Ya llevaba varios días que Iván no encontraba consuelo. La inquietud lo devoraba pensando en su esposa, Lucía, quien estaba sometiéndose a unas pruebas médicas en Madrid. Iván, mientras tanto, permanecía en su casa del pequeño pueblo de Ávila, esperando con una mezcla de esperanza y temor noticias de su mujer.
Lucía jamás se había quejado de nada, e Iván se había acostumbrado a pensar que su esposa era inquebrantable. Llevaban treinta años casados y habían criado a dos hijos juntos. Era Lucía el pilar de su hogar. Cocinaba, limpiaba, lo organizaba todo. Iván pensaba que ése era el orden natural de las cosas. Lavar los platos o cocinar, eso no era faena de hombres.
Sin embargo, Lucía tampoco era ama de casa. Era contable en la misma empresa donde trabajaba él. Al volver de la oficina, Iván siempre se quejaba del cansancio y se tumbaba en el sofá a ver la televisión, mientras Lucía, sin demorarse, se metía en la cocina a preparar la cena y la comida del día siguiente; después lavaba los platos, ponía la casa en orden, planchaba la ropa Las tareas domésticas parecían multiplicarse sin fin.
La casa, gracias a ella, rebosaba limpieza y calor. Siempre había algo fresco y delicioso sobre la mesa. A Iván le desagradaba comer lo mismo dos días seguidos, así que Lucía pasaba horas en la cocina. Nunca protestaba ni pedía ayuda. Y a Iván ni se le pasaba por la cabeza ofrecerla. ¿Para qué? Eso no era cosa de hombres.
El día que Lucía pidió en el trabajo un día libre para hacerse una revisión, a Iván le cogió completamente por sorpresa.
¿Qué pasa? le preguntó, sin ocultar la preocupación. ¿Te encuentras mal?
Espero que no respondió Lucía, intentando quitarle hierro. Pero llevo un tiempo sintiéndome rara.
Igual lo que necesitas es un poco de vitaminas ¡Si es que la primavera siempre nos deja blandos! sugirió Iván.
Puede ser respondió Lucía encogiéndose de hombros.
Aquella noche, al volver él del trabajo, Lucía le anunció que tenía que irse a Madrid para pasar las pruebas.
¿Cómo? ¿Tan grave es? Iván miraba a su esposa, incrédulo.
Tienen sospechas sobre mi salud. Por eso me han dado cita en el hospital de la capital.
¿Sospechas de qué? ¿Me estás diciendo que puede ser lo mismo que le pasó a tu madre?
De momento no son más que suposiciones intentó tranquilizarle Lucía, aunque la congoja le apretaba el pecho y ya había llorado a solas antes, cuando Iván no estaba. Ya he comprado el billete de autobús, salgo mañana a las ocho de la mañana. Cena lo que hay hecho, ¿vale? Te he dejado albóndigas y arroz en la encimera, y ensalada en la mesa. Necesito terminar de preparar la maleta y quiero acostarme pronto.
¿Tú ya has cenado?
No tengo hambre dijo Lucía mientras doblaba ropa y la metía en la bolsa de viaje.
Iván la miraba, sintiendo una inquietud desconocida. Lucía, siempre vital, nunca se quejaba ¿Cómo era posible que ahora estuviese así?
Creo que ya lo tengo todo dijo ella cerrando la cremallera de la bolsa.
No te olvides del cargador del móvil susurró él, casi como un niño.
Sí, tienes razón. ¡Gracias, Iván! ¿Tú no vas a cenar?
No tengo ganas
¿Te he dejado preocupado?
Ajá murmuró Iván.
Su mirada se detuvo en la bolsa de Lucía y recordó cómo, cuatro años atrás, la habían comprado juntos para por fin ir de vacaciones al mar. Ella estaba tan ilusionada Habían pasado todos los veranos en el chalet familiar de Ávila. Lucía se había comprado dos bañadores coloridos, un vestido precioso y un sombrero de paja. Pero la escapada se frustró: en el trabajo le ofrecieron a Iván sustituir a un compañero enfermo y el jefe prometió una buena paga extra. Iván aceptó pensando que sería absurdo desperdiciar esa oportunidad, que llevaban tiempo queriendo reformar su dormitorio y ese dinero vendría genial.
Por entonces, creyó que Lucía lo entendía, incluso parecía contenta. Pero aquella noche, la escuchó llorar en silencio. Cuando él le preguntó, Lucía murmuró que había tenido una pesadilla. Ahora, revisando todo aquello, Iván comprendía por fin que su esposa había llorado por no poder hacer aquel viaje con el que tanto soñaba.
No fue solo ese año, al siguiente tampoco pudieron, y Lucía dejó de mencionarlo. Iván se sentía incluso aliviado; no le apetecía salir. Si en el chalet había leña que cortar, unas chuletillas que asar, amigos que invitar ¿Qué falta hacía marcharse lejos, gastarse dinero, si se podía descansar en casa?
Ahora, Lucía preparaba la bolsa no para irse al mar, sino para acudir al hospital de Madrid. ¿Y si? El miedo se le instaló en el estómago como una piedra.
Esa noche no cenó y, aunque se metió en la cama, le costó conciliar el sueño. Escuchó a Lucía sollozar suavemente, pero algo lo retenía para abrazarla y consolarla.
Por la mañana, acompañó a su esposa a la estación de autobuses. Antes de subir, se abrazaron. Iván sintió en el pecho unas ganas tremendas de no soltarla nunca.
Se quedó allí viendo cómo el autobús desaparecía en la carretera, con las lágrimas a punto de brotarle.
Lucía murmuró, casi sin voz. Mi vida que todo salga bien
Se sentía vacío, pero no le quedaba otra que sobreponerse y marcharse al trabajo. Allí, intentando sumergirse en los números y el papeleo, logró distraerse durante unas horas. Sin embargo, en cuanto entró de nuevo en la casa, un golpe de tristeza le recorrió el cuerpo. El piso, sin Lucía, parecía tan frío y oscuro Calentó la cena de la noche anterior, comió un poco, pero el apetito había desaparecido.
Intentando serenarse, puso la televisión, pero nada le resultó interesante y la apagó enseguida.
Se levantó y sacó el álbum de fotos del armario. Pasó las páginas con los dedos temblorosos, deteniéndose en la imagen de ellos recién casados. ¡Qué bonita era Lucía! Delgada, radiante Ahora también lo era, pero entonces entonces su sonrisa le había robado el juicio.
Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de su amigo Paco. Lucía llegó acompañada de otro chico. Iván, por su parte, fue con una chica, Marta. Pero al ver a Lucía se enamoró al instante. Si alguien le hubiera dicho que eso del flechazo era real, se habría reído en su cara. ¿Enamorarse así, de golpe? Pamplinas. Eso no le podía pasar a él. Y sin embargo, así fue.
Aquella noche, Marta le montó una escena fuera de la casa, nada más darse cuenta de que Iván no despegaba la mirada de Lucía.
Pues muy bien le dijo Iván. Ya iba siendo hora de que cada uno tirase por su lado. Si nunca te he querido, Marta.
Ella se fue llorando. Pero, al poco, comenzó a salir con Víctor, el chico que la cortejaba desde el instituto. Y tiempo después, se casó con él.
A Lucía, sin embargo, le costó más conquistarla. Hasta después de que ella rompiese con el chico con el que había ido aquella noche, no cedió ante la insistencia paciente de Iván. Hasta que finalmente Lucía correspondió a su amor
Pasaba las páginas del álbum, reviviendo cada instante de felicidad a su lado. ¡Cuánto la había querido todo ese tiempo! Y sin embargo, ¿la había valorado de verdad? ¿Cuándo fue la última vez que le dijo un te quiero, o le hizo un cumplido? Ni siquiera recordaba si alguna vez le había dado las gracias por una cena bien hecha, dándola por sentada, como si fuese lo más normal del mundo que la esposa cuidara del marido.
Solo ahora, al enfrentarse a la posibilidad de perderla, Iván comprendía cuantas cargas había puesto sobre los hombros de Lucía. Cuando él enfermaba, ella lo cuidaba con caldos, infusiones, rodeándolo de atenciones Pero si era ella la que caía, apenas se quejaba, bebía un paracetamol y se iba a trabajar.
El pánico le invadía ante la idea de quedarse sin Lucía. Aquellos días, mientras ella estaba en exámenes médicos, se movía como un autómata. Se llamaban todos los días, pero Lucía no le decía nada concreto e Iván seguía sumido en la incertidumbre.
Se torturaba pensando en todas las veces que fue egoísta; en que podía haber sido mejor marido. Si pudiera arreglarlo todo
Una tarde, cuando no podía más con los nervios, recibió la ansiada llamada.
¡Iván, tengo buenas noticias! No era lo que temían. Tengo algunos problemas de salud, sí, pero nada grave le dijo Lucía, la voz temblando de alivio.
¿De verdad? ¡Lucía! No sabes cuánto me alegra oírlo
Cuando unos días después Iván la recibió en la estación de autobuses, llevaba en las manos un ramo de lirios blancos, sus preferidos.
Iván, ¡pero qué exagerado eres! ¿Cómo te has gastado el dinero en flores? protestó Lucía, aunque sus ojos brillaban de emoción. ¡Gracias, cielo!
He pasado un miedo terrible, Lucía balbuceó él al abrazarla. Te quiero tanto Perdóname, por favor.
¿Por qué, Iván? Lucía lo miraba sorprendida.
No he sido el mejor marido. No te he cuidado como mereces
¡Pero qué dices! ¿O acaso? ¿Has tenido algún lío?
¡No! ¡Jamás! respondió Iván casi indignado. Sólo pienso que podría haber estado más pendiente de ti, ayudarte más. Pero eso va a cambiar. Y por cierto te tengo una sorpresa.
¿Una sorpresa?
He comprado dos billetes de tren. Dentro de un mes, cuando estemos de vacaciones, nos vamos al mar.
¿A la playa? ¿Y el chalet?
¡Que le den al chalet! exclamó Iván, sonriendo. Si hace falta, lo vendemos. Las hortalizas se compran en el mercado.
No te reconozco, Iván
Ni yo mismo me reconozco, Lucía. He tenido tanto miedo de perderte Ahora pienso cuidarte como a mi mayor tesoro. Te quiero, Lucía.
¡Ay, Iván! sonrió ella dulcemente. Quién nos iba a decir que tenía que pasar todo esto para que por fin me digas esas palabras Vamos a casa, anda. Yo también te quiero.







