Casarse por culpa de Colita
El idílico mundo de Colita se vino abajo a los cinco años. Todo ocurrió aquel día en la guardería, cuando sus padres no aparecieron a recogerle. Todos los niños se fueron marchando uno a uno, y él se quedó dibujando a mamá, a papá y a él, tan campante, mientras la señorita le observaba desde una esquina y no dejaba de secarse los ojos. De repente, se acercó, lo cogió en brazos como si fuera un saco de patatas y le susurró:
Pase lo que pase, no debes tener miedo, Colita. Ahora tienes que ser fuerte, ¿me oyes? ¿A que sí, pequeño?
Yo quiero a mamá respondió él, bajito.
Ahora viene tu tía y tu tío. Te llevarás genial con ellos, ya verás, habrá otros niños. Pero, por favor, no llores.
Y la mujer apretó su cara húmeda contra la mejilla del niño.
Le llevaron de la mano hasta un coche. Cuando preguntó ¿Cuándo veré a mamá?, le dijeron que sus padres estaban muy lejos y no podrían pasar esa noche por él. Y así acabó Colita compartiendo habitación con otros chavales en una residencia. Pero mamá y papá no vinieron ni al día siguiente, ni a la semana siguiente. Colita, que lloraba por las noches como si no hubiera mañana, terminó con fiebre de tanto disgusto.
Fue una enfermera con pintas de haber visto de todo quien le explicó, con cara seria, que sus padres estaban ahora muy lejos, en el cielo, y que desde ahí le vigilaban y cuidaban, así que tenía que portarse bien para que no se entristecieran. Colita, que de listo tenía un rato, no se lo creyó ni por asomo. Desde entonces miraba el cielo buscando algo, pero solo veía pájaros y nubes. Decidió que tenía que encontrarlos, fuera como fuera.
Durante los recreos inspeccionó cada rincón del patio como un pequeño detective, hasta que dio con un agujero entre los setos donde las barras de la verja estaban dobladas. Solo podía pasar medio cuerpo, así que comenzó a cavar. La tierra era floja, con arenilla, así que pronto abrió una vía de escape lo suficientemente grande.
Colita cruzó y, ni corto ni perezoso, echó a correr tan lejos como pudo para acabar más perdido que una cabra en Madrid. Las casas le parecían todas iguales y no tenía ni idea de dónde estaba su hogar. Fue entonces cuando vio a una mujer que le recordó a mamá: vestido azul de lunares, moño rubio perfecto y aire amable.
¡Mamá! gritó Colita, corriendo tras ella.
Pero la mujer ni le oyó.
¡Mamá! la agarró por el brazo.
Ella se agachó, le miró detenidamente y va, no era su madre.
Nerea se enamoró perdidamente a los veinte años, para toda la vida, o eso pensaba. Hacía pareja ideal con Víctor. Se conocieron por pura casualidad, una noche de verano en una verbena popular, de esas con orquesta rancia y luces de feria. Aparcando su timidez, él la sacó a bailar una lenta, y entre giro y giro acabaron charlando como si se conocieran de toda la vida. Tres meses después, boda por todo lo alto. Vivían la mar de felices, hasta que, tras un tiempo, descubrieron que no podían tener hijos. Víctor no pudo asimilarlo y Nerea encadenó médicos, revisiones y balnearios buscando el milagro. Cuando finalmente aceptaron la realidad, fue Víctor quien propuso adoptar del centro de menores.
Pero Nerea, que quería tanto a su marido como a su propia sombra, decidió liberarle y le ofreció el divorcio: aún jóvenes, él podría casarse con otra que le diera hijos. Ella, bueno, se las apañaría. Víctor, firme, se negó en redondo. Y fue entonces cuando Nerea tramó su plan maestro: le confesó que ya no le quería y que tenía otro hombre. Víctor, fiel como San Roque, no quiso creerlo.
Así que una noche Nerea no volvió a casa. A la mañana siguiente, apareció con olor a vino y colonia masculina. A cada pregunta de Víctor, la misma historia: tenía un amante. Al final, él aceptó el divorcio.
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Cuando Colita llamó mamá a Nerea, ya llevaba dos meses divorciada, echando de menos a Víctor y sin saber muy bien qué hacer con su vida. Al oír a aquel desconocido decirle mamá, el corazón casi se le salió del pecho.
¿Te has perdido, cariño? le preguntó con dulzura.
Busco a mi mamá y a mi papá. Me han dicho que están en el cielo, pero no lo creo y Colita se le echó a llorar.
Ven, que vivo aquí al lado. Te invito a una merienda de las buenas, ¿quieres? le ofreció la mano y juntos se fueron.
En casa, Colita devoró las napolitanas y magdalenas que había comprado Nerea por el camino, con su té de hierbas humeante. Entre bocado y bocado, le contó su desgracia como podía, que apenas probaba dulces porque los mayores se los quitaban y encima le daban collejas si protestaba. A Nerea se le encogió el alma. No se lo pensó:
Colita, ¿y si vienes a vivir conmigo? Cuando crezcas lo entenderás todo. Y seguro, seguro que algún día verás de nuevo a tus padres. Pero eso aún tarda.
Él dijo que sí, sin dudarlo.
Nerea avisó al centro de menores, llevó al niño de vuelta y habló seriamente con las cuidadoras para que espabilaran. Desde ese día, iba a visitarle a diario. Pero llevárselo era otro cantar: tenía empleo, casa, pero estaba divorciada, y a una mujer sola en España, ni hablar de darle una adopción. Fue la primera vez que lamentó el divorcio. Pero ¿cómo recuperar a Víctor?
No le quedó otra que hablar con un colega del trabajo y proponerle un matrimonio de pega. Rubén, que acababa de terminar su enésimo matrimonio y, aunque tenía fama de truhán, era buen profesional y le avalarían encantados. Al principio, Rubén puso pegas, pero cuando supo que había cena con velas exigió además que Nerea le acompañara a una noche especial con derecho a copa. Nerea, que aún soñaba con Víctor, se sintió humillada, pero por Colita decidió enterrarse en dignidad.
Al anochecer, fue a ver a Colita y le encontró con un ojo morado, cortesía de los mayores para que no chivara. Las cuidadoras, en lugar de ayudar, habían contado a todos la conversación con Nerea. Se le partió el alma: a Colita iban a hacérselo pasar canutas.
Al día siguiente, tragó saliva y aceptó la propuesta de Rubén. Se puso el vestido rojo que a él tanto le gustaba, preparó una cena con vela y esperó. Pero tenía un nudo en el estómago; salvaba a Colita, sí, pero a qué precio.
Sonó el timbre y arrastrándose llegó hasta la puerta. Y allí, de pie, se encontró al mismísimo Víctor.
Quiero hablar contigo, Nerea. Llevo meses atento y no he visto ni rastro de ese supuesto amante del que hablas.
Pero, justo entonces, del ascensor salió escopetado Rubén, ramo de flores y botella de cava en mano.
¡Nereita, aquí estoy!
Víctor se puso colorado como un tomate y apretó los puños, pero ni le dirigió la palabra: bajó disparado por las escaleras.
¡Víctor, espera, no es lo que parece, déjame explicarte! Nerea corrió tras él.
Pero Víctor, más rápido que el metro en hora punta, se coló en el tranvía y desapareció.
Nerea se quedó llorando, casi echando a escobazos a Rubén, rota por pensar en el futuro de Colita.
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Pasaron dos años. Colita, con traje y corbata casi más grande que él, lucía ramo de flores para la profe; era su primer día de colegio. Junto a él, sus nuevos padres y la peque de la familia, Marina, que no paraba quieta en el regazo del padre. Y ahí estaba Nerea, vestida con su vestido de lunares favorito, ese que siempre le había gustado a Colita.
Eran Nerea, Víctor y, ahora, dos hijos adoptivos. Resultó que Rubén no era tan sinvergüenza: se reunió con Víctor y le soltó toda la verdad.
Al día siguiente, Víctor asaltó la oficina de Nerea y la arrastró de la mano al registro civil para casarse otra vez, no fuera a ser que alguien se les adelantara con Colita.
Y, desde entonces, siguen visitando el centro de menores, llevando regalos, chucherías y, en cuanto pudieron, adoptaron también a Marina en cuanto vieron la oportunidad.
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Mamá, papá, prometo estudiar mucho susurró Colita mirando al cielo. No os enfadéis por mis nuevos padres. Les quiero, pero son temporales hasta que podamos vernos de nuevo.
Ahora Colita sabía la verdad: sus padres biológicos murieron en un accidente de tráfico. Ya había estado en el cementerio, y los domingos iba a la catequesis de la parroquia. Por fin, entendía lo que era el cielo.
Nerea, por su parte, había hecho todo al revés; no entendía a Víctor ni a sí misma. Pero la vida tenía sus planes, y acabó casándose otra vez con él. Al final, todos en esta historia quedaron, por fin, la mar de felices.






