La herencia disputada: la hija, la madre, la abuela Polina y la batalla por el piso familiar en Madrid – Entre gritos en el rellano, recuerdos de infancia y el verdadero significado de la familia

¡Te voy a denunciar!gritó la madre.

¡Venga! ¡Adelante!respondió Begoña. No sentía ni una pizca de temor, los papeles estaban todos firmados y sellados, el notario sonreía en su retrato colgado en el recibidor.

Otra vez la madre volvía a germinar angustia en el umbral de Begoña. No la dejaba entrar en el piso, pero ella bramaba amenazas desde el descansillo, aporreaba la puerta, la llamaba ladrona, le gritaba que había expropiado lo ajeno.

Se podía llamar a la policía, pero Begoña no se atrevía. A fin de cuentas, seguía siendo su madre. Los vecinos, envueltos en mantas de chisme, preferían asomarse apenas al visillo y murmurar en voz baja.

Cuestiones familiares suspiraba la señora Rosalía detrás de su mirilla. Y la señora Jacinta, una planta más abajo, movía la cabeza y farfullaba: Ay, Ramírez, siempre igual

La Ramírez de los suspiros era la abuela de Begoña, doña Pilar Ramírez García. Ella había criado a la niña desde los primeros días, tricotando sueños entre fogones y recetas.

***

No va a venir, no te pegues al cristal, que entra corriente y te me resfríassusurraba Pilar a la Begoña de cinco años. Ven, mejor, colóreame aquí estos dibujos, que la abuela hoy te ha comprado unos cuadernos preciosos.

Tenía don de convencimiento la abuela. Begoña, olvidando tristezas, se sentaba en la cocina. Pilar le tejió una alfombra redonda, como la huella suave de un gato, donde la niña coloreaba

Pilar se movía a su alrededor. Cocía puchero, la sartén de croquetas chisporroteaba, trituraba patatas hasta que la cuchara bailaba. El reloj de péndulo, testigo de la quietud, marcaba el ritmo del tiempo. La radio sonaba bajito y en la ventana los pájaros gritaban al viento que se avecinaba tormenta. Todo estaba tibio.

¿Por qué? ¿Por qué mamá viene tan poco si aquí todo es tan bonito? se preguntaba Begoña.

La madre, Esperanza, vivía a apenas tres paradas de cercanías, pero prefería regar su propio jardín. Había sido madre a los diecinueve y, un año después, el padre, Javier, murió en accidente de moto. Él vivía en un piso heredado de su abuela. Sus padres estaban lejos, en Argentina, y era la abuela quien lo crió.

Allí vivieron Esperanza, Javier y la pequeña Begoña. Al morir Javier, el piso quedó para Esperanza.

La tristeza no la retuvo mucho.

Soy joven, quiero vivirle decía Esperanza a su madre. Solo tengo veinte. Buscaré otro marido.

Tienes una niña que criar, se acabó la fiesta. ¡Y estudiar! ¡Y trabajar! ¡Todo a la vez!rezongaba Pilar. Yo estudié, trabajé y te crié.

¡Pues tú eras otra cosa, abuela!replicaba Esperanza. Además, me contaste que primero fuiste a FP, luego trabajaste, y el título universitario lo sacaste ya con treinta. Yo solo tengo veinte, ¿soy una mula de carga? ¿Voy a ser viuda y heroína a la vez?

Llegados a ese punto, Esperanza lloraba. Pilar se enternecía. ¿Quién no iba a compadecer a una viuda tan joven?

Tráeme a Begoña, que yo puedo ayudar

Gracias, mami preciosay Esperanza le plantaba un beso.

Pronto Begoña tuvo edad para el parvulario. Pilar movió hilos y la colocó en el que tenía debajo de casa. Ella, por su parte, se jubiló.

Esperanza dejó de aparecer. Encontró trabajo y dedicó sus fuerzas a buscar pareja. Lo de estudiar, para otros. A Pilar eso le desgarraba, pero no quedaba tiempo, la niña colmaba sus días.

A veces, Pilar se maldecía por ofrecer ayuda, pero no habría hecho las cosas de otra manera. ¿Cómo imaginar que Esperanza se desatendería así de su propia hija?

Eso sí, hay que reconocer que dinero para la niña sí le traía, y a veces, cómo no, aparecía como una ráfaga de perfume dulce y brazos llenos de golosinas.

El día que venía la madre era fiesta. Regalaba muñecas, caramelos, y pronto se marchaba. Begoña se abrazaba a la ventana a llorar esperando que, quizás a la próxima, se quedara más.

Esperanza juraba que volvería y esta vez no mentiría. Pero siempre mentía.

Los años pasaron. Esperanza se casó y divorció dos veces y, alquilando el piso, se mudó a Madrid. Allá pensó que encontraría marido sin dificultad.

Begoña dejó de esperar y llegó a sentirse incómoda cuando su madre venía: tenían poco o nada de qué hablar. Las visitas fueron anuales, nada más. Cuando pasaba la noche, Begoña gruñía porque debía dejarle su habitación.

Nada la unía a su madre. Sus recuerdos vitales de infancia eran con Pilar: los pasos, los dientes, la lectura, los dibujos, la música. Esperanza se ausentó de todos esos hitos.

Su madre era una mariposa, distante, brillante, de visita breve.

Al llegar la universidad, Esperanza se casó, por cuarta vez.

Pilar empezó a enfermar. A los setenta y cinco, aguantó entera mientras pudo, pero la vida pesa.

Ojalá siguiera viva mucho tiempolamentaba Pilar. Debo ayudarte, Begoñita, que para tu madre no eres nada.

Anda, abuela, no pienses en eso. Solo necesitas curarte. Hoy en día, todo tiene remedio.

Begoña veía todo con optimismo y Pilar sonreía. Se sentía orgullosa. La nieta había entrado a la universidad sola, estudiaba como una hormiguita.

Al graduarse, Pilar empeoró y quedó postrada. Begoña cuidó de ella día y noche. Pilar, previsora, tenía ahorros, porque en cuanto Begoña creció un poco, volvió a trabajar. Gracias a ello, Begoña pudo sanar a su abuela.

Esperanza, sabiendo de la enfermedad, jamás vino. Ni un euro, ni un detalle, ni una visita después de su cuarto matrimonio.

No tengo tiempodecía por teléfono.

Cuando Begoña rogó ayuda, su madre respondió que estaba, ella misma, fatal.

Yo igual estoy peor que la abuela, eh, pero no se lo cuento a nadie. Estoy pidiendo la incapacidad, hija, no cuentes conmigo.

Colgó deprisa. Pilar, al saberlo, resopló.

No tiene nada. Se inventa excusas para no venir. ¿Discapacitada ella? Si anda, baila y hasta ha vuelto a casarse. Pura pereza.

A Pilar le dolía esa hija tan egoísta. Pero le quedaba su nieta.

Begoña consiguió que se recuperara: entonces Pilar fue directa al notario.

Vamos a ponerle la casa a tu nombre, Begoña.

Ay, abuela, otra vez con eso

Hay que prevenirse. Tu madre solo piensa en los hombres. No quiero que se quede con mi piso. Y los ahorros, también para ti: siempre hacen falta.

Así quedó hecho. Pilar resistió dos años; luego, una enfermedad repentina la apagó.

Todavía no me he casado ni he tenido hijoslloriqueó Begoña junto a la tumba tapizada de flores. Tú querías ir a mi boda y cuidarme los hijos, ay, abuela querida

Esperanza ni acudió al entierro. Se excusó, muy débil: ni podía viajar. Eso sí, mandó una transferencia, creyendo así cumplir con su deber.

Begoña gestionó todo sola. Pocos presentes: unas vecinas, un par de amigas de Pilar. Todos la ayudaron en lo posible, en memoria de esa gran mujer.

Cuando Esperanza se enteró de que la herencia se le había escapado, se obró el milagro. De pronto sanó.

¡Milagro de Lourdes, ni podía venir antes y ahora me planto aquí!ironizaba Begoña, mientras su madre volvía a gritar en el rellano.

Solo una vez, tras la muerte de Pilar, Begoña la dejó entrar. Lo lamentó; la madre, al ver las escrituras, rompió una valiosa jarra familiar contra la pared.

¡Esa casa es mía! ¡Ladrona! ¡Abusaste de la abuela enferma! ¡Lo impugnaré! ¡Te verás ante un juez!

Esperanza repetía, obsesiva, que Pilar estaba incapacitada cuando firmó.

¡Estaba enferma! ¡Me lo decías tú! ¡No estaba en su juicio! ¡Eso es ilegal!

Clamaba en el portal: ¡Todos, mirad! ¡Aquí vive una ladrona! ¡Le robó el piso a una pobre pensionista!

Los vecinos sonreían. Eran gente mayor, conocían a Pilar y Begoña, y sabían la verdad.

No hubo juicio. Esta vez, la enfermedad sí fue real y la madre se silenció.

Hijanecesito tu ayudamusitó Esperanza al telefonear. Los maridos no tienen ni idea de cuidar enfermos Tú cuidaste a tu abuela, ven

Lo siento, mamá, no puedo. Estoy embarazada y el médico ha prohibido que cargue peso.

¿¡Te has quedado preñada!?rugió Esperanza (qué rápido recuperó la voz).

No, estoy casada y feliz esperando mi niñadijo Begoña, y, no resistiendo, añadió: ¿No ibas a denunciarme? ¿Por qué no lo hiciste?

¡Maldita seas!gruñó su madre, colgando.

¡Chusma! No grites tantoprotestó el marido de Esperanza, Ramiro, que la miraba con ojos de gato enamorado. Pediremos un préstamo, contratarán a una cuidadora

¡Vete al cuerno!vociferó ella.

Ramiro le molestaba. Viudo, diez años mayor, fingió holgura gastando un préstamo para casarse; ella se instaló por comodidad, pero nada era ya alegre y una enfermedad severa la sorprendió.

***

No te deberías haber inventado enfermedades, mamásusurraba Begoña, mirando el firmamento granate de Madrid. Desde las alturas todo se ve claro.

Y pensaba en que era feliz, en cómo Dios (o la abuela Pilar) le habían regalado un marido llamado Álvaro, como salido de sus mejores sueños, un regalo del alma vieja que desde otro mundo ‘hilaba’ su alegría.

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La herencia disputada: la hija, la madre, la abuela Polina y la batalla por el piso familiar en Madrid – Entre gritos en el rellano, recuerdos de infancia y el verdadero significado de la familia
No he visto a mis hijos en diez años. Y no los extraño ni un poco.