Sin instrucciones
A Sergio le llegó un mensaje al móvil, una foto de una hoja de cuadritos. Tinta azul, letra inclinada con esmero, abajo la firma: «Tu abuelo, Nicolás». Al lado, un mensaje corto de su madre: «Ahora va así. Si no quieres, no tienes por qué responder».
Sergio abrió la foto, amplió para distinguir las líneas.
«Sergio, buenas.
Te escribo desde la cocina. Tengo un nuevo amigo: el glucómetro. Por las mañanas me regaña si como mucho pan. El médico ha dicho que camine más, pero ¿dónde voy a caminar yo, si todos los míos están ya en el cementerio y tú tan lejos, en tu Madrid? Por eso camino en la memoria.
Hoy, por ejemplo, me ha venido a la cabeza cuando en el setenta y nueve descargábamos vagones en la estación. Pagaban una miseria, pero podías afanar cajas de manzanas. Las cajas eran de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, ácidas y verdes, pero fiesta igual. Las comíamos allí mismo, sentados en sacos de cemento, con las manos grises, las uñas llenas de polvo, los dientes crujiendo de arena. Y aun así sabían a gloria.
¿A qué venía esto? No lo sé. Solo me he acordado. No pienses que te quiero dar lecciones de vida. Tú a lo tuyo, yo a mis análisis.
Si quieres, cuéntame qué tal tiempo tenéis y cómo va la uni.
Tu abuelo Nicolás».
Sergio sonrió. «Glucómetro», «análisis». Abajo, una nota de la aplicación: «Enviado hace una hora». Ya había llamado a su madre, pero ella no contestó. Así que, sí, «ahora va así».
Repasó el chat. Los últimos mensajes del abuelo habían sido hacía un año: audios cortos de felicitaciones y uno preguntando «¿qué tal los estudios?». Aquella vez, Sergio contestó con un emoji y desapareció.
Ahora se quedó un buen rato mirando la hoja cuadriculada en la pantalla, luego abrió la casilla de respuesta.
«Abuelo, hola. Aquí hace tres grados y llueve. Los exámenes, pronto. Las manzanas cuestan ya ciento veinte euros el kilo. Con las manzanas estamos mal.
Sergio.»
Pensó un segundo, borró el nombre y firmó solo: «Tu nieto, Sergio». Y lo envió.
Días después su madre le reenvió otra foto.
«Sergio, buenas tardes.
He leído tu carta tres veces. Decidí responderte como Dios manda. El tiempo aquí es igual que allí, pero sin tus charcos modernos. Nieve por la mañana, agua al mediodía, hielo por la noche. Ya me he resbalado dos veces, pero se ve que todavía no me toca.
Como mencionas las manzanas, te cuento de mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte años y entré en un taller. Hacíamos piezas para ascensores. Un ruido terrible, polvo en el aire todo el día. Llevaba unos pantalones de faena grises que jamás logré dejar limpios, por mucho que los fregara. Los dedos siempre llenos de cortes, las uñas negras de grasa. Pero estaba orgulloso de mi pase de empleado, de entrar por la puerta grande como un adulto.
Lo mejor no era el sueldo, sino la comida. En la cantina, servían cocido en platos bien pesados, y si llegabas pronto, te daban pan extra. Nos sentábamos en silencio, no porque no hubiera de qué hablar, sino porque no quedaban fuerzas. Una cuchara pesaba más que una llave inglesa.
Pensarás que esto es arqueología. Pero yo a veces me pregunto si entonces era feliz, o solo no tenía tiempo de pensarlo.
¿Tú trabajas, además de estudiar? ¿O ahora todos montáis startups?
Abuelo Nicolás».
Sergio lo leyó haciendo cola en un kebab cerca de Atocha. Alguien discutía, otros se quejaban, una voz publicitaria atronaba desde los altavoces. Se sorprendió a sí mismo releyendo la parte sobre el cocido y los platos pesados.
Respondió allí mismo, apoyado en la barra.
«Abuelo, hola.
Trabajo como repartidor. Llevo comida, a veces papeles. No tengo pase, solo la app, que siempre se cuelga. También como fuera de casa: es por falta de tiempo, no porque robe nada. Compro lo más barato, como en el portal o en el coche de un amigo. En silencio, igual.
Sobre la felicidad, tampoco lo sé. No me da tiempo de pensarlo.
Pero ese cocido en la cantina suena bien.
Tu nieto Sergio.»
Pensó si poner algo sobre las startups, pero dejó que el abuelo imaginase a su manera.
La siguiente carta fue muy breve.
«Sergio, hola.
Ser repartidor es cosa seria. Ahora te veo de otra forma: no como al chaval con el ordenador, sino como alguien en deportivas, siempre apurado.
Ya que lo cuentas, te diré que yo también hice chapuzas en obras cuando no llegaba a fin de mes. Subíamos ladrillos al quinto por escalera de madera. Todo polvo: nariz, ojos, oídos. Me quitaba los zapatos y caía arena en el pasillo. Tu abuela me regañaba porque estropeaba el suelo de linóleo.
Lo más curioso es lo que recuerdo: no el cansancio, sino una imagen. Había un hombre, le llamaban Santi. Siempre llegaba antes, se sentaba sobre un cubo al revés y pelaba patatas con una navaja. Las metía en una olla que traía de casa. A mediodía colocaba la olla sobre el hornillo y el olor a patata cocida invadía la planta. Las comíamos con las manos, con sal de un paquetito. Y me parecía que nada tenía mejor sabor.
Ahora tengo aquí un saco de patatas del súper y pienso que ya no saben igual. Igual no es cosa de la patata, sino de los años.
Cuando te cansas tú, ¿qué comes? No de reparto, sino de verdad.
Abuelo Nicolás».
Sergio no contestó enseguida. Dio mil vueltas pensando cómo describir el «de verdad». Recordó aquella noche de invierno tras doce horas de curro, cuando compró empanadillas congeladas en el chino veinte y las coció en la cocina común, en una vieja cacerola que aún olía a frankfurt. Las empanadillas se deshicieron, el agua turbia, pero se las comió de pie junto a la ventana, porque ni mesa había.
Dos días después, por fin escribió.
«Abuelo, hola.
Cuando estoy cansado, suelo hacerme huevos fritos. Dos o tres, a veces con chorizo. La sartén da miedo, pero sirve. En la residencia no hay Santi, pero sí un vecino que siempre quema algo y suelta juramentos.
Hablas mucho de comida. ¿Es que antes pasabas hambre, o ahora?
Tu nieto Sergio.»
Al mandarlo, se arrepintió de la última frase. Le sonó brusca. Pero ya era tarde.
La respuesta llegó antes de lo habitual.
«Sergio.
Buena pregunta la del hambre. Entonces era joven y siempre tenía hambre. Y no solo de sopa y patata. Quería una moto, zapatos nuevos, una habitación propia donde no oír toser a mi padre por las noches. Quería respeto. Quería entrar a una tienda sin contar monedas en el bolsillo. Que las chicas me miraran, no que pasasen de largo.
Ahora como bien. El médico dice que incluso demasiado. Hablo mucho de comida porque es tangible, da recuerdos. El sabor de una sopa se describe mejor que la vergüenza.
Ya que preguntas, te cuento algo, pero sin moraleja, como te gusta.
Tenía veintitrés. Ya salía con tu futura abuela, pero lo nuestro tambaleaba. En el taller dijeron que buscaban gente para el norte. Allí pagaban bien, podías ahorrar en dos años para un coche. Me entusiasmé. Ya me veía volviendo con mi Seat y presumiendo.
Pero tu abuela dijo que no iba. Tenía su madre enferma, su trabajo y amigas aquí. Dijo que no podría soportar la oscuridad y el frío. Yo le respondí que me lastraba, que si me quería debería apoyarme. Fui más borde, pero no te lo repito.
Al final fui solo. A los seis meses dejamos de escribirnos. Volví a los dos años con dinero y coche. Pero ella se había casado. Yo iba contando a todos que me traicionó. Que lo hice por ella y que ella
La verdad es que elegí el dinero y el metal antes que a la persona. Y fingí mucho tiempo que esa era la única decisión posible.
Ese era mi apetito.
Me preguntas qué sentía. Tal vez entonces me creía importante y con razón. Después, muchos años hice como si no sintiera nada.
Contesta solo si te apetece. Sé que quizá esto te pilla lejos ahora.
Abuelo Nicolás».
Sergio leyó varias veces. La palabra «vergüenza» se le quedó clavada, un anzuelo. Se sorprendió buscando justificantes entre líneas, pero el abuelo no le daba ninguno.
Abrió mensaje nuevo, tecleó «¿Te arrepientes?», lo borró. «¿Y si te hubieras quedado?», lo borró también. Al final mandó algo diferente.
«Abuelo, hola.
Gracias por contarlo. No sé muy bien qué decir. En casa se habla de la abuela como si siempre hubiera sido solo abuela, sin otro pasado.
No te juzgo. Yo también he elegido trabajo antes que persona. Tenía novia. Justo empecé de repartidor y me pusieron más turnos. Siempre estaba liado. Ella decía que casi no nos veíamos, que siempre estaba con el móvil o de mal humor. Yo respondía que tenía que aguantarse, que después todo sería mejor.
Un día se cansó de esperar. Yo le dije que era asunto suyo. También empleé palabras más feas, pero paso de repetírtelas.
Ahora, cuando vuelvo a la residencia a las once y recaliento los huevos, a veces pienso que elegí el dinero y el curro antes que la persona. Y también finjo que hice bien.
Supongo que es cosa de familia.
Sergio.»
La carta del abuelo, esta vez, llegó en una hoja rayada. Su madre aclaró por audio que se le había acabado la libreta de cuadritos.
«Sergio.
Eso de cosa de familia lo has descrito bien. Nos gusta cargarle todo a los genes. Que si bebe, porque el abuelo bebía. Que si grita, porque la abuela era dura. Pero cada vez elegimos nosotros, lo que pasa es que acojona tanto reconocerlo, que preferimos lo heredado.
Cuando volví del Norte, creí que empezaba vida nueva. Coche, habitación propia en el hostal, algo de dinero. Pero por las noches me sentaba en la cama agobiado, sin saber adónde ir. Los amigos se habían marchado, en el taller ya había otro capataz, en casa solo me esperaban polvo y la radio vieja.
Un día fui al portal donde vivía tu casi abuela. Cruzando la calle, miraba las ventanas. En una había luz, en otra no. Me quedé allí hasta congelarme. Al rato salió ella con un cochecito, al lado iba un hombre, la cogía del brazo. Reían, charlaban. Yo me escondí tras un árbol, igual que un chaval. No me fui hasta que desaparecieron por la esquina.
Fue la primera vez que entendí que nadie me había traicionado. Yo escogí mi camino, ella el suyo. Admitirlo me costó años.
Dices que elegiste el trabajo antes que la novia. Quizá no elegiste el trabajo, sino a ti mismo. Igual ahora necesitas sacarte a flote antes que ir al cine. No es bueno ni malo. Es así.
¿Sabes lo que más me fastidia? Que rara vez decimos con claridad: Ahora esto me importa más que tú. Preferimos adornarlo y luego todos nos herimos.
Te lo cuento no para que salgas corriendo a recuperarla. Ni sé si deberías. Pero quizá algún día, bajo otra ventana, entiendas que se puede ser más sincero.
Tu viejo abuelo Nicolás».
Sergio, en el alféizar del pasillo de la residencia, sentía el móvil templado en la mano. Fuera, coches chapoteando en el asfalto, alguien fumaba en la entrada. De la habitación vecina retumbaba la música, graves sordos.
Reflexionó largo rato. Le vino a la memoria cómo una vez estuvo bajo la ventana de su ex, ya sin llamadas ni respuestas. Miraba las cortinas, la luz, pensando que igual asomaba y lo veía. No asomó.
Escribió.
«Abuelo, hola.
Yo también estuve bajo la ventana. También me escondí cuando salió con un tío. Él con mochila, ella con la compra. Reían. Pensé que me habían borrado de un plumazo. Ahora, leyendo, igual fui yo quien se fue.
Dices que tardaste diez años en verlo. Ojalá yo sea más rápido.
No voy a recuperarla. Solo voy a dejar de fingir que me da igual.
Tu nieto Sergio.»
La siguiente carta trataba de otro asunto.
«Sergio.
Una vez preguntaste por el dinero. No respondí porque no sabía cómo. Ahora lo intento.
En nuestra familia el dinero era como el tiempo: solo se hablaba de él cuando faltaba o cuando, de milagro, sobraba. Tu padre, de pequeño, una vez me preguntó cuánto ganaba. Justo entonces tenía dos empleos, así que respondí contento la cifra. Se le abrieron los ojos: ¡Vaya, eres rico!. Me reí, dije que era una tontería.
Pasó el tiempo y me despidieron. El sueldo bajó a la mitad. Tu padre volvió a preguntar. Al decir la cifra, replicó: ¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?. Me enfadé. Le grité que no entendía nada, que era un ingrato. Pero solo intentaba entender.
Años estuve dándole vueltas y vi que entonces le enseñé a no preguntarme ya nunca más por dinero. Creció, jamás volvió a preguntar; simplemente se buscaba la vida. Yo pensaba que debía adivinar las cosas solo.
No quiero repetir eso contigo. Te lo dejo claro: cobro poca pensión, pero me da para medicinas y comida. Para coche, ya no; ni lo necesito. Ahora solo ahorro para una dentadura nueva, que los dientes viejos fallan.
¿Y tú? ¿Te las arreglas? No voy a empezar a enviarte dinero ni a comprarte calcetines, solo quiero saber si pasas hambre o duermes en el suelo.
Si te incomoda responder, basta con un bien, y ya lo entiendo.
Abuelo Nicolás».
Un nudo le apretó el estómago. Recordó que de niño preguntaba a su padre cuánto ganaba y solo recibía carcajadas o un «ya te enterarás». Creció pensando que el dinero era algo de lo que había que avergonzarse.
Miró largo el texto, luego escribió:
«Abuelo, hola.
No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, hasta colchón, no el mejor pero sirve. Pago yo la residencia, fue trato con mi padre. A veces me retraso, pero no me han echado.
Para comer alcanza, si no gasto demás. Cuando está justo, busco turnos extra y luego ando hecho polvo, pero lo elijo yo.
Me da apuro que me lo preguntes y yo no pueda preguntártelo igual. Tipo: Abuelo, ¿y tú tienes suficiente?. Pero tú ya respondiste.
Ojalá bastase con un estoy bien y no con tantas explicaciones. Pero ya entiendo que es mi costumbre, que los mayores nunca decían nada.
Gracias por hablarme claro de dinero.
Sergio.»
Dudó, pero añadió en otro mensaje:
«Si algún día quieres algo y no te llega la pensión, avisa. No prometo que pueda, pero así al menos lo sé».
Y lo envió sin pensarlo más.
La respuesta del abuelo era la más temblorosa de todas; las letras bailaban, las líneas torcidas.
«Sergio.
Leí tu mensaje de si te falta algo. Primero iba a contestar que no necesito nada. Que tengo lo justo, que a mi edad basta con pastillas. Luego pensé en bromear y pedirte una moto nueva.
Pero lo cierto es que toda la vida he fingido ser un hombre fuerte, capaz de todo. Y ahora temo pedirle un favor a mi nieto.
Así que lo digo claro: si un día me hace falta algo que no puedo conseguir, intentaré no actuar como si no fuera importante. Pero mientras haya té, pan, pastillas y tus cartas, tengo suficiente. No es cursi, es la lista real.
Antes pensaba que tú y yo éramos de mundos opuestos. Tú, con tus ¿apps?, y yo con la radio. Ahora leo tus mensajes y me doy cuenta de que nos parecemos: ninguno pide ayuda, los dos fingimos que nada nos afecta, cuando sí nos importa.
Ya que estamos con sinceridades, te cuento algo más, algo que nunca se dice en familia. No sé cómo te lo tomes.
Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Acababa de entrar en nuevo trabajo, nos cedieron una habitación en el hostal, pensé que ya vivíamos bien. Pero un bebé: lloros, pañales, noches en vela. Llegaba de turno de noche y el niño no paraba. Me enfadé. Una vez lancé el biberón contra la pared, se rompió. La leche se quedó en el suelo, tu abuela llorando, el niño berreando y yo queriendo irme, desaparecer.
No me fui. Luego fingí que solo fue un cabreo. Pero fue el instante en que estuve cerca de largarme. Si lo hubiera hecho, no estarías leyendo esto.
No sé si te sirve, pero así sabes que tu abuelo no es ningún héroe ni ejemplo. Soy de carne y hueso, un hombre que a veces hubiera querido desaparecer.
Si esto te aleja, lo entenderé.
Abuelo Nicolás».
Sergio leyó, y los escalofríos iban y venían. La imagen del abuelo, que para él era siempre olor a mandarinas y una manta abrigada por Navidad, ahora se teñía con otros matices. Un hombre derrotado en un cuarto de hostal, un niño, gritos, leche por el suelo.
Recordó aquel verano en que trabajó de monitor; una vez gritó tan fuerte a un niño que se asustó hasta a sí mismo. Después, no pudo dormir pensando que sería mal padre.
Se quedó tiempo mirando el mensaje vacío. Escribió «No eres un monstruo». Borró. Escribió: «Te quiero igual». Borró, por temor al tono.
Al final envió:
«Abuelo, hola.
No voy a dejar de escribirte. No sé cómo se responde a esto. En casa nunca se habla de gritos o de querer irse. Todo es silencio o chistes.
El verano pasado, trabajando en el campamento, había un chico que siempre lloraba y pedía irse. Un día exploté y le pegué un grito tremendo. Me dio miedo de mí mismo. Pensé que no valdría para padre.
Lo que cuentas no me hace verte peor. Te hace real.
No sé si yo podría contar algo tan sincero a un hijo, si algún día lo tengo. Pero ojalá al menos no finja ser siempre el que lleva razón.
Gracias por no irte.
Sergio.»
Pulsó enviar y, por primera vez, esperó la respuesta no como una cortesía, sino como algo suyo.
A los dos días, llegó la respuesta de su madre: «Ya manda audios, que no te asuste. Lo he pasado a texto». En la pantalla, una nueva imagen de hoja rayada.
«Sergio.
Leí tu carta y pensé que tú eres ya más valiente que yo a tu edad. Tú al menos reconoces que sientes miedo. Yo fingía que nada me afectaba, luego pagaba los muebles.
No sé si serás buen padre. Ni tú mismo lo sabes. Eso se ve sobre la marcha. Pero hacerte esa pregunta ya dice mucho.
Has escrito que soy real. Es el mejor piropo que me han dicho. Lo normal es oír cabezota, gruñón. Nadie me había llamado real en mucho tiempo.
Ya que vamos tan lejos, quería preguntarte algo y siempre me ha dado apuro. Si algún día te hartas de mis historias, avisa. Escribo menos o solo por las fiestas. No quiero agobiarte con mi pasado.
Y otra cosa. Si un día te pica por venir sin más, estoy en casa. Tengo un taburete libre y una taza limpia. Eso lo he revisado.
Tu abuelo Nicolás».
Sergio sonrió con lo de la taza. Se imaginó esa cocina, el taburete, el glucómetro en la mesa, el saco de patatas junto al radiador.
Abrió la cámara, hizo una foto de su cocina compartida: fregadero repleto, la sartén fea, caja de huevos, tetera, dos tazas, una mellada. En el alfeizar, un bote con cubiertos.
Envío la foto al abuelo y añadió:
«Abuelo, hola.
Esta es mi cocina. Taburetes hay dos, tazas de sobra. Si un día quieres venir sin más, aquí estaré. O casi en casa.
No me aburres. A veces no sé qué contestar, pero eso no significa que no lea.
Si quieres, cuéntame algo que nunca hayas contado, ni porque dé vergüenza, sino porque nunca tuviste con quién.
S.»
Pulsó enviar y se dio cuenta de que acababa de preguntar algo que jamás le preguntó a un adulto de su familia.
Dejó el móvil en la mesa. La sartén chisporroteaba en la cocina. De la habitación vecina llegaban carcajadas. Sergio volvió los huevos y apagó el gas, sentándose en su taburete, imaginando a su abuelo enfrente, con una taza en la mano, contándole la siguiente historia, ya no en papel, sino en voz alta.
No sabía si el abuelo vendría ni qué pasaría después. Pero el simple hecho de poder enviarle la foto de su cocina desastrada y un ¿y tú qué tal? le dio una mezcla de calma y apretón en el pecho.
Cogió el móvil, revisó el chat, con rayas, con cuadritos, con sus escuetos mensajes S.. Lo dejó boca abajo, no fuera a perderse una notificación.
Los huevos ya estaban fríos, pero los comió despacio, compartiéndolos como si al otro lado, desde su propia cocina, le acompañara el abuelo.
No hubo nunca un te quiero explícito en aquellas cartas. Pero entre líneas ya había algo, y por ahora, les bastaba a los dos.







