Si tan mala anfitriona soy ¡que se alojen en un hotel! solté delante de mi suegra. Y mi marido, claro, se arrepintió al instante de haber traído a sus familiares por las fiestas.
¡Ay, por fin hemos llegado! Qué alegría, cariño, de verte exclamó mi suegra nada más cruzar la puerta. Y ésta es mi amiga Pilar; decidimos venir juntas, cambiar de ambiente unos días.
Mi marido y yo nos miramos, incómodos. Qué momento tan oportuno, pensé al recordar que solo esperábamos a mi suegra, y apenas pudimos recogerla porque si hubiera llamado un poco después, mi marido no habría podido salir del trabajo. Pero la educación española, la de los buenos modales, impide montar escenas delante de extraños. Así que, con una sonrisa forzada, saludamos a la tal Pilar y subimos todos al coche.
En el trayecto, la suegra no paraba de hablar. Su amiga Pilar permanecía en silencio, mirando por la ventanilla. Por un instante quise creer que sería una visita tranquila. Pero soñar, aquí, ni costó un céntimo.
Los problemas comenzaron nada más llegar a casa, cuando nuestra pequeña perrita, Luna, corrió a saludarles.
¡AY! chilló Pilar tan agudo que me retumbó la cabeza.
Luna se asustó y empezó a ladrar. Me aparté instintivamente, choqué contra el marco de la puerta y por un segundo vi estrellas. Mi marido resopló, molesto, y lanzó la primera advertencia: que los gritos no, que aquí vivimos en comunidad y hay vecinos, y que preferimos no quedarnos sordos.
Es que nunca había visto perros tan pequeños dijo ella moviendo una mano con desdén.
Mi marido repitió más bajo, que podía sorprenderse de una forma más civilizada, y por fin todos entramos.
Puse la mesa con lo que había preparado.
Yo pescado no como puso cara de asco Pilar, viendo las entradas de marisco.
Bueno, tienes ensalada, patatas, embutidos, hay de todo contesté.
No me apetece nada suspiró ella, echándose teatralmente para atrás.
Nos miramos mi marido y yo, y buscamos la cara de mi suegra pero para ella no había ningún problema. Como si eso fuese lo más normal del mundo en visita ajena.
Recogí la mesa sin decir nada. No tenía fuerzas para empezar la guerra ya la primera hora.
Después llegó la discusión sobre dónde iba a dormir cada una.
Vivimos en un piso pequeño, pero, por si acaso, habíamos comprado un sillón-cama y dos colchones hinchables. El plan: mi suegra en el sillón, Pilar en la cocina, con colchón.
Pilar miró el colchón como si fuese una humillación nacional.
¿Eso es cómodo de verdad?
Mi marido se forzó una sonrisa:
Nosotros hemos dormido ahí, y aquí seguimos.
Yo asentí. La verdad, nos costaba aguantar sin soltar lo que de verdad nos pasaba por la cabeza.
Y, para nuestra desgracia, nos aguantábamos para nada.
Los días siguientes fueron un agotador siempre está mal todo.
Si no estaba demasiado salado, era insípido. Si no, inapropiado para invitados. Mi suegra, claro, añadía comentarios bienintencionados más punzantes que un alfiler.
Cuando al fin se fueron, me encontré varios pares de toallas y un juego nuevo de sábanas desaparecidos. De la nevera, todo lo mejor jamón, dulces, fruta no quedaba ni rastro. Pero no fue eso lo que me derrumbó, sino la llamada de después.
Mi suegra llamó para regañar: que no habíamos sido buenos anfitriones, ni organizado plan cultural alguno.
Ella. Justo la misma que, cuando vamos de visita, acabo fregando y cargando cajas, y mi marido se presta de mozo porque así es lo correcto.
Y al final largó lo que me encendió la sangre:
Eres una pésima anfitriona. Mi amiga no disfrutó nada y yo ya estoy acostumbrada a de todo, pero esto
Mi marido explotó:
Primero, nadie invitó a esa amiga. Segundo, en nuestra casa nadie tiene que aguantar caprichos de extraños.
Ahí fue cuando yo colapsé.
Pues si tan mala anfitriona soy, la próxima vez que vengáis, vais al hotel. Tú y tu amiga. Allí podéis pedir lo que queráis.
Desde el otro lado sólo se oían quejas y la ofensa de que peor que dormir en estación de tren es dormir en colchón, y que para vosotros tenéis todo cómodo, pero para nosotras no.
La conversación acabó en bronca y un silencio larguísimo.
¿Sabéis qué? A mi marido le vi respirar aliviado. Y yo aún más.
Pasó el tiempo, hasta que un día sonó mi móvil en el peor momento posible.
Suegra.
Contesté, porque pensé: ¿Será algo grave?
Vamos hacia tu casa con mi amiga anunció como si fuera lo más natural. Y si no estáis, nos quedamos en vuestro piso dos semanas. Dime dónde está la llave de repuesto.
Por un momento, me quedé helada. Pero dentro de mí algo se iba ordenando. Tranquilidad. Limpieza. Sin remordimiento.
Sí, hay llave respondí. Apunta la dirección.
Dime.
La dirección es la del hotel más cercano. En recepción os darán llave, de habitación con colchón o con cama de matrimonio real. Depende de lo que queráis pagar.
Del otro lado, silencio, luego amenazas, insultos y el consabido nunca más os invitaré.
Colgué el teléfono y lo apagué.
Nunca supe cómo se apañaron. Y la verdad, tampoco me importó.
Solo una cosa me alegró de verdad: no volvió a llamar.
Y si algún día vuelve con amiga, ya sé perfectamente mi respuesta.
Y vosotros, ¿aguantaríais a una invitada no deseada, llena de exigencias y que encima os critique como anfitriones? ¿O les diríais sin rodeos: Os espera el hotel?







