Una pequeña historia navideña: Una vez, una anciana maestra ganó por casualidad… ¡una caja de cava! ¡Una caja! ¡De cava! ¡Por pura suerte! En el supermercado habitual donde hacía la compra después de las clases, organizaban un sorteo especial de Año Nuevo. La maestra, mujer práctica, nunca creía en sorteos ni en loterías. Pero la cajera la convenció: —¿No quiere usted cava para la fiesta?, le dijo. La maestra suspiró hondo. Hacía mucho que celebraba el Año Nuevo sola. Su marido había fallecido años atrás, su hija se había ido a estudiar a Madrid y allí se quedó, llamando solo a veces para quejarse del trabajo o la gripe de la nieta y diciendo que no podía venir. Los alumnos la querían, pero tenían otros planes infantiles y las vacaciones llenas de compromisos. Así que la maestra pasaba la Nochevieja en compañía de su viejo árbol de plástico decorado con adornos de cuando Franco, un Papá Noel de algodón y el gato Pancho. —Ponga aquí su apellido y teléfono —la sacó de sus pensamientos la cajera, y cuando cumplió con el trámite, echó el boleto en la urna. La maestra metió sus modestas compras en la bolsa y se fue caminando a casa. Esto ocurrió dos semanas antes de Año Nuevo. Los exámenes de trimestre, las notas, la rutina diaria la absorbieron tanto que se olvidó del sorteo. El 31 de diciembre fue al súper a por pienso para Pancho, su tragón, cuando oyó su nombre y se quedó parada. Delante había una multitud y en alto, el Papá Noel de la tienda anunciando por megáfono los ganadores del sorteo. —¡GONZÁLEZ MARÍA RAMONA! —tronó Papá Noel—. ¿Está aquí María Ramona? La maestra se quedó muda como sus alumnos en clase, pero la cajera la localizó, le levantó el brazo y gritó: —¡Aquí está! Y la arrastró hasta el escenario con Papá Noel. Papá Noel se sorprendió de ver ganar la caja de cava bueno y caro a una señora mayor con abrigo viejo y zapatos gastados, en vez de a una joven con abrigo de piel y vestido brillante. Incluso había llamado a un cámara de la tele local para grabar la entrega y sacarlo en el telediario… “Bueno, qué se le va a hacer —pensó Papá Noel—, el sorteo es el sorteo”. Le entregaron el premio a la maestra solemnemente. Se lo llevaron en un trineo decorado hasta la puerta de la tienda y le hicieron fotos, pero no se publicaron. El sorteo siguió, había más premios. Atónita, la maestra se llevó el cava hacia la salida. “Vaya, ni he dado las gracias a la cajera —pensó—. Si no fuera por ella, nunca habría participado”. Dejó el premio al vigilante, sacó una botella y fue a por la cajera. Leyó su nombre en la chapa: “Sonia”. Le regaló la botella y, agradecida de verdad, se marchó. La segunda botella se la dio al vigilante en agradecimiento, pese a que él no quería; “así me pesa menos”, le dijo. —¿Vive lejos? —preguntó el vigilante. —Aquí mismo, en el portal 22, piso 3ºB —dijo la maestra. Él la ayudó con el trineo, la felicitó y la vio marchar. La maestra cubrió su tesoro con el chal y fue deprisa a casa. Al girar la esquina encontró a su vecina, con quien no se llevaba, pero como es Nochevieja, todos son un poco más amables. Sacó otra botella de cava y se la regaló. La vecina alucinó: “¡Mira la vieja, y compra cava caro!”, pensó. La maestra siguió, el trineo ya más ligero. Al llegar al patio se encontró a los padres de un alumno, llevando el árbol y el roscón, con el hijo corriendo enfrente. Saludaron y, de repente, la maestra les dio una botella más. —¡Para que brindéis vosotros, los jóvenes, en Nochevieja! —¡Pero si es carísimo! —protestaron ellos. —Me ha tocado en el sorteo, acabo de recogerlo —explicó nerviosa. Todos se alegraron y se despidieron. Dejó el trineo en el patio: “A ver si lo cogen los niños para jugar”. Cogió las dos últimas botellas. Subió al ascensor y… de pronto, se fue la luz. Gracias a la vecina gruñona, que justo entraba, llamaron al técnico, que llegó refunfuñando: “¡A estas horas y molestan! Ni el frío ni la nieve las paran…”. Sacó a la maestra del ascensor y, para sorpresa suya, recibió una botella de cava. “¡Vaya con la vieja!”, pensó él, y aceptó: lo usaría para su cita de esa noche. Por fin en casa, con Pancho hambriento, llegó cansada pero feliz. —Esto es lo que me ha pasado, Pancho —dijo—. Gané el cava y lo compartí con buena gente. —Miau —respondió el gato. —Sólo queda una botella… Una pena que, como siempre, pasemos el Año Nuevo solos. Pasaron un par de horas. Preparó la cena, con su ensaladilla y la bandeja de embutido para Pancho. De repente, suena el timbre. Era la cajera con el vigilante y una bolsa que olía a pollo asado. —No somos los Reyes Magos, pero venimos a felicitarla —dijo el vigilante. Sonia le dio el pollo. —La cocina lo ha hecho solo para usted —explicó—. —Qué alegría, pasen, pasen —dijo la maestra emocionada. Ya tenía sus primeros invitados. Unos minutos después, volvió a sonar el timbre: eran los padres del alumno, con el roscón. Vinieron solo a hacerle compañía. Sentados todos, vuelve el timbre. Era la vecina, con un paquete brillante. —¡Para usted! —dijo—. —¡Un regalo! ¡Navideño de verdad! Cuánto tiempo hace que no recibo un regalo —se emocionó la maestra—. Pase, pase. Comenzó el ajetreo navideño. Despidieron el año viendo “La cabina” y brindaron con alegría. Cerca de la medianoche, los invitados se despidieron para ir con sus familias. La maestra y Pancho se quedaron solos. —Ni abrimos el cava —suspiró ella. Y entonces, sonó de nuevo el timbre. Era su hija, su nieta y el yerno, sus invitados más esperados. —¡Mamá, por fin hemos llegado!— La joven abrazó a la anciana. —Perdón por el retraso, había nevado —dijo el yerno—. Y nos hemos dejado el cava.

Una pequeña historia de Nochevieja.

Una vez, una maestra jubilada, doña Clara Escudero, ganó por pura casualidad… ¡una caja de cava! ¡Una caja entera! ¡De cava! ¡Sin querer!

En el supermercado al que solía acudir después de clases para hacer la compra, estaban organizando un sorteo especial por el Año Nuevo. Clara, que era bastante pragmática y nunca creía en estas cosas, estaba a punto de negarse cuando la cajera insistió:
¿No querrá usted una botellita de cava para el brindis de Nochevieja? le dijo casi riendo.

Clara suspiró. Hacía años que no tenía con quién celebrar la Nochevieja. Su marido había fallecido hacía mucho, y su hija se había ido a estudiar a Madrid, donde acabó estableciéndose; sólo llamaba de vez en cuando, siempre con prisas y un quizá para otra vez. Los nietos encadenaban gripes y compromisos y no podían venir. Los alumnos le tenían cariño, claro, pero sus vacaciones estaban más que reservadas para planes infantiles. Así que Clara solía pasar la nochevieja acompañada solo por su viejo arbolito de navidad de plástico, aún adornado con bolas de cuando era niña, un Papá Noel de algodón y su gato Tomás.

Escriba aquí su nombre y teléfono la sacó de sus pensamientos la cajera, y cuando Clara lo hizo, arrojó el papel en la urna del sorteo. Luego, con la compra bajo el brazo, Clara se fue a casa, convencida de que eso no iba a ir a ningún lado.

Faltaban dos semanas para Nochevieja. Los días se llenaron con clases, exámenes y notas, y Clara pronto se olvidó del sorteo.

El 31 de diciembre, por la tarde, fue al supermercado a por comida para Tomás, que comía como si fueran tres gatos. Iba refunfuñando sobre el apetito de su felino cuando de repente escuchó por megafonía su nombre completo:
¡Clara Escudero Rodríguez!, gritaba un Papá Noel subido a un tablado entre la multitud ¿Está entre nosotros Clara Escudero Rodríguez?

Clara se quedó de piedra. La cajera la localizó y, alzando el brazo de Clara, gritó:
¡Está aquí!

Y antes de poder reaccionar, la arrastró hasta el escenario. Papá Noel titubeó por un segundo, al ver que el gran premio, una caja de cava caro, lo había ganado una mujer mayor en abrigo gastado y botas remendadas; él esperaba una joven elegante, no una jubilada discreta. El cámara de la tele local ya tenía la grabación lista para el noticiario…

Qué se le va a hacer pensó Papá Noel, resignado, el sorteo es el sorteo. Y entregó a Clara la caja con toda la pompa, la cargaron en un pequeño trineo decorado para que pudiera llevarla a casa. Tomaron fotos, que nunca salieron del móvil del Papá Noel.

Mientras seguía el sorteo, Clara, aún abrumada por su suerte, arrastró su trineo hacia la salida. Al llegar, se acordó: ¡Ay! Ni siquiera he dado las gracias a la cajera. Si no es por ella, ni participo. Dejó el premio al vigilante, sacó una botella y se fue en busca de la cajera. Al verla, leyó su nombre en la chapa: Elena. Con mucho orgullo le entregó la botella y le dio las gracias de corazón.

La segunda botella se la regaló al vigilante, que al principio se negó pero ante la insistencia de Clara no le quedó más remedio que aceptar.
Así me pesa menos la caja, y total, ¿qué voy a hacer yo con tanto cava?
¿Vive usted lejos? preguntó él.
Aquí cerca, en el portal 22, piso 3ºB respondió.

El vigilante la ayudó a llevar el cava hasta la puerta, le deseó feliz año y observó cómo la maestra se alejaba, sonriendo y pensativo.

De camino a casa, Clara se cruzó con su vecina, doña Milagros, con la que nunca se llevaba muy bien. Pero en Nochevieja todo el mundo se ablanda un poco, así que, sin pensarlo mucho, Clara sacó una botella del cava y se la regaló. La vecina se quedó sorprendida, preguntándose cómo sería capaz una jubilada de comprarse un cava tan caro.

Después, al entrar al patio, se topó con los padres de uno de sus alumnos. Él portaba un abeto, ella una tarta, y un niño corría por delante tirando de un trineo. Se felicitaron el año y recibieron otra botella de cava.
Sois jóvenes, ¡abridla y brindad esta noche!
Pero señora, ¡ese cava es muy caro!, ¿está segura?
¡Me lo han regalado, lo acabo de ganar en el sorteo del súper! explicó emocionada.

Todos se alegraron y se despidieron con una sonrisa.

Dejó su trineo vacío a la entrada del bloque, pensando que quizá algún niño querría jugar con él, cogió las dos últimas botellas de cava y subió en el ascensor. ¡Pero de golpe se fue la luz y se quedó atrapada! Por suerte, su poco querida vecina, que volvía a casa, avisó al técnico del ascensor bastante molesto por trabajar en tales fechas, por cierto.
¡Nunca pueden estar quietas estas señoras! murmuraba.
Al sacarla, se topó con que Clara le regalaba una botella de cava.
¡Vaya con la señora! silbó, y aunque refunfuñó, el regalo le vino de perlas, pues tenía cita esa noche y esperaba impresionar con un cava de calidad.

Cuando Clara llegó a casa, Tomás ya esperaba maullando.
Vaya aventura, Tomás, hoy he repartido mi premio con buena gente dijo Clara mientras él respondía con un maullido escéptico.
Solo queda una botella… Lástima, la brindaremos nosotros dos una vez más.

Pasaban las horas, Clara preparaba unos platos sencillos: un poco de ensaladilla rusa, carne al horno, algo de embutido para Tomás. Cuando sonó el timbre.

En la puerta estaban Elena, la cajera, y el vigilante, trayendo una bolsa con un jugoso pollo asado.
No somos Papá Noel ni Reina Maga, pero queríamos felicitarle las fiestas dijo el vigilante.
Este pollo lo han hecho especialmente para usted añadió Elena.

Los primeros invitados de la noche. Al poco, volvieron a llamar: eran los padres del alumno, con la tarta en la mano.
No queríamos que estuviera sola explicaron.

No habían terminado de sentarse cuando de nuevo, timbre. Era doña Milagros con una caja envuelta en papel brillante.
Es para usted dijo con gesto amable.

¡Un regalo! ¡Qué ilusión! Hacía años que nadie me daba uno. ¡Gracias! Pase, pase.

Comenzó así una animada velada. Todos brindaron juntos, echaron alguna risa y despidieron el año viendo la tradicional Un, dos, tres en la tele.

Antes de la medianoche, los invitados fueron volviendo a sus casas; al fin y al cabo, Nochevieja es fiesta de familia.

Clara y Tomás se quedaron solos de nuevo.
Ni abrimos el cava dijo Clara suspirando.

Y entonces de nuevo el timbre. En la puerta estaban su hija, su nieta y su yerno. Los invitados más esperados y queridos.
¡Mamá! exclamó su hija abrazándola ¡Por fin podemos celebrar contigo!
Perdónanos, la nevada nos ha retrasado tanto que hasta el cava lo dejamos en casa añadió el yerno con una sonrisa.

Y Clara sonrió, comprendiendo que la felicidad no está en el premio recibido, sino en compartir con los demás y abrir el corazón, porque la generosidad siempre vuelve como el mejor de los regalos.

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Una pequeña historia navideña: Una vez, una anciana maestra ganó por casualidad… ¡una caja de cava! ¡Una caja! ¡De cava! ¡Por pura suerte! En el supermercado habitual donde hacía la compra después de las clases, organizaban un sorteo especial de Año Nuevo. La maestra, mujer práctica, nunca creía en sorteos ni en loterías. Pero la cajera la convenció: —¿No quiere usted cava para la fiesta?, le dijo. La maestra suspiró hondo. Hacía mucho que celebraba el Año Nuevo sola. Su marido había fallecido años atrás, su hija se había ido a estudiar a Madrid y allí se quedó, llamando solo a veces para quejarse del trabajo o la gripe de la nieta y diciendo que no podía venir. Los alumnos la querían, pero tenían otros planes infantiles y las vacaciones llenas de compromisos. Así que la maestra pasaba la Nochevieja en compañía de su viejo árbol de plástico decorado con adornos de cuando Franco, un Papá Noel de algodón y el gato Pancho. —Ponga aquí su apellido y teléfono —la sacó de sus pensamientos la cajera, y cuando cumplió con el trámite, echó el boleto en la urna. La maestra metió sus modestas compras en la bolsa y se fue caminando a casa. Esto ocurrió dos semanas antes de Año Nuevo. Los exámenes de trimestre, las notas, la rutina diaria la absorbieron tanto que se olvidó del sorteo. El 31 de diciembre fue al súper a por pienso para Pancho, su tragón, cuando oyó su nombre y se quedó parada. Delante había una multitud y en alto, el Papá Noel de la tienda anunciando por megáfono los ganadores del sorteo. —¡GONZÁLEZ MARÍA RAMONA! —tronó Papá Noel—. ¿Está aquí María Ramona? La maestra se quedó muda como sus alumnos en clase, pero la cajera la localizó, le levantó el brazo y gritó: —¡Aquí está! Y la arrastró hasta el escenario con Papá Noel. Papá Noel se sorprendió de ver ganar la caja de cava bueno y caro a una señora mayor con abrigo viejo y zapatos gastados, en vez de a una joven con abrigo de piel y vestido brillante. Incluso había llamado a un cámara de la tele local para grabar la entrega y sacarlo en el telediario… “Bueno, qué se le va a hacer —pensó Papá Noel—, el sorteo es el sorteo”. Le entregaron el premio a la maestra solemnemente. Se lo llevaron en un trineo decorado hasta la puerta de la tienda y le hicieron fotos, pero no se publicaron. El sorteo siguió, había más premios. Atónita, la maestra se llevó el cava hacia la salida. “Vaya, ni he dado las gracias a la cajera —pensó—. Si no fuera por ella, nunca habría participado”. Dejó el premio al vigilante, sacó una botella y fue a por la cajera. Leyó su nombre en la chapa: “Sonia”. Le regaló la botella y, agradecida de verdad, se marchó. La segunda botella se la dio al vigilante en agradecimiento, pese a que él no quería; “así me pesa menos”, le dijo. —¿Vive lejos? —preguntó el vigilante. —Aquí mismo, en el portal 22, piso 3ºB —dijo la maestra. Él la ayudó con el trineo, la felicitó y la vio marchar. La maestra cubrió su tesoro con el chal y fue deprisa a casa. Al girar la esquina encontró a su vecina, con quien no se llevaba, pero como es Nochevieja, todos son un poco más amables. Sacó otra botella de cava y se la regaló. La vecina alucinó: “¡Mira la vieja, y compra cava caro!”, pensó. La maestra siguió, el trineo ya más ligero. Al llegar al patio se encontró a los padres de un alumno, llevando el árbol y el roscón, con el hijo corriendo enfrente. Saludaron y, de repente, la maestra les dio una botella más. —¡Para que brindéis vosotros, los jóvenes, en Nochevieja! —¡Pero si es carísimo! —protestaron ellos. —Me ha tocado en el sorteo, acabo de recogerlo —explicó nerviosa. Todos se alegraron y se despidieron. Dejó el trineo en el patio: “A ver si lo cogen los niños para jugar”. Cogió las dos últimas botellas. Subió al ascensor y… de pronto, se fue la luz. Gracias a la vecina gruñona, que justo entraba, llamaron al técnico, que llegó refunfuñando: “¡A estas horas y molestan! Ni el frío ni la nieve las paran…”. Sacó a la maestra del ascensor y, para sorpresa suya, recibió una botella de cava. “¡Vaya con la vieja!”, pensó él, y aceptó: lo usaría para su cita de esa noche. Por fin en casa, con Pancho hambriento, llegó cansada pero feliz. —Esto es lo que me ha pasado, Pancho —dijo—. Gané el cava y lo compartí con buena gente. —Miau —respondió el gato. —Sólo queda una botella… Una pena que, como siempre, pasemos el Año Nuevo solos. Pasaron un par de horas. Preparó la cena, con su ensaladilla y la bandeja de embutido para Pancho. De repente, suena el timbre. Era la cajera con el vigilante y una bolsa que olía a pollo asado. —No somos los Reyes Magos, pero venimos a felicitarla —dijo el vigilante. Sonia le dio el pollo. —La cocina lo ha hecho solo para usted —explicó—. —Qué alegría, pasen, pasen —dijo la maestra emocionada. Ya tenía sus primeros invitados. Unos minutos después, volvió a sonar el timbre: eran los padres del alumno, con el roscón. Vinieron solo a hacerle compañía. Sentados todos, vuelve el timbre. Era la vecina, con un paquete brillante. —¡Para usted! —dijo—. —¡Un regalo! ¡Navideño de verdad! Cuánto tiempo hace que no recibo un regalo —se emocionó la maestra—. Pase, pase. Comenzó el ajetreo navideño. Despidieron el año viendo “La cabina” y brindaron con alegría. Cerca de la medianoche, los invitados se despidieron para ir con sus familias. La maestra y Pancho se quedaron solos. —Ni abrimos el cava —suspiró ella. Y entonces, sonó de nuevo el timbre. Era su hija, su nieta y el yerno, sus invitados más esperados. —¡Mamá, por fin hemos llegado!— La joven abrazó a la anciana. —Perdón por el retraso, había nevado —dijo el yerno—. Y nos hemos dejado el cava.
Ayer, mi novio me dijo: