenador de tenis de ojos azules.

Tengo que poner a mi osito en dieta y llevarlo al gimnasio.

Sacó el tema con él, pero Gaspar se apenó:

Haré deporte si lo deseas, pero tengo problemas de metabolismo. No puedo ser un Adonis. Dependo del tratamiento.

Tranquilo, ya está decidió ella.

De vuelta al trabajo, Rosalía a veces sentía una gran melancolía. ¿Llegaría a encontrar el amor verdadero alguna vez? Gaspín nunca la apasionó, y deseaba saber qué era la pasión ardiente. Quería sentir esa fuerza y, por las noches, soñar con un hombre atlético, no con un oso de peluche. Sus colegas bromeaban:

¿De verdad nunca engañas a tu osito, eres tan recta?

Pero era más por compasión que por moral, no quería dañar al buenazo. En la fiesta de Año Nuevo en la redacción, Rosalía bebió de más, y su compañero Jaime llamó a su amigo Marcos para llevarla a casa.

Rosalía, ¿te acercamos nosotras? propuso Jaime, medio borracho, y ella aceptó.

Marcos la sentó cerca de él y en el trayecto bromeaba con Jaime por no haberle presentado antes a Rosalía. Ella, asombrada, no le quitaba los ojos de encima. Guapo, elegante, conducía un Mercedes y la miraba con deseo. Al llegar, la ayudó a bajar y la apretó contra su coche, besándola con fuerza. Ella no lo rechazó, le agradaba ese ímpetu viril.

Marcos fue un amante ideal: mientras en casa era tierna y dócil con Gaspín, con él todo era deseo y potencia en su apartamento solitario. Directo, apasionado. Después del amor, simplemente charlaba:

Qué bien contigo.

Así estaban ambos satisfechos. Gaspar llegaba tarde del trabajo, ocupado por sus negocios, y ni se enteraba de lo que pasaba. Un día, Rosalía llegó en coche al piso de Marcos, cuando apareció alguien tocando con insistencia el timbre.

¡Ahora lo mato! murmuró Marcos, y fue a abrir.

Rosalía oyó dos voces conocidas: la de Marcos y la de su esposo, se vistió rápidamente y en la puerta apareció Gaspar, en silencio. Hubiese sido más fácil si hubiera gritado.

Gaspín Gaspar esto no es lo que parece

Marcos calló, ni respondió ni se negó a abrir.

¿Quién me ha vendido? preguntó Rosalía.

¿Y qué importa ya? Aunque dudé, fui a comprobarlo.

Notó que Gaspar estaba pálido, sudoroso y se desplomó. Rosalía acudió deprisa; respiraba con dificultad.

¡Llama a urgencias! ¡Rápido!

Marcos lo hizo. Rosalía buscó la pluma de insulina en el bolsillo de Gaspar y se la inyectó, esperando que reaccionara. Pero no fue así. Cuando llegó la ambulancia, el médico dictaminó:

Ha fallecido.

Rosalía quedó paralizada. Marcos la llevó a casa. Consuelo la recibió:

Rosalía, ¿qué ha pasado? Tienes muy mala cara.

Rosalía sospechó:

¿Habrá sido Consuelo quien avisó a Gaspar? No soportaba a Marcos y preguntaba mucho por él pero decidió callar.

Tras el funeral, le dieron los documentos: muerte súbita de corazón. Le costó volver en sí. Al poco, apareció la hija de Gaspar, abogada y del anterior matrimonio, reclamando la casa y amenazando con juicios. Lanzó un sobre relleno de billetes y le dio tres días para irse de la mansión con Consuelo.

Rosalía no tenía estómago para pleitos. Renunció a todo y regresó con Consuelo al gran piso que tenía de Gonzalo.

El tiempo sanó las heridas. Marcos la ayudó mucho. Seguían viéndose, pero él nunca le propuso matrimonio. Rosalía entendía que no era hombre para casarse, pero no cortaba la relación. Un día, su colega Jaime la llamó nervioso:

Rosalía, siéntate Marcos ha muerto, accidente de tráfico, fue instantáneo

Fue en ese momento cuando Rosalía reflexionó.

¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo de tener un aura oscura.

Pasaron los meses. Un día, durante el programa en la tele, apareció como invitado un joven llamado Néstor. Rosalía enseguida percibió su interés; después del rodaje la invitó a tomar café.

Claro, aceptó ella, ya es hora de rehacer mi vida.

Néstor conquistó su corazón; Rosalía se enamoró perdidamente, rebosaba felicidad.

Ahora sé lo que es la verdadera pasión Ya no puedo ni respirar sin Néstor, y me da miedo perderlo.

Néstor correspondía su amor, y juntos vivían momentos alegres. Era culto y amable, y Rosalía disfrutaba su compañía; no indagaba en el pasado de Néstor, solo sabía que era hijo único y que su padre y él no se hablaban. Vivía con Rosalía; él se fue a trabajar y ella decidió investigar un poco por curiosidad. Buscó su nombre en internet y la primera noticia la dejó boquiabierta: Néstor estaba entre los cien hombres más ricos de España.

No lo creo rió histérica. ¡Vaya sorpresa! luego tembló. ¿Y si también le pasa algo?

Se calmó, fue a trabajar. Por la tarde llamó a Néstor, que no respondía. Preocupada, llamó a su oficina.

Buenos días, ¿puedo hablar con Néstor, por favor?

¿De parte de quién?

De Rosalía

Lo han llevado al hospital le informaron.

Rosalía corrió hacia allí.

¿Qué le ocurre? preguntó angustiada al doctor.

Tranquila, no es grave. Vivirá, solo fue un susto para el corazón. Todo está controlado.

¿Puedo verle, aunque sea un momento?

Diez minutos.

Rosalía entró en la habitación. Néstor la esperaba, sonriendo; tomó sus manos.

Todo irá bien. Te amo, y cuando salga, me casaré contigo. ¿Aceptas?

¡Por supuesto! lo besó. Nos espera toda una vida llena de verdadera felicidad.

Gracias por leer esta historia, y por vuestra compañía. ¡Que la suerte os acompañe!

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La viuda negra La simpática y lista Lilia, a punto de acabar la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Vlad, bastante mayor que ella. Fue Vladislav Romanovich, un personaje muy conocido en la ciudad, compositor de canciones populares por Madrid, quien primero reparó en la esbelta y delicada Lilia. Hicieron amistad rápidamente, y Vlad, gran figura de la televisión madrileña, la ayudó a iniciar su carrera como presentadora de su propio programa en Telemadrid, titulado “Conversaciones de corazón a corazón”, donde invitó a psicólogos reconocidos y a otros referentes locales, en un formato de preguntas y respuestas basado en situaciones reales. Vladislav Romanovich, ya con cuarenta y cinco años y tres matrimonios a sus espaldas, era conocido por su energía y su multitud de amigos, aunque nunca logró adaptarse a la vida familiar. Consideraba su genio creativo casi digno de premio nacional de composición, frecuentaba restaurantes, cafés y saunas de la ciudad, y era habitual verle tomando copas en reuniones sociales. El tiempo pasó y Lilia se hizo popular; se casó con Vlad y su programa se convirtió en éxito en toda la ciudad. Elegantemente vestida, agradable y atenta, era la estrella televisiva de la que todos hablaban, aunque pronto comprendió que había elegido al hombre equivocado por marido: Vlad siempre bajo los efectos del alcohol y despectivo con ella. A pesar de recibir halagos de amigos como Semen, y de contar con el apoyo de Vlad mientras se ganaba su afecto, todo cambió tras la boda: los detalles y atenciones desaparecieron. Lilia se desilusionó y empezó a construir su carrera sola, mientras Vlad insistía en que aprendiera inglés para no “parecer una paleta” en el extranjero, aunque fue el consejo de Semen lo que realmente la animó a ponerse a estudiar el idioma. La pareja vivía en un gran piso en Chamberí, herencia del abuelo de Vlad, un distinguido médico. Disponían de una asistenta, Vera, mujer de 43 años, celosa y maliciosa, que presenciaba cada aspecto de su vida privada. La rutina cotidiana se fue llenando de hastío y, tras siete años de matrimonio, Lilia nunca tuvo hijos: Vlad ya tenía un hijo de su primer matrimonio y ella prefería centrarse en el trabajo. Una mañana, tras una noche más de excesos de Vlad, Vera encontró a Vlad desplomado en su despacho y llamaron rápidamente a emergencias. Vlad fue ingresado en la UCI y, esa misma noche, Lilia recibió la noticia de su fallecimiento. El funeral, multitudinario y organizado por Semen, fue todo un acontecimiento madrileño. Semen resumió la vida de Vlad: “Vivió intenso y merece descanso”. Lilia, sola y rodeada de rumores y consejos (“No tienes nada de qué lamentarte, eres joven, libre y rica”), repartió la herencia con el hijo de Vlad y se volcó en su trabajo y amistades. En un café cercano tras una grabación, Lilia conoció a Inocencio, un empresario simpático y robusto que pronto se ganó su confianza y la invitó a salir. Tras despedir y volver a readmitir a Vera, su fiel asistenta, Lilia y “Kiko”, como le llamaba cariñosamente, se casaron tras tres meses y organizaron una luna de miel en las Islas Maldivas digna de celebridad, con todo lujo de detalles y atención VIP. Inocencio resultó ser atento y cariñoso, aunque sufría diabetes y tenía que administrar insulina, lo que no mermaba la felicidad de Lilia, aunque a veces fantaseaba con un marido más atlético. A su regreso a Madrid, Lilia sintió que aún no había encontrado la pasión verdadera, y empezó una aventura secreta con Artemio, el mejor amigo de su colega Costa: todo deseo y pura química. Artemio resultó el amante perfecto y, como Inocencio pasaba mucho tiempo ocupado con su empresa, Lilia mantuvo el idilio en secreto hasta que, una noche, Inocencio los sorprendió juntos y, tras el shock, sufrió un infarto y falleció en casa de Artemio. La hija de Inocencio del primer matrimonio, abogada, no tardó en expulsar a Lilia de la mansión de la sierra madrileña, entregándole un fajo de dinero como compensación y dándole tres días para marcharse. Lilia, pragmática, regresó al gran piso que le quedaba de Vlad en Chamberí junto a Vera. Siguió viéndose con Artemio, aunque no había intención de formalizar la relación, pero poco tiempo después Costa le telefoneó: Artemio había muerto en un accidente de tráfico. Fue entonces cuando Lilia reflexionó: “¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy la viuda negra, todos lo dirán, debo tener el aura negra”. Al cabo de un tiempo, en una de sus grabaciones televisivas, apareció un joven llamado Macario, quien pronto conquistó su corazón. Lilia se enamoró profundamente y, tras investigar su nombre en internet, descubrió que figuraba en el ranking de las cien mayores fortunas de España. No terminaba de creérselo, pero el miedo a perderlo la asaltaba. Días después, Macario sufrió una crisis y fue ingresado; Lilia acudió al hospital, donde él le dio un prometedor mensaje de amor: “Cuando salga, nos casamos”. Lilia aceptó emocionada, sabiendo que por fin encontraba su verdadera felicidad y un porvenir lleno de amor. ¡Gracias por leer y por vuestro apoyo! ¡Os deseo suerte y felicidad en la vida!
Cachivaches de la nuera