¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me marché de casa, empecé a construir mi vida y ahora volvéis y todo vuelve a ser como antes – Zina, ¡anda, mujer, no te angusties tanto! Entiendo que tú, tan de ciudad, en el pueblo lo pasarás regular. Pero yo te ayudo – intentaba convencerla Dimitri. – Ya lo sé todo, me las apaño solo. Solo quédate a mi lado. Zina estaba hecha un lío. ¿Para qué me habré enamorado de un chico de pueblo? ¡Pero cómo! Me tiemblan hasta las piernas. Ella ya tiene veintiocho años y una carrera exitosa, y Dimitri, con treinta, mucha familia y casa propia al lado de la ciudad. Se conocieron en el Parque de Atracciones del Retiro, donde Dimitri fue por casualidad mientras su madre iba de tiendas y Zina había ido con amigas. Se cayeron bien, intercambiaron teléfonos y empezaron a quedar…

¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me fui de casa para empezar a vivir mi vida, y venís aquí y volvéis a lo mismo de siempre decía Carmen, intentando contener sus emociones.

Carmen, anda, no te pongas así. Ya sé que venirte al pueblo siendo de ciudad te costará, pero te ayudaré en todo intentaba tranquilizarla Alejandro. De verdad, lo sé hacer todo, puedo con ello. Solo te pido que estés a mi lado.

Carmen estaba completamente descolocada. ¿Cómo había acabado enamorada de un chico de pueblo? Y de qué manera, con mariposas en el estómago como si fuese una adolescente.

Ella tiene ya veintiocho años y una carrera profesional consolidada; Alejandro, treinta, tiene mucha familia y una casa en un pueblo castellano, no muy lejos de Salamanca.

Se conocieron en la feria de Salamanca, cuando Alejandro, mientras su madre iba de compras, acabó en la feria sin mucho plan. Carmen había ido porque sus amigas la arrastraron.

Se conocieron, intercambiaron números y así empezaron a hablar. Alejandro trataba de sorprenderla, viajaba a la ciudad para verla, la cuidaba y era muy atento; Carmen acabó derretida por él. Y es que, a diferencia de otros chicos que conocía, Alejandro era sincero, sencillo y de gran corazón.

Después, Alejandro le propuso casarse y Carmen aceptó.

Bueno, hija, pruébalo. Alejandro es trabajador y buena persona avaló su madre, Pilar. Si luego no funciona, aquí tienes tu casa en la ciudad.

Carmen no sentía que fuese a perder nada: podía trabajar online, porque desde hace poco en la empresa apoyan el teletrabajo. Y tampoco era una niña. Además, decían que el aire del pueblo era buenísimo para la salud. Pero aún así

Alejandro, ¿y yo cómo voy? preguntó Carmen.

Como mi prometida, claro. Y dentro de un año celebramos la boda y nos vamos de luna de miel. Para entonces quiero tener ahorrado suficiente como para no preocuparnos por euros respondió, poniéndose algo nervioso. Sé que estas acostumbrada a otra cosa

Todo parecía bien, pero Carmen sentía un runrún extraño que no sabía cómo explicar. Decidió dejarse llevar y probar.

Así que pide una semana de vacaciones, llena una maleta con lo necesario, cierra con llave su pequeño piso de dos habitaciones que le había costado sudores y conduce hasta el pueblo, donde Alejandro la espera.

La primera tarde en el pueblo fue agradable. El verano era caluroso, así que juntos regaron el pequeño huerto, prepararon la cena y, entre los dos, acabaron rápido con las tareas.

Cariño, mis padres vienen a vernos dijo Alejandro el viernes al volver antes de lo habitual.

¿A qué vienen? preguntó Carmen, inquieta.

A conocerte y a echarnos una mano. Además, viene mi hermano con su mujer también Alejandro paseaba nervioso por la casa.

¿Se quedarán mucho? Carmen miró a su pareja asustada.

Espero que no contestó él, mirándola serio. Pero no te preocupes, podremos con todo.

Después de esas palabras, Carmen se puso más nerviosa todavía.

No te preocupes, hija. Piensa que esto es una prueba. Si no la pasas, vuelves. Lo importante es que tienes dónde ir bromeó la madre de Carmen por teléfono. Haz lo que te salga natural. Ellos ya se acostumbrarán… O no. Pero ese es problema de Alejandro.

¿De verdad me preocupo tanto? Encima, ni siquiera soy su esposa todavía, pensó Carmen para tranquilizarse. No me van a comer, ¿no?

Estaba terminando de poner la mesa cuando escuchó el coche llegar.

¡Ya están aquí! dijo Alejandro entrando en la cocina.

Salieron a recibir a la familia.

¡Hola, nuera! exclamó Rosario, una mujer grande, con vestido suelto y sonrisa torcida, mientras abrazaba a su hijo con fuerza.

El padre, Joaquín, un hombre con barriga prominente, saludó a su hijo y le dedicó un leve gesto de cabeza a Carmen.

El hermano, Germán, alto y bromista, se presentó con ánimos, pero su mujer, Lucía rubia, robusta y muy castellana, miró a Carmen, que era joven y elegante, con recelo palpable y contestó sin ganas.

¿Qué miras, Germán? Ven y ayúdame con las bolsas gruñó Lucía, y se fue al coche.

Carmen los invitó a la mesa esperando que ahí todo se suavizara, pues cocinar se le daba bien.

¡Vaya, qué despliegue! aprobó Rosario.

Joaquín asintió satisfecho.

¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¿Pero quién lo prepara así? Lucía miraba el plato como si fuera algo raro. Aquí cada uno se inventa tonterías

Pues a mí me parece riquísimo replicó Germán, molesto.

Tú porque solo piensas en llenar la barriga bufó Lucía, dejando el tenedor.

Alejandro miró a Carmen, apenado.

Lucía, un poco de respeto, por favor. Carmen se ha esforzado.

¿Y quién ha elegido ese nombre? Igual que la vaca del vecino: Carmen soltó Lucía con veneno.

Carmen soltó una risita.

¿Qué pasa? susurró Alejandro.

Mi amiga llama Lucía a su gata le susurró Carmen, aunque todos lo oyeron.

Rosario miró a su nuera con desaprobación, los hombres se mordían los labios para no reírse, y Lucía se inflamó:

¿Pero tú quién te crees? ¿Cómo te atreves a hablarme así? le espetó a Carmen.

Bueno, como tú. Pensé que ese tono te era habitual dijo Carmen encogiéndose de hombros.

Germán miró orgulloso a la novia de su hermano.

Pero yo soy la esposa de Germán, legítima. ¿Y tú? Una simple compañera replicó Lucía.

Al menos soy educada. Cuando visito una casa, no falto al respeto contestó Carmen.

Yo no he venido a verte a ti sonrió triunfante Lucía.

Pues yo no te invité se defendió Alejandro, harto. ¿Y cuánto pensáis quedaros?

Se hizo un silencio tenso. Todos miraron a Alejandro.

Hasta que enseñemos a tu chica lo que es la vida en el pueblo, y nos vamos intervino Rosario.

Mamá, en serio. Podemos apañarnos solos, gracias.

Claro, has colocado a una vaga a vivir a tu costa y eres feliz. ¿Qué te va a durar? soltó Lucía con desdén.

En esta familia la vaga eres tú, Lucía, y no Carmen contestó Alejandro. Y ahora, muchas gracias a todos por cenar, podéis descansar.

Alejandro cogió la mano de Carmen, ambos empezaron a recoger la mesa bajo la mirada atónita de los demás.

Carmen pensó que tener una buena pareja a su lado era tranquilidad y seguridad. Aquí no iba a dejarse pisotear. Y si todo fallaba, siempre le quedaba su piso en Salamanca.

El sábado amaneció tempestuoso.

¿Pero qué hacemos durmiendo a estas horas? ¡Aquí antes de la comida ya se ha hecho el día! irrumpió Rosario en su dormitorio. Y ya es hora de preparar el desayuno.

Carmen miró el móvil, abrumada: ¡eran las ocho!

Rosario, en el frigorífico hay de todo para el desayuno, ¿vale? ¿Puedo vestirme? Carmen se subió la manta.

¡Menuda señorita! Mírala soltó Rosario agitando las manos. Pero lo del frigorífico hay que cocinarlo. ¡Venga, arriba!

Salió de la habitación dando un sonoro portazo. Carmen se vistió y bajó a la cocina.

Cariño, ¿ya has bajado? le sonrió Alejandro, ocupado en la cocina.

Ay, ¡si no la despierto, sigue roncando! protestó Rosario.

Carmen apretó los dientes, resignada.

Mamá, ¿a qué entras en nuestro cuarto? Ya te he dicho que no lo hagas dijo Alejandro, perplejo.

¡Vaya par…! Una torpe y una perezosa rió Lucía.

¡Nadie te ha pedido opinión! replicó Carmen.

Así es la vida aquí: muy de madrugar. Cuando tengáis vaca, a las seis hay que ordeñar añadió Lucía, sarcástica.

No vamos a tener vaca contestó Alejandro.

¿Por qué no? Leche, nata… ¡Ah! Ya sé, ¡que Carmen no sabe ordeñar! Y hay que levantarse temprano se mofó Lucía.

Tú tampoco sabes, y bien que vives rio Alejandro.

Desde que está Carmen, ya no eres como antes, Alejandro dijo Rosario.

Alejandro, yo me vuelvo a Salamanca. Avísame cuando este circo se marche, si te atreves. Ya tuve bastante dijo, cogiendo sus cosas, Carmen, harta.

¿Tú? ¡Desde que estás tú, mi hijo se ha olvidado de su familia! ¡No viene, no ayuda, ni llama! ¿Y esperas que te aceptemos? ¡Estás destrozando la familia! le gritó Rosario.

¡Basta ya! exclamó Alejandro. Silencio absoluto.

¿No os gusta que quiera mi familia? Me fui de casa, empecé mi vida y venís aquí a mandar como antes.

Hijo, has perdido la cabeza, todo tu tiempo y dinero se lo lleva ella, ¡sólo le interesan tus euros! decía Rosario. Se te ha subido al cuello, y aquí estamos nosotros intentando salvarte.

Mamá, Carmen se mantiene por sí sola, y yo estoy ahorrando para la boda Alejandro sujetó a Carmen antes de que se fuera. ¿Te preocupa mi felicidad? ¡Pues volved a casa! Aquí solo venís si os invitamos. Especialmente tú, Lucía.

Mientras las primas trataban de reaccionar ante el golpe, Alejandro acompañó a Carmen a la habitación y volvió, para ver cómo su familia recogía a toda prisa.

Hijo, elige: o yo, o esa… sentenció su madre.

Pero bien que aceptasteis a Lucía dijo Alejandro.

¡Comparaciones ofensivas! replicó Lucía.

El padre Joaquín y Germán observaban, curiosos.

¿Y bien? apremió Rosario.

Elijo la felicidad dijo, desafiante, mirando a su madre.

¡Pues ya no tengo hijo! y Rosario salió, dejando las maletas a su marido. Lucía la siguió.

Que sepas que tienes nuestro apoyo sonrió Joaquín a su hijo. Lo de tu madre ya lo arreglo yo.

El hermano le dio un abrazo: Cuidad esa felicidad. Nosotros tenemos cosas que cambiar

Y así se fueron. Carmen se sintió incómoda, pero comprendió que Alejandro hablaba en serio cuando decía querer compartir la vida con ella.

Volvieron a hacer juntos sus tareas, Carmen siguió apoyando a Alejandro, consciente de lo difícil que era para él su postura.

Mientras, en casa de Germán, la situación era mucho más entretenida.

¡Mamá, Lucía! ¡Os he comprado una vaca! anunció Germán con sorna.

¿Estás loco? preguntó Rosario, escéptica.

No, no. Lucía tendrá que ordeñarla cada mañana y llevarla al prado Germán estaba muy serio.

¡No tienes gracia! rezongó Lucía.

Como os gustaba enseñar a Carmen, pensamos que os vendría bien dijo Joaquín. Y además, madre, a las siete toca desayuno todos los días, y no bocatas: algo calentito y fuerte. Aquí se madruga.

Y empezó el adiestramiento de las mujeres. ¡Menuda diversión!

Todo lo que reclamaron a Carmen, ahora se volvía hacia ellas. Rosario entendió que se pasó con la chica, porque ahora se les exigía ganar dinero como Carmen. Pero ni la formación era la misma, ni las ganas.

¡No daba tiempo a todo!

Al final Rosario hizo las paces con Alejandro, aunque aún le daba reparo volver, por si Carmen sabía hacer algo nuevo.

Y por fin Alejandro se armó de valor y pidió matrimonio a Carmen de manera oficial.

A la boda asistieron todos. No se puede decir que Rosario y Lucía se hicieran amigas de Carmen, pero aprendieron a no decir nada. No era seguro.

Carmen era feliz. Seguían haciendo todo en equipo, ayudándose y ya nadie temía a las visitas sorpresa.

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¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me marché de casa, empecé a construir mi vida y ahora volvéis y todo vuelve a ser como antes – Zina, ¡anda, mujer, no te angusties tanto! Entiendo que tú, tan de ciudad, en el pueblo lo pasarás regular. Pero yo te ayudo – intentaba convencerla Dimitri. – Ya lo sé todo, me las apaño solo. Solo quédate a mi lado. Zina estaba hecha un lío. ¿Para qué me habré enamorado de un chico de pueblo? ¡Pero cómo! Me tiemblan hasta las piernas. Ella ya tiene veintiocho años y una carrera exitosa, y Dimitri, con treinta, mucha familia y casa propia al lado de la ciudad. Se conocieron en el Parque de Atracciones del Retiro, donde Dimitri fue por casualidad mientras su madre iba de tiendas y Zina había ido con amigas. Se cayeron bien, intercambiaron teléfonos y empezaron a quedar…
Carlos