Lo que recortes, nunca lo recuperarás: La historia de Taís y Oleg, entre bodas, libertades, tres matrimonios y una hija criada entre Kiev y Odesa, en busca de la felicidad y lo irreparable de las decisiones.

LO QUE ACORTAS, YA NO TIENE VUELTA ATRÁS

Cuando Almudena enseñaba sus fotos de boda a las amigas, solía decir con una sonrisa:
¡Vaya si sufrí con este vestido! Era precioso, sí, pero ¡qué pesado y aparatoso! La próxima vez que me case, eligiré un vestido ligero como una nube.
Todos pensaban que Almudena bromeaba y se reían con ella. Y la verdad, Almudena no hablaba en serio. Sus conocidos sabían que se había casado por amor verdadero. Fue un típico romance veraniego: ella, 21 años; él, Gabriel, 28.

Era agosto en la costa brava, un mar suave, vino espumoso, un cielo estrellado, todo envuelto en romanticismo… Todo ello acabó transformado en una visita al registro civil de la plaza mayor. Pero antes de eso, a Gabriel le tocó divorciarse de su segunda esposa, mientras que Almudena tuvo que mudarse a Madrid, la ciudad natal de Gabriel.

BarcelonaMadridBarcelona. Ese recorrido se convertiría durante una década en algo tan familiar para Almudena como el aroma del café recién hecho.

Pero eso fue después. Al principio, la joven pareja tuvo que alquilar piso. Gabriel dejó su propiedad a su segunda esposa, que amenazaba con tomar pastillas, arrojar ácido a la tercera mujer que encontrara en su vida, o saltar por la ventana si él no volvía a su lado. Con el tiempo, la ex se fue diluyendo de sus vidas; quizá Gabriel le había prometido regresar (o no). De la primera esposa ni hablaba; ese matrimonio duró año y medio y terminó sin gran drama. Tiempo después, Gabriel arregló la vida de su ex, casándola con un buen amigo suyo, y todos quedaron felices.

La segunda esposa le duró un poco más: tres años. Suficiente para descubrir el carácter inquietante de aquella mujer, que se refería a los hijos como crías humanas, terriblemente reacia a la maternidad.

A Almudena nada de eso le quitaba el sueño. Era autónoma, ambiciosa, segura de sí misma y de su encanto. Gabriel la adoraba, la mimaba, sentía que había encontrado el paraíso terrenal. Le regalaba ramos enormes de flores, abrigos en tres colores distintos y de zapatos ni hablar: tenía para estrenar cada día. Hicieron juntos viajes a Londres, a París, a los Pirineos, para ampliar horizontes y cargar pilas antes del nacimiento del primer hijo.

Al poco, nació una niña, Lucía. Mientras Almudena se dedicaba a su pequeña, Gabriel compró una casita y la amuebló con esmero. Todo siempre, pensando en sus princesitas.

Celebraron la inauguración, y Lucía fue al parvulario.

Almudena se volcó en seguir formándose, aunque le gustaba hacerlo en Barcelona, donde tenía amigas, a su madre y hasta conocidos que le resultaban entrañables. Nada como el olor de los pinos y la brisa de su ciudad natal para sentirse en paz.

Dejaba a Lucía con su suegra, que la adoraba y la cuidaba con devoción. Durante los períodos de exámenes, Almudena se instalaba en Barcelona. Gabriel, celoso, viajaba constantemente a buscarla, le montaba emboscadas cómicas y organizaba encuentros casuales en plena ciudad condal. A decir verdad, Almudena no le daba motivos para sospechar. Pero solo lo parecía…

En realidad, Almudena anhelaba huir de las rutinas domésticas. Hubiera estudiado eternamente solo por escapar de fregar platos y suelos, o preocuparse por el marido o la crianza. Le parecía que la vida, tan corta, se le escapaba de las manos. Y se preguntaba por qué ella, tan inteligente y guapa, debía malgastar su juventud con tareas triviales.

Poco a poco, su bolso se llenó de diplomas tres, todos con matrícula de honor. Su carrera principal: psicóloga. Llevaba los títulos a todos sitios, ilusionada por encontrar trabajo. Gabriel se negaba:
¿No tenemos suficiente dinero? ¡Me desquiciaré esperando a que vuelvas de trabajar! Almudena, ¿por qué no tenemos otro hijo? Da igual que sea niño o niña, con tal de tenerte cerca.

Pero Almudena no pensaba volver a ser madre. Sentía que su misión estaba cumplida: le había dado una hija a Gabriel. ¿Qué más? La suegra, oyendo sus reflexiones abstractas, le propuso quedarse con Lucía mientras Almudena maduraba.
Que la nuera siempre estaba volando y lo que la niña necesitaba era amor de familia. Almudena aceptó sin vacilar y se escapó a Barcelona sin avisar a Gabriel. Desde allí le llamo, pensó.

Pero al llegar, Gabriel la esperaba:
¿Dónde está Lucía? ¿Qué haces aquí y no en Madrid? ¿Has conocido a alguien? le soltó, indignado.
Gabriel, tranquila. No hay nadie. Es solo que… me aburro contigo, ¿entiendes? Quiero ser libre respondió, serena.
¿Libre? ¿De mí y de nuestra hija? ¿Y el amor? ¿Desapareció? ¿Te ha dado una crisis de mediana edad? Lo pasaremos juntos, Almudena suplicaba Gabriel.
No lo superaremos zanjó ella de un plumazo.

Gabriel fue a ver a su suegra. Ella solo encogió los hombros:
¿Y yo qué puedo hacer? No la harás cambiar de opinión: Almudena es un muro.

Gabriel volvió solo a Madrid, desconcertado. ¿Cómo reconquistar a su mujer? ¿Cómo recomponer la familia? Por mi propio bien, yo mismo me pierdo, pensaba para sí.

Los días pasaban y Almudena no regresaba; respondía seca al teléfono: Estoy bien.

Mientras, Gabriel decidió vender su casa, llevarse a Lucía e instalarse en Barcelona, todo para salvar la familia.

Almudena no mostró entusiasmo, intentó disuadirle: ¿Para qué molestar a Lucía? Tendría que cambiar de cole, dejar amigas… Y mi madre no estará de acuerdo. Sólo excusas: en realidad, disfrutaba de su recién hallada libertad. Vivir como un pájaro en el cielo era su lema. Montó su propio taller de costura, alquiló un piso, tenía admiradoras y pretendientes a montones no tenía tiempo de aburrirse. ¿Para qué volver al pasado? Quería borrar esa vida de su memoria.

Pero Gabriel, convencido, se fue con Lucía a Barcelona. Mantenía la esperanza y un amor que se negaba a morir.

Al principio era él quien buscaba a Almudena a la salida del trabajo, paseaba a Lucía que era, todo sea dicho, el vivo retrato de su madre. Todo fue en vano. Almudena era inmutable, como una estatua. Al final, sentenció:
Gabriel, déjame en paz. Debemos divorciarnos. Puedo acoger a Lucía cuando quieras.

Lucía tenía ya 11 años. No necesitaba un refugio: tenía a su padre y a una abuela que rezaba día y noche por ella. Recordaba a su madre con cariño, sin entender por qué la había dejado voluntariamente.

El tiempo pasa, imposible detenerlo. La vida sigue y pone a cada quien en su sitio.

Gabriel entendió que Almudena no iba a cambiar. El destino le trajo una mujer normal, con los pies en la tierra, sin ansias de volar. Ahora vive con ella en un pueblo de La Mancha. Ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior.

Descubrió que no necesitaba ni viajes a Londres y París, ni abrigos ni cien pares de zapatos. Basta con unas buenas botas de agua para el barro y un abrigo de fieltro para cuidar el ganado. Y criar a los hijos con decencia, decía su nueva mujer.

Gabriel halló paz y calor junto a esa esposa. (Donde reina la sencillez hay cien ángeles, donde todo es complicado no hay ninguno). Pronto nació una niña. Al cuarto intento, Gabriel encontró la felicidad. Prefirió no volver atrás ni recordar sus primeros tres matrimonios.

Por su parte, Almudena volvió a casa de su madre. Un socio le había jurado el oro y el moro y luego la dejó sin nada. El taller de costura se vino abajo y los pretendientes desaparecieron como la niebla. De quien mucho prometía, nada quedó. Ahora Almudena trabaja de psicóloga en un colegio público para algo le sirven sus estudios. No se lamenta, aunque el alma humana es tan profunda que nunca se sabe… Quizá un día le brote una chispa de arrepentimiento a la pájara del cielo. Quién sabe

Lucía ya es mayor y vive en Madrid con su abuela, que la crió de pequeña.

El día de su boda, Lucía vestía un traje de novia ligero y vaporoso. Y ese vestido se lo regaló su madre Almudena.

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Lo que recortes, nunca lo recuperarás: La historia de Taís y Oleg, entre bodas, libertades, tres matrimonios y una hija criada entre Kiev y Odesa, en busca de la felicidad y lo irreparable de las decisiones.
La siesta no trajo el ansiado respiro, dejándome solo una densa sensación de inquietud y la boca res…