La víspera de Nochevieja, fui con mi madre al El Corte Inglés de la Gran Vía de Madrid y allí vi un vestido que me fascinó y me horrorizó de lo mucho que lo quería. Era rojo, de punto, con un ribete azul brillante en el bajo y en las mangas.
Íbamos solo a por una tontería, alguna guirnalda o espumillón para adornar la casa. Pero yo me planté y empecé a suplicar a mi madre para que me dejara probar aquel vestido.
Me lo puse y me quedaba como un guante, como si lo hubieran hecho para mí. Enseguida mi cabeza empezó a soñar. Había un chico en clase que me gustaba muchísimo, y deseaba que me viera con ese vestido durante la fiesta de Navidad en el colegio.
Allí estaba yo, casi llorando, sin querer quitarme el vestido. Mi madre vio la escena y, suspirando, me dijo: «Venga, hija, cuando cobre la nómina en unos días, lo compramos». Volví a casa emocionado, casi como un niño con zapatos nuevos.
Decoramos el piso, pusimos el belén y la estrella en el árbol. Pero, la comida en la nevera era solo un poco de mantequilla y hielo. Esperábamos la paga de mi madre con nerviosismo. Hay que recordar que, en aquellos años 80 en España, incluso el 31 de diciembre la gente trabajaba, aunque algunos podían salir antes de la oficina.
Mi madre llegó aquella tarde a casa cabizbaja: la empresa había retrasado el pago de la nómina. Tenía los ojos llenos de lágrimas, la voz rota y, sobre todo, mucha vergüenza porque no tendríamos mesa de fiesta.
Sin embargo, te aseguro que yo no me sentí nada triste. Seguía con la ilusión a flor de piel, sentado delante de la tele viendo las películas típicas de Nochevieja, que en esos días parecían un tesoro: tampoco es que tuviéramos muchos canales, sólo TVE1 y TVE2.
Mi madre pelo unas patatas, las mezcló con un poco de mantequilla, ralló una zanahoria y la espolvoreó con azúcar. No había absolutamente nada más en casa.
Nos sentamos a la mesa y, al poco, mi madre rompió a llorar. Yo intenté consolarla y, sin darme cuenta, me puse a llorar también. No era por la falta de manjares, sino porque me dolía en el alma ver a mi madre así.
Al final nos tumbamos juntos bajo la manta en el sofá, abrazados, viendo el especial musical de La 1.
Y entonces, llegaron las campanadas de medianoche. En el rellano, los vecinos salieron con copas de cava a felicitar el año nuevo a gritos, cantando, montando jaleo. Nosotros no salimos.
De repente, sonó el timbre con insistencia. Mi madre fue a abrir y ahí estaba la señora Carmen, la vecina cascarrabias: siempre se quejaba de mí, que si no limpiaba el portal cuando era mi turno, que si hacía ruido, en fin Nadie del barrio tenía mucha simpatía por ella, nos echaba la bronca a los chavales del bloque por hacer ruido en el parque.
Carmen ya llevaba varias copas y no oí qué le dijo a mi madre, pero la vi entrar resoplando y echando un vistazo a nuestra mesa con las patatas en el centro. Sin decir nada, dio media vuelta y se fue.
Pasados veinte minutos, nadie llamaba, pero empezaron a aporrear la puerta a patadas. Mi madre me prohibió salir y ella fue a abrir.
Al momento, entró señora Carmen como una tromba. Llevaba bolsas llenas de tarteras, latas, platos y bajo el brazo una botella de cava. Sin dejar hablar a mi madre, le gritó que la ayudara y empezó a sacar ensaladilla rusa, chorizo de Cantimpalos, una lata de pepinillos en vinagre, medio pollo asado, bombones y hasta unos cuantos polvorones y mandarinas.
Mi madre volvió a llorar, pero esta vez distinto. Carmen la llamó tonta, le secó la cara con un pañuelo y se fue sin más.
Después de eso, Carmen siguió siendo la sargenta del bloque, mandona como siempre. Nunca volvió a mencionar aquella Nochevieja.
Y cuando, años después, la despedimos entre todo el edificio en su funeral, descubrimos que, a su manera, Carmen había ayudado a todos más de una vez. Al final, todos queríamos a nuestra gruñona vecina.







