Aún hay tiempo…

**Diario personal**

Aún no es tarde…

Carmen estaba junto a la ventana, observando el patio. La abuela de la casa de al lado jugaba con su nieta en el parque infantil. Mediados de agosto, pero ya se notaba el aire fresco del otoño que se acercaba. Pronto llegarían las lluvias, el viento arrancaría las hojas amarillentas de los árboles, y luego vendría un invierno largo, con heladas y charcos de deshielo. Carmen suspiró.

Antes no le daba miedo el invierno. La familia, su marido, su hija, el trabajo, las responsabilidades… solo una estación más, los preparativos navideños, la espera de la primavera. Pero ahora el frío se le antojaba un recordatorio de la edad, un presagio de soledad y melancolía.

Había visto muchas películas sobre infidelidades, rupturas, divorcios. Siempre compadecía a las mujeres abandonadas, convencida de que a ella nunca le tocaría. Con Javier tenían un matrimonio sólido. Él no era de esos que van de flor en flor, era un hombre de palabra. Pero, ¡zas! La vida le dio una bofetada.

Se conocieron por casualidad, o mejor dicho, los presentaron. Su amiga Lucía ya tenía novio. Lucía quería pasar Nochevieja con él, pero su madre no la dejaría salir sola. Así que convenció a Carmen para acompañarla, así su madre cedería.

Y para que Carmen no se aburriera, el novio de Lucía llevó a un amigo. Javier, tímido y callado, no le cayó bien al principio. Tras las campanadas, salieron a pasear solos, dejando a la pareja a su aire.

Después de Reyes, Lucía rompió con su novio, pero Javier y Carmen empezaron a salir. Un año después, él le pidió matrimonio. Ella dijo que no. Estaba en segundo de carrera, era pronto, y logró convencerlo de esperar hasta terminar los estudios. Pero Javier, enamorado, no quería esperar. Al final del cuarto curso, Carmen aceptó.

Para entonces, él ya había terminado Ingeniería en la Politécnica y trabajaba. Alquiló un piso. La boda fue modesta: solo familiares y un par de amigos. Lucía fue su testigo.

La madre de Carmen se había vuelto a casar y se mudó con su nuevo marido, dejándole el piso a su hija. Todo pintaba bien. No se apresuraron a ser padres, y luego costó que llegara el embarazo. Carmen casi había perdido la esperanza cuando, al fin, ocurrió. El parto fue largo y difícil. Nació una niña. No se atrevió a intentarlo de nuevo.

Su hija creció, estudió Filología Inglesa y Francesa, se casó con un británico de origen ruso y se mudó a Londres. Allí tuvo un hijo al que Carmen solo veía por Skype o en fotos.

Parecía que la vida seguía su curso. Su hija estaba bien, ella y Javier gozaban de salud, aún tenían fuerzas. En unos años se jubilarían y, por fin, viajarían a Reino Unido juntos. Pero los sueños se quedaron en eso.

Un día, Lucía fue a verla. Se había casado dos veces, sin suerte. El primero bebía; el segundo quería hijos, pero ella no lograba quedarse embarazada. Siempre envidiaba la felicidad de Carmen, decía que en su juventud se había equivocado, que debió elegir a Javier.

Cuando Lucía le contó que lo había visto en un café con una mujer joven, Carmen no quiso creerlo.

—La miraba como si no existiera nada más. Ni siquiera me vio, sentada a dos mesas. Mira. —Le enseñó una foto en el móvil.

No había error. Era Javier, tomando la mano de una mujer hermosa, de unos treinta años, con ojos enamorados.

—¿Lo ves? Te lo digo por amistad, no por envidia. Javier es como todos los hombres. Y tú confiabas en él…

Duele oír eso de alguien en quien creías. Nunca sintió pasión por él, pero sí amor. Tras tantos años juntos, eran uno solo. Descubrir la traición fue un golpe brutal. Con Lucía aguantó el tipo, pero cuando se marchó, se desmoronó.

En cuanto Javier llegó a casa, ella lo encaró:

—¿Otra vez te quedaste tarde en el trabajo? ¿O era una reunión en el café La Terraza? ¿Cómo te fue? ¿La socia es guapa, verdad? ¿Y desde cuándo? ¿Estoy mayor para ti?

Primero lo negó. Luego la acusó de desconfiada, de espiarle. Hasta que, agotado, confesó:

—No sé cómo pasó. Pensé que se me pasaría. Me enamoré como un crío. Perdóname.

Carmen no sabía qué hacer. ¿Ignorarlo, esperar que recapacitara? ¿Echarlo? Conocía a Javier: si había perdido la cabeza, era porque en serio amaba a esa mujer.

¿Y ahora? No podía seguir como si nada. Olvidar y perdonar era imposible, aunque él jurara terminar con ella. Pero Javier solo callaba, avergonzado, sin suplicar, sin prometer que nunca más la engañaría.

¿Era eso amor? Tantos años juntos, en las buenas y en las malas… Hubo más alegrías que penas. De pronto, Carmen sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, como si se hundiera en arenas movedizas. Le faltó el aire, jadeó sin poder respirar.

—Carmen, ¿qué te pasa? —Javier se acercó, preocupado.
Ella lo apartó.

—Vete, Javi. Ahora mismo. Solo… vete. —Le cerró la puerta y se encerró en el baño.

—¡Abre o echo la puerta abajo! —gritó él, forcejeando con el pomo.

—¡No! No quiero verte. ¡Lárgate! ¿Crees que me voy a quitar la vida por tu culpa? No te preocupes, no vales tanto. Vete con tu conciencia tranquila. ¡Que te sea leve! —gritó entre lágrimas, abriendo el grifo a tope para ahogar su voz.

Javier golpeó la puerta, gritó, pero ella no cedió. Cuando salió, él ya se había ido. Con una toalla enrollada en la cabeza, Carmen vagó por el piso vacío, desde el salón al dormitorio, sin creer que así sería su vida ahora.

Llamó a su hija:

—¿Cuándo vienes? ¿Puedo ir yo?

—Mamá, lo siento, mañana volamos a… —dijo un nombre extranjero incomprensible—. ¿Va todo bien? Has llamado de repente…

—Sí, solo te echaba de menos —mintió, tragando lágrimas.

Debía ser fuerte. Todos pasaban por esto. Dolería menos con el tiempo. Pero el corazón le ardía, como si fuera a estallar.

Y aguantó. Carmen esbozó una sonrisa amarga al mirar por la ventana. La abuela y la nieta ya se habían ido. Ahora había adolescentes en el parque. Entró en el baño, encendió la luz, pero las bombillas parpadearon y se apagaron. Vaya.

No tenía idea de cómo cambiarlas. Eso siempre lo hacía Javier. La semana pasada se le rompió el tirador de un armario, luego el grifo goteaba, se estropeó la aspiradora… Solo llevaba unos meses sin él, y la casa se desmoronaba.

Encendió el portátil y buscó: «Fontanero a domicilio». Aparecieron cientos de anuncios. Mareada, eligió unos cuantos y empezó a llamar. Unos no contestaban, otros pedían precios abusivos. Probó con el último, sin esperanzas.

—Necesito un… profesional —rectificó al oír una voz masculina.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó él, práctico.

—Bombillas fundidas, el grifo gotea, el tirador del armario… —enumeró—. ¡Y cuando el timbre sonó de nuevo, al abrir la puerta, Carmen comprendió que la vida, aunque rota, siempre guarda algún remiendo inesperado.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

11 − 5 =