—¡Menuda manipuladora esa mujer con mi marido! —exclamaba indignada Inés Inés miraba el móvil y sentía cómo dentro empezaba a hervir ese irritante enfado tan conocido. Sergio llamaba por tercera vez en la misma tarde. —Inés, perdóname, por favor —la voz, cansada y culpable, le resultaba dolorosamente familiar—. Sé que teníamos entradas para el teatro, pero… A ver, Olga dice que a Diego le ha subido la fiebre a cuarenta. Sola no puede con él. Tú lo entiendes, ¿verdad? Inés entendía. Demasiado bien. —Sergio, ya tenemos las entradas compradas —dijo ella con voz serena, aunque todo su interior gritaba—. ¡Llevamos mes y medio esperando esta función! —Lo sé, cielo. Te lo voy a compensar, de verdad. Pero es un niño, no puedo dejarle tirado. Cuando colgó, Inés llamó a su amiga. —¡Elena, te lo puedes creer? —iba de un lado a otro por el salón, gesticulando—. ¡Otra vez! ¡La tercera vez este mes! Que si el niño enfermo, que si el coche de la ex estropeado, que si otra tontería cualquiera. —Bueno, Inés, igual sí que el niño está malo —sugirió con cautela Elena. —¡Claro que lo sé! —Inés se dejó caer en el sofá—. Claro que lo está. Los niños se ponen malos, es normal. Lo raro es que siempre le llame a él, ¿no? ¿No tiene padres? ¿Amigas? —Bueno… —¡Nada de “bueno”! —Inés se levantó bruscamente—. ¡Esa mujer le manipula! Sergio es demasiado bueno y no lo ve. Sabe perfectamente que va a soltarlo todo y salir corriendo. Se aprovecha de eso. Al otro lado, Elena suspiró. —¿Y estás segura de que el problema es ella? —¿Pues en quién si no? —Inés se detuvo. —No sé. Solo piensa. Si una mujer llama a su ex y él deja todo por ella siempre… ¿quién usa a quién? Inés abrió la boca. La cerró. Notó una punzada desagradable por dentro. —No digas tonterías, Elena —replicó de forma brusca—. Sergio es simplemente un padre responsable. No va a desentenderse de su hijo. —Vale, vale —asintió rápido su amiga—. Solo lo decía, sin más. Pero ese “sin más” se le quedó clavado como una espinita. Pequeña, molesta. Y no terminaba de salir. Sergio volvió tarde esa noche. Cansado, desaliñado y con cara de sentirse culpable. —Perdóname, he sido un idiota —dijo abrazándola por detrás, apoyando la cara en su cuello—. Te compraré nuevas entradas, te lo prometo. Las mejores. De verdad. Inés callaba. Miraba por la ventana y pensaba: ¿Cuántas veces ha dicho lo mismo ya? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte? Y siempre igual: “Tú lo entiendes”. Entiendo, pensaba Inés. Solo que ya ni sé qué estoy entendiendo. Y empezaron a acumularse los pequeños detalles. Al principio, casi invisibles, como polvo en una estantería: no lo ves, pero pasas el dedo y ahí está. Capa gris. Inés notó que Sergio escondía el móvil raro últimamente. Antes lo dejaba en cualquier parte —mesa, sofá, baño—. Ahora lo llevaba siempre encima. Hasta para ir a por un vaso de agua a la cocina. —Sergio, ¿por qué te llevas el móvil hasta para tomar agua? —le preguntó una noche, fingiendo tono casual. —¿Eh? Ah, costumbre. En el trabajo estoy siempre pendiente. Bueno. Después Inés vio de casualidad el calendario en su móvil. Quería apuntar el teatro (para reponer la función perdida). Y se encontró: “Recoger a Diego de la guarde a las 16:00”, “Llevar papeles del coche a Olga”, “Llamar a O. por vacuna”. O. era Olga. —Sergio —dijo en la cena, removiendo el té con tanta lentitud que el azúcar ya ni se veía—, ¿sabes cuándo es mi defensa de tesis? Él levantó la mirada. —¿La tesis? Eh… En mayo, ¿no? —En marzo. Dentro de quince días. —Ah, sí. Perdona, tengo la cabeza agujereada. La cabeza llena de agujeros. Pero el calendario de Olga lo sabe de memoria. Y luego estaban las transferencias. Inés tropezó de casualidad con un extracto del banco —Sergio lo dejó en la mesa—. Tres envíos de veinte mil euros. Destinataria: O. Cuervo. —Sergio —llamó, papeles en la mano—. ¿Esto? Ni se inmutó. Solo suspiró. —Ayudo a Olga. Su madre está enferma, necesitaba medicamentos. Luego le hacía falta para las actividades del niño. Ya sabes, va sola con él. —Sesenta mil euros, Sergio. En tres meses. —¿Y qué? ¡Es mi hijo! ¿Qué quieres, que los deje tirados? Inés dejó los papeles sobre la mesa. —No, claro que no. Solo me resulta raro que no me lo hayas contado. —¡No es que se me olvidara! ¡Es que sabía que ibas a empezar con todo esto! Ese “todo esto” sonó como si Inés fuera una histérica, celosa y quisquillosa. Y aún falta otro episodio: el del coche. Inés se sentó de copiloto y vio en el asiento de atrás un dibujo infantil. Una casa, flores, sol, tres personas. Papá, mamá, Diego. Sin ella. Inés cogió el dibujo. Lo miró por ambas caras. Atrás ponía, con caligrafía temblorosa: “Para Papá. Nuestra familia. Diego”. —Sergio —le dijo queda. —¿Qué? —¿Esto de dónde sale? Él miró. —Ah, lo ha dibujado Diego. ¿A que está bien? Menudo artista va a ser, ¿eh? Inés miró el dibujo. A Sergio. Al dibujo otra vez. —Sergio, aquí dice “nuestra familia”. —Ya… Es pequeño. Para él la familia somos Olga, él y yo. Lo ve así. Es cosa de psicología infantil. Inés dejó el dibujo, se sentó muy recta. Se abrochó el cinturón. Y no dijo nada en todo el trayecto. Luego Olga empezó a aparecer de verdad. Al principio solo una vez —”recoger las cosas de Diego que estaban en casa de Sergio”—. Luego otra —”hablar sobre las vacaciones de verano”—. Después, sin más —”pasaba por aquí y he venido a saludar”. Olga siempre serena, amable, sonriente. —¡Hola, Inés! —decía como si fueran amigas—. ¿No interrumpo? ¿Está Sergio en casa? Y después de esas visitas, Sergio quedaba ausente. Distante. Mirando al vacío. Contestando por monosílabos. —¿Te pasa algo? —le preguntaba Inés. —No, es que estoy cansado. Inés empezó a sentirse de más. Como un estorbo. Y un día, por casualidad, escuchó una llamada. Sergio estaba en el baño. Pensó que la puerta estaba bien cerrada. Pero quedó entreabierta. E Inés oyó: —Olga, no llores… Ya te he dicho que te ayudo… Claro que te ayudo. Lo sabes, siempre estoy contigo. Un tono suave. Cariñoso. Íntimo, casi. Inés se apartó. Se sentó en el sofá. Y entonces le cayó todo encima. A Sergio no lo manipulan. Él lo permite. Porque le conviene. Inés estuvo tres días callada. No montó escenas. Observaba, simplemente. Como un científico estudiando un insecto raro bajo el microscopio. Y vio algo claro. Sergio sabía el horario de Olga al dedillo. El de ella, Inés, no. Sabía cuándo tenía Diego guardería, clases, cuándo Olga iba al médico. En el calendario, todo apuntado. Lo de Inés, ni se acordaba. Se escribía constantemente con alguien. El móvil vibraba cada poco. Él contestaba rápido, y después se le quedaba cara de sentimiento de culpa. Como si hubiera hecho algo prohibido. Una tarde, el móvil sonó cuando Sergio estaba en la ducha. Inés miró la pantalla. “Olga”. Le fue imposible no coger. —¿Sergio? —voz llorosa al otro lado—. Sergio, ¿puedes venir? Estoy fatal… No sé a quién acudir. Inés calló. —¿Sergio? ¿Me oyes? No puedo más. Por favor. Siempre has estado aquí… Inés colgó. Dejó el móvil. Se sentó, y de pronto soltó una carcajada. ¡Madre mía! Qué ingenua. Qué tonta. Sergio salió de la ducha, empapado, envuelto en una toalla. —Ha llamado Olga —dijo Inés tranquila. Él se quedó quieto. —¿Has cogido tú el teléfono? —Sí. —Inés se levantó. Le miró—. Estaba llorando. Decía que tú siempre estabas ahí. Él, buscando palabras. Mil opciones en la cabeza; se veía en su cara. —Verás, Olga está pasando un momento muy difícil. No tiene a nadie. Solo me tiene a mí. ¿Cómo voy a dejarla sola? —¿Sola? —Inés sonrió irónicamente—. Sergio, te separaste hace cuatro años. Ya no es tu mujer. Es tu ex. Hace mucho que la dejaste. —¡Pero tenemos un hijo! —¿Y eso qué significa? —Inés se acercó—. ¿Que cada vez que llame, tienes que correr? ¿Que tienes que pasarle dinero por detrás? ¿Que te sabes su horario mejor que el mío? —¡Estás exagerando! —¿¡Yo!? Notó algo romperse dentro. Cogió el bolso y empezó a meter ropa. —¿Sabes qué? He estado mucho tiempo convencida de que la culpa era de ella. Que te manipulaba. Que usaba al niño. Que era una bruja incapaz de soltar amarras. Se volvió. —Pero la verdad es que el problema eres tú. Tú se lo permites. Incluso lo eliges. Porque te viene bien. Vives dos vidas: la ex, que te necesita, y yo, que aguanto. Y tú nunca eliges. Porque es más cómodo. —No te vayas, Inés. —No me voy —dijo en voz baja—. Salgo. Salgo de este triángulo en el que siempre soy la tercera. ¿Lo ves? No lucho contra tu exmujer. Simplemente no juego vuestro juego. Sergio quedó plantado, mojado, confundido, hundido. —Inés, espera. Hablemos. —No hay nada que hablar. —Se puso el abrigo—. Tu elección la hiciste hace mucho. Yo fui demasiado tonta para verlo. Ya no lo soy. Abrió la puerta. —Adiós, Sergio. Dale recuerdos a Olga. Ahora puede llamarte a cualquier hora. Cerró la puerta sin ruido. Un mes después, Inés se tomaba un café con Elena. —¿Cómo estás? —preguntó la amiga. —Bien —sonrió Inés—. Muy bien, de verdad. Y era cierto. La primera semana le dolió, le costó no llamar, no escribir, no volver. Aguantó. Se alquiló un estudio pequeño, buscó un trabajo extra y defendió la tesis. Sergio llamaba. Mucho. Mensajes eternos, pidiendo perdón y explicando. “Inés, perdóname, he sido un tonto. Tenías razón. Empecemos de cero”. Inés no respondía. Sabía que era inútil. No era cuestión de Olga. El problema era él. Y hasta que él no lo entendiera, nada podría cambiar. —¿Y él? —preguntó Elena. —¿Quién? —Sergio, claro. —Ni idea. No hablamos. Elena guardó silencio. —¿Te arrepientes? Inés lo pensó. ¿Se arrepentía? No. Curiosamente, no. Sentía otra cosa. Alivio, como si se hubiera quitado una mochila enorme que llevaba meses cargando. —He tomado mi decisión —apuré el café—. Por él. Y por mí. Elena sonrió. —Eres valiente. —Bah —restó importancia Inés—. Simplemente… he crecido. Sergio se quedó solo. Lo curioso es que Olga dejó de llamar enseguida. Resultó que, sin Inés como espectadora, el juego perdió su gracia. Y cuando Sergio intentó recuperar la relación de siempre, ella fue fría y clara. —Tú la elegiste a ella —dijo Olga con calma—. Así que vive con tu elección. Yo rehice mi vida. Ya no necesito tu ayuda. Sergio buscó a Inés. Esperó en su portal, la esperó al salir del trabajo, mensajes interminables. Pero ella fue firme. —Sergio, suéltame —le dijo la última vez—. Y suéltate a ti. No somos compatibles. Querías dos vidas a la vez. Yo solo quiero una. Pero de verdad. Inés caminaba al anochecer por Madrid y pensaba en lo curioso que es todo. Tanto miedo a quedarse sola. Tanto miedo a perder a Sergio. Y al perderlo, no perdió nada. Porque quien no sabe elegir, no puede dar nada real. Y ella solo quería y merecía lo real. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que a Sergio le merece la pena intentar volver con su primera mujer, ahora que con Inés no funcionó?

Es que está manipulando a mi marido, de verdad, protestaba Clara, casi temblando de indignación.

Clara miraba el móvil y sentía cómo le subía ese calor tan conocido, la rabia que se le agolpaba en el pecho.

Javier llamaba por tercera vez esa tarde.

Clarita, por favor, perdóname, su voz sonaba cansada, culpable, ya casi habitual Sé que habíamos quedado para ir al teatro, pero… Mira, Marta dice que Jorge tiene fiebre, casi 40. Que no da abasto ella sola. Tú lo entiendes, ¿verdad?

Clara lo entendía.

Eso era lo peor: que lo entendía demasiado bien.

Javi, las entradas las compramos hace mes y medio, dijo con calma, aunque por dentro sentía ganas de gritar. Y llevábamos muchísimo tiempo esperando esta obra.

Lo sé, cariño, de verdad que lo sé. Te lo compensaré, te doy mi palabra. Pero es un crío… no puedo dejarlo tirado.

Clara colgó y enseguida marcó el número de su mejor amiga.

Elena, ¡ni te lo imaginas! paseaba por el salón agitando los brazos ¡Otra vez! ¡La tercera vez este mes! Si no es porque el niño se pone malo, es porque a la ex se le estropea el coche o le pasa cualquier otra cosa rara.

Clara, igual el crío sí que está malo… murmuró Elena, algo incómoda.

¡Ya sé que está malo! soltó Clara, dejándose caer en el sofá. Los niños siempre están con algo, es normal. Pero lo raro es que siempre sea ella la que llama a Javier, como si no tuviese padres, ni amigas, ni nadie.

Ya, pero…

¡Nada de “ya”! Clara se levantó de golpe Es que lo tiene calado, Elena. Javi es bueno, y ella lo sabe. Sabe que en cuanto le dice algo, él lo deja todo y sale corriendo. Y se aprovecha.

Elena suspiró al otro lado del teléfono.

¿Y tú estás segura de que la culpa es de ella?

¿De quién si no? Clara se quedó callada unos segundos.

No sé, piénsalo. Si una mujer llama siempre a su ex marido, y él lo deja todo y sale disparado… ¿es ella la que manipula, o él quien se deja manipular?

A Clara se le quedó la palabra atragantada.

Elena, no digas bobadas contestó, malhumorada Javier es simplemente un padre responsable. No va a dejar solo a su hijo.

Ya, ya, se rindió rápido Elena, viendo que no sacaba nada en claro Lo decía por decir.

Pero el “por decir” se le quedó a Clara clavado como una espinita en el corazón. Y no se iba.

Javier llegó muy tarde esa noche. Molido, con cara de cansancio, y su habitual sonrisa de disculpa.

Perdóname, de verdad la abrazó por detrás, hundiendo la cara en su cuello Te prometo que te consigo entradas nuevas, y de las mejores, ya verás.

Clara se quedó callada, mirando por la ventana. ¿Cuántas veces había oído esas mismas promesas? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte? Siempre con lo mismo: “Tú lo entiendes”.

Lo entiendes, claro, pensaba Clara. Pero, ¿realmente entiendo algo?

Y las pequeñas cosas comenzaron a acumularse.

Primero, como el polvo en una estantería: no lo ves, pero cuando pasas el dedo, ahí está, esa película gris.

Clara notó que Javier ya no dejaba el móvil por ahí. Antes se lo olvidaba en cualquier parte: en la mesa, en el sofá, en el baño. Ahora siempre lo llevaba encima. Iba a por agua a la cocina y se llevaba el móvil.

Javi, ¿por qué vas con el móvil a todas partes? le preguntó una noche, intentando sonar tranquila.

¿Eh? Ah… costumbre, en el trabajo estoy siempre pendiente.

Bueno.

Luego, Clara se topó con el calendario de Javier en el móvil intentando apuntar su próximo plan (el del teatro que habían perdido). Y vio cosas como “Recoger a Jorge de la guardería a las 16:00”, “Llevarle los papeles del coche a Marta”, “Llamar a M. sobre la vacuna”.

M. de Marta.

Javi, murmuró remueveando el té en un bucle absurdo, tanto rato que el azúcar ya ni estaba ¿Sabes cuándo es mi defensa del máster?

Javier tardó un momento en levantar los ojos del plato.

¿La del máster? Uff, creo que en mayo, ¿no?

En marzo, dentro de dos semanas.

Ah, claro… perdona, se me va la olla.

Se le va la olla. Menos con el calendario de Marta, eso sí lo lleva al minuto.

Y luego estaba el tema del dinero.

Clara se cruzó sin querer con un extracto bancario que Javier había dejado en la mesa. Tres transferencias de mil quinientos euros cada una. Destinatario: M. Rodríguez.

Javi, ¿esto qué es? le preguntó mostrándole el papel.

Ni se molestó en disimular.

Estoy ayudando a Marta. Su madre está enferma y necesitaba dinero para medicinas. Luego, para actividades de Jorge. Sabe que está sola.

Cuatro mil quinientos euros en tres meses, Javi.

¿Y qué? ¡Es mi hijo! ¿Vas a decirme que los dejo tirados?

Clara volvió a dejar el folio sobre la mesa.

Por supuesto que no, pero es raro que no me digas nada…

No es eso, es que ya sé que me vas a montar la bronca.

Ese bronca sonó con retintín, como si Clara fuera una histérica por sospechar.

A ÚLTIMA HORA, fue lo del coche.

Clara se subió de copiloto y en el asiento trasero vio un dibujo de niño: una casa, flores, el sol y tres personas. Papá, mamá y Jorge.

Sin ella.

Clara lo giró en las manos, y vio, con letra torpe: A papá de Jorge. Nuestra familia.

Javi, llamó en voz baja.

¿Qué pasa?

¿Esto de dónde ha salido?

Javier ni miró.

Ah, lo hizo Jorge. Es gracioso, ¿verdad? El niño tiene arte.

Clara miró el dibujo. Miró a Javier. Volvió al dibujo.

Aquí pone nuestra familia.

Bueno, es pequeño, para él su familia son papá, Marta y él. Es normal, psicología de niños.

Clara dejó el dibujo. Se sentó, se abrochó y no dijo una palabra en todo el viaje.

Y luego, Marta apareció en persona.

Primero fue a por cosas de Jorge que le quedaban a Javier. Luego para comentar las vacaciones de verano. Luego, pasaba por aquí.

Siempre tan tranquila, tan cortés. Sonriendo.

¡Hola, Clara! decía, como si fueran amigas. ¿Molesto? ¿Está Javi en casa?

Después de cada visita, Javier se volvía distante, callado, como ausente.

¿Qué te pasa? preguntaba Clara.

Nada, que estoy cansado.

Clara comenzó a sentirse de más, el pegote.

Y un día, oyó de casualidad una conversación tras la puerta del baño, que Javier creyó cerrada.

Marta, no llores… claro que te ayudo… siempre estoy aquí, lo sabes…

La voz, dulce, íntima. Clara se congeló en el salón.

De repente lo supo: No era Marta quien manipulaba a Javier.

Él mismo lo permitía.

Porque le convenía.

Clara se lo tragó tres días enteros.

Sin broncas, solo callando. Observando, como quien estudia una mariposa rara con lupa.

Y lo vio claro.

Javier tenía el calendario de Marta memorizado: cuándo Jorge tiene extraescolares, las citas de médicos, sus horarios… De Clara, ni idea.

Javier no paraba de escribir mensajes a alguien. El móvil vibraba, él contestaba, y se le ponía esa expresión rara, entre nerviosa y culpable.

Una noche, llamaron cuando Javier estaba en la ducha. Clara miró la pantalla.

Marta.

Casi sin pensar, descolgó.

Javi, ¿eres tú? la de Marta era una vocecita quebrada Javier, ¿puedes venir? Estoy fatal. No sé a quién recurrir…

Clara calló.

Javi, ¿estás ahí? No puedo más, por favor… tú siempre estabas cuando te necesitaba…

Clara colgó, dejó el móvil y se sentó, de golpe riéndose.

Qué ilusa fui, pensó. Qué ciega.

Javier salió del baño, empapado, con el pelo chorreando.

Te ha llamado Marta, dijo Clara, tranquila.

Javier se quedó quieto.

¿Has cogido tú el móvil?

Sí. Clara se levantó, mirándole a los ojos. Estaba llorando. Diciendo que le hacías falta. Que siempre estabas allí.

Él no dijo nada al principio, buscando algo que decir.

Mira, empezó Marta está pasando un mal momento. No tiene a nadie más. Cómo voy a dejarla sola.

¿Sola? sonrió Clara, irónica Javi, os separasteis hace cuatro años. Ya no es tu mujer. Es tu ex. La dejaste, la dejaste hace ya tiempo.

Pero tenemos un hijo.

¿Y eso qué significa? se acercó Clara ¿Que tienes que ir corriendo cada vez que te lo pide? ¿Que tienes que mandarle dinero sin contármelo? ¿Que tienes que saber cuándo tiene la cita del dentista?

Estás exagerando.

¿Yo?

Clara sintió que algo se rompía dentro. Cogió el bolso y empezó a meter cosas.

¿Sabes? Llevo mucho tiempo pensando que el problema era de ella, que te manipulaba, que usaba a vuestro hijo. Que era una pesada que no os dejaba en paz.

Se giró.

Pero la realidad es que el problema eres tú. Tú lo permites. Hasta te gusta: te has montado dos vidas. La ex que te necesita, y la nueva que aguanta. No eliges nunca, para estar siempre cómodo.

Clara, no te vayas.

No me voy respondió bajito Salgo de este triángulo donde, pase lo que pase, siempre salgo perdiendo. No peleo por ti, ni contra ella. Simplemente no juego más.

Javier, mojado, parecía perdido.

Clara, espera, hay que hablarlo…

No hay nada que hablar ya tenía la chaqueta puesta Tú elegiste hace mucho. Yo solo fui tonta por no darme cuenta. Pero ya lo veo, cristalino.

Abrió la puerta.

Adiós, Javi. Dale recuerdos a Marta. Ahora ya puede llamarte cuando quiera.

La puerta se cerró despacio.

Un mes después, Clara se tomaba un café con Elena.

¿Cómo vas, tía? preguntó su amiga, despacio.

Bien sonrió Clara. De verdad.

Y era verdad. La primera semana fue horrible ese dolor que aprieta el pecho, las ganas de coger el móvil, de volver. Pero aguantó. Encontró un estudio pequeño, buscó un curro extra, aprobó la defensa del máster.

Javier llamó mucho. Escribió, mensajes larguísimos y caóticos, para disculparse y prometer cambios.

“Clara, perdóname, por favor, he abierto los ojos. Tenías razón. Volvamos a empezar”.

Clara no contestó nunca. Sabía que era inútil. El problema no era Marta. Era él. Y mientras no lo viera, todo seguiría igual.

¿Y él qué tal? preguntó Elena.

¿Quién?

Javier, claro.

Ah. Ni idea. No hablamos.

Elena esperó.

¿No te arrepientes?

Clara lo pensó. ¿Se arrepentía? No. Sorprendentemente, no. Lo que sentía ahora era alivio. Como si por fin se hubiera quitado una mochila llena de piedras.

He elegido apuró su café. Él eligió por él. Ahora yo elijo por mí.

Elena le sonrió.

Olé tú.

Qué va se rió Clara Simplemente he madurado un poco.

Javier terminó solo.

Marta, curiosamente, dejó de llamarle. Sin Clara en escena, el juego perdió la gracia. Y cuando él intentó recuperar la vieja complicidad, recibió un portazo.

Tú elegiste a ella le dijo Marta, tranquila. Vive con ese resultado. Yo ya sigo mi camino, ya no necesito tu ayuda.

Javier intentó volver con Clara. Fue a su casa, la esperó en la salida del trabajo, le mandó mensajes. Pero Clara fue firme.

Javi, déjame en paz le dijo, por última vez. Y déjate en paz a ti mismo. Tú querías dos vidas. Yo solo quiero una. Y de verdad.

Clara paseaba por Madrid al anochecer, pensando en lo raro que es todo. Tanto miedo tuvo a quedarse sola y, cuando perdió a Javier, se dio cuenta de que no había perdido nada.

Porque quien no sabe elegir, nunca da nada verdadero.

Y ella, lo único que quería, era algo verdadero.

¿Tú qué harías? ¿Crees que a Javi le merece la pena volver a intentarlo con la primera mujer, ahora que con Clara no ha funcionado…?

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—¡Menuda manipuladora esa mujer con mi marido! —exclamaba indignada Inés Inés miraba el móvil y sentía cómo dentro empezaba a hervir ese irritante enfado tan conocido. Sergio llamaba por tercera vez en la misma tarde. —Inés, perdóname, por favor —la voz, cansada y culpable, le resultaba dolorosamente familiar—. Sé que teníamos entradas para el teatro, pero… A ver, Olga dice que a Diego le ha subido la fiebre a cuarenta. Sola no puede con él. Tú lo entiendes, ¿verdad? Inés entendía. Demasiado bien. —Sergio, ya tenemos las entradas compradas —dijo ella con voz serena, aunque todo su interior gritaba—. ¡Llevamos mes y medio esperando esta función! —Lo sé, cielo. Te lo voy a compensar, de verdad. Pero es un niño, no puedo dejarle tirado. Cuando colgó, Inés llamó a su amiga. —¡Elena, te lo puedes creer? —iba de un lado a otro por el salón, gesticulando—. ¡Otra vez! ¡La tercera vez este mes! Que si el niño enfermo, que si el coche de la ex estropeado, que si otra tontería cualquiera. —Bueno, Inés, igual sí que el niño está malo —sugirió con cautela Elena. —¡Claro que lo sé! —Inés se dejó caer en el sofá—. Claro que lo está. Los niños se ponen malos, es normal. Lo raro es que siempre le llame a él, ¿no? ¿No tiene padres? ¿Amigas? —Bueno… —¡Nada de “bueno”! —Inés se levantó bruscamente—. ¡Esa mujer le manipula! Sergio es demasiado bueno y no lo ve. Sabe perfectamente que va a soltarlo todo y salir corriendo. Se aprovecha de eso. Al otro lado, Elena suspiró. —¿Y estás segura de que el problema es ella? —¿Pues en quién si no? —Inés se detuvo. —No sé. Solo piensa. Si una mujer llama a su ex y él deja todo por ella siempre… ¿quién usa a quién? Inés abrió la boca. La cerró. Notó una punzada desagradable por dentro. —No digas tonterías, Elena —replicó de forma brusca—. Sergio es simplemente un padre responsable. No va a desentenderse de su hijo. —Vale, vale —asintió rápido su amiga—. Solo lo decía, sin más. Pero ese “sin más” se le quedó clavado como una espinita. Pequeña, molesta. Y no terminaba de salir. Sergio volvió tarde esa noche. Cansado, desaliñado y con cara de sentirse culpable. —Perdóname, he sido un idiota —dijo abrazándola por detrás, apoyando la cara en su cuello—. Te compraré nuevas entradas, te lo prometo. Las mejores. De verdad. Inés callaba. Miraba por la ventana y pensaba: ¿Cuántas veces ha dicho lo mismo ya? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte? Y siempre igual: “Tú lo entiendes”. Entiendo, pensaba Inés. Solo que ya ni sé qué estoy entendiendo. Y empezaron a acumularse los pequeños detalles. Al principio, casi invisibles, como polvo en una estantería: no lo ves, pero pasas el dedo y ahí está. Capa gris. Inés notó que Sergio escondía el móvil raro últimamente. Antes lo dejaba en cualquier parte —mesa, sofá, baño—. Ahora lo llevaba siempre encima. Hasta para ir a por un vaso de agua a la cocina. —Sergio, ¿por qué te llevas el móvil hasta para tomar agua? —le preguntó una noche, fingiendo tono casual. —¿Eh? Ah, costumbre. En el trabajo estoy siempre pendiente. Bueno. Después Inés vio de casualidad el calendario en su móvil. Quería apuntar el teatro (para reponer la función perdida). Y se encontró: “Recoger a Diego de la guarde a las 16:00”, “Llevar papeles del coche a Olga”, “Llamar a O. por vacuna”. O. era Olga. —Sergio —dijo en la cena, removiendo el té con tanta lentitud que el azúcar ya ni se veía—, ¿sabes cuándo es mi defensa de tesis? Él levantó la mirada. —¿La tesis? Eh… En mayo, ¿no? —En marzo. Dentro de quince días. —Ah, sí. Perdona, tengo la cabeza agujereada. La cabeza llena de agujeros. Pero el calendario de Olga lo sabe de memoria. Y luego estaban las transferencias. Inés tropezó de casualidad con un extracto del banco —Sergio lo dejó en la mesa—. Tres envíos de veinte mil euros. Destinataria: O. Cuervo. —Sergio —llamó, papeles en la mano—. ¿Esto? Ni se inmutó. Solo suspiró. —Ayudo a Olga. Su madre está enferma, necesitaba medicamentos. Luego le hacía falta para las actividades del niño. Ya sabes, va sola con él. —Sesenta mil euros, Sergio. En tres meses. —¿Y qué? ¡Es mi hijo! ¿Qué quieres, que los deje tirados? Inés dejó los papeles sobre la mesa. —No, claro que no. Solo me resulta raro que no me lo hayas contado. —¡No es que se me olvidara! ¡Es que sabía que ibas a empezar con todo esto! Ese “todo esto” sonó como si Inés fuera una histérica, celosa y quisquillosa. Y aún falta otro episodio: el del coche. Inés se sentó de copiloto y vio en el asiento de atrás un dibujo infantil. Una casa, flores, sol, tres personas. Papá, mamá, Diego. Sin ella. Inés cogió el dibujo. Lo miró por ambas caras. Atrás ponía, con caligrafía temblorosa: “Para Papá. Nuestra familia. Diego”. —Sergio —le dijo queda. —¿Qué? —¿Esto de dónde sale? Él miró. —Ah, lo ha dibujado Diego. ¿A que está bien? Menudo artista va a ser, ¿eh? Inés miró el dibujo. A Sergio. Al dibujo otra vez. —Sergio, aquí dice “nuestra familia”. —Ya… Es pequeño. Para él la familia somos Olga, él y yo. Lo ve así. Es cosa de psicología infantil. Inés dejó el dibujo, se sentó muy recta. Se abrochó el cinturón. Y no dijo nada en todo el trayecto. Luego Olga empezó a aparecer de verdad. Al principio solo una vez —”recoger las cosas de Diego que estaban en casa de Sergio”—. Luego otra —”hablar sobre las vacaciones de verano”—. Después, sin más —”pasaba por aquí y he venido a saludar”. Olga siempre serena, amable, sonriente. —¡Hola, Inés! —decía como si fueran amigas—. ¿No interrumpo? ¿Está Sergio en casa? Y después de esas visitas, Sergio quedaba ausente. Distante. Mirando al vacío. Contestando por monosílabos. —¿Te pasa algo? —le preguntaba Inés. —No, es que estoy cansado. Inés empezó a sentirse de más. Como un estorbo. Y un día, por casualidad, escuchó una llamada. Sergio estaba en el baño. Pensó que la puerta estaba bien cerrada. Pero quedó entreabierta. E Inés oyó: —Olga, no llores… Ya te he dicho que te ayudo… Claro que te ayudo. Lo sabes, siempre estoy contigo. Un tono suave. Cariñoso. Íntimo, casi. Inés se apartó. Se sentó en el sofá. Y entonces le cayó todo encima. A Sergio no lo manipulan. Él lo permite. Porque le conviene. Inés estuvo tres días callada. No montó escenas. Observaba, simplemente. Como un científico estudiando un insecto raro bajo el microscopio. Y vio algo claro. Sergio sabía el horario de Olga al dedillo. El de ella, Inés, no. Sabía cuándo tenía Diego guardería, clases, cuándo Olga iba al médico. En el calendario, todo apuntado. Lo de Inés, ni se acordaba. Se escribía constantemente con alguien. El móvil vibraba cada poco. Él contestaba rápido, y después se le quedaba cara de sentimiento de culpa. Como si hubiera hecho algo prohibido. Una tarde, el móvil sonó cuando Sergio estaba en la ducha. Inés miró la pantalla. “Olga”. Le fue imposible no coger. —¿Sergio? —voz llorosa al otro lado—. Sergio, ¿puedes venir? Estoy fatal… No sé a quién acudir. Inés calló. —¿Sergio? ¿Me oyes? No puedo más. Por favor. Siempre has estado aquí… Inés colgó. Dejó el móvil. Se sentó, y de pronto soltó una carcajada. ¡Madre mía! Qué ingenua. Qué tonta. Sergio salió de la ducha, empapado, envuelto en una toalla. —Ha llamado Olga —dijo Inés tranquila. Él se quedó quieto. —¿Has cogido tú el teléfono? —Sí. —Inés se levantó. Le miró—. Estaba llorando. Decía que tú siempre estabas ahí. Él, buscando palabras. Mil opciones en la cabeza; se veía en su cara. —Verás, Olga está pasando un momento muy difícil. No tiene a nadie. Solo me tiene a mí. ¿Cómo voy a dejarla sola? —¿Sola? —Inés sonrió irónicamente—. Sergio, te separaste hace cuatro años. Ya no es tu mujer. Es tu ex. Hace mucho que la dejaste. —¡Pero tenemos un hijo! —¿Y eso qué significa? —Inés se acercó—. ¿Que cada vez que llame, tienes que correr? ¿Que tienes que pasarle dinero por detrás? ¿Que te sabes su horario mejor que el mío? —¡Estás exagerando! —¿¡Yo!? Notó algo romperse dentro. Cogió el bolso y empezó a meter ropa. —¿Sabes qué? He estado mucho tiempo convencida de que la culpa era de ella. Que te manipulaba. Que usaba al niño. Que era una bruja incapaz de soltar amarras. Se volvió. —Pero la verdad es que el problema eres tú. Tú se lo permites. Incluso lo eliges. Porque te viene bien. Vives dos vidas: la ex, que te necesita, y yo, que aguanto. Y tú nunca eliges. Porque es más cómodo. —No te vayas, Inés. —No me voy —dijo en voz baja—. Salgo. Salgo de este triángulo en el que siempre soy la tercera. ¿Lo ves? No lucho contra tu exmujer. Simplemente no juego vuestro juego. Sergio quedó plantado, mojado, confundido, hundido. —Inés, espera. Hablemos. —No hay nada que hablar. —Se puso el abrigo—. Tu elección la hiciste hace mucho. Yo fui demasiado tonta para verlo. Ya no lo soy. Abrió la puerta. —Adiós, Sergio. Dale recuerdos a Olga. Ahora puede llamarte a cualquier hora. Cerró la puerta sin ruido. Un mes después, Inés se tomaba un café con Elena. —¿Cómo estás? —preguntó la amiga. —Bien —sonrió Inés—. Muy bien, de verdad. Y era cierto. La primera semana le dolió, le costó no llamar, no escribir, no volver. Aguantó. Se alquiló un estudio pequeño, buscó un trabajo extra y defendió la tesis. Sergio llamaba. Mucho. Mensajes eternos, pidiendo perdón y explicando. “Inés, perdóname, he sido un tonto. Tenías razón. Empecemos de cero”. Inés no respondía. Sabía que era inútil. No era cuestión de Olga. El problema era él. Y hasta que él no lo entendiera, nada podría cambiar. —¿Y él? —preguntó Elena. —¿Quién? —Sergio, claro. —Ni idea. No hablamos. Elena guardó silencio. —¿Te arrepientes? Inés lo pensó. ¿Se arrepentía? No. Curiosamente, no. Sentía otra cosa. Alivio, como si se hubiera quitado una mochila enorme que llevaba meses cargando. —He tomado mi decisión —apuré el café—. Por él. Y por mí. Elena sonrió. —Eres valiente. —Bah —restó importancia Inés—. Simplemente… he crecido. Sergio se quedó solo. Lo curioso es que Olga dejó de llamar enseguida. Resultó que, sin Inés como espectadora, el juego perdió su gracia. Y cuando Sergio intentó recuperar la relación de siempre, ella fue fría y clara. —Tú la elegiste a ella —dijo Olga con calma—. Así que vive con tu elección. Yo rehice mi vida. Ya no necesito tu ayuda. Sergio buscó a Inés. Esperó en su portal, la esperó al salir del trabajo, mensajes interminables. Pero ella fue firme. —Sergio, suéltame —le dijo la última vez—. Y suéltate a ti. No somos compatibles. Querías dos vidas a la vez. Yo solo quiero una. Pero de verdad. Inés caminaba al anochecer por Madrid y pensaba en lo curioso que es todo. Tanto miedo a quedarse sola. Tanto miedo a perder a Sergio. Y al perderlo, no perdió nada. Porque quien no sabe elegir, no puede dar nada real. Y ella solo quería y merecía lo real. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que a Sergio le merece la pena intentar volver con su primera mujer, ahora que con Inés no funcionó?
MENSA SIN HOGAR VE A UN MULTIMILLONARIO HERIDO CON UN BEBÉ BAJO LA TORMENTA, PERO TODO CAMBIA CUANDO LO RECONOCE…