Un regusto amargo
¡Se acabó! ¡No habrá boda! exclamó Carmen.
Espera, ¿qué ha pasado? balbuceó Diego. ¡Si todo iba bien!
¿Bien? se burló Carmen. Claro, bien. Solo que… se detuvo unos segundos, buscando cómo explicarlo, hasta que soltó la pura verdad. ¡Tus calcetines apestan! ¡No estoy preparada para respirar ese olor el resto de mi vida!
¿Así se lo has dicho? se sorprendió la madre de Carmen, cuando su hija le anunció que retiraba la solicitud en el registro civil. ¡No me lo puedo creer!
¿Por qué? respondió la ex-novia encogiéndose de hombros. Es la verdad. No vayas a decir que no te habías dado cuenta.
Notar, claro que lo he notado admitió la madre, algo avergonzada. Pero hija… es humillante. Pensé que le querías. Es buen chaval. Lo de los calcetines tiene arreglo.
¿Arreglo? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiar de calcetines? ¿A usar desodorante? Madre, ¿te escuchas? Yo iba a casarme para sentirme segura junto a un hombre, no para adoptar a un niño grandote.
¿Y entonces por qué llegaste tan lejos? ¿Por qué presentaste la solicitud?
¡Por ti, mamá! Dieguito es buen muchacho, muy noble. Me cae fenomenal, ¿no? Y también esto: Ya tienes veintisiete, hija. Ya va siendo hora. Hazme abuela. Ahora te quedas callada, ¿eh?
Carmen, no pensé que tuvieras dudas, de verdad. Parecía que la cosa iba en serio respondió la madre, tratando de defenderse. Mira, me alegro de que seas capaz de pensarlo todo y decidir bien. Pero, hija, eso de los calcetines apestan… Se te ha ido de las manos. No es propio de ti.
Lo dije adrede, mamá. Que lo entendiera, que no hubiera vuelta atrás.
***
Al principio, Diego le pareció a Carmen divertido y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y la misma camiseta. Nunca hablaba de Goya ni de Cervantes, pero podía pasarse horas contando historias sobre películas antiguas, y cuando lo hacía, sus ojos brillaban.
Era fácil estar con él, y eso fue lo que atrajo a Carmen, que estaba harta de relaciones tempestuosas y de buscar el amor de su vida.
Después de dos meses de cines y cafeterías, Diego, con timidez, propuso:
¿Te vienes a mi casa? Te hago unas croquetas, ¡las he preparado yo mismo!
La invitación sonó tan cálida y familiar que el corazón de Carmen dio un vuelco. Lo de las he preparado yo la conquistó por completo.
Así que aceptó.
***
El piso de Diego no gustó nada a Carmen.
No había suciedad, pero sí caos, falta de gusto y aspecto de abandono. Las paredes desnudas, el sofá viejo y descolorido, con un solo cojín, y por todo el suelo pilas de cajas, libros y revistas. En medio de la sala, unas zapatillas deportivas. Además, el aire olía a polvo y a cerrado.
La habitación parecía una estación de paso, como si estuvieran a punto de marcharse, pero nunca se fueran.
¿Qué te parece mi fortaleza? dijo Diego abriendo los brazos, orgulloso, sin ningún atisbo de vergüenza. De verdad que no veía nada raro.
Carmen forzó una sonrisa. Le gustaba el chico, no quería pelear.
Fueron a la cocina. Tampoco estaba mejor: la mesa cubierta de polvo, el fregadero con platos sucios y tazas con marcas negras, una olla que había visto mejores días. A Carmen se le fue la vista al viejo hervidor.
Me pregunto pensó de qué color sería originalmente.
El ánimo se le fue al suelo.
Escuchaba a Diego hablar con entusiasmo, intentando hacerla reír, pero cuando le ofreció un plato de croquetas, Carmen se negó con la excusa de la dieta. No pensaba llevarse a la boca nada cocinado en esa cocina.
Ya en casa, Carmen hizo balance de su visita.
A primera vista todo lo que vio en el piso de Diego parecía poca cosa, detalles sin importancia. Vive solo, no se le da bien la casa, ¿y qué?
Sin embargo, tras esa falta de orden, Carmen vio algo mucho más profundo: ¿cómo se puede vivir así? No porque sea vago para limpiar un plato, sino porque… para él es normal.
Al final, un regusto amargo quedó.
***
Más tarde, Diego fue a casa de Carmen, le hizo una propuesta formal, le regaló un anillo. Fueron al ayuntamiento a registrar su boda. Los padres, ilusionados, empezaron a preparar todo.
Ser la novia era bonito, por supuesto. Pero cuando Carmen se quedaba sola, pensando en Diego, que siempre se esmeraba por hacerle algún detalle, preparar sus croquetas y contarle chistes, en su mente aparecía… el hervidor de color indefinido.
Y Carmen se daba cuenta: no era solo un hervidor. Era una prueba. Hablaba de cómo Diego veía la vida, el hogar, a sí mismo. Y probablemente, también a ella.
Un día, la chica imaginó cómo sería una mañana juntos, y sintió pánico.
Se despertaría, iría a la cocina y encontraría el té a medias y migas de pan. Y cuando dijera: Cariño, recoge esto, por favor, él la miraría sorprendido, sin entender de qué hablaba. No discutiría, no gritaría. Simplemente… no comprendería. Y cada día tendría que explicarle, limpiar, recordarle. Su amor iría muriendo, poco a poco, por miles de pequeñas heridas invisibles para él.
Y su madre, mientras tanto, tan feliz porque se casa.
***
Casarse…
La facilidad y el calor que Carmen sentía con Diego se fueron disipando, sustituídos por una angustia densa y persistente.
Carmen le preguntaba Diego casi cada día, mirándola inquieto, ¿todo está bien entre nosotros? Nos queremos, ¿verdad?
Claro respondía ella, sintiendo cómo algo se hacía añicos en su interior.
Por fin, Carmen se desahogó con su amiga, contándole todos sus temores.
¿Y qué pasa? preguntó sorprendida Laura. Un poco de polvo, un hervidor raro… ¡Mi marido puede dejar el salón como un campo de batalla y ni se entera! Los hombres no ven esas cosas.
¡Justo! Ellos no las ven susurró Carmen. Pero yo sí. Y nunca dejaré de verlas. Me matarán poco a poco.
***
No culpaba a Diego. Él no la engañó. Era sincero. Vivía en su mundo, en el que un plato sucio era normal. Para ella, aquello era un signo de desinterés y desconcierto total.
No era cuestión de limpieza. Era cuestión de que veían el mundo de forma completamente distinta. La grieta que había nacido en su mente pronto sería un abismo entre los dos.
Así que era mejor terminarlo ahora que acabar en el fondo de ese abismo años después, cuando ya no hubiera remedio.
Solo faltaba el momento adecuado…
***
Invitaron a Carmen y Diego a una fiesta.
Llegaron, se quitaron los zapatos en la entrada…
Pasaron al salón…
El olor desagradable los siguió, pegado a sus pasos.
Carmen tardó en darse cuenta de dónde venía el tufo.
Cuando lo supo, y vio que no solo ella lo notaba, sino todos los presentes, se ruborizó tanto que solo quería desaparecer. Sin mediar palabra, salió corriendo, se puso los zapatos y se fue.
Diego la siguió y la alcanzó. Le cogió la mano. Carmen se volvió y, con rabia, le soltó en la cara:
¡Ya está! ¡No habrá boda!
***
La boda, desde luego, nunca sucedió.
Carmen está convencida de que hizo lo correcto y no se arrepiente de nada.
Diego, aún hoy, no alcanza a entender qué supuso el problema. “Bah, ¿por unos calcetines?”. Pudo haberlos dejado en casa…
A veces, lo que parece pequeño, es un símbolo profundo de cómo cada uno entiende la vida. Mejor marcharse a tiempo, antes de que los pequeños detalles se conviertan en muros infranqueables.







