Cuidé gratis de mis nietos y aún así me dieron una lista de quejas sobre cómo los educo: la historia de una abuela madrileña a la que su hija y su yerno le exigieron un “manual de instrucciones” para criar a los niños… hasta que la vida (y una niñera muy estricta) puso a cada uno en su sitio

Otra vez con lo mismo, mamá. Les has dado esas galletas de supermercado otra vez exclamó Marina con ese tono suyo agudo, como si hubiera cometido un crimen y no simplemente haber dado la merienda a dos niños de cinco años. ¡Habíamos quedado en que solo podían tomar las galletas sin gluten de la pastelería de la calle Alcalá! Esas galletas industriales llevan solo azúcar y grasas malas. ¿Quieres que les vuelva a salir la erupción o que no duerman de lo nerviosos que se ponen con tanto dulce?

Carmen Fernández soltó un suspiro, recogiendo con cuidado las migas de la mesa con la mano. Hubiese querido decirle a su hija que aquellas galletas sin gluten, que costaban como si tuvieran oro, los críos las llamaban cartón y se negaban a probarlas. Sin embargo, los clásicos roscos segovianos los devoraban llenos de alegría. Pero se calló. Desde hace tiempo decidió mantener la calma para evitar encender aún más el polvorín que era la relación con su hija.

Marina, su única hija, estaba de pie en medio de la cocina, vestida de traje de oficina y mirando el reloj del móvil nerviosa. Llegaba tarde a una reunión, pero la charla sobre la alimentación parecía importarle más que el tráfico de Madrid.

Marina, venían con hambre después del parque intentó justificarse Carmen mientras fregaba las tazas. El puré casi ni lo tocaron, y del segundo plato solo picotearon. Se necesita energía a esa edad.

¡Energía se obtiene de hidratos de carbono complejos, no de azúcar! cortó Marina, cogiendo el bolso. En fin, me voy volando. Javier llega a las ocho. Vigila que hagan los deberes de logopedia y, por favor, nada de tablets. Comprobaré el historial de navegación esta noche.

La puerta se cerró, dejando atrás el perfume caro de su hija y una atmósfera densa. Carmen se sentó, notando cómo le dolía la espalda. Tenía sesenta y dos años. Hacía dos, su hija y su yerno le insistieron para dejar el trabajo estable de contable jefe que tenía junto a Argüelles, y dedicarse a sus nietos, Daniel y Miguel.

¿Para qué quieres trabajar ya, mamá?, le decía Javier, el yerno. Marina y yo estamos hipotecados hasta las cejas, nos hace falta alguien de confianza. No queremos a una desconocida en casa, que además salen carísimas. ¿No es mejor así? Los niños contigo, tú tranquila, y nosotros podemos trabajar sin preocuparnos.

En aquel momento sonaba incluso bonito. Carmen quería a sus nietos con locura y, ciertamente, la oficina y los papeles cada día la pesaban más. Imaginaba paseos por El Retiro, cuentos en el sofá y tardes de plastilina. Pero la realidad fue otra.

Su jornada comenzaba a las siete de la mañana. Viajaba desde su piso en Carabanchel hasta el Ensanche de Vallecas, donde vivían Marina y Javier, y tenía que estar lista antes de que los niños se despertaran. Su hija y yerno salían muy temprano y regresaban tarde. Comprar, médicos, actividades, deberes… todo era suyo. Daniel era un terremoto que no paraba; Miguel, un trasto de tres años en plena etapa de yo solo.

Esa tarde no fue diferente. Carmen, mientras levantaba un castillo de bloques con los niños, intentaba de paso explicarle a Daniel la diferencia entre la s y la ch, como le había pedido la logopeda. Luego la batalla por la cena: el brócoli volvía a perder contra las salchichas caseras que Carmen les hacía a escondidas. Después, baño, cuento y a la cama. Cuando oyó el clic de la puerta, anunciando la llegada de Javier, Carmen apenas podía mantenerse en pie.

Javier, alto, algo fofo y siempre con cara de preocupación, entró a la cocina, saludó con la cabeza y corrió hacia la nevera.

¿No ha llegado Marina aún? preguntó, boca llena de jamón en bocadillo.

Sigue en una reunión respondió Carmen, colocando su bolso en el hombro. Me voy ya, que pierdo el último autobús y el taxi con lo que está la vida imagínate.

Sí, sí Gracias, Carmen. Y cierra bien la puerta, que el cerrojo va raro dijo sin mirarla, pegado al móvil.

En el viaje de vuelta por la M-30, Carmen miraba las luces de Madrid y pensaba en que hasta el gracias sonaba mecánico, más bien a agradecimiento a una lavadora que ha hecho el ciclo de ropa. Nadie le preguntaba si se encontraba bien o cómo iba su tensión, siempre complicada cuando cambiaba el tiempo.

El punto de ebullición llegó el sábado. Carmen, normalmente, dedicaba el finde a descansar y hacer sus cosas, pero Marina llamó el viernes por la noche.

Mamá, mira, necesitamos hacer una junta familiar dijo, y el tono era tan forzado que el corazón a Carmen se le encogió. ¿Había pasado algo grave?

El domingo, Carmen llegó con una empanada de espinacas, favorita de su yerno. Pero el ambiente era extrañamente oficial. Encerraron a los niños en el cuarto con dibujos animadosaunque normalmente lo tenían prohibidísimoy los mayores se sentaron en la mesa del comedor. Javier sacó el portátil, Marina el cuaderno. La empanada, desplazada en un rincón, parecía fuera de lugar.

Mamá, hemos analizado los últimos seis meses empezó Marina, sin mirarla a los ojos. Y llegamos a la conclusión de que necesitamos sistematizar la crianza de los niños. Hay cosas que no nos gustan.

¿Que no os gustan? repitió Carmen, sintiendo el frío en las manos.

Un momentito dijo Javier abriendo una hoja de cálculo. Nada personal, Carmen, es crítica constructiva para optimizar los procesos.

Carmen entrecerró los ojos. Allí había líneas, colores, notas

Mira empezó Marina, señalando el cuaderno: Punto uno: Alimentación. No sigues la dieta. Roscos, salchichas, tus empanadillas ¡Eso es un ataque de hidratos! Exigimos que sigas el menú de la nevera. Sin excepciones.

Es que no comen la pechuga de pavo al vapor, Marina Son niños, necesitan algo rico, mujer.

Los hábitos se forman de pequeños sentenció Javier, como si impartiera clase. Punto dos: Rutina. La semana pasada, Miguel se durmió a las 21:30. ¡Debe ser a las 21! Eso altera la melatonina. Eso es inaceptable.

Carmen tragó saliva, recordando cómo le dolía la tripa a Miguel esa noche y el rato que tardó en consolarlo.

Punto tres: Educación siguió Marina, subiendo el tono. Daniel todavía confunde los colores en inglés. ¿No usas las tarjetas? Hay que seguir la metodología, mamá, no vale solo dejarles jugar a coches. La cognición hay que ejercitarla.

Tiene cinco años, Marina. Lo importante es que sea un niño feliz Leemos cuentos, recogemos piñas en el parque

Eso es del siglo pasado ese zanjó su hija. Y por último, mamá: Disciplina. Les das demasiada cancha. Luego hacen lo que quieren con nosotros. Hay que ser más estricta, castigos, sin dulces, cara a la pared si hace falta. Y tú siempre les consuelas. Eso no es profesional.

Aquella palabra, profesional, dolió más que cualquier otra.

Y además remató Javier, hemos hecho un calendario y un listado de KPIs indicadores de eficiencia. Revisaremos el progreso de inglés y, si no funciona, habrá que pagar profesor particular, lo que sería un gasto extra para nosotros. Confiábamos en ti.

Carmen miró la empanada fría y los rostros de sus hijos, transformados en jefes de recursos humanos más que en familia.

Le vinieron imágenes de los últimos años: arrastrando el carrito por la nieve, velando a Daniel enfermo cuando su hija estaba de viaje, fregando los suelos sin que nadie lo pidiera, ahorrando para comprarles juguetes mejores sacrificando sus propios caprichos. Siempre pensó que lo hacía por amor, porque era su familia.

Ahora era solo mano de obra gratis, mal valorada y medida por KPIs.

En la sala no se escuchaba ni una mosca; solo en el fondo, en el cuarto, se oía a Bob Esponja.

¿Así que una lista de reclamaciones? preguntó ella en voz baja. Y su voz, extrañamente, era firme.

Mamá, no es para tanto replicó Marina. Son áreas de mejora. Queremos que la educación sea sistemática.

Entendido asintió Carmen, poniéndose lentamente en pie. Javier, envíame ese archivo por email, por favor. Quiero leerlo con calma.

Claro, ahora te lo mando respondió, ilusionado de que su suegra aceptara las reglas.

Ahora escuchadme vosotros continuó Carmen, firme como lo fue en su tiempo de jefa de contabilidad. Habéis pedido una profesional: educadora, dietista, cocinera y limpiadora, con idiomas y metodología Montessori. Todo junto. Se os olvida un detalle.

¿Cuál? preguntó Marina, tensa.

El contrato laboral y el pago dijo Carmen. Si queréis que sea una trabajadora más pues hagamos cuentas. Una niñera-gobernanta en Madrid está en 12-14 euros la hora. Estoy de 8 de la mañana a 8 de la tarde, 12 horas, cinco días. 60 horas semanales. A 12 euros, son 720 euros a la semana. Casi 3.000 euros al mes. Y sin contar las horas extra ni las comidas que hago para todos.

Javier soltó una risa nerviosa:

Anda, Carmen, que tú eres la abuela. ¿Cómo nos vais a cobrar?

Una abuela, Javier, es la que viene los domingos, les lleva una rosquilla y les cuenta un cuento si le apetece. Si me pedís cumplir un manual y cumplir KPIs, soy una empleada. El trabajo debe pagarse, la esclavitud se acabó aquí hace siglos.

Marina saltó en pie:

¡Mamá! ¿Pero cómo puedes hacer esto por dinero? ¡Somos familia! Pensábamos que cuidabas a los niños por amor

Por ellos haría cualquier cosa, son mi vida Carmen se limpió una lágrima sin querer. Por eso me he dejado la salud estos años, pero hoy os habéis explicado muy claro: presto un servicio deficiente. Pues bien, dimito.

¿Qué? jadeó la pareja al unísono.

Lo que oís. Buscad a un profesional que cumpla con vuestras tablas. Yo vuelvo a ser abuela: vendré a verles los domingos, con dulces.

Tomó el bolso, se ajustó el pañuelo al cuello.

La empanada podéis comérosla. Estaba buena. Hasta siempre.

Carmen salió de la casa en silencio. Solo al cerrarse la puerta oyó a Marina gritar, ahogada: ¿Y ahora qué hacemos nosotros?.

Aquella noche, Carmen tampoco volvió a casa andando: casi volaba. Por primera vez en dos años se sirvió un té de manzanilla, puso una película antigua de Garci y desconectó el móvil. Al día siguiente, ignoró las llamadas de Marina, primero de reproche, luego de súplica. Ignoró a Javier y sus apelaciones a la pena.

Tengo la tensión alta, Marina. El médico dice que descanse decía, leyendo un libro pendiente desde hacía años. No puedo, tengo la peluquería. El jueves, además, voy al teatro con Ana. Vosotros, con todo lo que planificáis, seguro que lo resolvéis.

Y así fue al teatro, se compró un vestido nuevo, comenzó a dormir y, poco a poco, la vida se llenó de colores que antes solo eran gris.

Las noticias del frente le llegaban confusas: primero se turnaban los padres, luego contrataron a una niñera.

El día que Carmen cumplió su promesa y fue de visita un domingo, la encontró hecha un caos: zapatos por el suelo, la cocina sin recoger. Los niños la abrazaron gritando, casi tirándola al suelo:

¡Abue, abue! Daniel colgado de su cuello, Miguel como una lapa en la pierna.

Apareció por la cocina una mujer corpulenta y con genio.

Daniel, Miguel, dejad a la abuela. ¡Ahora no se toca! gritó como una sargento.

Soy la abuela se presentó Carmen.

Josefina Gutiérrez, niñera gruñó la señora. No los consienta, tenemos horario. Ahora hay juegos educativos.

Los niños fueron a la habitación cabizbajos, desganados. Marina salió de la habitación, ojerosa.

Hola mamá murmuró, sin la arrogancia de antes. ¿Quieres un té? Josefina, ¿nos puedes hacer té?

Eso no lo tengo en mi contrato dijo, seria, la niñera. Yo he venido para los niños. Si quiere té, hágaselo. Por cierto, señora Marina, la semana pasada hice 15 minutos extra y aún no está abonado.

Marina, sal al borde de un ataque, puso el hervidor con las manos temblorosas.

La conversación era forzada. Carmen veía la tensión: Javier pegado al ordenador, la niñera controlando cualquier risa de los niños como si fueran delincuentes.

¿Esta señora es buena? preguntó Carmen en voz baja.

Nos la mandó una agencia, Personal Premium. Habla tres idiomas, tiene referencias de grandes empresarios contestó Marina, agotada.

¿Y cuánto os cuesta?, preguntó Carmen.

Ochenta euros dijo Javier sin levantar la mirada. Y exige comida ecológica. Come más que nosotros y solo acepta productos de mercado. Pero bueno, es profesional, como queríamos.

Marina rompió a llorar, sin fuerzas.

Mamá, esto es un infierno. Trata a los niños como militares. Miguel ha vuelto a hacerse pis en la cama. Daniel no quiere estar con ella. Ni dibujos animados, ni cuentos y cambiarla es un lío, ya hemos cambiado dos veces de niñera este mes. Nos estamos arruinando.

Carmen la miraba, el corazón ablandándose poco a poco. Pero sabía que si cedía sin condiciones todo volvería a empezar.

No llores, hija. La experiencia se paga. Pero así se aprende le dio un pañuelo.

Mamá, por favor, vuelve Javier la miró vencido. Hemos sido idiotas. ¿Quién pone KPIs a su propia madre? Nos hemos creído que todo era normal, y no lo es. Perdónanos.

Marina asintió, sollozando.

No habrá más listas, ni órdenes. Dales lo que quieras, siempre que sean felices. Te pagamos como a la niñera, más incluso.

Carmen calló, saboreando el té.

No quiero que me paguéis respondió muy despacio. No soy empleada, soy vuestra madre y abuela. El dinero arruina lo que es familia. Pero tampoco voy a perder la salud otra vez.

Sacó un folio del bolso, donde había anotado sus reglas.

Estas son mis condiciones. Yo cuido a los niños tres días por semana, martes, miércoles y jueves, de nueve a seis. Ni un minuto más. Los fines de semana y el resto, son míos. Lunes y viernes, solucionadlo solos o contratad por horas.

¡Hecho!, aceptó Javier.

Segundo, ningún manual ni instrucciones. Te he criado a ti, Marina, y creo que has salido bastante bien. Si pienso que un rosco les hace falta para sonreír, lo tendrán. Si quiero ver David el Gnomo con ellos, lo haremos. Si no os gusta, llamad a Josefina.

Nos encanta, mamá dijo Marina, limpiándose las lágrimas.

Y tercero: respeto. Si oigo una sola palabra de poco profesional, o una cara larga por no fregar un plato, me voy. Cuidar de los nietos sí, ser la asistenta no.

Por supuesto, mamá. Contratamos limpieza cuando quieras. Lo hemos entendido.

Pues entonces adelante Carmen sonrió. Ahora id a despedir a la señora, que no soy capaz de ver cómo grita a Miguel.

Cuando Josefina, ofendida y exigiendo liquidación (que Javier pagó sin rechistar) salió por la puerta, la casa se llenó de una extraña paz.

¡Abue! Miguel corrió a abrazarla. ¿Se fue la tía mala? ¿Ya no vuelve?

Ya no, pequeño, ya no vuelve.

¿Hoy hacemos empanada? preguntó Daniel esperanzado.

Hoy no, pero el martes sí. Ahora jugamos un rato y luego me voy. Las abuelas también tienen día de descanso.

Javier llamó a un taxi, tarifa cómoda. Marina preparó una bolsa de dulces ecológicos que compraban para la niñera. Se despidieron largo rato en la puerta, como si Carmen partiera a América.

De camino a casa, Carmen miraba desde el ventanal la noche de Madrid. Sabía que iba a costar, que a veces volverían los viejos hábitos. Pero ahora tenía armaduray sus hijos, también.

A veces es necesario dar un portazo para que realmente te valoren. El amor es fundamental, pero solo los buenos límites lo hacen fuerte. Las hojas de cálculo que se queden para la oficina. A las abuelas, que nos dejen educar al estilo de siempre: con cariño, sentido común y una caja de roscos.

Gracias por haberme acompañado en esta historia.

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Cuidé gratis de mis nietos y aún así me dieron una lista de quejas sobre cómo los educo: la historia de una abuela madrileña a la que su hija y su yerno le exigieron un “manual de instrucciones” para criar a los niños… hasta que la vida (y una niñera muy estricta) puso a cada uno en su sitio
Flores de la infancia Toda la vida soñó Serafina con tener su propia casa, pero los últimos doce años los pasó con su marido en una gran ciudad. Jorge —militar de profesión— con sus horarios imprevisibles no podía organizar bien su tiempo. Serafina esperaba a su esposo, criaba a sus dos hijos y dedicaba casi todo su tiempo a los niños, pues Jorge realmente siempre estaba ocupado. —Jorge, ¿y si compramos una casa de campo? —sugería Serafina a su marido. —Sery, entiéndelo, yo no tengo tiempo para la casa de campo, ¿y tú sola qué harías allí? Además, si la compramos, estará lejos de la ciudad, ¿vas a ir tú sola con los niños en tren? No estoy de acuerdo, me preocuparía mucho. Mejor, cuando nos jubilemos, compramos una casa en un pueblo y ahí puedes hacer lo que quieras. —Ay, Jorge, siempre sabes cómo pensar —coincidía Serafina. Y por fin llegó ese momento. Los hijos se hicieron adultos, estudiaron, formaron sus propias familias y ahora viven lejos de sus padres, aunque vienen de vacaciones. Serafina se jubiló: ya estaba harta de trabajar en la escuela como profesora, y a esa edad solo deseaba paz y tranquilidad. Disfrutaba al despertar por la mañana y no tener que pensar en el trabajo. Una casita en el pueblo Jorge también se retiró. Finalmente consiguieron su casa soñada en un pueblo: un hogar donde descansar, dedicarse a sus pasiones, recibir a hijos y nietos, y respirar aire puro. —Bueno, Sery, nos vamos al pueblo —ordenó su marido, y ella se puso manos a la obra. —Ahora nos toca acostumbrarnos a la vida tranquila de pueblo. —No me lo creo, por fin ha llegado el día —rió Serafina mientras preparaba las cosas, y Jorge ya las iba cargando en el coche. Desde niña, Serafina adoraba las flores, y esa pasión la acompañó toda la vida, así que decidió: —Quiero un gran jardín de flores en el patio y flores por todas partes. Que desde el inicio de la primavera hasta bien entrado el otoño pueda disfrutar de la belleza floral. La casa la compraron a cincuenta kilómetros de la ciudad, estaba en buen estado, los antiguos dueños la cuidaban mucho. Solo hacía falta reforma interior al gusto de ellos. Por fuera, era secundario, tenían tiempo de sobra y Jorge era manitas: había crecido en el pueblo. Serafina —su esposa— era de ciudad, aunque de niños, ella y su hermana pasaban los veranos con su abuela en un pueblo. Desde entonces amaba las flores, su abuela siempre plantaba muchas y sus favoritas eran las dalias. La casa la compraron en un pueblo a cincuenta kilómetros de la ciudad Jorge hacía arreglos en la casa guiado por los consejos y peticiones constantes de su mujer, y Serafina se lanzaba con entusiasmo a organizar el jardín, llegado el buen tiempo. Llevó semillas de flores compradas en la ciudad y adquirió plantones de las abuelas del pueblo que se apostan cerca de la tienda. —¿Perdone, hay alguien en el pueblo que tenga dalias? Es que me encantan esas flores —preguntó Serafina a una de las abuelas que vendía. —Ay, hija, mira, la casa con las puertas verdes, allí vive la señora Estefanía, y tiene dalias, sólo planta eso, que yo sepa. ¿Tú eres nueva, verdad? ¿Has comprado la casa de Federico? —curioseaba la abuela.—Yo soy la abuela Bárbara, así que llámame así. —Gracias, abuela Bárbara, yo soy Serafina, mucho gusto —sonrió ella. Serafina entró al patio de Estefanía, vio a una señora mayor tendiendo ropa. —Buenas, la abuela Bárbara me ha mandado, me dijo que aquí tienen dalias. —¡Buenas, bienvenida! —respondió ella cálidamente—. Eres nueva por aquí, todos me llaman Estefanía, pero mi nombre es Claudia. ¿Y tú? —Serafina —no le sorprendía que los vecinos hablaran de tú nada más llegar.—Claudia Estefanía, ¿me venderías algún tubérculo de dalia? Las adoro, siempre me recuerdan a mi abuela. —¿Vender? No mujer, te las doy. Solo dame alguna monedilla para que agarre bien la planta. Es curioso, ya nadie cultiva dalias por aquí, pero yo también las adoro. Mientras Serafina plantaba flores en el patio, se acercó Nazaret, la vecina, y se sorprendió: —¿Dalias? ¿Para qué las quieres? Yo nunca las he plantado. Eso era en tiempos de nuestras abuelas. Ya no están de moda, hay otras flores ahora. —A cada cual le gusta lo suyo, y para mí, las flores no tienen moda— argumentó Serafina. —Ya lo verás, cuando florezcan mis dalias, quizás te haga cambiar de opinión —dijo sonriendo—. Mi amor por las dalias es el mismo que siento por mi abuela María, son mis recuerdos más bonitos de la infancia… La infancia de Serafina Los padres de Serafina vivían en la ciudad con sus dos hijas: la mayor, Victoria, y la pequeña, Serafina —a la que llamaban Sery con cariño. La abuela María, materna, vivía en un pueblo cercano, así que las niñas pasaban allí todos los veranos. Serafina recuerda la casa de madera de su abuela, el patio lleno de flores y el banco junto a la valla que la abuela pintaba antes de cada visita de las nietas. —Recuerdo la valla y la puerta con una herradura de metal, —contaba Serafina a su marido—, que había que golpear como llamador para abrir. Era el timbre original de la abuela María. —Sí, nuestros abuelos sabían inventar —bromeaba Jorge. Serafina recuerda la zona de frambuesas en el huerto de su abuela, porque le gustaban muchísimo. Victoria, en cambio, no las soportaba: —¿Cómo puedes comer eso, Sery? ¡Está lleno de bichitos verdes! —le decía la hermana. —Si lo dices sólo para fastidiarme… A mí me encanta igual. A veces amarga, pero es porque está pasada o aún verde —contestaba Serafina, y seguía comiendo. También recuerda la zona de fresas, cuando recogían juntas era abuela la que llenaba el bol, a ella sólo le quedaban unas pocas. —Abuela, ¿por qué tienes tantas y yo sólo unas pocas? ¿Cómo las encuentras tan rápido? —La fresa se esconde, juega al escondite contigo… Tienes que buscar bien y separar las hojas para verlas —le decía su abuela. Aún tiene presente los tronquitos bajo el cerezo, convertidos por el abuelo Gregorio en sillas para jugar con su hermana a la sombra. Ella siempre corría por el más alto, para estar a la par de Victoria. Y dentro de la casa le encantaba la cocinita pequeña, con su mesa junto a la ventana, siempre cubierta con mantel y hule, y nunca faltaban bollos, galletas o empanadillas que la abuela horneaba, puestos en el centro. Cuando llovía fuera, Sery y Victoria se subían a la chimenea, y cuando tronaba, se escondían juntas bajo la manta de retales. Victoria decía que el trueno era un dragón peligroso y que había que esconderse de él. Pero había en la casa de la abuela María un sitio que Sery temía de niña: un cuartito oscuro sin ventana, donde había un baúl que olía a naftalina, del que colgaba algo al fondo cubierto con tela oscura. —Abuela, ¿qué es eso allí? —preguntaba Sery con miedo. —Es la chaqueta de tu abuelo, con la que volvió de la guerra —explicaba la abuela. Pero Victoria susurraba otra cosa al oído de su hermana: —Eso no es ninguna chaqueta, es un espíritu maligno, si lo sueltas te lleva al mundo de la sombra —asustaba a la pequeña, que miraba aterrada. Por eso Sery cruzaba corriendo aquel cuarto, sin mirar. Victoria la asustaba diciendo que veía una mano, un pie, y Sery gritaba y corría sin abrir los ojos. La abuela regañaba a Victoria por asustar así a su hermanita. —No hay ningún espíritu maligno, todo son cuentos de Victoria, no te preocupes —le calmaba la abuela. La habitación de la abuela, sin embargo, le encantaba. Grande, luminosa, con flores en las ventanas. Y sobre todo admiraba el jardín repleto de flores bajo las ventanas y en el patio. Siempre contaba a su marido: Aún recuerda las flores de su abuela —¡Cuántas flores tenía la abuela bajo las ventanas y en todo el patio: bolas de oro, gladiolos, incluso rosas! Pero las dalias eran mis favoritas, las que florecían hasta bien entrado el otoño: borgoñas, lilas, amarillas con marrón…Había muchísimas. Al entrar al jardín me ponía de puntillas para olerlas. Aún hoy tengo presente esa belleza floral de mi abuela. El sueño de flores hecho realidad Jorge escuchaba a su esposa y soñaba con el día en que se jubilaran y compraran la casa en el pueblo para que ella pudiera disfrutar de esa belleza otra vez. No tenía dudas de que Sery lo haría realidad. Y Serafina siempre supo que, si algún día tenía su propia casa y tierra, plantaría muchas flores, especialmente dalias. Ahora su sueño se había cumplido. Plantó las flores en el patio, tenía espacio y podía dar rienda suelta a su pasión. Jorge la miraba con una sonrisa, feliz de hacer realidad su sueño. Llegaron los días cálidos y las flores comenzaron a abrirse, una tras otra, y cuando florecieron las dalias, Serafina se quedaba largo rato junto a ellas. En la mañana, salía al patio y saludaba a sus flores: —¡Buenos días, mis queridas flores, cuánto os quiero, qué bonitas sois! Se detenía más tiempo ante las dalias, acariciando delicadamente sus pétalos. —No es de extrañar que mi abuela os adorara, sois las más bellas y orgullosas —las elogiaba, convencida de que podían escucharla. Ya es el segundo año que las vecinas de Serafina y Jorge entran al patio y admiran sus flores. —Sery, ¡qué jardinera eres, qué belleza hay aquí! Las dalias son increíbles —incluso Nazaret, antes escéptica, no dejaba de mirarlas.—Tenías razón, Sery, cuando decías lo de las dalias, ¿por qué creía yo que estaban pasadas de moda? —se sorprendía. —Sí, las dalias son mi orgullo, ¡qué belleza! —decía Serafina admirada, mirando al cielo, deseando que su abuela María pudiera también contemplar esa maravilla.