El presagio de la desgracia: La noche en que Julia sintió que algo iba mal, el miedo inexplicable, el diagnóstico inesperado de leucemia en su hijo, la angustiosa lucha por juntar el dinero para la operación en Israel, y la promesa de una segunda oportunidad gracias al generoso gesto de una madre española en el hospital, todo ello mientras la pequeña familia madrileña nunca perdió la esperanza de que aún en la oscuridad más profunda puede surgir un milagro.

PRESENTIMIENTO DE DESGRACIA

Eugenia se despertó en plena noche, incapaz de volver a conciliar el sueño hasta el amanecer. No sabía si había tenido una pesadilla, o si eran simplemente nervios sin razón aparente, pero un peso inmenso oprimía su pecho y las lágrimas brotaban solas, inexplicables. No entendía el motivo, solo ese ahogo y esa sensación terrible de catástrofe cercana que la invadía con fuerza arrolladora.

La joven se acercó a la cuna donde dormía su pequeño hijo, Gonzalo. El niño sonreía durante el sueño y hacía gestos divertidos con la boquita. Eugenia le cubrió mejor con la mantita y salió a la cocina. Tras las ventanas, reinaba una oscuridad absoluta.

¿Otra vez sin poder dormir, Eu? escuchó tras de sí la voz de su marido, Álvaro.

No sé lo que me pasa, Álvaro, no lo entiendo respondió ella en un susurro.

Será esa dichosa depresión posparto de la que todo el mundo habla intentó bromear él.

No creo, Gonzalo ya tiene casi seis meses y nunca sentí esto antes. ¿Tiene sentido que empiece ahora?

El cuerpo y la cabeza qué sé yo. No te preocupes, ya pasará Álvaro quiso tranquilizarla, abrazándola.

Es que tengo miedosusurró, apretándose contra su esposo.

Todo irá bien, Eugenia la arropó con sus brazos.

Tres semanas después citaron a Eugenia en la consulta del pediatra de su barrio. Tocaba revisión médica de los seis meses de Gonzalo. Habían pasado los controles rutinarios, entregado los análisis y visitado a los especialistas. Sin embargo, la llamada de la enfermera la pilló completamente por sorpresa.

¿Ha pasado algo? preguntó Eugenia, angustiada.

Tranquila, Eugenia, la doctora se lo explicará todo respondió ésta.

El centro de salud estaba lleno y la espera le puso aún más nerviosa. Cuando, por fin, la recibieron en la consulta, el corazón le latía desbocado.

Siéntese dijo la doctora con cautela, Eugenia García, tengo que decirle algo. No se asuste, pero necesitamos análisis adicionales.

¿Qué pasa? exhaló Eugenia; sintió que sus peores presentimientos estaban a punto de hacerse realidad.

Los análisis de Gonzalo son preocupantes. Hay una cantidad anormalmente alta de leucocitos, y otros valores son asimismo inquietantes. Debe repetir la analítica. Lo más recomendable es acudir a un centro especializado.

¿Dónde? preguntó Eugenia, petrificada.

En el Hospital Oncológico Provincial respondió la médica.

Llegar a casa fue un borrón. Álvaro estaba ya allí, habiendo salido antes del trabajo apenas recibió su mensaje.

¿Qué ha pasado, Eu? preguntó, alarmado.

Las lágrimas caían de sus ojos y ni siquiera las notaba.

Nos mandan al oncológico para hacer más pruebas musitó, derrotada.

Seguro que no es nada, sólo una revisión, ya verás Álvaro trató de ser racional.

No va a quedarse en revisión yo lo sentía, pero no sabía de dónde venía este mal presentimiento sollozó Eugenia, abrazando a su hijo dormido.

En el hospital, un médico mayor revisó atentamente los resultados.

Leucemia aguda dijo con gravedad. Hay que iniciar el tratamiento inmediatamente.

Eugenia se derrumbó en lágrimas. No lograba asimilar la noticia; la sesión de quimioterapia tuvo que vivirse sin ella. Gonzalo estaba en la UCI, y Eugenia sólo podía esperar tras la puerta.

Váyase a casa insistía la enfermera. Hoy no podrá ver al pequeño.

¡No puedo! ¿Qué hago yo sin mi hijo? protestaba ella entre sollozos.

Eugenia y Álvaro llevaban ocho años casados. Habían buscado hijo durante años, haciéndose pruebas, temiendo lo peor. Al final, al octavo año de matrimonio, milagrosamente, Eugenia quedó embarazada. Fueron meses de inmensa felicidad y miedo: Álvaro la trataba como a una reina, no la dejaba cargar nada pesado, y ella pasó el último mes de gestación ingresada por riesgo de parto prematuro. Seis meses atrás, por fin, nació el ansiado Gonzalo, a quien llamaron así en honor al padre de Álvaro, fallecido años antes en un accidente de coche.

Eu, hija, no pongáis a tu niño el nombre de alguien que murió joven y de mala manera le recriminó su abuela cuando se enteró del nombre.

Abuela, son supersticiones replicó Eugenia, decidida, sin querer que nada enturbiase su dicha.

Sentada de nuevo junto a la cama del hospital, Eugenia apenas reconocía a su hijo. En un mes, el niño se había consumido, las mejillas habían perdido el rubor y bajo los ojos se dibujaban ojeras intensas. Lloraba en silencio; ni siquiera se enjugaba las lágrimas. Aquella sala esterilizada en la que por fin le permitieron entrar, tras discutir con el jefe de planta, parecía un espacio ajeno; le advirtió que el sistema inmunitario de su hijo era tan frágil que cualquier visita era un riesgo. Pero Eugenia ya no aceptaba estar apartada de Gonzalo: tanto aulló y suplicó junto a la UCI que, al final, la dejaron entrar.

No realizamos ese tipo de operaciones aquí dijo al día siguiente el doctor Genaro, director del hospital.

¿Dónde sí se hacen? preguntó Eugenia, firme.

En Israel. Allí podrían salvar a su hijo. Pero es carísimo.

Reúnanos los informes, por favor. Ya encontraremos el dinero.

Mandaron los informes a una clínica israelí especializada en leucemias. Pronto llegó respuesta positiva: estaban dispuestos a operar al niño, pero el coste era superior a doscientos mil euros.

Ni vendiendo el piso y el coche llegamos a reunir ni la mitad dijo Álvaro, compungido. Ya lo he publicado en redes y en el barrio, pero esto no es cuestión de días.

No tenemos ni dos meses lloraba Eugenia. Tenemos que hacer algo.

Todos se volcaron: en los trabajos de Eugenia y Álvaro, en asociaciones benéficas, en tiendas, entre conocidos. El ayuntamiento aportó una parte, otra llegó de voluntarios. Consiguieron algo más de la mitad. Pero el tiempo apremiaba y ya no podían demorar la operación.

Ve tú con Gonzalo insistió Álvaro. Todo lo que consiga, te lo transfiero. Igual aparece un comprador para el piso.

En su pueblo, todos se solidarizaron, pero reunir una suma semejante parecía imposible.

Con los papeles en regla, Eugenia y Gonzalo volaron a Israel. El dinero reunido apenas alcanzaba. Comenzaron procedimientos preliminares y exámenes; Eugenia procuraba no pensar en el resto de la suma. Solo confiaba en un milagro. Pronto, Gonzalo cumpliría un año.

En la habitación contigua, otra madre velaba por su hijo: Miguel, de tres añitos. Descubrieron que eran ambas de la provincia, vecinas de ciudades próximas. Macarena, la otra madre, había logrado la financiación, pero la enfermedad de Miguel avanzaba rápido: el diagnóstico se hizo tarde, y por eso su operación se retrasaba.

No llores, Eugenia la animaba Macarena. Vas a ver cómo pronto llevas a Gonzalo al circo, al zoológico El año pasado yo fui con Miguel; se volvió loco con los osos, estuvo casi media hora mirando solo uno. Y yo entonces ni imaginaba lo que venía. Ahí fue cuando le empezó a sangrar la nariz y no se le cortaba; me asusté mucho Y así varias veces. Hasta que fuimos al doctor. Cuando me dijeron que era estadio 3, no podía creérmelo… ¿Cómo no me di cuenta antes?

Maca, no llores, ya verás cómo vamos todos juntos un día de estos con los niños al zoo intentaba consolar ahora Eugenia a su amiga de infortunio.

Pero si lo veía claro Empezó a bajar de peso, a estar tristón, comía mal Mi madre me lo advertía, pero no quería creerlo. Por mi culpa ha pasado esto lloraba desconsolada Macarena. Y Eugenia no encontraba palabras: ¿acaso las hay en esas situaciones?

Pocos días después, Miguel empeoró. Se lo llevaron a la UCI, y Macarena no pudo pasar de la puerta. Se quedó en el pasillo. Solo lloraba.

Vamos, Maca, ven a recostarte suplicaba Eugenia.

Tengo que estar aquí. Me siente; sabe que estoy con él respondía ella.

Lo sabe igual, aunque descanses, ven

Pero Macarena seguía inmóvil, clavada en aquel sitio. Una enfermera le administró un calmante; dejó de llorar. Solo miraba al vacío, esperando, aferrada a la esperanza.

Por la noche, Álvaro llamó. Eugenia acunaba a Gonzalo, que apenas murmuraba y descansaba en sus brazos; procuraba pasar junto a él cada instante, pues no sabía cuántos instantes les quedaban.

Eu, he transferido cien mil euros. Hoy vino una pareja a ver la casa, he bajado el precio, dijeron que lo pensarían dos días.

Vale respondió ella, apenas audible.

Un grito descarnado interrumpió la conversación. El teléfono cayó al suelo, Gonzalo se sobresaltó y lloró; Eugenia lo calmó rápido, lo arropó en la cuna y salió corriendo al pasillo. Ya sabía qué había ocurrido, aunque no quería creerlo. Macarena lloraba de rodillas, gimiendo como solo una madre puede hacerlo. Las enfermeras se apresuraban a ayudarla, darle agua, administrarle inyecciones. Los gritos eran puros de dolor. Eugenia nunca había visto una mirada así.

Maca tienes que aguantar lloraba Eugenia, abrazándola. Tienes que vivir por Miguel.

¿Para qué? Mi niño se ha ido, ¿cómo vivo yo ahora? ¡Todo es culpa mía! gritaba, histérica, Macarena.

Eugenia la sostuvo mientras le inyectaban un sedante y la acompañó hasta su habitación.

Déjala descansar dijo exhausto el médico de guardia. Ya habrá tiempo para el llanto.

Aquella noche, Eugenia no pegó ojo. Se sentó junto a la cuna de Gonzalo, mirándolo y queriendo atraparlo para siempre en la memoria.

A la mañana siguiente, Macarena fue a visitarla. Ya no lloraba. El dolor la había envejecido de golpe. En su mirada, sólo cabía el vacío. Ambas mujeres se fundieron en un abrazo largo.

Que os vaya bien, os lo merecéis susurró Macarena antes de marchar. Aprovechad la oportunidad. Ahora me toca cuidar de mi pequeño: primero el entierro, luego los nueve días, luego los cuarenta Pondré una tumba y más adelante se secó unas lágrimas. Léelo después, no puedo hablar más. Le entregó un sobre sellado a Eugenia.

De acuerdo musitó la joven.

El nudo en el pecho después de aquella despedida la dejó triste y sola. Llamaron para llevarse a Gonzalo a otra sesión médica.

Abrió el sobre y leyó:

«Querida Eugenia, deseo con todo mi corazón que Gonzalo viva. Que lo haga también por mi Miguel: que crezca, que aprenda, que se emocione con cada día. Que juegue al fútbol, que corra en la nieve Y, por favor, llévalo a nuestro zoológico y salúdale al gran oso negro de parte de Miki. Las lágrimas la dejaron sin ver, Eugenia tuvo que enjugar los ojos para seguir. Tenéis esperanza. Dentro del sobre tienes el dinero para la operación. Para Miki ya no sirve, que sirva para que Gonzalo viva.»

Eugenia lloró. Lloró de alegría, porque por fin tenía con qué operar a su hijo, y lloró de dolor, porque ese dinero tenía el precio de una vida.

No vendas la casa, Álvaro dijo al día siguiente por teléfono. Necesitamos volver a algún lugar, Gonzalo y yo.

Pero ¿y el dinero? preguntó Álvaro, asombrado.

Ya lo tenemos. Todo va a salir bien.

Por primera vez en días, Álvaro sonrió: escuchó en la voz de su mujer algo nuevo, algo que le contagió esperanza. Eugenia estaba convencida. Todo saldría bien.

La operación tuvo lugar justo después del primer cumpleaños de Gonzalo. Como Macarena en su día, Eugenia pasaba las horas al pie de la UCI, pero esta vez el pronóstico era favorable. Al poco, pudo visitar a su hijo y acabaron ambos en la misma habitación. Quedaban semanas de cuarentena y meses de rehabilitación, pero ya nada importaba: la operación había salido bien y los informes eran alentadores.

Poco a poco, Gonzalo fue recobrando alegría; le interesaban los juguetes, comía algo y hasta sonreía. El día en que pronunció un balbuceo parecido a “mamá”, Eugenia rompió a llorar: el milagro había ocurrido.

¡Oso! señalaba Gonzalo, emocionado, frente a la enorme bestia negra en la jaula.

No es “oso”, amor, es “oso” reía Eugenia, corrigiéndolo.

Habían vuelto al zoo de la ciudad, aquel donde Miki quedó fascinado con el oso. Eugenia, emocionada, saludó al animal:

Te trae saludos Miki, querido oso susurró.

Gonzalo correteaba feliz, comía helado y exploraba el parque a hombros de Álvaro, observando animales. Su vida ahora estaba llena de risas, juegos y descubrimientos. El hospital quedó atrás, y sólo a veces, por la noche, Eugenia se levantaba inquieta a comprobar el dulce dormir de su hijo. Pero la angustia se iba disipando. Por delante les esperaba la vida entera: la suya, y la del niño cuyo último gesto, bondadoso y trágico, había devuelto la esperanza a su familia.

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El presagio de la desgracia: La noche en que Julia sintió que algo iba mal, el miedo inexplicable, el diagnóstico inesperado de leucemia en su hijo, la angustiosa lucha por juntar el dinero para la operación en Israel, y la promesa de una segunda oportunidad gracias al generoso gesto de una madre española en el hospital, todo ello mientras la pequeña familia madrileña nunca perdió la esperanza de que aún en la oscuridad más profunda puede surgir un milagro.
Poner en su sitio al marido. Relato Agradezco de corazón vuestro apoyo, los ‘me gusta’, el interés genuino y los comentarios sobre mis relatos, así como vuestra suscripción y un ENORME gracias de mi parte y de mis cinco michis por los donativos recibidos. Compartid, por favor, los relatos que os gusten en redes sociales: ¡al autor también le alegra mucho! Tras salir del hospital, Natalia se sentía mucho mejor y estaba decidida a retomar sus rutinas diarias nada más despertar. Sin embargo, al abrir los ojos, notó dentro de sí una protesta inesperada. Su marido ya estaba en plena sesión de estiramientos. De carácter muy deportista, ni en su jubilación abandonaba sus hábitos. Cada mañana comenzaba con una tabla de ejercicios para aliviar el dolor en las articulaciones. Normalmente, Natalia se apresuraba a atender a su gata Misi, limpiando su arenero. Después alimentaba a su querida y peluda gata Misi y a su fiel perrito Chispa, y recogía el recibidor y la cocina tras las “fechorías” nocturnas de sus cuatropatas. Luego salía corriendo a pasear a Chispa. Por las tardes y noches paseaban más tiempo, ya junto a Álex, disfrutando de la tranquilidad del parque. Pero por la mañana, mientras el marido cuidaba de su salud, Natalia debía hacer mil cosas. Al regresar del paseo, preparaba su tradicional y sencillo desayuno: requesón con miel y frutos secos o tortitas de queso, alternando con tortillas, huevos revueltos o pasados por agua. Para Natalia, ese ajetreo matutino era una especie de “gimnasia”; pero los médicos, enterados de su rutina en el hospital, insistieron en ejercicios auténticos: nada de sustituirlos por las tareas domésticas. Por su parte, tras terminar su tabla articular, Álex hacía la cama, no sin refunfuñar sobre que “eso no es cosa de hombres” y que las tareas del hogar recaían sobre él. Dos veces por semana ponía la lavadora, pasaba el aspirador y, a veces, remarcaba disgustado que Natalia, como siempre, “no había dejado nada hecho en condiciones”. Al final, fregaba los platos del desayuno, considerándose así el mayor apoyo posible para su esposa. Después del desayuno, Natalia preparaba la comida del mediodía y luego se sentaba al ordenador. En la jubilación, seguía trabajando un poco para no tener que andar contando céntimos. Álex, en cambio, opinaba que sus trabajos extra eran insignificantes, y que su afán por renovar el vestuario era un derroche innecesario. ¡Si tenían los armarios a rebosar! Y Natalia, por lo general, le daba la razón, sin oponerse. La ropa le resultaba indiferente, máxime cuando Álex siempre se deshacía en alabanzas al compararla con las mujeres de su edad. A ella tampoco le importaba cuando su marido compraba su tercer taladro o cualquier otro capricho con los “dinerillos ridículos” de sus trabajos. Pero su inesperada enfermedad lo cambió todo tanto, que al principio hasta se asustó… Había terminado en el hospital de urgencia por desmayarse en la calle, mientras iba de compras. Los médicos apenas creían que pudiera moverse por sí sola después de ver su analítica express: los resultados eran terribles. Incluso su marido se asustó al verla tan pálida, conectada al gotero, cuando le permitieron visitarla. Y, en casa, apenas se apañó con toda la faena, asombrándose de cuantos asuntos había que resolver. Por supuesto, Álex esperaba ansioso el alta de su mujer. Porque él realmente la quería y sufría de verdad… Los primeros días, Natalia guardó cama como le indicaron los médicos. Su marido la cuidaba, preguntando a cada rato: —Bueno, Natalia, ¿ya estás mejor? ¿Aún no del todo? Pero tienes mejor cara, no estás tan pálida como entonces. Y se reía: —No te apalanques tanto, que te vas a olvidar de andar, y estar todo el día tumbada tampoco es bueno. Ya va siendo hora de volver al ritmo de siempre… En esto Natalia estaba de acuerdo, pero no en todo. Y al despertar hoy, no sintió ningún deseo de lanzarse de cabeza a las labores del hogar. Observó a Álex, concentradísimo en sus ejercicios, esperando que Natalia también se pusiera, por fin, con “sus” tareas. Y, por primera vez en mucho tiempo, no vio a su marido como un hombre atento, sino como alguien que, sin darse cuenta, tenía intención de volver a cargarle una pesada losa. ¡Y sintió un gran rechazo interior! Recordó las palabras del médico, con ese tono grave que se le había quedado grabado: “Usted no piensa en sí misma, y ha acostumbrado a su marido a lo mismo. Él cree que todo le cuesta poco y que nunca se cansa. ¿Hace todo sonriendo, sin quejarse? ¡Si ha llegado en ambulancia con anemia, con unos valores tres veces por debajo de lo normal! ¿A usted, le apetece seguir viviendo?” En el hospital le pusieron enseguida suero y le hicieron cinco transfusiones hasta normalizar los análisis. Era su primera vez. Mirando el tubo transparente que acababa en su vena, Natalia pensaba: “Fíjate, me han puesto sangre de cinco desconocidos. Me han salvado la vida. Ahora tengo algo ajeno dentro de mí… ¿y si eso me cambia?” Y parece que no era por casualidad. Al volver a casa, Natalia notó, para su sorpresa, que ya no estaba dispuesta a seguir complaciendo tanto a su marido. Sí, lo quería, y él también a ella. Aunque rezongaba, hacía muchas cosas que otros hombres jamás harían. Pero siempre desmerecía sus tareas y ensalzaba las suyas. Antes, ella lo asumía con resignación: era buena y dócil. Pero algo en ella había cambiado, de pronto. Ahora tenía ganas de dedicarse más a sí misma, a sus viejos hobbies. Por ejemplo, tocar aquel piano empolvado que no sabían dónde colocar, o cualquier otra cosa pendiente. Se levantó y, pensativa, empezó a hacer ejercicio junto a Álex. Él no pudo resistir y, sorprendido, dijo: —¿No te habrán cambiado demasiado ahí dentro? ¿A tu edad te vas a poner con el deporte, Natalia? ¡Pero si ya estás estupenda! Mejor ve a alimentar al gato y al perro, y prepara el desayuno, que ya hay hambre… —Me lo ha mandado el médico —respondió Natalia, con una firmeza que a Álex le resultó extraña—. Ha dicho que si no hago ejercicio, no voy a durar mucho. ¿Es eso lo que quieres, mi muerte? Vio a su marido quedarse de piedra ante su franqueza. Pero quizá pensó que a su esposa pronto se le pasaría la tontería, efecto secundario del hospital. Ni protestó cuando, después de ejercitarse, Natalia le ordenó: —Ahora, doy de comer a Misi y a Chispa, y tú te llevas al perro. Así, mientras yo preparo el desayuno, terminamos antes… Ella misma se sorprendió por lo rápido que Álex aceptó. Pero en el fondo sentía una extraña agitación. Como si dentro de sí albergase una nueva fuerza, o tal vez cinco fuerzas nuevas, que la guiaban y le decían que tenía todo el derecho a tirar la ropa vieja y comprarse cosas nuevas con su propio esfuerzo. Le decían que tenía que cuidarse, hacer deporte, y por qué no, dedicarse a la música. Contó hasta cinco decisiones importantes y comprendió, no sin miedo: “¡Claro! ¡Me han hecho cinco transfusiones, de cinco personas diferentes! ¡Esa energía para cambiar cosas y dar pasos concretos… viene de ellos! Dicen que con los trasplantes pueden transmitirse gustos, recuerdos, hasta talentos para la pintura o el canto… ¿No será por eso que, después de operaciones difíciles, hay quien descubre dones que antes no tenía?” Al mirar ahora a Álex, ya no tenía la sumisión de siempre. Había una seguridad nacida no solo de las palabras del médico, sino de aquella nueva y tangible vitalidad. Observaba cómo su marido intentaba entender qué ocurría, cómo su mundo cambiaba de raíz: la de siempre, dócil y servicial, se volvía otra mujer. —Sabes, Álex —ya sin temor a su reacción—, creo que por fin entiendo por qué siempre has creído que yo no hago nada. Simplemente, nunca lo veías. No veías cuánto me esfuerzo, cuánto me canso, cuánto hago porque tú estés bien. Pero ahora, creo que empezarás a verlo. Así que no te extrañes cuando tire los vestidos y abrigos antiguos para comprarme nuevos. Y voy a tocar el piano, ¿recuerdas que te hacía gracia que acabase el conservatorio y solo supiera el “Vals del perro” o la “Jota gitana”? Pues escucha… Abrió la tapa, puso los dedos sobre las teclas y, para su sorpresa, empezó a tocar algo hermoso, olvidado pero intensamente familiar. Álex, boquiabierto, no la quitaba ojo, y luego murmuró: —Natacha, ¿cómo lo haces? Eso no lo sabías tocar antes… Eres otra persona. Su cara era mezcla de asombro y quizás, algo de temor. Estaba acostumbrado a una Natalia, y delante tenía a otra. Más fuerte, más firme. Y ese cambio le parecía desconcertante, hasta inquietante. Natalia sonrió. Pero ya no era la sonrisa de siempre, la de disculpa, sino una sonrisa sincera, llena de ilusión. Notaba cómo dentro de ella ardía una llama, encendida por cinco nuevas chispas. Esa llama le prometía no solo sobrevivir, sino vivir de verdad. Vivir plenamente, con espacio para ella misma, para sus deseos. Y quizá para una nueva clase de amor hacia su marido, basada en el respeto mutuo más que en el sacrificio propio. No sabía cómo eran esas cinco personas, sus donantes… pero debieron de ser fuertes y con mucho talento. No solo le salvaron la vida, sino que ahora habían hecho su vida más plena y verdaderamente feliz… Álex contempla a su Natalia fascinado. Dicen que no hay que preguntarse por qué suceden las cosas malas —enfermedades, dificultades—, sino para qué suceden: tal vez esas pruebas son la oportunidad de darnos cuenta, de nuevo, de lo maravillosa que es la vida. Lo son la primavera, el invierno, la lluvia, el frío. Cada día es un milagro: el cielo, el primer y el último rayo de sol. Las sonrisas de los nuestros, su apoyo, sus debilidades, porque todos somos simplemente humanos… Y si un marido amoroso empieza a gruñir y refunfuñar, ¡hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que es un hombre de verdad…! Mientras podamos, vivamos a tope y valoremos cada instante, porque no hay otra forma de hacerlo…