Inés era mala. Muy mala, hasta daba penilla de lo mala que se decía que era Inés. Todos trataban de hacer entender a su madre, a sus compañeras, a quien quisiese escuchar, lo mala que era Inés. Mala, y además, desgraciada.
Por supuesto, ni marido tenía, y su hijo, ya hecho un hombre, vivía lejos, con vida propia. Inés estaba sola, sin ser necesaria para nadie. Recuerdo aquellos lunes, llegando al trabajo, cuando las compañeras presumían de lo mucho que habían limpiado, lavado y arreglado la casa el fin de semana. Unas se iban a la casa de campo, otras hacían mermelada casera. Inés callaba. ¿Y qué iba a decir? No tenía hombre, su hijo ya era mayor Así se quedaba en silencio, desplumando una servilleta entre los dedos.
Hoy se escabulló antes del trabajo. Todos sabían que, un par de veces al mes, salía antes. Movían la cabeza con desaprobación, lo daban por hecho: iba a verse con sus múltiples amantes. En la oficina estaban convencidas, Inés debía tener un ejército de amantes. Tenía sentido, siendo lo mala que era. Ellas, en cambio, se creían buenas, todas casadas y atareadas Pero Inés, mala.
Inés decía su madre, ¿pero hija, por qué eres así?
¿Así cómo, mamá?
Desarreglada, hija. Al menos podrías buscarte algún hombrecito, que no se te ha pasado el arroz todavía. Si hasta podrías tener otro niño, ahora que todas dan a luz pasados los cuarenta
¿Y para qué quiero yo un hombrecito, mamá? ¿Para tener otro hijo? Ya tengo a mi Enrique y me sobra contestaba Inés, de veras asombrada. ¿Un hombrecito para qué, para qué lo quiero? Si ya tengo a Felipe
¡Inés! exclamaba la madre, ¡Felipe no cuenta!
¿Cómo que no cuenta? se reía Inés. Que me invita a una cita cada semana, me hace regalos, me ayuda para algún viajecito, no me amarga la vida, no me manda a limpiar la casa de su madre ni a lavar calcetines, ni me exige cena ni me aburre con problemas, ni me ocupa el sofá.
Vamos, gloria bendita.
Sí, gloria…, y todo el trabajo para su pobre esposa.
¿Y querrías que me tocara a mí? Anda, mamá, tengo cuarenta y pocos le recordaba, ya me casé dos veces, dos, y de esa “felicidad” salí corriendo. El primer marido, padre de Enrique, si no lo recuerdas fue porque tú me empujaste a casarme con dieciocho, que si era mayor, más formal, con futuro, que me quería, que nos iría bien, ¡madre!
Cinco años de cautiverio, sin poder estudiar, sin amigas, ni preocuparme libremente por Enrique: que muy joven, que me equivocaría, solo pendiente de servirle a él y a su madre. Eso sí, bañada en oro, sí. Y me sacaba una vez al mes, como animalillo, para lucir a la esposa joven y seria, “bien distinta a esas muñecas tuyas”, que él sí frecuentaba. Cuando salí corriendo y quise el divorcio gracias a mi abuela, que en paz descanse, lo reclamó todo, hasta las bragas.
La segunda vez fue por amor, ¿recuerdas, mamá? Estudiaba y trabajaba como una loca para no ser una carga…
¡Inés! ¿Cuándo te he dicho yo nada por eso? ¿Te he negado pan o sopa a ti o al nieto?
Tú, no, mamá Pero no eres la única en casa. Ya sabes, mi padre temía que me aposentara en vuestro cuello Yo trabajaba duro, venías cansada y aún así a cuidar a mi hermano Pablo, que siempre estuvo tan cómodo; uno en el sofá, otro la consola mientras tú, a dos trabajos y siempre con prisas de aquí para allá.
Por eso me apresuré de nuevo, buscando amor y diferencia y, ¿qué cambió? Nada, solo más responsabilidades. Pasé de ser Inés la dulce, a Inés la de las obligaciones. Mi hombre tumbado en el sofá, yo trabajando y corriendo a la guardería, todo a cuestas que ni pensar en que cargara con mi hijo, que no era suyo. Y aunque lo hubiera sido, tampoco sería su misión. Al final, yo al supermercado, niño, bolsas, sin coche, ¿para qué? El coche era para él, ¡que no va a ir en autobús el hombre a trabajar! Y como todas, a cenar, limpiar, planchar, bañar al señor y si no, ay de mí si no se le atiende el ánimo Si falta dinero, es “para tu hijo”. Si fuera suyo, igual sí ayudaría, pero como no
Lo mismo si era quien más ganaba, que si ganaba menos. Da igual, siempre bien para todos, menos para mí…
Inés, hija, todas viven así, ¿qué esperabas…?
Que vivan como quieran, yo no lo quiero, mamá.
¿Que cómo pasaste el sábado, mamá?
Bueno Pablo y Laura nos dejaron a los niños, paseé con ellos, hice tortitas, barrí, fregué, lavé y planché; luego acosté a los pequeños, di de cenar a tu padre y a dormir, no fue nada especial. El domingo, más de lo mismo, y cuando por fin me tumbé, tu padre me despertó de madrugada para que me fuera a la cama.
Mamá, ¿recuerdas haberme tenido días y días a Enrique para irte por ahí? Nada, ¿verdad? Nunca te presioné ni te endosé mi hijo para irme de fiesta.
Tú es que siempre fuiste muy apañada, hija. Estos en fin.
¿Quieres saber cómo pasé yo el otro fin de semana, mamá? El viernes, Enrique llamó, preguntó si podía quedarme con Gorka el finde, que él quería irse a las montañas con su novia Marina, sí, la conocerías si no estuvieras tan ocupada con Pablo y su prole. Al rato me dejaron el gato, y para cenas trajeron pizza. Yo, feliz, cenando pizza y viendo series, sin pensar en despertar corriendo el sábado. Por la mañana, café, cuidar al gato, una lavadora, y te llamé, mamá, para invitarte al museo o a charlar. Cogió el teléfono papá, me llamó holgazana, que tú te matabas a trabajar y yo, de señora, de museos. Pensé en ofenderme, pero para qué Siempre ha tenido razón, papá.
Al final fui al museo, había exposición de tu pintor favorito, ¿te acuerdas cómo lo admirabas? Después, a un café, a una vuelta por las tiendas, y a casa cuidando al gato, que dormía tan tranquilo. El domingo dormimos hasta las once, pensé en invitarte a un paseo por el río, pero contestó Laura que estabas muy liada. Por la tarde, Felipe me invitó a cenar a un restaurante. Y fui, claro que fui, ¿por qué no? Soy libre, mamá, y nadie le pide cuentas a nadie; ni hablamos de su mujer ni de mis preocupaciones.
Al día siguiente, descansada, de vuelta al trabajo.
Intenté salir con hombres solteros, mamá. Es un desastre. Solo aparecen chicos buscando madre, o divorciados amargados, con hijos a cuestas. Un tal Iván me quiso convencer de que debía acoger y amar a sus niños “porque soy mujer”, además de mantener a la exmujer porque “madre de sus hijos”, y que viviríamos con mi sueldo, el suyo para la pesca, que es su hobby. A cambio, “caballas de Marbella” cada semana. ¿Ayudar con Enrique? “Pero si él tiene a su padre, que lo mantenga él”. Así de justo. Por eso lo mandé a paseo: Enrique, además de padre, tiene madre yo.
Y claro, me volví mala: interesada, calculadora, egoísta, y todos esos nombres que me ponen. Quería aprovecharme yo, dicen. Por eso, ahora tengo a Felipe. Sí, para ti y para los demás soy mala, pero no me avergüenzo en absoluto de vivir así. Lo que me da pena es cómo vives tú, por eso a veces te miento, mamá, y te saco de casa, como hoy, diciendo que necesito ayuda. Mamá, yo estoy bien, ahora vamos a dedicarnos tiempo a nosotras, a cuidarnos, a disfrutar, tú y yo, madre e hija.
Inés, hija, ¿y tu padre?
¿Qué le pasa a papá, está enfermo?
No, pero la comida…
No me lo creo, seguro que ya la tienes hecha.
Pero hay que calentarla y, además, Pablo
Mamá, me voy a enfadar de verdad Ya sé que soy mala, pero permíteme ser buena hoy, vamos a disfrutar, te lo pido
En el trabajo otra vez lunes, las mujeres compiten por ver quién ha descansado menos “descansando”. E Inés sonríe con picardía, camina ligera, como bailando. Todos saben que Inés es mala, y seguramente piensan que esa felicidad solo puede proceder de pensamientos igualmente malos…







