Marina está a punto de irse a dormir cuando, de repente, alguien llama a la puerta. Se pone su bata y camina hacia el recibidor. Su marido, Esteban, la sigue. En el umbral está el hijo de los vecinos, Nicolás.
Tío Esteban, ¿puede venir a casa? le dice Nicolás. Mamá quiere hablar con usted.
Esteban se pone la chaqueta y sale rumbo a la casa de la madre de Nicolás.¿Qué querrá ahora María? murmura por el camino. Entra, toma una silla y se sienta junto a la cama donde descansa la vecina.
Ya me queda poco tiempo, Esteban le dice María, con voz apagada. Pronto me iré Quiero contarte un secreto…
Esteban la mira con sorpresa, sin comprender del todo.
Desde joven, Esteban ha sido un hombre llamativo, aunque toda su vida ha sentido amor solo por una mujer: su esposa Marina.
La ama desde la época del colegio, desde que tiene memoria.
Han formado una familia unida y han criado a tres hijos: Miguel, Iván y la pequeña Clara.
Esteban tiene buen corazón y es muy hábil con las manos; no hay mejor carpintero en todo el municipio.
Trabaja mucho; hay que alimentar una familia grande, vestir a los hijos y mimar a su esposa.
Siempre que llega alguna novedad a la tienda del pueblo, alguna tela bonita o pañuelos elegantes, él compra para ella. Y nunca falta un perfume traído de Madrid.
Al final del día, Marina se sienta ante el espejo en su camisa blanca, peinando y trenzando su cabello rubio. Esteban no puede dejar de admirarla.
Acomodado en la cama, observa a su esposa bajo la luz cálida de la lámpara y siente una alegría profunda.
¿Cómo lo hace todo? piensa. La casa siempre limpia, la comida lista, el huerto impecable.
Bueno, lo cierto es que la faena más dura siempre la hace él, ayudado por los muchachos, que hasta lo que el padre diga, hacen sin protestar.
Esteban quiere mucho a sus hijos. No los consiente, pero les enseña a ser ordenados y sobre todo a respetar a su madre.
Clara es aún una niña pequeña, apenas tres años. Es igual de rubia y de ojos claros que Marina. Resulta imposible no habrála consentir. Vaya donde vaya, Clara siempre va subida sobre los hombros de su padre. Y en casa, nadie se atreve a regañarla.
Era como si tuvieran vergüenza de la felicidad familiar. En cualquier casa del pueblo hay pleitos y quejas, pero en la suya todo transcurre apacible.
No hace mucho, Iván, el menor, tuvo una pelea fuerte con Nicolás, el hijo robusto de María. La discusión fue seria.
Marina lloró y estuvo toda la noche haciendo compresas frías a Iván.
Entonces Esteban fue al patio de los vecinos. Nicolás estaba sentado en la entrada, cabizbajo y disgustado tras ser regañado por su madre.
Al ver a Esteban, intentó evitarlo, pero el corazón de Esteban se conmovió: ¿pena por el chaval o dolor por su propio hijo?
Iván tiene padre; Nicolás, en cambio, ha crecido solo con su madre. Esteban se sentó a su lado y le dijo:
No te escondas. ¿Sabes que has hecho mal?
El chico guarda silencio.
Veo que sí. Pues tendrás que dar la cara.
Silencio. Le vuelve la lástima.
No molestes a mis hijos, Nicolás, ¿entendido?
El muchacho asiente. Esteban le da un toque en el hombro y se va.
Al salir, ve a María observándole entre las cortinas.
No vuelve a casa de inmediato; sus pasos le llevan al monte y se sumerge en los recuerdos…
Tenían los tres casi dieciocho: él, María y Marina. Acababan de graduarse del instituto. La fiesta de fin de curso se celebró en el centro social, reuniendo alumnos de dos pueblos. Entre refrescos, dulces y música, disfrutaban y bailaban.
Todos iban bien arreglados, pero Marina deslumbraba: vestido blanco de encaje, sandalias de tacón y una larga trenza. Enrojecida de alegría, la mejor alumna.
Esa noche, Esteban había decidido declararse, confesar que la amaba desde quinto curso. No podía irse a la mili sin contarle sus sentimientos.
Pero fue imposible. Nadie había notado que el hijo del director, Javier, llevaba tiempo cortejando a Marina.
Ese día no la soltó ni un momento. Bailaban y reían juntos, y Esteban, incapaz de bailar un solo paso, se mantuvo al margen, triste.
Marta, sin embargo, se le acercó a invitarle a bailar.
Esteban rechazó la mano y salió al exterior. Marta lo siguió. Pasearon hasta el amanecer.
Fueron al río, sentados en la orilla, ella cariñosa, él frío y pensativo, siempre pensando en Marina.
Al llegar el otoño, antes de irse a la mili, se rumoreaba que Marina se casaría con Javier.
Esteban lloró amargamente; ella ni siquiera fue a despedirse. En la fiesta, todos estaban invitados, pero junto a él se sentaba Marta.
Ya de madrugada, tras cantar y bailar con todo el pueblo, Marta lo llevó a su casa, alegre. Lo que pasó, ni él mismo lo recuerda bien.
Volvió a casa al alba, bajo la mirada inquisitiva de sus padres, y cayó rendido.
Desde la mili escribía solo a sus padres. Ellos le contaron que Marina se casó, y que María se fue a Madrid a estudiar.
Así terminó su juventud. Dijo adiós para siempre.
Regresó al pueblo más hombre, con el pelo corto. Marina ya tenía a Miguel y esperaba otro hijo. La encontró apática y embarazada.
¿Cómo te va, Marinita? preguntó él, tembloroso.
Bien. No tengo de qué quejarme.
Por sus padres se enteró de que Javier descuidaba el hogar, sin trabajo, trataba mal a Marina. Su padre había perdido la dirección escolar y era ahora simple maestro. Vivían discretamente mal…
Y cuando nació Iván, todo empeoró.
El marido de Marina, alegre, se fue al río y nunca volvió. Nadie pudo salvarlo.
Marina, viuda, sufrió en silencio. Entonces Esteban se animó a pedirle matrimonio y se casó con ella, criando juntos a los dos niños.
El propio Esteban terminaba de construir la casa. Sus padres le ayudaron con la parcela y los materiales.
Sus manos, siempre hábiles, trabajaban la madera y la piedra con destreza.
Llevó a Marina y los niños a la vivienda que aún olía a serrín.
Empezaron una nueva vida, levantando a los pequeños. Marina le contaba lo que sabía de María: que se había casado en Madrid, tenía un hijo y a veces visitaban el pueblo.
Y como si lo hubiese presentido, poco después María volvió al pueblo, ya definitivamente.
El hijo de ella casi de la edad de Miguel, pero no cuajó con su marido; se separaron.
Primero se mostraba orgullosa por el pueblo, luego comenzó a enfermar.
La mujer se apagaba día a día y no ocultaba la envidia por Marina, que finalmente se quedó con Esteban, a quien María tanto amó.
Él fue quien la repudió, casándose con Marina y criando también una hija en común.
Ahora los muchachos han crecido y hasta se pelean. Esteban evita hablar con María, y no entiende por qué ella sigue dolida con él. Nunca le habla, nunca se detiene en la calle, solo silencio bajo gestos duros…
El invierno llegó frío, con ventisca. Los muchachos dejaron de pelearse, aunque evitaban cruzarse. Nicolás, hijo de María, se ha vuelto taciturno y preocupado.
Y fue entonces cuando María cayó gravemente enferma.
Una noche, ya tarde, Marina se disponía a acostarse. De pronto, cruje la puerta y alguien llama.
Marina, sorprendida, se pone la bata y abre. Esteban la acompaña. En la entrada está Nicolás.
Tío Esteban, ¿puede venir? Mamá quiere decirle algo dice, triste.
Marina lo invita a pasar. Esteban se viste y va a casa de María.
¿Qué querrá de mí? rezonga por el camino.
Allí la ve, medio sentada entre almohadas, delgada como nunca.
Se sienta a su lado, la observa.
Me queda poco, Esteban dice ella al fin. Pronto me iré… Quiero confesarte algo…
Esteban la mira sin entender.
Solo te pido una cosa continúa María. No abandones a mi Nicolás. ¿Recuerdas la noche después de tu despedida de la mili? Bueno Él es tu hijo. Mi marido lo supo, me aceptó embarazada. Por eso nunca fuimos felices…
Después de decirlo, rompe a llorar sin hacer ruido.
Esteban regresa a casa confundido, con el corazón encogido. Una noche perdida entre recuerdos ha marcado toda la vida de María…
Poco después, todo el pueblo asiste a su entierro. Tras el duelo, Esteban toma la mano de Nicolás y se lo lleva con él.
Nicolás vivirá con nosotros anuncia. Marina, sentada en la silla, se cruza de brazos en el pecho.
No da explicaciones; solo dice que María se lo pidió, que no lo enviara a ningún centro. Se perdería allí. Nosotros le daremos cariño
Se legalizó todo como corresponde. Así vivieron juntos, como una familia numerosa.
Clara siempre tenía a tres hermanos mayores cuidándola. Esteban trabajaba; Marina, pendiente de la casa, y los chicos hacían tareas al salir del colegio.
Esteban asumió en silencio que Nicolás era su hijo; si uno se fijaba, había mucho de él en el chaval.
Los trámites eran sencillos en esa época, y ni falta hacían.
No habría abandonado al niño jamás Ni siendo suyo, ni siendo ajeno.







