La traición de los propios hijos Dasha contemplaba una vez más, embelesada, a su hermano y a su hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. Y otra vez recibían un premio. Habían vuelto a ganar en una competición. Dasha se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando de la pierna derecha, se dirigió con entusiasmo hacia ellos. Les había tejido a su hermano y a su hermana dos conejitos: uno con falda y otro con pantalón de cuadros. Quería sorprenderles con su regalo. Ella era torpe, muy rellenita, con el pelo ralo y apenas recogido, y una sonrisa ingenua en los labios. Cristina y Marcos hicieron como si no vieran a su hermana. Dasha se esforzaba en llegar hasta ellos. — Dejadme pasar, por favor. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme pasar! —decía Dasha, radiante de alegría. — Cris, hay una chica gorda por ahí que grita que es vuestra hermana. ¿Es verdad eso? —le preguntó la rubia Lidia, amiga de Cristina. Cristina apenas giró la cabeza y vio a Dasha. — ¡Vaya tonta! ¡Y encima gorda! ¡Qué vergüenza, de verdad! —pensó Cristina para sí. En voz alta dijo: — Por supuesto que no. Solo tengo un hermano: Marcos. — Ya me lo imaginaba. Querrá arrimarse, la pobre. ¡Y viene con unos muñecos! —rió Lidia. — Será alguna fan local. Lidia, coge los muñecos de la chica y luego nos alcanzas; nosotros nos vamos ya —dijo Cristina, mandando un beso al aire y saliendo de la multitud de la mano de Marcos. Lidia aceptó los muñecos de Dasha, asegurándole que se los daría. — ¡Genial! ¡Yo os espero en casa! ¡Voy a hacer rosquillas! —anunció Dasha, alejándose torpemente. — Toma, me dio esto para ti, dice que os espera y que hará rosquillas. Ella misma parece una rosquilla… Cris, ¿seguro que no es pariente tuya? ¿Por qué se os pega tanto? —insistía Lidia. — ¡No! ¡No la conozco! Hay mucha gente que quiere acercarse a nosotros por la fama. Venga, vamos —dijo Cristina, tirando los conejitos a la basura y yéndose con Lidia y Marcos hacia la entrega de premios. Había mentido a su amiga. Dasha sí era su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés Ibáñez, la acogió en casa cuando falleció una pariente lejana. Volvían de vacaciones en familia… y Dasha quedó sola. Pequeña, con una discapacidad. En realidad Inés apenas era pariente: una lejísima, de apellido distinto. Otros familiares más cercanos rechazaron quedarse con Dasha. Pero Inés la acogió a pesar del berrinche de su marido y sus propios hijos, a quienes nunca se les negó nada y crecieron consentidos. — Mamá, ¡no la traigas! Es gorda, coja, torpe. ¡Nos da vergüenza ir con ella! —protestaban Cristina y Marcos. — Hijos, pobrecita, está sola en el mundo. Si la gente acoge perros y gatos, ¿cómo no vamos a acoger a una niña? Tenemos sitio en casa —trataba de convencerles Inés. A regañadientes, aceptaron. Ella era directora de supermercado y quien sostenía la economía familiar. El padre, León, era su segundo y apenas se esforzaba, siempre envuelto en líos a sus espaldas. Inés, si lo sabía, callaba: León era guapísimo y los hijos habían salido a él. Dasha creció, pequeñita y graciosa. De pelo rubio, con unos ojos azulinos casi transparentes, aparentemente como sus hermanos, pero no igual. — Sus ojos parecen leche aguada… ¡gordita! —se burlaba Cristina. Dasha era como un bollito, buena y dulce, con hoyuelos en las mejillas y gran corazón. Pero siempre jugaba sola. El hermano y la hermana la excluían de sus juegos. Siempre le tocaba pagar el pato: Marcos rompió un jarrón y Cristina culpó a Dasha; si Cristina rompía la blusa de su madre, la culpa también recaía en Dasha. Dasha nunca se defendía. Solo asentía con la cabeza y pedía perdón. Sabía perfectamente quién era el culpable, pero no quería que regañasen a sus hermanos. ¡Eran tan guapos! Ni su madre adoptiva, Inés, la regañaba. Pero el padre sí. — ¿Para qué trajiste encima a este espantajo? ¡Nos da vergüenza delante de los invitados! Camina fatal, es enorme, y nuestros hijos son de belleza impresionante. ¿A modo de contraste la metiste en casa? Otros fueron más listos y la rechazaron, pero tú… ¿Quién va a querer a este bicho cuando crezca? —vociferaba León. Dasha escuchaba tras la puerta y luego iba al espejo. No le gustaba su reflejo. Quería ser bonita como Marcos y Cristina, pero… Le pusieron en otro colegio. Los gemelos insistieron, amenazando con saltarse las clases o bajar las notas. Al final Inés cedió. Veía que el puente que trataba de construir entre sus hijos y Dasha estaba a punto de venirse abajo… y no podía evitarlo. El tiempo pasó. Marcos y Cristina se fueron a estudiar fuera. Dasha pidió quedarse en casa. — Hija, puedes ir a donde quieras, yo te lo pago. ¿Te gustaría ser diseñadora, traductora…? —le decía Inés. Dasha, como un gatito, frotó su mejilla contra la de Inés y la abrazó. La mujer se calmó enseguida. Sus hijos apenas le daban un beso, y por compromiso. Con Dasha sí sentía calor humano. Siempre la recibía a su regreso del trabajo, aunque fuera tarde: esperándola en el jardín aunque hiciera frío, o sentada en la entrada. Su marido y sus hijos estaban siempre ocupados y ni saludaban. Cuando Inés les llamó la atención, Cristina le respondió: — ¡Mamá, estamos ocupados! Esa tonta te espera como un perrito porque no tiene nada que hacer y ni sueños tiene. Dasha levantó sus ojos transparentes hacia su madre. — Mamá, ¿puedo ser veterinaria? Quiero cuidar perros, gatos, hámsters, cerditos, todo. Me gustaría estudiar aquí. Tenía sentido: Dasha siempre recogía y curaba animales abandonados. Uno de ellos, un perro grande y peludo, se quedó a vivir con ellas y Cristina se quejaba porque quería un perro de raza, pero Inés apoyó a Dasha. Así vivieron. Poco después, Inés, por problemas de salud, tuvo que dejar de trabajar. El marido, al ver que la economía flaqueaba, se fue con una amiga de Inés, dueña de una peluquería. Los hijos solo volvían a casa por el dinero de la madre. Solo Dasha se quedó junto a Inés, cuidándola a diario, cocinando, dándole masajes, preparándole infusiones… Y por las noches charlaban bajo el manzano como dos grandes amigas. Cristina y Marcos se casaron. La madre les ayudó a comprar casa. Y llegó la tormenta: Marcos llegó de madrugada llorando porque tenía una deuda enorme. — ¿Y ahora qué hacemos? ¿Dónde sacaré tanto dinero? —se lamentó Inés. — Mamá, si no me ayudas, deja de contar conmigo como hijo —dijo Marcos. Marcos propuso vender el chalet familiar, con lo que cubrirían la deuda. — ¿Pero, hijo…? ¿Y nosotros, Dasha y yo, dónde viviremos? —se quedó atónita Inés. — Me da igual esa gorda tonta, que se busque la vida. Tú te vas a vivir conmigo; a Lidia le hará ilusión. Lidia era su esposa. Inés dudaba mucho que la ilusión fuera real, pero aceptó con una condición: Dasha tenía que ir con ella. Dasha fue entonces a su madre: — Mamá… Tú vete sola, yo iré con alguien… estamos juntos y me ha ofrecido irme a vivir con él. No te preocupes. — ¿Y quién es? ¡Quiero conocerle! ¿Por qué no me lo has contado? —se asombró Inés. — Pronto lo harás, mamá –la abrazó Dasha. Hasta Marcos se alegró. No tendría que pensar en deshacerse de Dasha; no le convenía tenerla en casa. Pero era mentira. Dasha no tenía a nadie. Miró con su corazón tierno y supo que allí no la querían, y que con su presencia su madre sufriría. Así que buscó su propio rumbo. Alquiló una habitación en la casa de don Procopio, un anciano solo que necesitaba compañía y apoyo. Tenía animales en casa, y Dasha, veterinaria, era el complemento ideal. Don Procopio se puso tan contento que ni le quiso cobrar el alquiler, aunque Dasha insistió. La vida le sonreía: casa, trabajo, respeto de los vecinos y el cariño de los animales. Siempre tenía palabras y gestos de ternura para todos. Y acompañaba con golosinas sus tratamientos. — Ven, Sharik, tesoro, ¡esto te lo guardó Dasha! No llores, pequeñín: he dejado tus gotas y llamadme si necesitáis cualquier cosa, ¿eh? —decía a los pacientes. — ¡Ay, hija, ni en el hospital reciben así a mi Barcino! ¡Eres de oro! —decía doña Ana, propietaria de un magnífico gato persa. Dasha florecía, pero su corazón se inquietaba por su madre. Llamaba a menudo, pero últimamente era Marcos quien contestaba y le respondía de malas maneras que su madre descansaba. — No sé… llevo medio año sin verla —suspiró una noche Dasha durante la merienda con don Procopio. — ¿Y por qué no te acercas a verla? Yo te llevo. Mi viejo Seat aún anda —ofreció el anciano. Dasha aceptó encantada. Tenía la dirección de Marcos. Fueron allí, llamaron mucho tiempo. Abrió la puerta una alta rubia en bata, bostezando. — ¿Quiénes sois? ¿Queréis vender algo? Aquí no necesitamos nada, —trató de cerrar la puerta. — ¿Eres Lidia, la esposa de Marcos? —preguntó Dasha. — Sí. — Soy Dasha, hermana de Marcos —intentó entrar, pero Lidia se interpuso. — Ya… ¿Y qué quieres aquí? Ahora mismo tengo cita con la esteticista, no tengo tiempo —dijo con desdén. — Solo veré a mi madre un minuto, no molesto. Aquí está don Procopio, que viene conmigo. ¿Dónde está mi madre? — Aquí ya no está. Marcos la llevó a una residencia. Como está muy mal, nadie puede cuidarla. Él trabaja y yo también tengo mis cosas. ¿Dónde? Ni idea, jamás fui. Ahora le llamo… Vale, toma, la dirección en este papel. Y, por favor, no vengáis más —añadió Lidia, rociando a Dasha con perfume caro. Dasha no escuchaba ya. Agarró el papel y bajó con don Procopio. — ¿Cómo es posible? ¿Por qué no me dijeron nada? Aunque no tengo casa propia… pero ¡hubiera hecho algo! —susurró Dasha. — Mujer, ¡te la habrías traído aquí! Ahí se ve la falta de decencia… —se indignó don Procopio. Fueron a la residencia. ¿Era posible que aquella anciana delgada y demacrada fuera Inés? Antes era alta, fuerte y resolutiva. Ahora yacía inerte en una cama. — ¡Mamá! ¡Soy yo, Dasha! Perdóname por no venir. ¡No tengo perdón! ¡Te llevaré a casa, con don Procopio! Hay gallinas y haré huevos fritos, leche de cabra… Te pondrás bien, ya verás. ¡Mamá, háblame! Consiguieron llevársela a casa, pues legalmente Dasha era hija suya, y don Procopio, antiguo combatiente, amenazó con llamar a un general amigo suyo si no se lo permitían (Marcos había pedido dejar a su madre indefinidamente en la residencia). A los diez días, Inés se puso en pie y se asomó a la ventana. En el corral, la cerda Tecla andaba despacio. El gallo cantaba. Todo olía a hierba, leche y rosquillas: Dasha las horneaba. Dasha entró, cojeando, a ver a su madre. Ella estaba de pie y lloraba. Torpemente Dasha se abrazó a ella, pidió perdón por tardar tanto en venir, y se excusaba por tener que vivir juntas, en vez de con Marcos y Cristina. Inés la abrazó en silencio. Como si viera de nuevo a aquella niña graciosa, no hija de su sangre, pero la única que estuvo a su lado al final de su vida, cuando ya no era útil ni querida para sus guapos y exitosos hijos. — Tranquila, Dasha. Ahora todo irá bien, hija —susurró Inés. — ¡Chicas! ¿Vamos a merendar? —entró don Procopio. Riendo, los tres fueron juntos a la mesa. Y empezaron una nueva vida…

La traición de los hijos

Marta contemplaba una vez más con admiración a sus hermanos, Lucía y Álvaro. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules intensos. Una vez más estaban siendo premiados. Ganaron de nuevo en las competiciones. Marta se levantó para llegar antes que nadie. Arrastrando la pierna derecha, se apresuró hacia ellos. Les había tejido a cada uno un conejito, uno llevaba faldita y el otro pantalones de cuadros. Quería regalárselos. Torpe, muy rellenita, con el cabello fino recogido con horquillas, en sus labios siempre asomaba una sonrisa sencilla. Lucía y Álvaro fingieron no ver a su hermana. Ella se esforzaba por abrirse paso hasta ellos.

Dejadme pasar, por favor. ¡Son mis hermanos! ¡Dejadme! decía Marta, ilusionada.

Luci, hay aquí una chica gorda que dice que es vuestra hermana, ¿es verdad? le preguntó a Lucía su amiga, la rubia Sonsoles.

Lucía giró la cabeza y vio a Marta.

¡Gorda tonta! Ha tenido que venir. Seguro que mamá la ha obligado. Qué vergüenza pensó.

Pero en voz alta respondió:

No, claro que no. Yo sólo tengo un hermano, Álvaro.

Ya lo suponía. Querrá aprovecharse de vosotros. ¡Qué pringada! Y encima os quiere dar unas muñequitas rió Sonsoles.

Debe de ser una fan local. Cógeles los juguetes, Sonsoles. Luego vente, que Álvaro y yo nos vamos dijo Lucía, lanzando un beso al aire y agarrando la mano de su hermano mientras huían de la multitud.

Sonsoles le cogió a Marta los conejos, prometiendo que los entregaría.

¡Vale! ¡Yo os espero en casa! ¡Os haré rosquillas! dijo la niña, andando torpemente en dirección contraria.

Toma, aquí tienes lo de antes. Dijo que os espera en casa y que os preparará rosquillas. Ella misma parece una rosquilla. Luci, ¿seguro que no es de vuestra familia? ¿Por qué se acerca tanto a vosotros? preguntaba Sonsoles.

¡No! ¡No la conozco de nada! Hay mucha gente que se nos quiere pegar, será por la fama Vamos y tirando los conejos al cubo de basura, Lucía, su amiga y Álvaro se dirigieron a recoger su premio.

Lucía había mentido. Marta realmente era su hermana, aunque de sangre no del todo. La madre de Lucía y Álvaro, doña Inés Martínez, la acogió cuando una pariente lejana falleció. Volvían todos de veraneo cuando ocurrió el accidente Sólo Marta sobrevivió, pequeña y con una discapacidad.

De familia, sólo la unía un parentesco lejano con doña Inés, ni siquiera compartían apellido. Los más cercanos ni preguntaron por la niña. Pero ella la llevó a casa, a pesar del escándalo que montaron marido e hijos al enterarse.

Lucía y Álvaro se habían criado consentidos, todo lo que querían les era concedido.

¡Mamá, no la traigas! Es gorda, coja y tonta. Nos da vergüenza que vaya a nuestro lado gritaban.

Hijos, pobrecilla. Se ha quedado sola. Hay quien adopta perros y gatos, ¿y no vamos a acoger a una niña? No molestará, la casa es grande intentaba convencerles la madre.

Accedieron a regañadientes. Doña Inés era la directora del supermercado, la que mantenía la economía de casa. El padre, Javier, era su adjunto y nunca se esforzó demasiado, siempre liándose con una y otra a espaldas de la mujer. Ella, si lo sabía, callaba: Javier era guapísimo, y los niños habían heredado ese atractivo.

Marta creció siendo una niña dulce y bondadosa, con el cabello rubio y unos ojos azul pálido, casi translúcidos, como si fueran leche con anís.

Sus ojos parecen agua turbia. ¡Gordita! se burlaba Lucía.

Marta era rechonchita, con la cara redonda y hoyuelos en las mejillas, siempre buena.

Pero sólo jugaba sola. Los hermanos nunca la incluían. Y si algo malo sucedía, ella cargaba siempre con la culpa. Si Álvaro rompía un jarrón o Lucía estropeaba una prenda de mamá, rápidamente se lo achacaban a Marta. Ella nunca se defendía: asentía y pedía perdón. Sabía la verdad, pero no quería que riñeran a sus hermanos, porque eran guapos.

Doña Inés tampoco regañaba a Marta, aunque el padre sí lo hacía.

¿Por qué tuviste que traernos este espantajo? Da vergüenza ante los invitados. Camina mal, pesa como un toro. Los nuestros parecen salidos de una portada de revista y tú recoges a esta ¿quién la va a querer de mayor, eh? gritaba Javier.

Marta oía a través de la puerta, y luego iba frente al espejo. No le gustaba su reflejo; deseaba ser tan bella como Lucía y Álvaro.

Fue al colegio en otro barrio porque los mellizos presionaron a la madre: si no, dejarían de estudiar y sacarían malas notas. Al final doña Inés cedió, viendo que la frágil conexión entre sus hijos y Marta estaba a punto de romperse.

Pasó el tiempo. Álvaro y Lucía se marcharon a estudiar fuera. Marta pidió quedarse en casa.

Pero hija, puedes ir a la universidad que quieras, yo te lo pago. ¿No te gustaría ser diseñadora, traductora? la animaba la madre.

Marta se acurrucaba como un gatito en la mejilla de doña Inés, que se quedaba tranquila. Sus hijos biológicos apenas daban un beso a su madre, y sólo cuando no había más remedio. Pero con Marta sentía una calidez especial.

Marta siempre la recibía al volver del trabajo, aunque llegara tarde. Siempre la esperaba en la puerta o sentada en el recibidor. El marido y los otros hijos ni se inquietaban por su llegada. Doña Inés intentó llamarles la atención, pero Lucía replicó a voces:

¡Mamá, estamos ocupados! Esa tonta te espera porque no tiene otra cosa que hacer. Ni sueña con nada.

Marta levantó sus ojos transparentes y murmuró:

Mamá, ¿puedo ser veterinaria? Quiero cuidar perros, gatos hámsters, cerditos

Su elección no era rara; siempre recogía animales de la calle y los cuidaba. Un perro grande y peludo se quedó con ellos, aunque Lucía protestó porque quería un perro de raza. Pero doña Inés apoyó a Marta.

Así siguieron. Pero entonces la salud de doña Inés empeoró y tuvo que quedarse en casa. Al ver que el dinero escasearía, Javier se fue rápidamente con una amiga de la esposa, propietaria de una peluquería.

Los hijos, cuando venían, lo hacían porque necesitaban la ayuda económica de la madre. Menos mal que ella tenía ahorros. Al final, sólo Marta se quedó con ella, arrastrando la pierna, cocinando cada día algo rico, dándole masajes, preparándole infusiones. Por las tardes se sentaban bajo el manzano y tomaban té. Eran los momentos más felices de Marta.

Lucía y Álvaro hicieron sus vidas. La madre ayudó a ambos a comprar piso. Pero llegó el desastre. Álvaro apareció a las cuatro de la mañana, llorando casi, diciendo que debía mucho dinero.

¿Pero cómo has podido? ¿Le preguntaste a tu padre? ¿Y? Claro, él tampoco tiene. Aunque vendiera todo, ni alcanzaría una décima parte, ¿qué vamos a hacer? se lamentó doña Inés.

Pues nada, entonces no tienes más hijo respondió Álvaro, con frialdad.

¿Cómo puedes decir eso? exclamó la madre, abrazándolo.

La solución que propuso Álvaro fue vender el chalet. Así podrían saldar la deuda.

Pero, hijo ¿y Marta? ¿Dónde viviremos?

Lo que haga la gordita me da igual. Que se busque la vida, que ya es mayor. Se acabó, basta de mantenerla. Tú te vienes conmigo y con Clara, que estará encantada dijo.

Clara, su mujer, y doña Inés dudaba que estuviera encantada, pero no discutió. Había que salvar a su hijo. Sólo puso una condición: irse con Marta.

Álvaro aceptó a regañadientes, pero luego Marta se le acercó a su madre y le dijo:

Mamá, vete tú sola. Yo yo me voy con alguien… Hace tiempo que me pide irme a vivir con él. No te preocupes por mí.

¿Quién es? ¿Por qué no me has contado nada?

Ya lo conocerás, mamá. No te preocupes, todo saldrá bien la abrazó Marta.

Álvaro se alegró: así no tenía que inventar nada con Lucía para evitar que Marta entrara en casa.

Pero era mentira. Marta no tenía a nadie. Con el corazón sensible, comprendía que allí no la querían y no iba a causar problemas a su madre, que ya tenía la salud frágil. Así, buscó una habitación de alquiler en una casa antigua, donde vivía don Pascual, un anciano viudo y solo, rodeado de gallinas, cabras y algún cerdo. Cuando supo que Marta era veterinaria, se alegró tanto que quiso no cobrarle el alquiler, pero Marta insistió en pagar y él, de cuando en cuando, le metía el dinero en la cartera.

Le fue bien. Tenía casa y trabajo, la gente la apreciaba y los animales la adoraban. Los podía curar sin que se asustaran.

Ven aquí, Duque, toma lo que te ha traído Marta. No temas, pequeño. Ya te he puesto las gotitas, y puedes llamarme en cualquier momento decía a sus clientes.

Ojalá en el hospital nos trataran como tú tratas a mi Minino decía doña Carmen, dueña de un persa blanco enorme.

Marta florecía. Pero el corazón le pesaba ¿cómo estaría su madre? Llamaba a menudo, pero parecía que doña Inés evitaba hablar con ella, y las últimas veces contestó Álvaro, diciendo de mala manera que su madre estaba descansando.

No sé La echo mucho de menos Hace medio año que no la veo suspiró Marta una noche en la cena con don Pascual.

¿Y por qué no vas a verla? Vamos juntos si quieres. Tengo mi SEAT viejo, pero aún anda. Yo conduzco propuso don Pascual.

Marta se ilusionó. Tenía la dirección de Álvaro. Fueron hasta allí, llamaron largo rato y finalmente abrió la puerta una rubia alta, en bata, bostezando.

¿Quiénes son? ¿Venden algo? No queremos comprar nada intentó cerrar la puerta.

¿Usted es Clara? La mujer de Álvaro dijo Marta.

Sí ¿y usted qué quiere?

Soy Marta, su hermana. Sólo quiero ver a mi madre. Él es don Pascual, vino conmigo. ¿Está mi madre? No tardaré, de veras. Sólo quiero saludarla, no molestarles.

Ya no está aquí. Álvaro la llevó a una residencia. Se puso peor, y nadie podía cuidarla, él tiene trabajo y yo mis cosas, ¿qué más da dónde está? No sé. Espere, voy a llamarlo. Álvaro, está aquí Marta con un viejuno. Quieren la dirección. Vale, se la apunto y no vuelvan más decía Clara, perfumando el aire con su caro perfume.

Marta cogió la dirección y bajó deprisa con don Pascual.

¿Por qué no me dijeron nada? Si yo hubiera buscado otra solución musitaba Marta.

¡Marta! A tu madre debían llevársela a nuestra casa. Tengo una habitación libre. ¡Qué poca vergüenza! se indignaba don Pascual.

Fueron a la residencia. ¿Podía ser que esa anciana tan pequeñita y delgada, con la mirada perdida, fuese su madre? Ella, que siempre fue fuerte, resuelta y generosa Marta se acercó y tomó su mano.

¡Mamá, soy Marta! Perdóname por no venir antes, te lo suplico. Mamá, te voy a llevar a casa, con don Pascual. Él tiene gallinas, y te haré huevos fritos y te daré leche de cabra, vas a ver cómo mejoras. Mamá, no llores, mamá, te quiero. Nos vamos a casa, ¡mamá!

Lograron llevársela, pues Marta figuraba como hija legalmente. Y don Pascual insistió ante la trabajadora social, recordando que era veterano de guerra y amenazando con llamar al general si no les devolvían a doña Inés. Porque Álvaro había arreglado que su madre se quedase ahí para siempre

Doña Inés se levantó al décimo día. Se asomó a la ventana; afuera, la cerda Matilde paseaba, el gallo cantaba y olía a hierba, leche y rosquillas; Marta estaba horneando. Marta entró, arrastrando la pierna cuando vio a su madre de pie, sollozando. Torpe, se acercó y la abrazó llorando. Le pidió perdón por no haber venido antes, por no poder estar juntas y tener que vivir con don Pascual en vez de con Lucía y Álvaro.

Doña Inés la apretó en silencio contra su pecho, como cuando era esa pequeña niña divertida y dulce, no su sangre, pero sí la única que se quedó junto a ella cuando más lo necesitó, al final de la vida, cuando sus hermosos hijos ya no la necesitaban.

No pasa nada, Martita. Ya está bien. Ahora estaremos juntas susurraba doña Inés.

¡Chicas! ¿Venís a merendar? entró don Pascual en la habitación.

Y, riendo, los tres de la mano se fueron al comedor. Hacia su nueva vidaAquel comedor, con sus manteles desparejados, la luz cálida y los aromas de pan recién hecho y café, nunca había conocido tanta alegría. Marta cortó las rosquillas aún tibias y, con manos temblorosas, colocó la taza preferida de doña Inés delante de ella. Don Pascual chasqueó la lengua, bromeando que nadie podía competir con una veterinaria y una directora de supermercado juntas; parecían capaces de conquistar el mundo.

Entre risas, Marta acarició la mano de su madre. La piel estaba fina, pero ahora ya no estaba sola. Afuera, las gallinas cacareaban y algún gato husmeaba bajo la mesa, esperando migas.

Mientras la tarde se teñía de oro en la ventana, doña Inés levantó la vista. Marta le devolvió una sonrisa luminosa, tan limpia como la de la niña que seguía siendo para ella.

¿Sabes, mamá? Hoy es el mejor día de mi vida dijo en voz baja.

Doña Inés la miró sorprendida, pero Marta asintió con convicción.

Porque por fin siento que estoy en casa.

Nadie preguntó, nadie explicó nada. Los ruidos del campo, la ternura de las pequeñas cosas y la compañía sincera lo llenaban todo. La tristeza quedó lejos, tirada junto a los viejos conejitos de trapo y los reproches.

Y así, entre el olor de rosquillas y el murmullo del crepúsculo, Marta comprendió que la felicidad no siempre se parece a lo que soñamos de niños. Pero sí se reconoce en el corazón, cuando por fin podemos decir sin miedo: aquí me quieren, aquí pertenezco, aquí somos familia.

Mientras el sol desaparecía tras los árboles, los tres permanecieron juntos, celebrando en silencio la bondad que perdura y las segundas oportunidades que la vida, a veces, regala sin avisar.

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La traición de los propios hijos Dasha contemplaba una vez más, embelesada, a su hermano y a su hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. Y otra vez recibían un premio. Habían vuelto a ganar en una competición. Dasha se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando de la pierna derecha, se dirigió con entusiasmo hacia ellos. Les había tejido a su hermano y a su hermana dos conejitos: uno con falda y otro con pantalón de cuadros. Quería sorprenderles con su regalo. Ella era torpe, muy rellenita, con el pelo ralo y apenas recogido, y una sonrisa ingenua en los labios. Cristina y Marcos hicieron como si no vieran a su hermana. Dasha se esforzaba en llegar hasta ellos. — Dejadme pasar, por favor. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme pasar! —decía Dasha, radiante de alegría. — Cris, hay una chica gorda por ahí que grita que es vuestra hermana. ¿Es verdad eso? —le preguntó la rubia Lidia, amiga de Cristina. Cristina apenas giró la cabeza y vio a Dasha. — ¡Vaya tonta! ¡Y encima gorda! ¡Qué vergüenza, de verdad! —pensó Cristina para sí. En voz alta dijo: — Por supuesto que no. Solo tengo un hermano: Marcos. — Ya me lo imaginaba. Querrá arrimarse, la pobre. ¡Y viene con unos muñecos! —rió Lidia. — Será alguna fan local. Lidia, coge los muñecos de la chica y luego nos alcanzas; nosotros nos vamos ya —dijo Cristina, mandando un beso al aire y saliendo de la multitud de la mano de Marcos. Lidia aceptó los muñecos de Dasha, asegurándole que se los daría. — ¡Genial! ¡Yo os espero en casa! ¡Voy a hacer rosquillas! —anunció Dasha, alejándose torpemente. — Toma, me dio esto para ti, dice que os espera y que hará rosquillas. Ella misma parece una rosquilla… Cris, ¿seguro que no es pariente tuya? ¿Por qué se os pega tanto? —insistía Lidia. — ¡No! ¡No la conozco! Hay mucha gente que quiere acercarse a nosotros por la fama. Venga, vamos —dijo Cristina, tirando los conejitos a la basura y yéndose con Lidia y Marcos hacia la entrega de premios. Había mentido a su amiga. Dasha sí era su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés Ibáñez, la acogió en casa cuando falleció una pariente lejana. Volvían de vacaciones en familia… y Dasha quedó sola. Pequeña, con una discapacidad. En realidad Inés apenas era pariente: una lejísima, de apellido distinto. Otros familiares más cercanos rechazaron quedarse con Dasha. Pero Inés la acogió a pesar del berrinche de su marido y sus propios hijos, a quienes nunca se les negó nada y crecieron consentidos. — Mamá, ¡no la traigas! Es gorda, coja, torpe. ¡Nos da vergüenza ir con ella! —protestaban Cristina y Marcos. — Hijos, pobrecita, está sola en el mundo. Si la gente acoge perros y gatos, ¿cómo no vamos a acoger a una niña? Tenemos sitio en casa —trataba de convencerles Inés. A regañadientes, aceptaron. Ella era directora de supermercado y quien sostenía la economía familiar. El padre, León, era su segundo y apenas se esforzaba, siempre envuelto en líos a sus espaldas. Inés, si lo sabía, callaba: León era guapísimo y los hijos habían salido a él. Dasha creció, pequeñita y graciosa. De pelo rubio, con unos ojos azulinos casi transparentes, aparentemente como sus hermanos, pero no igual. — Sus ojos parecen leche aguada… ¡gordita! —se burlaba Cristina. Dasha era como un bollito, buena y dulce, con hoyuelos en las mejillas y gran corazón. Pero siempre jugaba sola. El hermano y la hermana la excluían de sus juegos. Siempre le tocaba pagar el pato: Marcos rompió un jarrón y Cristina culpó a Dasha; si Cristina rompía la blusa de su madre, la culpa también recaía en Dasha. Dasha nunca se defendía. Solo asentía con la cabeza y pedía perdón. Sabía perfectamente quién era el culpable, pero no quería que regañasen a sus hermanos. ¡Eran tan guapos! Ni su madre adoptiva, Inés, la regañaba. Pero el padre sí. — ¿Para qué trajiste encima a este espantajo? ¡Nos da vergüenza delante de los invitados! Camina fatal, es enorme, y nuestros hijos son de belleza impresionante. ¿A modo de contraste la metiste en casa? Otros fueron más listos y la rechazaron, pero tú… ¿Quién va a querer a este bicho cuando crezca? —vociferaba León. Dasha escuchaba tras la puerta y luego iba al espejo. No le gustaba su reflejo. Quería ser bonita como Marcos y Cristina, pero… Le pusieron en otro colegio. Los gemelos insistieron, amenazando con saltarse las clases o bajar las notas. Al final Inés cedió. Veía que el puente que trataba de construir entre sus hijos y Dasha estaba a punto de venirse abajo… y no podía evitarlo. El tiempo pasó. Marcos y Cristina se fueron a estudiar fuera. Dasha pidió quedarse en casa. — Hija, puedes ir a donde quieras, yo te lo pago. ¿Te gustaría ser diseñadora, traductora…? —le decía Inés. Dasha, como un gatito, frotó su mejilla contra la de Inés y la abrazó. La mujer se calmó enseguida. Sus hijos apenas le daban un beso, y por compromiso. Con Dasha sí sentía calor humano. Siempre la recibía a su regreso del trabajo, aunque fuera tarde: esperándola en el jardín aunque hiciera frío, o sentada en la entrada. Su marido y sus hijos estaban siempre ocupados y ni saludaban. Cuando Inés les llamó la atención, Cristina le respondió: — ¡Mamá, estamos ocupados! Esa tonta te espera como un perrito porque no tiene nada que hacer y ni sueños tiene. Dasha levantó sus ojos transparentes hacia su madre. — Mamá, ¿puedo ser veterinaria? Quiero cuidar perros, gatos, hámsters, cerditos, todo. Me gustaría estudiar aquí. Tenía sentido: Dasha siempre recogía y curaba animales abandonados. Uno de ellos, un perro grande y peludo, se quedó a vivir con ellas y Cristina se quejaba porque quería un perro de raza, pero Inés apoyó a Dasha. Así vivieron. Poco después, Inés, por problemas de salud, tuvo que dejar de trabajar. El marido, al ver que la economía flaqueaba, se fue con una amiga de Inés, dueña de una peluquería. Los hijos solo volvían a casa por el dinero de la madre. Solo Dasha se quedó junto a Inés, cuidándola a diario, cocinando, dándole masajes, preparándole infusiones… Y por las noches charlaban bajo el manzano como dos grandes amigas. Cristina y Marcos se casaron. La madre les ayudó a comprar casa. Y llegó la tormenta: Marcos llegó de madrugada llorando porque tenía una deuda enorme. — ¿Y ahora qué hacemos? ¿Dónde sacaré tanto dinero? —se lamentó Inés. — Mamá, si no me ayudas, deja de contar conmigo como hijo —dijo Marcos. Marcos propuso vender el chalet familiar, con lo que cubrirían la deuda. — ¿Pero, hijo…? ¿Y nosotros, Dasha y yo, dónde viviremos? —se quedó atónita Inés. — Me da igual esa gorda tonta, que se busque la vida. Tú te vas a vivir conmigo; a Lidia le hará ilusión. Lidia era su esposa. Inés dudaba mucho que la ilusión fuera real, pero aceptó con una condición: Dasha tenía que ir con ella. Dasha fue entonces a su madre: — Mamá… Tú vete sola, yo iré con alguien… estamos juntos y me ha ofrecido irme a vivir con él. No te preocupes. — ¿Y quién es? ¡Quiero conocerle! ¿Por qué no me lo has contado? —se asombró Inés. — Pronto lo harás, mamá –la abrazó Dasha. Hasta Marcos se alegró. No tendría que pensar en deshacerse de Dasha; no le convenía tenerla en casa. Pero era mentira. Dasha no tenía a nadie. Miró con su corazón tierno y supo que allí no la querían, y que con su presencia su madre sufriría. Así que buscó su propio rumbo. Alquiló una habitación en la casa de don Procopio, un anciano solo que necesitaba compañía y apoyo. Tenía animales en casa, y Dasha, veterinaria, era el complemento ideal. Don Procopio se puso tan contento que ni le quiso cobrar el alquiler, aunque Dasha insistió. La vida le sonreía: casa, trabajo, respeto de los vecinos y el cariño de los animales. Siempre tenía palabras y gestos de ternura para todos. Y acompañaba con golosinas sus tratamientos. — Ven, Sharik, tesoro, ¡esto te lo guardó Dasha! No llores, pequeñín: he dejado tus gotas y llamadme si necesitáis cualquier cosa, ¿eh? —decía a los pacientes. — ¡Ay, hija, ni en el hospital reciben así a mi Barcino! ¡Eres de oro! —decía doña Ana, propietaria de un magnífico gato persa. Dasha florecía, pero su corazón se inquietaba por su madre. Llamaba a menudo, pero últimamente era Marcos quien contestaba y le respondía de malas maneras que su madre descansaba. — No sé… llevo medio año sin verla —suspiró una noche Dasha durante la merienda con don Procopio. — ¿Y por qué no te acercas a verla? Yo te llevo. Mi viejo Seat aún anda —ofreció el anciano. Dasha aceptó encantada. Tenía la dirección de Marcos. Fueron allí, llamaron mucho tiempo. Abrió la puerta una alta rubia en bata, bostezando. — ¿Quiénes sois? ¿Queréis vender algo? Aquí no necesitamos nada, —trató de cerrar la puerta. — ¿Eres Lidia, la esposa de Marcos? —preguntó Dasha. — Sí. — Soy Dasha, hermana de Marcos —intentó entrar, pero Lidia se interpuso. — Ya… ¿Y qué quieres aquí? Ahora mismo tengo cita con la esteticista, no tengo tiempo —dijo con desdén. — Solo veré a mi madre un minuto, no molesto. Aquí está don Procopio, que viene conmigo. ¿Dónde está mi madre? — Aquí ya no está. Marcos la llevó a una residencia. Como está muy mal, nadie puede cuidarla. Él trabaja y yo también tengo mis cosas. ¿Dónde? Ni idea, jamás fui. Ahora le llamo… Vale, toma, la dirección en este papel. Y, por favor, no vengáis más —añadió Lidia, rociando a Dasha con perfume caro. Dasha no escuchaba ya. Agarró el papel y bajó con don Procopio. — ¿Cómo es posible? ¿Por qué no me dijeron nada? Aunque no tengo casa propia… pero ¡hubiera hecho algo! —susurró Dasha. — Mujer, ¡te la habrías traído aquí! Ahí se ve la falta de decencia… —se indignó don Procopio. Fueron a la residencia. ¿Era posible que aquella anciana delgada y demacrada fuera Inés? Antes era alta, fuerte y resolutiva. Ahora yacía inerte en una cama. — ¡Mamá! ¡Soy yo, Dasha! Perdóname por no venir. ¡No tengo perdón! ¡Te llevaré a casa, con don Procopio! Hay gallinas y haré huevos fritos, leche de cabra… Te pondrás bien, ya verás. ¡Mamá, háblame! Consiguieron llevársela a casa, pues legalmente Dasha era hija suya, y don Procopio, antiguo combatiente, amenazó con llamar a un general amigo suyo si no se lo permitían (Marcos había pedido dejar a su madre indefinidamente en la residencia). A los diez días, Inés se puso en pie y se asomó a la ventana. En el corral, la cerda Tecla andaba despacio. El gallo cantaba. Todo olía a hierba, leche y rosquillas: Dasha las horneaba. Dasha entró, cojeando, a ver a su madre. Ella estaba de pie y lloraba. Torpemente Dasha se abrazó a ella, pidió perdón por tardar tanto en venir, y se excusaba por tener que vivir juntas, en vez de con Marcos y Cristina. Inés la abrazó en silencio. Como si viera de nuevo a aquella niña graciosa, no hija de su sangre, pero la única que estuvo a su lado al final de su vida, cuando ya no era útil ni querida para sus guapos y exitosos hijos. — Tranquila, Dasha. Ahora todo irá bien, hija —susurró Inés. — ¡Chicas! ¿Vamos a merendar? —entró don Procopio. Riendo, los tres fueron juntos a la mesa. Y empezaron una nueva vida…
Hace un año, su marido no volvió solo a casa. Lo acompañaba María, una niña de siete años.