¡Entréguenme a su marido! El aroma de las empanadillas de la señora Irene recorría todo el bloque y acabó por derribar a una chica-mujer menuda con gabardina verde y boina color frambuesa. Mientras Petri miraba el fútbol y devoraba empanadillas, la extraña visitante reclamaba, sin pedir permiso, la devolución de su marido, asegurando que con ella sería feliz y libre, lejos de la monotonía de Irene. Entre medias de carcajadas, recuerdos de juventud, el trajín con los niños, la tía, las empanadillas y los partidos, Petri se vio envuelto en un café improvisado y una invitación a salir al parque con la recién llegada María. Y mientras la suegra cuchicheaba en el rellano y la vida parecía a punto de cambiar, Petri descubría que a veces, por mucho que busques la chispa fuera, la verdadera alegría está en casa: en el olor a empanadillas, los planes de primavera en España, y esa Irene renovada que lo mira con cariño mientras vuelven juntos del mercado, con los tomates frescos y el futuro abierto.

¡Tía, escúchame la que te tengo que contar! Estaba Carmen Jiménez, la madre de la casa, preparando empanadillas para la merienda. No te imaginas lo bien que le salen, con esa masa finísima, que al freírlas se inflaban en unos bollitos dorados y crujientes. Carmen las daba vuelta con mucho cuidado y luego las colocaba en su fuente especial, como si fueran joyas.

El olor a empanadillas de Carmen recorría todo el portal, salía a la calle y, no sabes, casi tumbó a una chica-mujer delgadísima, con gafas enormes, un abrigo color oliva y una boina fucsia. ¡Y las botas! Unas botas de goma, cortitas, con fresas rojas dibujadas. Me parto.

Llamaron al timbre justo cuando Carmen iba a sacar las últimas empanadillas, las de repollo, que le encantan a Javier, su marido. ¡Javi, te llaman a la puerta! gritó, pero Javier ni caso. Estaba enganchado al fútbol en la tele, semifinales del Atlético de Madrid, y devoraba empanadillas sin mirar la bandeja. Se quedó sin una y, buscando en la fuente, casi se come los dedos. ¡Carmeeen, Carmeeen! gritaba el tío, medio distraído.

Carmen se acercó a la puerta y abrió. Delante estaba la chica del abrigo y la boina, sin pedir permiso ni nada, que se metió en la entrada frotándose las gafas.

Buenas tardes dijo la desconocida, colándose sin despeinarse.
Buenas ¿tú quién eres y a quién buscas?
A ti.
¿A mí?
Dame a tu marido lanza tan tranquila.
¿Perdona?
Que me des a tu Javier Jiménez. ¡Como si eso fuera panadero!
Que no te entiendo, ¿y eso por qué?
Pues porque él contigo está fatal y aburrido, pero yo le traigo dicha y gloria celestial, ya verás.

¿Pero hablamos de mi Javi?
La chica asiente ilusionadísima con la cabeza:
Sí, Javier, Javi

Por el salón, se oyen los gritos de Javier: ¡Goooool! ¡Goool del Atleti! ¡Vaaamoooos!
Javi, cariño, ven que te buscan avisó Carmen.
¿Quién, Carmencita?
Mira tú mismo.

Javier, con la camiseta azul sin mangas y sus calzoncillos negros que le cosió su suegra, sale a mirar, las manos llenas de grasa y la barbilla igual. Se asoma tímido. ¡Se queda blanco! Es María, la compañera nueva del trabajo y, bueno, ya sabes. Últimamente Javier anda como con picazón de espíritu. Ve a los chavales, chicas con minifaldas, ríen, corren y mira que él esos días los tiene ya muy lejos. Treinta años casado con Carmen, dos hijos. Ella, que antes corría como una liebre, ahora es, bueno una señora reposada y majilla.

El tiempo vuela. Antes era Javi y ahora es el abuelo Javier para su nieto Adrián. Pero oye, el alma le pide jarana. Algo así como cuando sales del hospital y te da el aire fresco, y te crees capaz de comerte el mundo. Se ha imaginado hasta leer a Machado, que a María le encanta. ¡Y Carmen, nada, ni Machado ni Goya, todo le parece borrones! Javier sueña con no ir al campo a plantar tomates, vivir la vida, leer poemas.

La suegra huele a naftalina, pero María huele a futuro y a juventud.

Javi se queda apoyado en la pared, sudando como un chaval que espera a la amiga de clase, y la madre le pregunta mil cosas. Carmen lo anima:
Venga Javi, que la chica te quiere llevar.

El pobre se tapa con la fuente de empanadillas y asoma:
Hola, María Fernández saluda.
María se pone colorada, le tiemblan los ojos y suelta: Perdona, Javier esto me sale así porque
Nada, nada corta Carmen , has hecho lo que tocaba.

Y entonces va y le da instrucciones a su marido:
Javi, lávate esa cara, ponte unos pantalones, que estamos de visita, hombre.
¿Te apetece un té?

Javier espera que le caiga la bronca del siglo: gritos, insultos, hasta la suegra maldiciendo. Pero Carmen sorprende. Todo son nervios dentro de su cabeza: ¿Y ahora qué hago?, piensa. ¿Y los niños? ¿Y la suegra?

Carmen, directa, le dice:
Javi, ¿tienes dinero? No vas a salir sin euros, ¿eh?
Javi asiente como los niños pequeños.
Toma, compra un helado o una nube a la chica. Venga, a pasear.

Al salir, Javier ve reojo la silueta flaca y familiar de su suegra. ¡La suegra!, se dice. Pero le da igual: va de cita, como en sus días jóvenes.

La suegra, indignada, comenta a Carmen:
¿A dónde va ese mentecato? ¿Con traje nuevo, como si no supiera yo lo torpe que es? Tendrías que haberte casado con Ginés, hija
Ay mamá, Ginés ya se separó tres veces por amor. Anda ya

El caso es que María y Javier caminan. María casi no habla, pero luego fantasea con su futuro juntos: con una casita de campo (ella tiene una, pero quiere propia), plantar tomates, tener un niño porque, oye, ya tiene treinta y tres Y después, los veranos a Benidorm en tren, con pollo asado y huevos duros. ¡Eso sí, con orinal con tapa! dice María ilusionada.
¿Con tapa?
Claro, Javi, ¿vas a ir por todo el vagón con el pota de tu niño?

A Javier se le viene abajo lo de la juventud, los poemas y Goya. Otra vez campo y tomates, viajes en tren cada tres años Ya lo hizo hace treinta años. María se da cuenta del silencio:
¡Javi, no me escuchas! ¿Pasa algo?

Javier siente que ya no le envidian, más bien que le miran raro, como a un payaso con traje de boda. Solo quiere escapar de ahí, volver a casa con Carmen. ¡Y los tomates para la suegra que prometió llevar!

María, escúchame Eres estupenda, te lo agradezco, me has dado momentos de juventud pero no soy el que necesitas. Busca tu propio destino, de verdad.

¡Y la familia, y el niño, y Benidorm!
No conmigo, María, no soy yo y sale corriendo.

Carmen, en casa, tiembla al oír el teléfono. Se atreve:
Diga
Vuelve a casa.
¿Sí?
Sí.
Gracias

Nunca más apareció María en el trabajo. Javier ni se atrevía a cruzarse con ella. Nadie volvió a hablar de las cuitas del corazón: sólo tomates, con triple energía. Carmen se apuntó a pilates, se prepara para viajar a Sevilla en otoño, se puso monísima: mechas, manicura, pedicura. ¡Está de escándalo!

En la cocina, Carmen charla con su amiga Olga sobre lo mustio que anda su marido Luis, que le ha pillado comentando fotos de sus ex-compañeras en Facebook.
Ay Carmen, el tuyo sí que está contento y pendiente de ti.
Yo tengo un método para animar a Luis, pero prepárate, tienes que pasar el susto susurra Carmen.
¿En serio? ¿Y funciona?
Ya ves. Apunta este teléfono, es actriz profesional, cobra una pasta, pero mano de santo. Organiza el encuentro como quieras.

Y mira, por la tarde en el campo, la suegra vigilando de fondo, Javier feliz, transportando cajas de tomates y lanzando guiños cariñosos a una Carmen que hoy está más guapa y cercana que nunca.

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¡Entréguenme a su marido! El aroma de las empanadillas de la señora Irene recorría todo el bloque y acabó por derribar a una chica-mujer menuda con gabardina verde y boina color frambuesa. Mientras Petri miraba el fútbol y devoraba empanadillas, la extraña visitante reclamaba, sin pedir permiso, la devolución de su marido, asegurando que con ella sería feliz y libre, lejos de la monotonía de Irene. Entre medias de carcajadas, recuerdos de juventud, el trajín con los niños, la tía, las empanadillas y los partidos, Petri se vio envuelto en un café improvisado y una invitación a salir al parque con la recién llegada María. Y mientras la suegra cuchicheaba en el rellano y la vida parecía a punto de cambiar, Petri descubría que a veces, por mucho que busques la chispa fuera, la verdadera alegría está en casa: en el olor a empanadillas, los planes de primavera en España, y esa Irene renovada que lo mira con cariño mientras vuelven juntos del mercado, con los tomates frescos y el futuro abierto.
Les contaba mentiras a los vecinos sobre su hija porque le daba vergüenza