Una noche antes de casarme, mi prometido se marchó de este mundo. Todo estaba dispuesto; el vestido colgaba en la puerta, impoluto, casi flotando entre la penumbra de la habitación. Las alianzas destellaban sobre la mesa. Los invitados confirmados. El banquete encargado, humeando invisible en algún sueño de la cocina. Esa tarde, él decidió reunirse con unos cuantos amigos en su piso de Madrid nada estruendoso, me dijo, solo para despedirse de la soltería con algo sosegado. Nada de fiestas desmedidas, simplemente sentarse, beber unos tintos, contarse historias antiguas. Yo, en nuestra casa, remataba los últimos detalles, moviéndome como entre algodones.
A las 21:30 sonó el teléfono, ese eco metálico que parecía llegar de lejos, de otro mundo. Uno de sus amigos al otro lado: me dijo que se había desplomado de repente, que le llevaban corriendo al hospital Gregorio Marañón. De camino repetía para mis adentros: será un susto; quizás el cansancio, el vértigo de los nervios nupciales algo que pasará.
En el hospital me hicieron esperar en una sala helada, blanca como una página en blanco. No tardaron mucho. Una doctora se acercó que más parecía pertenecer a una escena suspendida de una película de Buñuel y me pidió que me sentara. Allí, las palabras cayeron despacio; la verdad era tan absurda y desnudamente real que no podía ser de este mundo. No recuerdo ni haber gritado ni haber llorado; lo que recuerdo son los zumbidos de los fluorescentes, las sombras inertes, una sensación viscosa de que algo estaba mal, de que aquellas frases no eran para mí. El universo se volvió inexplicable, torcido como los relojes de Dalí.
Al día siguiente no hubo boda; hubo funeral. La casa que iba a ser el inicio de nuestro viaje juntos se llenó de coronas de flores, olor a luto y susurros. Los mismos que debían verme vestida de blanco me ofrecían sus condolencias. Guardé el vestido. Cancelé el banquete, los músicos y la luna de miel a Granada. Aprendí a contestar el teléfono sin saber qué decir, siempre explicando con voz hueca: no, no es un error sí, de verdad sí, el ataúd fue el día antes de la boda.
Pasaron los meses, y luego los años. Nunca volví a buscar otra relación. Al principio, ni siquiera fue una decisión consciente. Era, simplemente, imposible. Cada vez que alguien intentaba acercarse, algo en mí se cerraba como las persianas al caer la tarde. No supe cómo volver a empezar cuando mi historia acabó antes de poder nacer.
Me quedé sola, pero no por falta de opciones, sino porque nunca encontré el coraje de volver a entregar el alma. Han pasado veinte años desde aquella noche. He aprendido a ordenar mi vida de otra forma: trabajaba, cuidaba de los míos, aprendí a estar conmigo, en este Madrid de sueños extraños. Pero jamás volví a amar así. Él fue mi última promesa, mi último gran anhelo compartido. Después de aquello, solo aprendí a caminar sola entre los tapices descosidos de mi propio relato.
Y así esa es mi historia.







