Diario personal, 12 de junio
Hoy me siento especialmente apesadumbrada y confusa. Parece que todo ha cambiado desde que mi nuera ha entrado en nuestras vidas, especialmente desde que empezó a influir tanto en Álvaro, mi hijo. Desde hace tiempo noto que ella le mete ideas en la cabeza, haciéndole creer que sólo me preocupo por mí misma y que no me interesa su felicidad como pareja. Todo esto porque me negué a intercambiar mi piso con el suyo.
Hace años que enviudé y Álvaro es mi único hijo. Lo he criado con todo el cariño y esfuerzo posibles; procuré que no le faltara nada y he hecho todo lo posible para darle acceso a una buena educación. Siempre hemos vivido de forma humilde; cuando cumplí los cuarenta, mi difunto marido y yo pudimos al fin comprar el piso en el que vivo ahora, después de muchos años de alquiler. Nunca tuvimos los medios para adquirir otro piso para Álvaro, pero siempre pensé que, como nosotros, él podría labrarse su propio camino para tener su propia vivienda.
Álvaro siempre ha sido mi orgullo. Es un buen hombre, trabajador y responsable. Empezó a trabajar mientras aún estaba en la universidad y nada más terminar consiguió un buen empleo. Cuando me contó que empezó a salir con una chica, me alegré muchísimo. Para mí, lo más importante era que él fuera feliz, sin importar quién fuera la elegida.
Al principio me cayó bien Lucía; era educada y parecía sencilla. Sin embargo, después de la boda, su actitud cambió completamente.
Tras la luna de miel, Lucía dejó su trabajo alegando que sus jefes no la trataban bien y que buscaría algo mejor. Pero ese algo mejor nunca llegó. Lleva dos años viviendo a expensas de Álvaro y ni se le pasa por la cabeza ponerse a trabajar.
Viven juntos en el piso de una habitación de ella, que está en las afueras de Madrid. Como Lucía no aporta nada, Álvaro no puede permitirse ahorrar ni soñar con comprarse su propio piso, sobre todo porque Lucía malgasta todos sus ingresos en centros de belleza y tiendas de ropa de grandes marcas. No entiendo cómo puede alguien pasarse dos años sin encontrar trabajo, ¡y menos si va a tantas entrevistas como dice ella! Me da la impresión de que Lucía prefiere vivir bien sin sacrificarse.
Un día le pregunté si pensaban tener hijos y me contestó:
¿Pero cómo vamos a tener hijos viviendo en un sitio tan pequeño?
Yo le propuse:
¿Y si ahorráis poco a poco para la entrada de una hipoteca?
A lo que Lucía, con aire de fastidio, respondió:
Si apenas llegamos a fin de mes, no hay nada que ahorrar.
Tuve que morderme la lengua para no decirle que si ella trabajara, quizás podrían haber ahorrado ya una buena cantidad. Si viera un poco de esfuerzo real en ellos por ahorrar para un piso, no dudaría en ayudarles, ya que tengo algunos ahorros apartados para casos de necesidad. Pero ahora, teniendo en cuenta cómo es Lucía, temo que cualquier dinero que les prestara lo despilfarrarían.
Recientemente, Lucía sacó el tema de tener un hijo y se dedica a recordarnos que el tiempo no espera a nadie y que deberíamos pensar en la descendencia, aunque me pregunto cómo puede plantearse criar un niño en esas condiciones. Lo preocupante es que Álvaro parece estar de acuerdo con ella.
Mamá, hemos estado pensando ¿por qué no haces un intercambio de piso con nosotros? No hace falta arreglarlo legalmente, simplemente tú te mudas al nuestro y nosotros venimos al tuyo. Así nos quitamos de líos de hipoteca, y tu espacio sería suficiente para ti me dijo Álvaro.
Sus palabras me dolieron mucho. Sé que esta idea no es suya; estoy convencida de que ha venido de Lucía. Le contesté que, a mi edad, tras toda una vida aquí, no quiero mudarme. Los árboles viejos no se trasplantan, como se suele decir.
Si sólo te quedan unos años de trabajo, podríamos darte nietos añadió Lucía, sonriendo de medio lado.
Rechacé su oferta porque no quiero irme de mi casa. Desde entonces, Álvaro ha intentado sacar el tema varias veces, y cada vez sus comentarios me hieren más. Mi hijo jamás habría sido así de no estar ella influenciándolo.
La última vez que vinieron me impresionó oír a Lucía decirle:
Vámonos, que a tu madre le da igual si tenemos hijos o no. No va a hacer nada por nosotros.
Desde aquel día, Álvaro no me llama, ni contesta mis llamadas. No entiendo cómo ha cambiado tanto. No es tonto, pero cuando está a su lado parece perder todo sentido común. No sé cómo hemos llegado a esto. Hoy, me siento sola en mi propio hogar, cuestionándome si la familia, a veces, se disuelve tan fácilmente como el azúcar en el café.







