Un regalo del destino: La historia de Dina, entre desengaños y nuevas esperanzas, hasta encontrar el verdadero tesoro familiar junto a Oleg en España

El regalo del destino

Javier llegó a casa de su madre ya caída la noche, pero ella no se sorprendió; su hijo solía hacer eso a veces. Tras el divorcio, Javier vivía solo y su hijo, Nicolás, se quedó con su madre.

Nicolás te estaba esperando, prometiste ir con él a la pista de hielo. Hace rato que se durmió, así que no le despiertes. Ahora caliento la cena, comes algo y luego te acuestas.

Después de comer, Javier fue a la habitación de Nicolás, se tumbó a su lado. No conseguía dormirse. Se le vino a la cabeza su primera esposa, Lucía. Tras ella hubo dos mujeres más, pero nada fue igual.

A Lucía jamás pudo olvidarla. Les unía la vida desde el parvulario, jugaban y crecían como vecinos. Estudiaron juntos en el mismo colegio y luego en la universidad. Así, siempre de la mano, terminaron casándose. Sus padres, por ambas partes, se alegraron enormemente: esa pareja era el orgullo del barrio.

Todos admiraban aquel matrimonio. Vivían cómodos en el piso que Lucía heredó de su abuela. La vida fluía, pero la tristeza empañaba sus días: Lucía no podía quedarse embarazada. Salud, cariño, comodidades, y, sin embargo, el vacío más triste.

Le sugirieron a Lucía un tratamiento en la costa, en un balneario especializado, pero Javier no quiso.

Ya me faltaba sólo que vuelvas de allí con un hijo ajeno.

¿No confías en mí?, preguntó ella entre lágrimas.

Los padres les propusieron adoptar un niño, pero Javier no quiso ni oír hablar del tema.

Quiero un hijo mío y punto.

En su décimo aniversario, los familiares y amigos los esperaban en casa. Todos aguardaban la llegada de Javier, pero la espera se eternizó. Los invitados, incómodos y tristes, acabaron marchándose. La mesa repleta de croquetas, jamón y vino quedó intacta.

Javier no volvió esa noche. Lucía lloró, la soledad se le hizo una losa, y, al fondo, sabía que ese desenlace era el lógico. Javier había cambiado en los últimos tiempos. Por la mañana llegó con la noticia demoledora de que había pasado la noche con una mujer que tenía dos hijos. Ella le había prometido darle un hijo, uno que luego podrían criar juntos.

¿Pero qué dices, Javier? ¿Cómo has podido hacerme esto? Me has engañado… ¿Por qué no me hablaste antes? Jamás te lo perdonaré. Vete. No, espera… ayúdame primero a adoptar un niño del orfanato, le suplicó entre lágrimas.

¿Para qué? ¿Para que luego le pongas mi apellido y me pidas la pensión cada mes?

Lucía cayó en un abismo de amargura. Ser abandonada era un golpe cruel, aunque al menos amigos y compañeros la ayudaron a salir adelante. Soñaba con adoptar, pero una mujer sola no tenía opciones en la España de aquellos años.

Lucía cerró la puerta a Javier para siempre. Diez años se desvanecieron en un silencio cada vez más denso, diez años de esperas, de pastillas y médicos, de noches que olían a desinfectante y a vacío. Cuando él se marchó, casi lo hizo como quien cambia de autobús.

Perdón, Lucía. Ya no aguanto más.

Medio año después, por conocidos comunes, Lucía supo que Javier ya tenía un hijo. No fue un drama, fue como esas fotos antiguas en sepia que se apagan poco a poco.

Vivió un año por pura inercia: trabajo, casa, insomnio. Hasta que un día lluvioso decidió resguardarse en una cafetería del barrio y allí, en una esquina, reconoció a Santiago, el amigo de Javier, el alma de todas las fiestas, antaño simpático y sonriente. Ahora era sólo un hombre cansado, con la taza vacía entre las manos.

Santi, hola le dijo, acercándose.

Él alzó la mirada y, al ver a Lucía, se dibujó una sonrisa triste en sus labios.

¡Lucía! Qué sorpresa verte aquí…

Se pusieron a hablar, las palabras brotaron solas.

Con Rita lo dejé… ya sabes cómo era, siempre pensando en el dinero. Encima se me quemó el taller, y después vino la ruina. Me echó de casa con lo puesto porque no traía suficiente. Ya no tengo ni padres, no tenía adónde ir. Literalmente.

Vente a casa, se sorprendió a sí misma Lucía con su firmeza.

No era lástima, era un impulso. Ella no pensaba en salvar a nadie, sólo era una decisión: ayudar a un amigo. En su fortaleza vacía había llegado alguien más perdido aún.

¿Estás segura? ¿Y Javier?

¿No lo sabes? Javier me dejó porque no podía darle un hijo. Se fue con otra que sí pudo…

Santiago se quedó boquiabierto.

No tenía ni idea, Lucía. Hace años que no veo a Javier, cada uno por su lado. Y así el destino nos vuelve a juntar…

Ya no importa, estoy acostumbrada.

Santiago se instaló en su sofá. Iba y venía en silencio, pidiendo perdón por cada mendrugo de pan. Sin embargo, pronto fue recuperando soltura: arregló el grifo de la cocina, montó una librería que se caía a pedazos, cocinó alguna cena. Era tranquilo, atento. El silencio en casa dejó de ser una condena; se convirtió en paz.

Cenaban juntos cada noche. Lucía le consiguió empleo en la oficina donde ella trabajaba y Santiago lo agradeció enormemente. Poco a poco, compartían la vida. Finalmente, se casaron.

Un día se toparon con Rita, la exmujer de Santiago. Ella, con tono mordaz, los escaneó de arriba a abajo antes de soltar:

Aprovéchalo, a mí ya no me interesa. Como mucho, a ver si te da un hijo…

Ojalá, contestó Lucía con serenidad. Gracias por tus buenos deseos.

Con Santiago, Lucía redescubrió la felicidad, se sintió necesaria, viva. Volvió a reír por placer y no por compromiso. Por fin estaba viviendo, con proyectos en común, discusiones de películas tumbados en el sofá, café en la cocina de mañana.

Un día tuvieron una conversación crucial. Santiago veía que Lucía sufría por no poder tener hijos.

Lucía, ¿por qué no adoptamos un niño?

Ella quedó sin palabras, sorprendida, y él sonrió.

Sí, Lucía, lo has oído bien. ¿De verdad te has quedado sin habla?

Tras recomponerse, respondió:

Sería mi mayor felicidad. Siempre he soñado con educar un niño… Santiago, no sabes lo agradecida que estoy, siempre has sabido leerme el corazón. Nunca me atrevía a proponértelo.

A Santiago le emocionaba haber conseguido sorprender a su mujer.

Pues no perdamos más tiempo, es lo que ambos queremos. Mañana mismo investigamos los papeles, nos informamos.

Eres el mejor, mi amor, rió Lucía, iluminada. De verdad que eres lo mejor que me ha pasado.

Comenzaron el papeleo para la adopción, luego la espera. Visitas al centro de menores, nervios, ilusión. Pero de repente Lucía empezó a notar un ritmo distinto en su cuerpo. No dijo nada a Santiago. Fue a la farmacia, se hizo una prueba Dos líneas rosas, indudables, casi burlonas, diciéndole: Por fin llegó tu camino, el tuyo propio.

Sin creerlo del todo, corrió hasta el salón.

Santi, no te lo imaginas, mira le mostró el test: vamos a tener un bebé.

¿En serio? ¡No me lo puedo creer! Mañana al médico, Lucía, pero de inmediato…

El médico confirmó la noticia y Lucía quedó en seguimiento.

Para la pareja empezó una nueva etapa, la más bonita y significativa. Catorce años de espera convertidos en pura alegría.

Santiago se volcó en los cuidados, no dejaba que Lucía cargara ni una bolsa. Traía caprichos del mercado, cumplía todos sus antojos.

Y por fin, en el hospital de La Paz, nació su tesoro: Martina. Una niña de ojos brillantes y sanísima. Santiago lloró a moco tendido cuando la cogió en brazos al salir del hospital.

Por fin estamos todos en casa. Nos espera una vida larga y feliz. Tenemos nuestro mayor tesoro: nuestra hija.

La casa cobró un nuevo sentido: gritos, risas, aroma a polvos de talco y noches en vela juntos, de la mano. La felicidad no era perfecta, pero sí sólida, como esos olivos centenarios retorcidos por el viento.

Un domingo de verano paseaban por El Retiro con el carrito de Martina, dormida bajo la sombrilla. Hablaban de trivialidades. Se cruzaron entonces, de pronto, con Javier, solo. Envejecido, la mirada opaca, una lata de Mahou en la mano. Se detuvieron un instante.

Hola musitó Javier.

Sus ojos pasearon rápidamente sobre la radiante Lucía, sobre Santiago, sobre la bebé.

He oído que os va bien.

Sí dijo simplemente Lucía. Muy bien. ¿Y tú?

Él hizo un gesto vago, mirando al suelo.

Bah, nada Me casé dos veces más. No funcionó. Mi hijo está con mi madre. Yo les visito. Y por lo demás, nada.

No había rabia, sólo resignación agria en su voz. Miró a Santiago, como recordando algo, y sonrió con tristeza.

Bueno, no os entretengo más. Adiós.

Y se marchó, encorvado, perdido entre las sombras de un parque lleno de vida.

Santiago rodeó con el brazo los hombros de su mujer.

Vamos, mi cielo, le susurró. Martina despertará pronto, es hora de volver a casa.

Lucía cogió el manillar del cochecito. Y caminaron hacia su verdadero hogar, construido sobre ruinas y cicatrices, pero sólido y real.

Gracias por estar ahí. Que el destino siempre os sonría con un regalo inesperado.

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¿Por qué pisotear mi amor?