Gente distinta
Aurora nunca fue una niña sencilla. Y eso lo sabían perfectamente Sebastián y María. Al fin y al cabo, ellos eran los culpables: mimaban demasiado a su hija. Pero, ¿cómo no iban a hacerlo? Era tan bonita, tan delicada, y les había costado tanto. María no lograba quedarse embarazada. Intentaron de todo, recorrieron médicos de toda Castilla, hasta en Madrid pidieron opiniones. Pero todos, con una sonrisa y mucha resignación, les decían que estaba todo en orden.
Si todo estaba en orden, ¿por qué no había bebé? Un médico viejo, casi de museo, les aconsejó probar con remedios de la abuela. Dicho y hecho: encontraron a una señora en un pueblo que le preparó una infusión pestilente a María. Bébela cada día, hija, le dijo la experta. María ponía caras tremendas, pero se la tomó con disciplina y acabó embarazada. La felicidad era tal que los vecinos sabían cuándo Sebastián estaba contento.
Pero el embarazo fue complicado; Sebastián temió muchas veces que María perdiera al bebé. Náuseas, ni comer ni oler podía, todo el cuerpo se le hinchaba como si le hubieran cambiado por otro. María apenas dormía, y tampoco salía casi de casa. Cuando llegaron las contracciones, Sebastián pensó que el sufrimiento acabaría, pero ahí empezó el festival de problemas: tras diez horas de parto, los médicos decidieron hacerle una cesárea. La niña nació débil, María perdió mucha sangre, y estuvo dos días en la cuerda floja. Por fortuna, todo pasó. María fue recuperándose y, tras un mes en el hospital infantil, volvieron por fin a casa. Sebastián se moría de ganas de achuchar a su pequeña Aurora. Sentía que ya nada podía ir mal: por fin, familia castiza y robusta. Lo que él siempre había soñado.
Cuando Aurora tenía 5, Sebastián llegó un día a casa, se plantó delante de su esposa y proclamó:
-María, hay que construir una casa. ¿Cómo vamos a vivir en este zulo de una habitación? Aurora ahora es pequeña, pero crecerá; necesita su cuarto propio, que no es cuestión de que la niña se críe entre maletas.
María siempre apoyaba a su marido, aunque esta vez tragó saliva: ¿de dónde iban a sacar semejante dineral?
-Lo tengo planeado respondió Sebastián con toda la confianza del mundo. Si no pretendemos hacerlo de golpe, la vamos montando poco a poco, sin prisa. Todo sale. María escuchaba a su esposo y veía que tenía razón: el espacio propio era lo mejor para una familia.
Pero el sueño se les torció. Medio año después, Aurora enfermó gravemente. Empezó como un resfriado, luego el oído, luego no se sabe qué más María y la niña vivían de hospital en hospital. La familia cayó en deudas para echar a temblar. Pero lograron sacar adelante a Aurora. Tardaron tres años y una fortuna en euros, pero lo lograron.
Sebastián dejó de hablar del plan de la casa. Ahora, casa era sinónimo de pagar a prestamistas. Aunque María sabía que a Sebastián aún se le pasaba la idea por la cabeza.
Aurora ya era una jovencita autónoma, así que María entró a trabajar en la fábrica del pueblo. Pagaban más antes las manos que los títulos. Si se esforzaban juntos, a lo mejor un día el sueño de Sebastián vería ladrillos y ventanas.
Pudieron liquidar las deudas cuando Aurora tenía 14. Lo difícil era que la niña crecía y sus exigencias también. Un vestido nuevo por aquí, un abrigo como el de Carlota por allá Lo típico. Se acercaba la graduación. María y Sebastián iban guardando eurillos para el futuro. Cuando Aurora acabe el instituto y se vaya a estudiar fuera, por fin empezamos, pensaban. Como siempre, los planes de padres nunca salen según el guion: Aurora entró en la universidad en Salamanca y se marchó de casa. Orgullo paternal nivel épico. En dos años, Sebastián levantó las paredes de la casa. Aunque puertas y ventanas eran tablones, ya parecía algo.
Dos años después
Era domingo. María y Sebastián venían agotados pero felices de la obra: hoy habían puesto dos ventanas de verdad. De repente, suena el timbre. María abre la puerta y casi pierde el sentido: Aurora ante ella, con una barriga que parecía más grande que la casa entera. Detrás, un chico apellidado Sergio, melenudo, nervioso.
-Aurora, hija, ¿qué?
-Mamá, no seas ingenua. Barriga, bebé, Sergio. Mira, este es Sergio. Vivirá aquí, nos casamos.
Sergio asiente y sigue masticando chicle.
Sebastián se une al recibimiento. Se sientan a la mesa y, tras un rato, pregunta:
-Aurora, ¿por qué no lo dijiste antes?
-¿Para qué? ¿Para escuchar vuestra charla moralizante?
-¿Y la universidad?
-Y qué, que tampoco hace falta tanto. Sergio dejó la uni en primero y vive tan pancho.
Sebastián mira al chaval, que asiente y mastica como si fuera filosofía.
-¿Y en qué trabaja nuestro Sergio sin título?
-Papá, tienes que dar la lata Ahora mismo en nada, todavía busca su vocación de la vida.
Sergio vuelve a asentir. Sebastián ya no aguanta:
-¿Y de qué pensáis vivir si ninguno trabaja y viene un bebé?
Aurora le mira incrédula:
-A ver, tengo padres, ¿no?
Sebastián se va a la cocina antes de decir algo duro. María le sigue. Van a dormir; los jóvenes en el sofá, ellos en el suelo.
A la mañana siguiente, Sebastián tiene claro su decisión:
-María, vamos a mudarnos a la casa ya. Arreglamos una habitación y la preparamos poco a poco. El piso se lo dejamos a los chicos. Como regalo de boda.
María lo piensa y está de acuerdo. Los chicos felices como perdices. María y Sebastián se llevan solo lo imprescindible, para que Aurora y Sergio no vivan entre paredes vacías.
Cuando se van, Sebastián le dice:
-Tu piso, hija. Demuestra que eres una buena anfitriona.
Abrazos, lágrimas y carretera.
La casa estaba a medio construir. Agua de la fuente a trescientos metros, lavadora era un barreño, tareas domésticas a lo antiguo. Sebastián evitaba cargarle trabajo duro a María, pero ella insistía en repartir las piedras y el cemento. Aurora, de vez en cuando, aparecía a pedir dinero. No es que les sobrara, pero hacían lo que podían.
Un día, Sebastián explota cuando visitan el piso:
-¿Sergio sigue sin trabajar?
-Papá, no hay trabajos dignos, no va a matarse en una obra por cuatro duros.
-¿Y cómo piensa mantener la familia?
Aurora intenta defender a Sergio, pero Sebastián exige escucharle a él:
-Yo no pensaba que me tocaría cargar sacos y ladrillos
-¿Y qué pensabas? ¿Casarse y tener hijos y esperar que caigan los euros del cielo? La familia hay que mantenerla, nosotros no somos eternos.
Al marcharse, Sebastián le propone a Aurora:
-Mira, que Sergio venga a ayudar en la obra, si después de todo os va a quedar de herencia
-¡Anda ya! ¿Por qué tiene que ayudar en algo que habéis montado vosotros? Bastante lío con la dichosa casa.
Sebastián se calla, se mete en el coche. María, con discreción, le pasa varios billetes a Aurora. Al papá ni se le ocurre protestar: es su hija, qué se le va a hacer.
Una semana después, Sergio encuentra trabajo. No en la obra, por supuesto, sino en una empresa donde lo único que hace es llevar y traer papeles. Cobro miserable, pero el chico está en su salsa. Los padres suspiran: mejor que nada.
El que no falta nunca es el vecino Antonino, un chaval de 10 años que vive con su abuela, una señora llamada Carmen. Su casa, casi escondida entre manzanos. En verano, María y Sebastián salen a tomar té al patio, descansando cuerpo y alma. El chico se acerca, cortado. Sebastián lo invita a sentarse. María prepara una taza extra de té y unas galletas.
-¿Cómo te llamas, crack?
-Hola, me llamo Antonino.
Se hace amigo y confiesa que no tiene padres; vive con su abuela que está mayor y enfermiza. Lo ayuda en casa, la quiere con locura.
Al despedirse, pregunta tímido:
-¿Puedo ayudaros de vez en cuando? En verano me aburro y la escuela está cerrada.
Sebastián y María aceptan encantados.
Resultó que el chico tenía mano. Aprendía rapidísimo y Sebastián mandó a María a descansar:
-¡Por fin tengo ayudante! No como tú, que no sabes ni distinguir entre ladrillo y piedra. Con Antonino esto va que vuela.
María, medio ofendida, va a charlar con la abuela Carmen, que resulta ser una joya: sabia, amable, con toneladas de paciencia. Carmen no solo acepta que Antonino ayude: bendice la idea.
-Que aprenda cosas, que deje de hacer tonterías y saque manos de provecho.
Desde entonces, María invita a Carmen a tomar el té con ellos en el patio todas las tardes. Así, mujeres por un lado, hombres por otro, la obra avanzaba y hasta parecía que el futuro les sonreía.
Con la obra terminó también el embarazo: Aurora tuvo a su bebé. María y Sebastián la visitaron con tartas, ropita y hasta vieron a Sergio llevando flores (a saber por qué). Celebraron en casa, convidando a los vecinos. Carmen bendijo el niño y María estuvo los primeros meses acudiendo casi a diario hasta que Sergio soltó a Aurora:
-¿Para qué viene tanto tu madre? ¿No puedes arreglártelas? Tenemos nuestra familia, no necesitamos manuales.
A María se le partió el corazón. Sebastián le prohibió seguir yendo: si necesitan ayuda o llaman, ya irán.
Aurora nunca comentó nada, pero prefería la independencia y los padres de visita corta.
Con el tiempo, Antonino se hizo indispensable. Hasta le compraron traje nuevo y mochila para el colegio el año que entró en secundaria. Carmen hasta lloró de agradecimiento. Sebastián le abrazó:
-No digas tonterías, Antonino es como nuestro hijo.
Pasaron años. Una noche de invierno, Antonino llama temblando. Carmen está muy enferma. María acude rápido, sabe lo que toca. La abuela fallece. Era inevitable. Sebastián abraza fuerte al chaval, que llora a pecho abierto. Mientras, María organiza el funeral y acoge a Antonino en casa.
Las autoridades por poco lo mandan a centro de menores, pero Sebastián luchó y le concedieron tutela y hasta una ayuda económica. Mientras, en el piso de Aurora, llega la hermana de Sergio con su bebé, expulsada por su marido. El piso es ya una guardería y Aurora no se queja, pero los padres deciden no meterse más.
Antonino, ya como hijo, se ocupa de todo y María apenas lleva bolsa del súper. Cuando Sebastián y María se jubilan, acuerdan ayudar a Antonino a estudiar. Pero el chico prefiere trabajar tardes y le va tan bien que apenas acepta ayuda. Va los fines de semana, lleva dulces y fruta y abraza a sus padres adoptivos.
Hasta que María enferma. Flaca, cansada, Sebastián ve que se apaga. Le obliga a ir al hospital. El médico, frío como el acero toledano:
-Su mujer tiene cáncer, muy avanzado. Le quedan seis meses. Ánimo.
Sebastián cree vivir el fin del mundo; su María, que no vivió para sí ni un día. Llama a Aurora:
-Aurora, tu madre está enferma.
-Mala noticia. ¿Y qué puedo yo hacer?
-Aurora, es cáncer, no queda tiempo.
-Bueno, papá, mañana voy a verla.
Fue una sola vez. Cuando María vuelve a casa, el médico avisa: pronto necesitará ayuda. Sebastián se hace cargo como puede, pero cuando hace falta lavar a María, llama a Aurora:
-Hija, ¿puedes venir?
-Papá, ¿otra vez? No sé, igual no puedo prometerte nada.
Sebastián espera todo el día, sin llamar más, no quiere saber si la hija va a fallar, por no romperse más el corazón. Cuando la noche llega y está claro que nadie viene, lo hace solo, agotado. María llora:
-¿Por qué este castigo? Te hago sufrir, ya no puedo más…
-María, ¿qué dices? Sin ti, ¿yo qué haría aquí?
-Hay que casar a Antonino al menos…
Un mes después, María muere. Antonino llora abiertamente. Sebastián no contó nunca lo de la enfermedad, pero el chico intuía todo.
Antonino vuelve al pueblo, consigue piso y empleo, y Sebastián se queda solo en su flamante casa, con agua caliente y calefacción, y la decoración de María intacta.
Aurora aparece poco; solo para pedir dinero o coger algo. Siempre observa la casa y sueña mudarse, pero su marido no soporta a Sebastián, y viven hacinados.
Sebastián va envejeciendo, y la muerte de María le destroza. Toma pastillas por consejos de la vecina: Antonino se indigna.
-¡No puedes automedicarte! Déjate revisar por el médico.
-Es la edad, hijo…
Una noche, el dolor de pecho no se va con nada. Llama a Aurora:
-Hija, me falla el corazón…
-Tómate un trankimazín o llama a la ambulancia. Bastante tengo yo
Aurora cuelga. Sebastián llama a Antonino:
-Antonino, perdona no estoy nada bien.
-Estoy de camino, aguanta.
Antonino llega con su novia, Elena, una chica que es enfermera. Ella revisa a Sebastián y llama a la ambulancia.
Le visitan todos los días. Sebastián elogia la cocina de Elena y le dice a Antonino que debería casarse ya. Pero el chico quiere ahorrar primero para tener hogar propio.
El alta hospitalaria la hacen Elena y Antonino. Aurora, ocupada, sólo le sugiere llamar a un taxi. Le ayudan a acomodarse, Elena le deja comida preparada.
-Voy a llenarle la nevera, y sólo calienta, ¿vale? Mañana estoy de guardia.
Sebastián feliz; se siente querido. Al día siguiente, aparece Aurora:
-¿Solo en casa? ¿Y la hospitalización?
-Dónde estabas, no viniste ni al hospital…
-Papá, ¿mejorarías si estuviera delante? Por Dios, deja de quejarte.
-No me alces la voz. No viniste con tu madre, ahora tampoco con tu padre. A veces pienso si eres hija mía…
Aurora explota:
-¡Qué cansino eres, siempre llorando! ¡Ojalá te mueras ya! Vives en casa grande, nosotros en zulo. Qué poca vergüenza.
Sebastián ni se inmuta, era lo esperado. Mira la foto de María y la consulta mentalmente. La noche le trae calma.
Por la mañana, llama Antonino, Sebastián le pide ayuda para encontrar un notario a domicilio. Antonino lo organiza al vuelo.
El notario queda metalizado ante la petición de Sebastián, pero cumple con su tarea. Cuando termina, Sebastián siente que ha hecho lo correcto.
Deja una carta:
Antonino, si lees esto, ya estaré con mi María. No lo lamentes, he tenido suerte de tenerte. Has sido como un hijo, y Elena es estupenda. Cásate ya, y este hogar es tu regalo de bodas. Ha sido tuyo tanto por tus manos como por tu corazón. Nada de protestas: desde arriba me enfadaré si lo rechazas. María y yo así lo hemos decidido.
Sebastián, sensación de pecho apretado, cuerpo ligero, vuelve a ver a María de cuando en cuando, le espera en sueños.
Después de terminar la carta, descansa acariciando la foto, recordando cómo se conocieron, vivieron, lucharon…
Antonino y Elena llegan. Ve el silencio, la puerta abierta, la foto en manos de Sebastián. Frutas rodando por el suelo, Antonino se arrodilla llorando.
Elena, experta, confirma lo inevitable. Aurora y Sergio llegan luego; mientras Antonino lee la carta, ellos miden la casa. Aurora lee, se pone roja, grita:
-¡Viejo loco! ¡Ya no le quedaba cabeza ni para morirse! ¡Ya veremos esto!
Aurora sale furiosa, odiando a todos los que hayan pisado esa casa…







