Golpe de Respuesta —Katy, ¿quién es esa mujer? —susurró Igor, cuidando de que los demás pasajeros no escucharan. —¿Qué mujer? —Katy levantó la mirada del móvil; estaba enviando un mensaje a su amiga. —Esa de ahí… Mira, está sentada junto a la última ventana y no deja de mirarnos. Diría que nos observa descaradamente. Katy se incorporó un poco para ver a quien señalaba su marido, y su expresión cambió de inmediato. Luego, recuperó la compostura y se encogió de hombros como si no tuviese importancia: —No la conozco. —No mientas —Igor se irritó—. Te vi la cara que has puesto al verla. ¿Quién es? —Es mi madre —respondió Katy después de una pausa. Decidió que, por si acaso, era mejor decir la verdad. —¿Tu madre? —se sorprendió Igor—. Dijiste que no tenías madre. —Así es… —No entiendo —Igor escrutó el rostro de su esposa—. ¿Me lo puedes explicar? —Hablemos en casa… —¿Y no vas a ir a saludarla? ¿Vive aquí, en nuestra ciudad? —Por favor, Igor, te lo ruego, hablemos en casa —la voz de Katy era suplicante y sus ojos se humedecieron. —Está bien —dijo él, girándose hacia la ventanilla, ofendido. Katy no intentó consolarlo. Le alegraba que la dejasen tranquila un rato, aunque la paz fuera relativa. Imágenes de su infancia le asaltaron la mente… *** Katy no recordaba a su padre. Solo sabía por su madre que había sido un “hombre terrible”. Su madre siempre repetía que Katy tenía suerte: en su vida había alguien “maravilloso”. Ese era el padrastro. A ese sí lo recordaba Katy, desde los ocho años. Aunque jamás entendió qué tenía de maravilloso. Era rudo, desagradable y tacaño. “¿Por qué mamá le quiere tanto?”, pensaba la pequeña Katy, refugiada en un rincón para que don Pedro no la encontrara. No, nunca le puso la mano encima. Ni la humilló abiertamente. Pero tampoco la consideraba una persona. Nunca la llamaba por su nombre. La miraba como si no existiera. Si hablaba con su esposa sobre Katy, solía decir cosas como: —La niña no sabe comportarse… —Tu hija me molesta cuando quiero descansar… —Explícale que jugar con chicos aún no es apropiado. —¿Has visto su cuaderno? ¡Mira! ¡Me da vergüenza que viva en mi casa! “¿En su casa? ¿Como si no fuera el piso de mamá y mío?” pensaba Katy, ya en la adolescencia. Sabía bien que ese piso lo habían heredado tras la muerte de su abuela. Un día, cuando el padrastro repitió su frase por enésima vez, Katy no aguantó más y se le plantó: —¡No es que yo viva en su casa, sino usted en la nuestra! ¡Si no le gusta, márchese! ¡Nadie le retendrá! El padrastro se acercó con furia, como si fuera a callarle la boca, pero se contuvo en el último momento. Se giró hacia su esposa y murmuró entre dientes: —Haz lo que sea para que no la vea más. La madre de Katy agarró a la niña por la mano y la llevó a otra habitación, diciendo: —Por supuesto, cariño, será como tú desees… Ella lo miraba como a un dios. Obedecía sin rechistar, le servía sumisa y siempre intentaba agradarle. ¿Por qué? Katy jamás lo entendió. Había algo de lo que sí estaba convencida: si el padrastro lo pedía, su madre podría echarla de casa sin dudar. —¿Qué te crees? —le susurró su madre ese día—. ¡No vuelvas a hablar así con tu padre! —¡Él no es mi padre! —gritó Katy—. ¡Y nunca lo será! —¡Eso da igual! Él te alimenta, te viste, y tú… ¡Desagradecida! —¡Yo no pedí nacer! —lloró Katy—. ¡Ni que me criaran! ¡Mejor me hubieras dado a alguien para no sufrir! —¡Eso he querido! —espetó la madre—. ¡Nadie te quiso! Y tu padre se fue en cuanto naciste. ¡Me amargaste la vida! Al oír esto, Katy sintió tal desprecio que empujó a su madre y salió huyendo. Nadie intentó detenerla. Ni durante la semana que se fue, nadie se preocupó por su paradero. Tenía quince años. ¿Qué podía hacer? Nada. Las amigas la acogieron por turnos, pero no era solución. Al final, tuvo que regresar. Con manos temblorosas, Katy abrió la puerta… —¿Apareces? —fue lo único que dijo su madre—. Ve a tu cuarto y no salgas hasta que te llame… “Seguro lo ha convencido”, pensó Katy, colándose rápidamente en su habitación. Desde ese día, el padrastro dejó de mencionarla. Y actuaba como si no existiera. La madre, por supuesto, se sumó: no la llamaba a la mesa, no preguntaba nada, no intentaba dialogar. Katy sabía que ya habían tomado una decisión sobre ella. Seguramente, solo esperaban que terminara el instituto… No se equivocaba. Cuando obtuvo el título, su madre sugirió que ya era hora de buscarse la vida sola. —En cuanto cumplas los dieciocho, te vas por tu cuenta —dijo, y volvió al silencio. Katy lo pensó y decidió ir a la universidad. Así se quitaría de en medio y, además, podría pedir alojamiento. ¡Sería su casa por cinco años! Pero no entró en la pública: solo en la privada, pagando. Sabía que no le ayudarían, pero lo intentó: —Mamá, felicítame, soy universitaria. La madre la miró indiferente: —¿Y? —Es de pago… No es mucho… —Ni se te ocurra. ¡Ni un céntimo por tus caprichos! ¿No hemos gastado suficiente en ti? ¡Solo nos has dado disgustos y ahora encima debo pagar tu carrera? —Perdón. Tenías razón, no debía habértelo dicho. —Exacto, ni lo pienses. Busca piso. —Mamí, no tengo cómo pagar… —Pues búscate un trabajo. ¿Te crees que aquí vas a estar estudiando toda la vida? Te doy un mes… luego, fuera. —Un mes es poco, ¿puedo estar medio año más? —¿Medio año? No. Bastante he convencido a tu padre para aguantar tu presencia. Y queremos hacer obras: tu cuarto será nuestro dormitorio. Un mes, ni uno más… Katy alquiló piso. Piso por decir algo: una casita diminuta en la periferia, sin comodidades, con chimenea, barato, eso sí… Al marcharse, su madre le entregó una cuchara, un tenedor, un plato, una taza, un cuchillo y una cazuelita. Luego pensó y añadió una toalla y unas sábanas viejas. —Toma esto también —le dijo, sin mirarla, dándole una bolsa pequeña—. Suerte, hija. Ojalá madures y me comprendas. —Gracias, mamá. ¿Puedo venir por la ropa de invierno luego? —No lo demores, o a lo mejor ya no está… —¿La vas a tirar? —Yo no, pero tu padre puede no estar de acuerdo. —Entiendo —Katy abrazó a su madre—. Bueno, me voy… Así, a los dieciocho, Katy empezó su vida independiente. Con la bendición materna… El dinero que le dio la madre le alcanzó hasta la primera nómina. Katy exprimía cada céntimo. Ni transporte usaba: iba a la fábrica andando. Al cobrar, se sintió rica: compró arroz, pasta, aceite y un saco de patatas. Le faltaba champú, jabón, pasta de dientes… Cuando compró todo, guardó algo en un sobre bonito y decidió: aunque poco, ahorraría para una casa. Visitó a su madre un mes después (“quizá me eche de menos”), y para recoger ropa de abrigo: el verano acababa, hacía fresco. Un chico abrió la puerta. —¿Te has equivocado de piso? —dijo alegre. —Vengo a ver a mi madre —titubeó Katy. —Ah, ¿eres Katy? Pasa. Mamá no está, pero puedes esperarla. —La esperaré —Katy fue decidida a la cocina. El chico trató de conversar, pero Katy le miró de tal forma que se marchó enseguida. Vino su madre. No se alegró mucho. Al preguntar por el joven, respondió: —Es Oleg, el hijo de mi marido de su primer matrimonio. —¿Por qué vive aquí si querías hacer obras? —Solo está de paso. Buscará trabajo y se irá a un piso por su cuenta. —Entiendo —respondió Katy—. He recogido mis zapatos y la chaqueta… —Llévate todo. No quiero ir moviéndolo de sitio. —¿Cuándo te incomodó? Solo estuve fuera dos meses. —No seas lista —se enfadó la madre—. Si has venido, aprovecha para sacar tus cosas. —¿No preguntas cómo vivo? —No me interesa —la madre parecía no querer (o no poder) hablar en presencia de Oleg. —No me sorprendes —Katy se fue al pasillo… —¿Quieres ayuda con la bolsa? —apareció Oleg—. ¿Cómo vas a cargar con todo eso? —Me las arreglo —dijo Katy y salió. Dos meses después, volvió por su plumífero. Oleg abrió de nuevo. Esta vez la madre estaba. Katy preguntó: —¿Aún está aquí? La madre estalló: —¡No es asunto tuyo! ¡Estará el tiempo que quiera! ¡Es hijo de mi marido, ha venido a ver a su padre! —Y yo que viví con mi madre, y eso no me sirvió de nada. —¡No compares! ¡Esto es diferente! —¿Diferente por qué? —preguntó Katy—. ¿En qué se distingue? —¡No tengo por qué dar explicaciones! —gritó la madre—. ¡Esta casa es mía y decido quién vive aquí! —Ya veo. —¿Ves qué? —Que un extraño te importa más que tu propia hija —respondió Katy tranquila y seria, lo que acabó por enfurecer a su madre aún más. —¡No tengo ninguna hija! —exclamó—. ¡Oleg es hijo del hombre que amo! ¡Es más hijo para mí que tú! —Enhorabuena —Katy observó a su madre como si no la conociese—. Entonces, ya no tengo madre. Y se marchó. Creía que para siempre. Cuatro años sin noticias, sin llamadas, sin visitas. Hasta hoy, este encuentro… *** Mientras Katy revivía los recuerdos, la madre se levantó y se acercó. Igor también se levantó y le cedió el sitio. —Hola —Katy escuchó una voz familiar que había intentado olvidar. —Hola —respondió apenas. —¿Quién es él? —la madre señaló a Igor. —Mi marido. —Enhorabuena. —Gracias. —Nos van bien las cosas. Papá trabaja, Oleg ha encontrado novia. Muy maja, muy tranquila. La boda es en un mes. Imagínate, pronto seré abuela. ¡Qué ilusión! Vamos a preparar tu cuarto para el niño. Ya hemos comenzado la reforma. Los papeles de pared, los más caros, de dibujos infantiles. También queremos comprar una casita cerca de aquí. El niño necesita aire puro, vitaminas. Buscamos algo baratito, con río o lago cerca… Katy escuchaba todo aquello sin entender por qué esa mujer, que le era extraña, le contaba su vida. —¿Hace cuánto te casaste? —Hace dos años —respondió automáticamente Katy. —¿Pensáis en hijos? —Nuestro hijo tiene casi un año. —¿Entonces tengo un nieto? —¿Usted? —por fin Katy se giró hacia su madre. —Sí, yo. Eres mi hija. —Se equivoca, señora. Mi madre murió hace cuatro años… La madre palideció. Se levantó y salió sin decir palabras. Katy se volvió hacia la ventana: no sentía pena por… esa mujer. Igor miraba pensativo a las dos y escuchaba. De pronto entendió: eran dos perfectas desconocidas. Y decidió que no preguntaría a su esposa sobre el pasado. Por alguna razón, le daba miedo mirar hacia atrás…

GOLPE DE VUELTA

Carmen, ¿quién es esa mujer? preguntó Ignacio en voz baja, asegurándose de que ningún pasajero más escuchara.

¿Qué mujer? Carmen levantó la vista de su móvil donde escribía un mensaje a una amiga.

Aquella La que está junto a la última ventana. Lleva toda la tarde mirándonos, sin ningún pudor.

Carmen se incorporó ligeramente, buscó con la mirada y, al ver a la mujer que mencionaba su marido, el rostro le cambió en un instante. Pero enseguida se recompuso, fingiendo absoluta indiferencia y encogiéndose de hombros de forma convincente.

No sé quién es.

No mientas se molestó Ignacio, he visto perfectamente cómo te pusiste cuando la reconociste. ¿Quién es?

Es mi madre respondió Carmen tras una breve pausa. Decidió, en un segundo, que era mejor decir la verdad, por si acaso.

¿Tu madre? preguntó Ignacio, sorprendido Siempre dijiste que no tenías madre.

Y así es

No entiendo nada Ignacio escudriñaba el rostro de su esposa con curiosidad ¿Puede que quieras explicármelo?

Hablemos en casa por favor

¿Y no vas a ir siquiera a hablar con ella? ¿Vive aquí, en Madrid?

Ignacio, te lo pido, hablemos en casa el tono de Carmen se quebró, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Vale respondió el marido, girándose hacia la ventanilla, herido.

Carmen no intentó consolarlo. Agradeció, en realidad, que al menos la dejara tranquila un rato.

Paz si pudiera llamarse así. En su cabeza se agolpaban viejos recuerdos de infancia

***

A su padre, Carmen no lo recordaba. Solo sabía, por boca de su madre, que había sido «un desastre de persona».

Su madre siempre le repetía que era muy afortunada porque tenía a alguien especial en su vida: el padrastro.

Ese sí lo recordaba Carmen desde sus ocho años. Aunque no entendía qué tenía de especial.

Era tosco, malhumorado y avaro. ¿Por qué mamá le quiere tanto?, pensaba la pequeña Carmen, escondida en cualquier rincón de la casa para que don Pedro no la encontrase.

Nunca le había levantado la mano, ni la humillaba directamente.

Pero tampoco la trataba como persona. Jamás la llamaba por su nombre. La miraba como a una sombra insignificante.

Si hablaba con su mujer de Carmen, sonaban frases como:

La niña no sabe cómo comportarse

Tu hija no me deja descansar

Explícale que aún es temprano para salir con chicos.

¿Has visto su diario? Léelo. Me da vergüenza que viva en mi casa.

¡En su casa! Pero si este piso lo conseguimos mamá y yo tras fallecer la abuela pensaba Carmen, adolescente. Recordaba bien que sólo se mudaron allí después de la muerte de la abuela materna.

Un día, tras escuchar mil veces la misma frase, Carmen no aguantó más y se la soltó en la cara:

¡No es usted quien vive en esta casa, aquí vivimos mi madre y yo! Si no le gusta, ¡lárguese! Nadie le echará en falta.

El padrastro se levantó de golpe, como si fuera a taparle la boca, pero en el último momento se giró hacia su mujer y, apretando los dientes, sólo dijo:

Haz que no la vuelva a ver delante.

Su madre, obediente, le cogió la mano y la sacó del cuarto diciendo:

Claro, cariño. Será como tú quieras

Siempre miraba a don Pedro como a alguien inaccesible, servicial hasta el extremo, con un tono dulzón, poniendo todo de su parte para agradarle.

¿Por qué? Carmen nunca lo entendió.

De algo sí estaba segura: si él quería, su madre la echaría a la calle sin dudar.

¿Pero tú quién te crees que eres? ese día su madre le siseó a Carmen ¡No le hables así a TU padre!

¡No es mi padre! gritó ella ¡Ni lo será nunca!

¡Eso no importa! Él te da de comer, te viste, te cuida y tú… ¡Desagradecida!

¡Yo no pedí nacer! chilló Carmen entre lágrimas ¡Ni pedí que me criaras! ¡Habrías debido darme a alguien más, para no sufrir!

Pues sí, debí hacerlo lanzó la madre de vuelta ¡Pero a nadie le interesaste! Y tu padre salió corriendo cuando naciste. ¡Me arruinaste la vida!

Tras oír aquellas palabras, el odio de Carmen fue tan fuerte que empujó con todas sus fuerzas a su madre y salió corriendo del piso.

Nadie la siguió. Y durante toda aquella semana que estuvo fuera, nadie preguntó dónde estaba ni qué le pasaba.

Entonces tenía quince años

¿Qué podía hacer? Nada.

Amigas la acogieron a ratos, pero eso no solucionaba el problema. Tuvo que volver.

Con manos temblorosas, Carmen abrió la puerta del piso

¿Ahora sí apareces? soltó su madre Métete en tu cuarto y no asomes la nariz hasta que yo lo diga

“Seguro que ella le convenció”, pensó Carmen y se metió deprisa en su habitación.

Desde ese día, don Pedro nunca volvió a hablarle. Se comportaba como si no existiera

Su madre, por supuesto, le seguía el juego: no la llamaba a la mesa, no preguntaba por su vida ni intentaba hablar con ella.

Carmen lo entendía bien: ya tenían decidido qué hacer con ella. Seguramente solo esperaban que terminara el bachillerato

Y acertó. En cuanto recogió el título, su madre le insinuó que ya era hora de emanciparse.

En cuanto cumplas los dieciocho, te buscarás la vida sola dijo, desapareciendo después tras su muro de silencio.

Carmen lo pensó bien. Decidió intentar entrar en la universidad. Al menos así dejaría de molestar en casa, y además, siendo forastera, le darían plaza en una residencia. Cinco años asegurados de vivienda

Pero no logró sacar plaza gratuita. Fue admitida, sí, pero el pago era alto. Sabía que nadie en casa soltaría un euro, aun así lo comunicó:

Mamá, felicítame, soy universitaria.

Su madre la miró sin emoción:

¿Y?

Bueno, hay que pagar la matrícula no es mucho…

Ni se te ocurra. ¡No verás ni un céntimo para tus chiquilladas! ¿No te invertimos ya lo suficiente entre tu padre y yo? ¡Solo nos diste disgustos! ¿Y ahora encima debo pagar tus estudios?

Lo siento. Tenías razón, no debí decirte nada.

Justamente: no debiste. Busca piso.

Pero mamá, no tengo con qué pagarlo

Pues a trabajar. Venga, levanta el ánimo y ponte a buscar empleo. Te doy un mes Y luego, fuera.

¿Un mes solo? Carmen intentó enternecerla ¿No puedo quedarme medio año al menos?

¿Seis meses? ¡Ni pensarlo! Bastante convencí a Pedro para que aguantara tu presencia. Además, vamos a reformar toda la casa. Queremos instalar nuestra habitación allí. Solo tienes un mes

Carmen acabó alquilando lo que apenas podía considerarse un piso: un cuarto cutre, en un barrio perdido, sin comodidades. Solo una estufa, pero era barato

Cuando se fue, su madre le entregó un tenedor, una cuchara, un plato, una taza, un cuchillo y una cacerolita. Dudó y añadió: una toalla y un juego viejo de sábanas.

Toma dijo sin mirarla, pasándole una bolsa pequeña suerte, hija. Espero que madures y me entiendas algún día.

Gracias, mamá respondió Carmen ¿Puedo venir otro día a por la ropa de invierno?

Pero no retrases mucho, que igual ni la encuentras

¿La tirarás?

Yo no, pero eso no le gustaría a Pedro. Ya sabes

Entiendo Carmen abrazó a su madre bueno, me voy

Así, con dieciocho años, Carmen salió al mundo por sí sola.

Con la bendición maternal

El dinero que recibió le alcanzó hasta el primer sueldo. Carmen ahorraba cada euro, renunciando al metro y yendo a la fábrica caminando.

Cuando le dieron el pago, se sintió millonaria. Compró arroz y pasta para semanas, una botella de aceite y un saco de patatas.

Quedaba comprar champú, jabón, pasta de dientes

Tras hacer la compra, revisó lo que le quedaba y decidió guardar un poco en un sobre bonito. Por pequeña que fuera, era su fondo para el futuro.

Un mes después fue a ver a su madre, convencida aún de que recibiría alguna muestra de alegría, y para recoger las prendas de abrigo. El verano había terminado, y Madrid se volvía frío.

Le abrió la puerta un chico.

¿Te has equivocado de piso? bromeó él.

Vengo a ver a mi madre balbuceó Carmen.

Ah, ¿eres Carmen? Pasa. Ella no está, pero puedes esperarla.

Claro Carmen fue directa a la cocina.

El joven intentó conversar, pero Carmen lo fulminó con la mirada y él se marchó discretamente.

Llegó la madre, sin muestras de felicidad. Cuando Carmen preguntó quién era aquel joven, respondió:

Es Óscar. Hijo de Pedro, de su primer matrimonio.

¿Y por qué vive aquí? Decías que ibas a hacer obras.

Solo está de paso. Mirando el barrio, buscará trabajo y se mudará.

Entiendo, Carmen recogió sus zapatos y chaqueta

Llévate todo. No dejes nada aquí. Me llevas meses moviendo tus cosas de un lado al otro.

¿Cuándo te hartaste, mamá? Apenas llevo dos meses fuera.

No cuestiones se enfadó la madre ven y llévate todo.

¿No vas a preguntar cómo estoy?

No me interesa aprovechaba para evitar conversación delante de Óscar.

No me sorprendes, Carmen fue directa al recibidor

¿Te ayudo con esa bolsa? apareció Óscar va a pesar

Me las apaño dijo Carmen al marcharse

Volvió pasado un tiempo, por el abrigo de invierno. De nuevo le abrió Óscar. Ahora su madre estaba en casa. Al preguntar:

¿Aún vive aquí? su madre estalló:

¡Eso no te importa! Podrá estar aquí todo lo que quiera. Vino a ver a su padre.

Yo también vivía aquí contigo aunque no me sirvió de nada.

¡No compares! ¡No es igual!

¿Por qué no es igual? preguntó Carmen firme ¿Qué diferencia hay?

No tengo que dar explicaciones gritó su madre este es mi hogar y decido quien vive o no.

Entiendo.

¿Qué entiendes ahora?

Que un extraño te importa más que tu propia hija Carmen mantuvo la calma, lo que terminó de sacar de quicio a su madre.

¡Yo ya no tengo hija! gritó ella Y Óscar es hijo del hombre que amo. Es más que un hijo para mí.

Felicidades Carmen la miró como si ya fuera una extraña absoluta En ese caso, yo tampoco vuelvo a tener madre.

Se marchó.

Convencida de que para siempre.

Cuatro años sin llamar, sin aparecer.

Y ahora este encuentro

***

Mientras Carmen recordaba, su madre se acercó a su asiento.

Ignacio se levantó, dejándole sitio.

Hola Carmen escuchó aquel timbre que tanto intentó olvidar.

Buenas apenas logró responder.

¿Quién es? preguntó la madre, mirando a Ignacio.

Mi marido.

Enhorabuena.

Gracias.

Aquí todo nos va bien. Pedro sigue trabajando, Óscar está enamorado. La chica es un encanto, tranquila. Se casan en un mes. En fin, pronto seré abuela. ¡Qué felicidad! Vamos a dar tu cuarto al bebé, ya hemos empezado obras. Empapelado de lo mejor, con dibujos infantiles. Además, Pedro y yo compraremos un chalet cerca, para que el niño respire aire puro y coma sano. Estamos buscando algo barato, que tenga casa para vivir y río cerca, o lago

Todo esto lo contaba una mujer ajena, y Carmen no alcanzaba a comprender por qué necesitaba decirle todo aquello.

¿Hace mucho que te casaste?

Dos años respondió automáticamente Carmen.

¿Tienes hijos?

Un niño, casi un año.

¿Entonces tengo nieto?

¿Tiene usted? Carmen finalmente se giró hacia su madre.

Yo, sí por un instante se turbó la madre eres mi hija.

Creo que se equivoca, señora. Mi madre falleció hace cuatro años

La madre palideció. Se levantó y salió hacia la puerta.

Carmen miró hacia la ventana, sin sentir pena por aquella mujer.

Ignacio observó a ambas durante toda la conversación, atento.

De golpe comprendió: eran totalmente extrañas.

Y decidió no preguntar nunca más sobre el pasado de su esposa. Le daba miedo asomarse a ese abismo.

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Golpe de Respuesta —Katy, ¿quién es esa mujer? —susurró Igor, cuidando de que los demás pasajeros no escucharan. —¿Qué mujer? —Katy levantó la mirada del móvil; estaba enviando un mensaje a su amiga. —Esa de ahí… Mira, está sentada junto a la última ventana y no deja de mirarnos. Diría que nos observa descaradamente. Katy se incorporó un poco para ver a quien señalaba su marido, y su expresión cambió de inmediato. Luego, recuperó la compostura y se encogió de hombros como si no tuviese importancia: —No la conozco. —No mientas —Igor se irritó—. Te vi la cara que has puesto al verla. ¿Quién es? —Es mi madre —respondió Katy después de una pausa. Decidió que, por si acaso, era mejor decir la verdad. —¿Tu madre? —se sorprendió Igor—. Dijiste que no tenías madre. —Así es… —No entiendo —Igor escrutó el rostro de su esposa—. ¿Me lo puedes explicar? —Hablemos en casa… —¿Y no vas a ir a saludarla? ¿Vive aquí, en nuestra ciudad? —Por favor, Igor, te lo ruego, hablemos en casa —la voz de Katy era suplicante y sus ojos se humedecieron. —Está bien —dijo él, girándose hacia la ventanilla, ofendido. Katy no intentó consolarlo. Le alegraba que la dejasen tranquila un rato, aunque la paz fuera relativa. Imágenes de su infancia le asaltaron la mente… *** Katy no recordaba a su padre. Solo sabía por su madre que había sido un “hombre terrible”. Su madre siempre repetía que Katy tenía suerte: en su vida había alguien “maravilloso”. Ese era el padrastro. A ese sí lo recordaba Katy, desde los ocho años. Aunque jamás entendió qué tenía de maravilloso. Era rudo, desagradable y tacaño. “¿Por qué mamá le quiere tanto?”, pensaba la pequeña Katy, refugiada en un rincón para que don Pedro no la encontrara. No, nunca le puso la mano encima. Ni la humilló abiertamente. Pero tampoco la consideraba una persona. Nunca la llamaba por su nombre. La miraba como si no existiera. Si hablaba con su esposa sobre Katy, solía decir cosas como: —La niña no sabe comportarse… —Tu hija me molesta cuando quiero descansar… —Explícale que jugar con chicos aún no es apropiado. —¿Has visto su cuaderno? ¡Mira! ¡Me da vergüenza que viva en mi casa! “¿En su casa? ¿Como si no fuera el piso de mamá y mío?” pensaba Katy, ya en la adolescencia. Sabía bien que ese piso lo habían heredado tras la muerte de su abuela. Un día, cuando el padrastro repitió su frase por enésima vez, Katy no aguantó más y se le plantó: —¡No es que yo viva en su casa, sino usted en la nuestra! ¡Si no le gusta, márchese! ¡Nadie le retendrá! El padrastro se acercó con furia, como si fuera a callarle la boca, pero se contuvo en el último momento. Se giró hacia su esposa y murmuró entre dientes: —Haz lo que sea para que no la vea más. La madre de Katy agarró a la niña por la mano y la llevó a otra habitación, diciendo: —Por supuesto, cariño, será como tú desees… Ella lo miraba como a un dios. Obedecía sin rechistar, le servía sumisa y siempre intentaba agradarle. ¿Por qué? Katy jamás lo entendió. Había algo de lo que sí estaba convencida: si el padrastro lo pedía, su madre podría echarla de casa sin dudar. —¿Qué te crees? —le susurró su madre ese día—. ¡No vuelvas a hablar así con tu padre! —¡Él no es mi padre! —gritó Katy—. ¡Y nunca lo será! —¡Eso da igual! Él te alimenta, te viste, y tú… ¡Desagradecida! —¡Yo no pedí nacer! —lloró Katy—. ¡Ni que me criaran! ¡Mejor me hubieras dado a alguien para no sufrir! —¡Eso he querido! —espetó la madre—. ¡Nadie te quiso! Y tu padre se fue en cuanto naciste. ¡Me amargaste la vida! Al oír esto, Katy sintió tal desprecio que empujó a su madre y salió huyendo. Nadie intentó detenerla. Ni durante la semana que se fue, nadie se preocupó por su paradero. Tenía quince años. ¿Qué podía hacer? Nada. Las amigas la acogieron por turnos, pero no era solución. Al final, tuvo que regresar. Con manos temblorosas, Katy abrió la puerta… —¿Apareces? —fue lo único que dijo su madre—. Ve a tu cuarto y no salgas hasta que te llame… “Seguro lo ha convencido”, pensó Katy, colándose rápidamente en su habitación. Desde ese día, el padrastro dejó de mencionarla. Y actuaba como si no existiera. La madre, por supuesto, se sumó: no la llamaba a la mesa, no preguntaba nada, no intentaba dialogar. Katy sabía que ya habían tomado una decisión sobre ella. Seguramente, solo esperaban que terminara el instituto… No se equivocaba. Cuando obtuvo el título, su madre sugirió que ya era hora de buscarse la vida sola. —En cuanto cumplas los dieciocho, te vas por tu cuenta —dijo, y volvió al silencio. Katy lo pensó y decidió ir a la universidad. Así se quitaría de en medio y, además, podría pedir alojamiento. ¡Sería su casa por cinco años! Pero no entró en la pública: solo en la privada, pagando. Sabía que no le ayudarían, pero lo intentó: —Mamá, felicítame, soy universitaria. La madre la miró indiferente: —¿Y? —Es de pago… No es mucho… —Ni se te ocurra. ¡Ni un céntimo por tus caprichos! ¿No hemos gastado suficiente en ti? ¡Solo nos has dado disgustos y ahora encima debo pagar tu carrera? —Perdón. Tenías razón, no debía habértelo dicho. —Exacto, ni lo pienses. Busca piso. —Mamí, no tengo cómo pagar… —Pues búscate un trabajo. ¿Te crees que aquí vas a estar estudiando toda la vida? Te doy un mes… luego, fuera. —Un mes es poco, ¿puedo estar medio año más? —¿Medio año? No. Bastante he convencido a tu padre para aguantar tu presencia. Y queremos hacer obras: tu cuarto será nuestro dormitorio. Un mes, ni uno más… Katy alquiló piso. Piso por decir algo: una casita diminuta en la periferia, sin comodidades, con chimenea, barato, eso sí… Al marcharse, su madre le entregó una cuchara, un tenedor, un plato, una taza, un cuchillo y una cazuelita. Luego pensó y añadió una toalla y unas sábanas viejas. —Toma esto también —le dijo, sin mirarla, dándole una bolsa pequeña—. Suerte, hija. Ojalá madures y me comprendas. —Gracias, mamá. ¿Puedo venir por la ropa de invierno luego? —No lo demores, o a lo mejor ya no está… —¿La vas a tirar? —Yo no, pero tu padre puede no estar de acuerdo. —Entiendo —Katy abrazó a su madre—. Bueno, me voy… Así, a los dieciocho, Katy empezó su vida independiente. Con la bendición materna… El dinero que le dio la madre le alcanzó hasta la primera nómina. Katy exprimía cada céntimo. Ni transporte usaba: iba a la fábrica andando. Al cobrar, se sintió rica: compró arroz, pasta, aceite y un saco de patatas. Le faltaba champú, jabón, pasta de dientes… Cuando compró todo, guardó algo en un sobre bonito y decidió: aunque poco, ahorraría para una casa. Visitó a su madre un mes después (“quizá me eche de menos”), y para recoger ropa de abrigo: el verano acababa, hacía fresco. Un chico abrió la puerta. —¿Te has equivocado de piso? —dijo alegre. —Vengo a ver a mi madre —titubeó Katy. —Ah, ¿eres Katy? Pasa. Mamá no está, pero puedes esperarla. —La esperaré —Katy fue decidida a la cocina. El chico trató de conversar, pero Katy le miró de tal forma que se marchó enseguida. Vino su madre. No se alegró mucho. Al preguntar por el joven, respondió: —Es Oleg, el hijo de mi marido de su primer matrimonio. —¿Por qué vive aquí si querías hacer obras? —Solo está de paso. Buscará trabajo y se irá a un piso por su cuenta. —Entiendo —respondió Katy—. He recogido mis zapatos y la chaqueta… —Llévate todo. No quiero ir moviéndolo de sitio. —¿Cuándo te incomodó? Solo estuve fuera dos meses. —No seas lista —se enfadó la madre—. Si has venido, aprovecha para sacar tus cosas. —¿No preguntas cómo vivo? —No me interesa —la madre parecía no querer (o no poder) hablar en presencia de Oleg. —No me sorprendes —Katy se fue al pasillo… —¿Quieres ayuda con la bolsa? —apareció Oleg—. ¿Cómo vas a cargar con todo eso? —Me las arreglo —dijo Katy y salió. Dos meses después, volvió por su plumífero. Oleg abrió de nuevo. Esta vez la madre estaba. Katy preguntó: —¿Aún está aquí? La madre estalló: —¡No es asunto tuyo! ¡Estará el tiempo que quiera! ¡Es hijo de mi marido, ha venido a ver a su padre! —Y yo que viví con mi madre, y eso no me sirvió de nada. —¡No compares! ¡Esto es diferente! —¿Diferente por qué? —preguntó Katy—. ¿En qué se distingue? —¡No tengo por qué dar explicaciones! —gritó la madre—. ¡Esta casa es mía y decido quién vive aquí! —Ya veo. —¿Ves qué? —Que un extraño te importa más que tu propia hija —respondió Katy tranquila y seria, lo que acabó por enfurecer a su madre aún más. —¡No tengo ninguna hija! —exclamó—. ¡Oleg es hijo del hombre que amo! ¡Es más hijo para mí que tú! —Enhorabuena —Katy observó a su madre como si no la conociese—. Entonces, ya no tengo madre. Y se marchó. Creía que para siempre. Cuatro años sin noticias, sin llamadas, sin visitas. Hasta hoy, este encuentro… *** Mientras Katy revivía los recuerdos, la madre se levantó y se acercó. Igor también se levantó y le cedió el sitio. —Hola —Katy escuchó una voz familiar que había intentado olvidar. —Hola —respondió apenas. —¿Quién es él? —la madre señaló a Igor. —Mi marido. —Enhorabuena. —Gracias. —Nos van bien las cosas. Papá trabaja, Oleg ha encontrado novia. Muy maja, muy tranquila. La boda es en un mes. Imagínate, pronto seré abuela. ¡Qué ilusión! Vamos a preparar tu cuarto para el niño. Ya hemos comenzado la reforma. Los papeles de pared, los más caros, de dibujos infantiles. También queremos comprar una casita cerca de aquí. El niño necesita aire puro, vitaminas. Buscamos algo baratito, con río o lago cerca… Katy escuchaba todo aquello sin entender por qué esa mujer, que le era extraña, le contaba su vida. —¿Hace cuánto te casaste? —Hace dos años —respondió automáticamente Katy. —¿Pensáis en hijos? —Nuestro hijo tiene casi un año. —¿Entonces tengo un nieto? —¿Usted? —por fin Katy se giró hacia su madre. —Sí, yo. Eres mi hija. —Se equivoca, señora. Mi madre murió hace cuatro años… La madre palideció. Se levantó y salió sin decir palabras. Katy se volvió hacia la ventana: no sentía pena por… esa mujer. Igor miraba pensativo a las dos y escuchaba. De pronto entendió: eran dos perfectas desconocidas. Y decidió que no preguntaría a su esposa sobre el pasado. Por alguna razón, le daba miedo mirar hacia atrás…
Normas para el verano: Cuando el tren de Cercanías frenó junto al andén perdido entre las viñas, Carmen ya aguardaba al borde, abrazada a su bolsa de tela. Dentro resonaban manzanas, un tarro de mermelada de cereza y un táper de empanadillas. Todo innecesario, claro — los nietos llegaban de Madrid saciados, con mochilas llenas y bolsas del súper— pero las manos, por costumbre, siempre buscaban qué preparar. El convoy se sacudió y de golpe, por la puerta, saltaron los tres: el larguirucho y delgadísimo Dani, su hermana pequeña, Lidia, y una mochila tan grande que parecía tener vida propia. —¡Yaya! —Lidia fue quien la vio primero, y agitó los brazos hasta tintinear sus pulseras. Carmen notó un calor en el pecho, posó la bolsa para no perder el equilibrio y abrió los brazos. —Ay, cómo… —iba a decirles «crecido», pero se mordió la lengua. Ellos ya lo sabían de sobra. Dani tardó un poco más. La abrazó con un brazo y sujetó la mochila con el otro. —Hola, abuela. El chico le sacaba ya casi una cabeza. Tenía barba incipiente, muñecas huesudas, auriculares asomando bajo la camiseta. Carmen, sin poder evitarlo, buscó en él al niño que correteaba por los patios de Toledo con katiuskas, pero ya todo eran detalles ajenos, adultos. —Abuelo os espera ahí abajo —dijo ella—. Venga, que se enfrían las croquetas. —Un momento, que hago una foto —Lidia ya tenía el móvil fuera. Disparó a la estación, el vagón, la abuela—. Para mis stories. La palabra stories le pasó zumbando, como un vencejo. Recordaba haber preguntado en enero a su hija qué era eso, pero la explicación se le evaporó. Lo importante: su nieta sonreía. Bajaron por los escalones de cemento. Al lado del viejo Renault 4 esperaba Jesús. Subió a su encuentro, palmeó a Dani, abrazó a Lidia y asintió a su mujer. Era más seco, pero Carmen sabía que estaba igual de contento. —¿Qué, vacaciones? —preguntó. —Vacaciones —repitió Dani, lanzando la mochila al maletero. De rumbo al pueblo, los nietos callaron. Fuera pasaban casas bajas, huertas, alguna cabra fugaz. Lidia deslizaba fotos en el teléfono. Dani se reía mirando la pantalla. Carmen los observaba de reojo, atenta a sus dedos siempre bailando sobre los rectángulos negros. No pasa nada, se consoló. Lo esencial es que en casa se siga lo nuestro. Luego, que hagan… lo que ahora se lleva. La casa les recibió con olor a croquetas y a perejil. En la galería, una mesa de madera vieja cubierta con hule de limones. En la cocina, la sartén crepitaba y en el horno esperaba la empanada de espinacas. —¡Vaya festín! —dijo Dani asomándose. —No es festín, es la comida —respondió Carmen automáticamente y se paró. —Venga, a lavarse. En el fregadero. Lidia, móvil en ristre, sacó fotos a los platos, a la ventana, a la gata Misieta, que husmeaba desconfiada bajo la silla. —En la mesa no usamos móviles —dijo Carmen mirando al plato. Dani alzó la vista. —¿Perdón? —Tal cual —intervino Jesús—. Coméis, después lo que queráis. Lidia dudó pero dejó el móvil boca abajo. —Solo para la foto. —Ya tienes tu foto —sonrió Carmen—. Ahora, a comer. Después ya subirás lo que quieras. «Subir» le salió raro; no estaba segura de si era la palabra. Pero eso quedaba en segundo plano. Dani, reacio, dejó también el móvil, como si le obligaran a quitarse el casco en una nave espacial. —Veréis —Carmen sirvió el agua de limón— aquí hay horario. Comida a la una, cena a las ocho y media. Por la mañana, no se duerme más de las diez. El resto, id a vuestro aire. —Si quiero ver pelis por la noche… —intentó Dani. —Por la noche se duerme —atajó Jesús sin mirar. Carmen notó la cuerda fina de tensión. Añadió deprisa: —Esto no es el ejército. Pero si dormís hasta el mediodía, aquí se os escapa el verano. Hay río, monte, bicis. —Yo quiero río —dijo Lidia, rápida— y bici y sesión de fotos en el jardín. La palabra fotosonó muy suelta, ya parte del vocabulario. —Perfecto —Carmen sonrió—. Primero un poquito de ayuda. Hay que despejar las patatas y regar las fresas. Aquí no se viene de señoritos. —Yaya, que son vacaciones… —protestó Dani, pero Jesús le miró serio. —Vacaciones, no balneario. Dani resopló pero calló. Lidia meneó el pie bajo la mesa, golpeando el deportivo del hermano, y ambos intercambiaron una sonrisa fugaz. Después, cada uno se fue a su cuarto. Carmen entró a verles media hora después. Lidia ya tenía camisetas en la silla, neceser, cargadores y frascos en la ventana. Dani estaba tumbado, móvil en mano. —Os cambié las sábanas. Si hay pegas, avisad. —Todo ok, abuela —sin apartar los ojos del móvil. Ese «ok» le pinchó. Pero asintió. —Por la noche hacemos barbacoa. Descansad y, cuando podáis, salimos un rato al huerto. —Ajá —contestó Dani. Carmen salió, cerró la puerta y se paró en el pasillo. Oía la risa baja de Lidia, videocall con alguien. Se sintió vieja, pero no por la espalda, sino porque las vidas de sus nietos iban en otra capa, invisible, imposible de alcanzar. Bueno, ya aprenderemos. Lo importante: no apretar. Al caer el sol estaban juntos en el huerto. La tierra tibia, la hierba raspaba bajo los pies. Jesús señalaba los brotes. —Esto se arranca, esto se deja —explicaba a Lidia. —¿Y si meto la pata? —No pasa nada —terció Carmen—. No somos cooperativa, sobreviviremos. Dani se apoyaba en la azada, mirando de reojo la casa y la luz azul del monitor encendido. —¿No perderás el móvil? —preguntó Jesús. —Lo dejé en la habitación —murmuró Dani. Carmen sintió más alegría de la debida. Los primeros días funcionaron en relativo equilibrio. Despertador, protestas, pero antes de las diez desayunaban juntos. Ayudaban algo, luego Lidia hacía fotos a la gata y las fresas, Dani leía, escuchaba música o salía en bici. Las normas sobrevivían en los pequeños gestos. Móviles fuera de la mesa. De noche, silencio. Solo una vez, a medianoche, Carmen oyó risillas leves. Dudó: ¿ir o no ir? Las risas seguirían, luego un audio de WhatsApp. Se levantó, bata encima, y tocó. —Dani, ¿no duermes? Las risas callaron. —Ya voy… Él abrió la puerta, cegado por la luz del pasillo, los ojos rojos, el móvil en la mano. —¿No duermes? —Veía una peli. —¿A la una? —Es que habíamos quedado para verla juntos y comentar… Ella imaginó a adolescentes en otras ciudades, chateando de madrugada sobre una película. —Mira, no es por la peli. Pero si no duermes, mañana no levantas cabeza y no ayudas nada. ¿Pactamos? Hasta las doce, vale. Después, a dormir. Él frunció la cara. —Pero es que… —Ellos están en Madrid, tú aquí. Aquí mandamos nosotros. Tampoco te pido dormir a las nueve. Se rascó la cabeza. —Vale. Hasta las doce. —Y la puerta, ciérrala, que la luz da guerra. Y sonido bajito. Y de vuelta en la cama, pensó si no estaría siendo demasiado blanda. Otros tiempos. Los enfados surgían de detalles. Un día de bochorno, Carmen pidió ayuda a Dani para llevar maderas al cobertizo. —Voy ahora —sin alzar la vista del móvil. Diez minutos: él seguía en la galería, maderas intactas. —Dani, el abuelo ya va cargando solo… —Termino y voy —más áspero. —¿Qué haces ahí, que si no escribes tú el mundo para? Levantó la cabeza. —Es importante. Es un torneo. —¿Torneo? ¿Ahora? —Online. Si me voy, perdemos. Iba a soltarle un sermón sobre prioridades, pero le vio las manos cerrarse tensas. —¿Cuánto falta? —Veinte minutos. —Vale. En veinte, bajas a ayudar. ¿Ok? Él asintió, volvió al móvil. Veinte minutos después, ahí estaba, poniéndose las deportivas. —Ya voy —sin esperarla. Estos pequeños pactos la hacían creer que aún algo se podía negociar. Hasta que un día no funcionó. Mediaba julio. Tocaba ir al mercado por plantas y víveres. Jesús llevaba repitiendo que necesitaba ayuda: mucho peso y no quiere dejar el coche solo. —Dani, mañana vienes con el abuelo. Lidia y yo haremos mermelada. —No puedo —saltó él. —¿Por? —Quedé para ir al centro. Hay festival, música, food trucks…—miró a ver si Lidia le daba cuartel, pero ella encogió los hombros—. Os lo dije. Carmen no lo recordaba. O sí, pero de pasada. —¿A qué centro? —Al pueblo, en Cercanías. Al lado de la estación. Esa expresión no convenció a Jesús. —¿Sabes el trayecto? —Allí estarán todos. Y tengo dieciséis. Tener dieciséis sonó a pase libre para lo que quisiera. —Acordé con tu padre que sin avisar, solo no vas —zanjó Jesús. —Voy con amigos. —Por eso mismo. La tensión se mascaba. Lidia acabó de comer y apartó el plato. —Vamos a ver —se metió Carmen—. ¿Y si vais al mercado hoy y mañana él va con sus amigos? —El mercado es mañana —cortó Jesús—. Y me hace falta un hombre. —Voy yo —dijo Lidia. —Tú te quedas con Carmen. —Puedo sola —habló Carmen—. La mermelada espera. Lidia puede ir contigo. Jesús la miró, perplejo y quizá agradecido, pero terco. —¿Y este, qué, libre? —Yo… —balbuceó Dani. —¿No ves que no estamos en Madrid? —la voz de Jesús se heló—. Aquí no es tan simple. Respondemos por ti. —Siempre respondéis vosotros. ¿Puedo una vez decidir yo? El silencio se hizo largo. Carmen sintió un pellizco. Quiso decir que le entendía, que también soñó con libertad, pero solo oyó su voz, dura y ajena: —Mientras estés aquí, se viven nuestras normas. Él arrastró la silla. —Vale. No voy. Se marchó de un portazo. Arriba cayó pesadamente algo: mochila, o él mismo. La cena fue tensa. Lidia intentó animar, habló de una youtuber, forzó risas sin éxito. Jesús callaba mirando la mesa. Carmen fregaba, sonando en la cabeza la frase «nuestras normas» como vaso en cristal. De madrugada, despertó la extraña calma. Normalmente la casa vivía: crujidos, ratones, algún coche. Ahora, nada. Miró la puerta: ni luz bajo la rendija de Dani. Quizá así descanse, pensó. Por la mañana, Lidia medio dormía en la cocina, Jesús leía el diario. —¿Dani? —Dormirá —dijo Lidia. Carmen subió, llamó. Nada. Abrió: cama mal hecha, como siempre, pero vacía. Su sudadera en la silla, cargador en la mesa, sin móvil. El pánico la invadió. —No está. —¿Cómo? —Cama vacía, móvil fuera. —Igual está en la calle —dijo Lidia. Buscaron por patio y huerto. Bici en su sitio. —El Cercanías sale a las ocho cuarenta —murmuró Jesús. Carmen notó frío en las manos. —Igual se ha ido con amigos… —¿Qué amigos? Aquí no conoce a nadie. Lidia tecleó en su móvil. —Le escribo. Tecleó. Esperó. Levantó la cabeza, seria. —No lo lee. Solo un check. Lo de «solo un check» poco le decía a Carmen, pero entendió que no era buena señal. —¿Qué hacemos? —preguntó a Jesús. Él dudó. —Voy a la estación. Pregunto. —¿Es necesario? —se atrevió ella—. A lo mejor… —Salió sin avisar. Esto ya no es una anécdota. Se vistió, cogió las llaves. —Tú quédate. Si llama Lidia, me avisas. Cuando el coche arrancó, Carmen se quedó en la galería, el trapo estrujado entre los dedos. Una película de imágenes: Dani esperando en el andén, subiendo al tren, tropezando, perdiendo el móvil… Se frenó. Tranquila. Ya no es un crío, ni tonto. Pasó una hora. Luego otra. Lidia revisó el móvil. —Nada. Ni aparece online. A las once volvió Jesús, derrotado. —No lo ha visto nadie. Ni en el apeadero, ni cerca… No siguió. Carmen comprendió. —Quizá ha ido al festival —musitó—. Quizá de verdad. —¿Sin dinero? —rezongó Jesús. —Tiene tarjeta —saltó Lidia—. Y el móvil vale para pagar. Se miraron. Para ellos, el dinero era física; para los chavales, digital. —¿Llamamos a su padre? —susurró Carmen. —Llama. Tarde o temprano lo sabrá. La frase se le convirtió en losa. Su hijo primero se calló, luego soltó una palabrota, después preguntó por qué no vigilaron. Carmen sintió solo cansancio. —Yaya, no se ha perdido. De verdad —susurró Lidia—. Se ha enfadado. —Enfadado se va, como si fuéramos enemigos… El día pasó eterno. Cada uno hacía cosas sin ganas: Lidia la ayudó a preparar mermelada, Jesús perdió el tiempo en el cobertizo. El silencio del móvil les atenazaba. Al final de la tarde, oyó ruido en la galería. Carmen se sobresaltó. Se oyeron las verjas y, en el dintel, apareció Dani. La misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila, cara cansada. —Hola —muy bajo. Carmen se levantó. Dudó un segundo en abrazarlo, pero no lo hizo. —¿De dónde vienes? —Del festival. En el centro. —¿Solo? —Con amigos del pueblo de al lado. Quedamos. Jesús apareció, limpiándose la mano. —¿Te das cuenta, chaval, de lo que… —la voz se le quebró. —Os escribí —se apresuró Dani—. Pero me quedé sin cobertura. Perdí la batería y no llevaba el cargador. Lidia estaba allí, móvil apretado. —Te escribí y siempre un solo check —No era aposta. Solo pensé… Si lo pedía, no me ibais a dejar. Y… Se calló. —Y decidiste no preguntar —concluyó Jesús. El silencio era ahora cansado, no solo tenso. —Entra, come algo —indicó Carmen. Él obedeció, devoró el plato de sopa, pan, zumo. Murmuró: —En los food trucks, todo carísimo. Sonó raro lo de «vuestros» food trucks, pero Carmen guardó silencio. Comido el plato, salieron juntos a la galería. El sol caía. —Escucha —dijo Jesús sentándose—, tú quieres libertad, lo hemos captado. Pero seguimos siendo responsables. Mientras estés aquí, queremos saber dónde vas, y no la víspera. Siempre avisar, planear el regreso, quién va contigo. Si se acuerda, vas. Si no, no. Pero largarte así, jamás. —¿Y si no me dejáis? —Te enfadas, te fastidias, y te vienes con nosotros —intervino Carmen—. Y nosotros nos fastidiamos, pero te llevamos al mercado. Él la miró, con mezcla de rabia y rendición. —No quería preocuparos. Solo quería decidir yo. —Decidir es eso. Pero parte es saber qué haces con los que se preocupan por ti. Se sorprendió de cómo sonaba. No sermón, sino hecho. Él suspiró. —Vale. Lo entiendo. —Otra cosa —añadió Jesús—. Si el móvil muere, busca dónde cargarlo, lo que sea: una cafetería, la estación. Y llamas. Aunque vayamos a reñirte. —Vale. Se sentaron un rato. Algún perro ladró a lo lejos, la gata maulló en la huerta. —¿Y qué tal el festival? —preguntó Lidia. —Normal. La música así-así, la comida bien. —¿Fotos tienes? —Se apagó el móvil. —Pues menuda gracia. Ni pruebas, ni contenido. Él sonrió, flojo pero sincero. Desde esa tarde, la casa pareció aflojar. Las normas seguían en la puerta: despertarse antes de las diez, ayudar mínimo dos horas, avisar de salidas y excursiones, móviles lejos de la mesa. Firmaron la hoja y la pegaron en la nevera. —Como en un campamento —bromeó Dani. —Pero campamento familiar —contestó Carmen. Lidia reclamó sus normas: —No me llaméis cada cinco minutos cuando bajo al río. Y llamad antes de entrar en mi cuarto. —Si nunca entramos… —Carmen pestañeó. —Ponlo por escrito —añadió Dani—. Es lo justo. Pusieron dos líneas más. Jesús refunfuñó, pero firmó. Se llenaron de actividades compartidas: un día Lidia encontró un viejo parchís de los padres. —¡Esta noche jugamos! —En esto era bueno —presumió Dani. Jesús, al principio, se excusó. Al final, fue el primero en explicar reglas. Rieron, discutieron, trampearon fichas. Los móviles, olvidados. Al cocinar también colaboraron. Harta de que preguntaran «qué hay de cena», Carmen decretó: —El sábado, cocináis vosotros. Yo solo os oriento dónde está todo. —¿Nosotros? —Vosotros. Lo que queráis, pero comestible. Se pusieron serios: Lidia buscó receta de moda, Dani cortaba verduras, discutían todo. La cocina olía a cebolla, la mesa se llenó de cacerolas sucias. Ambiente de fiesta. —No os ofendáis si luego hacemos cola para el baño… —farfulló Jesús, pero se lo comió todo. En el huerto, Carmen propuso: «Parcela para cada cual». A Lidia le tocó el bancal de fresas, Dani tuvo zanahorias. —Haced lo que queráis. Si no crece, no os quejéis. —Experimento científico —sonrió Dani. —Grupo control y experimental —remató Lidia. Lidia regaba y fotografiaba a diario, titulaba «mi huerto». Dani, tras regar dos veces, lo olvidó. Al final del verano, el cesto de Lidia rebosó, el de Dani, dos raquíticas zanahorias. —¿Qué? ¿Conclusiones? —preguntó Carmen. —Sí. Lo mío no es la Agricultura —dijo Dani, serio. Se rieron. Esta vez, con desahogo. Al final del verano, la casa había encontrado su ritmo: desayuno juntos, dispersión diaria, reunión vespertina. Dani a veces trasnochaba con el móvil, pero antes de medianoche lo dejaba y sólo se oía su respiración. Lidia iba al río con una amiga, siempre avisando dónde estaba. Aún discutían. Por la música, la sal de la sopa, la vajilla. Pero ya no era una guerra de generaciones. Simplemente, la vida bajo el mismo techo. La última noche Carmen horneó tarta de manzana. Mientras hacía las maletas, Lidia pidió: —Una foto todos —móvil en mano. —¿Otra vez…? —protestó Jesús. —Solo para nosotros, no hace falta subirla. Salieron al patio. El sol, ya bajo, brillaba detrás de las higueras. Lidia apoyó el móvil en un cubo, activó el temporizador y corrió hacia ellos. —La yaya en medio, abuelo aquí, Dani allá. Se abrazaron. Carmen notó el roce de Dani y el brazo de Jesús, y Lidia los ceñía a todos. —¡Sonrisa! El clic de la foto. —A ver —pidió Carmen. En la pantalla, salían algo desaliñados: ella con delantal, Jesús en camiseta vieja, Dani despeinado, Lidia de colores estridentes. Pero había calor. —¿Puedo imprimirla? —Sí, te la paso. —¿Imprimir del móvil…? —se aturdió Carmen. —Te ayudo cuando vengas, o en otoño —intervino Dani. Asintió. Por dentro, calma. No porque ahora se entendieran siempre. Seguirían discutiendo, seguro. Pero ya había un camino posible entre sus reglas y su libertad, ida y vuelta. Tarde, cuando todos dormían, Carmen salió a la galería. Cielo oscuro, alguna estrella tras los tejados. Silencio. Se sentó cerca de Jesús. —Mañana se van. —Sí. Pausa. —¿Ves? —dijo él—. Al final, bien. —Bien —asintió ella—. Y creo que todos hemos aprendido algo. —A ver quién aprendió más… —sonrió él. Ella también sonrió. En la ventana de Dani, todo a oscuras. En la de Lidia, igual. El móvil, en la mesilla, cargando callado para el día siguiente. Carmen cerró, miró la nevera, la hoja de normas, algo desvencijada. Pasó el dedo por las firmas y pensó, de pronto, que quizá el verano próximo reescribirían ese papel. Añadirían algo, quitarían otro tanto. Pero lo esencial seguiría. Apagó la luz y fue a dormir, sintiendo la casa respirar su propio verano, lista para lo que vendría.