La víspera de Nochevieja fuimos mi madre y yo a “El Corte Inglés Kids”… Y me enamoré perdidamente de un vestido: rojo, de punto, con un vivo azul brillante en el bajo y las mangas. Íbamos solo a por unas cosillas —quizá unas guirnaldas, tal vez espumillón—, pero me encapriché y no paraba de suplicarle a mi madre que me dejara probármelo. El vestido me sentaba como un guante, como si lo hubieran cosido a medida para mí. De inmediato empecé a imaginar: había un chico en clase que me gustaba mucho, y deseaba que me viera con ese vestido en la fiesta de fin de año. Allí estaba, al borde del llanto, sin querer quitármelo. Mi madre lo notó y dijo: “Bueno, en nada cobro la paga, vamos a llevárnoslo.” Vuelta a casa fui más feliz que unas castañuelas. Decoramos el piso, pusimos el árbol… Pero en la nevera solo quedaban hielo y un trozo de mantequilla. Esperábamos ansiosas el sueldo de mi madre —como sabéis, en tiempos de la España de antes, la gente trabajaba también el 31 de diciembre, aunque les dejaban salir antes—. Mi madre volvió del trabajo triste: no le habían pagado, lo habían retrasado. Tenía lágrimas en los ojos, la voz dolida y sobre todo vergüenza de no poder darme una cena especial. Pero sinceramente, yo no me llevé ningún disgusto: seguía con el ánimo festivo, viendo pelis navideñas en la tele, esas que solo ponían en fiestas porque de normal la tele era bastante monótona y solo había dos canales, creo. Mi madre coció patatas, les puso mantequilla, ralló zanahoria y la espolvoreó con azúcar. No había nada más en casa. Nos sentamos a la mesa y se puso a llorar; al consolarla yo también terminé llorando, pero no por la comida, sino porque me daba muchísima pena ver así a mi madre. Terminamos las dos acurrucadas en el sofá bajo la manta, viendo el especial de Nochevieja. Dieron las doce, los vecinos del rellano salieron con copas de cava a felicitarse y cantar, pero nosotras no salimos. De pronto, un timbrazo insistente: mi madre fue a abrir y era la vecina que siempre refunfuñaba conmigo, la típica abuela cascarrabias a la que los niños temían porque te regañaba por hacer ruido y te mandaba a limpiar el portal. Iba bien alegre de cava y, tras hablar con mi madre, entró, echó un vistazo a nuestra humilde mesa y se fue en silencio. A los veinte minutos, en vez de llamar, aporrearon la puerta. Nos llevamos un susto, mi madre me prohibió salir y fue ella. Al momento entró la señora Vero, que traía bolsas llenas de latas, cajas, platos, una botella de cava bajo el brazo. Le lanzó una bronca cariñosa a mi madre por quedarse parada y empezó a sacar ensaladas, embutido, un tarro de pepinillos, media gallina cocida, caramelos y hasta mandarinas. Mi madre volvió a llorar, pero diferente. Vero la llamó tonta, le secó las lágrimas con la manga gigante y se marchó. Tras Nochevieja, la señora Vero siguió mandando en el bloque y el patio. Jamás volvió a mencionar aquella noche… Pero cuando años después la despedimos todo el bloque, resultó que todos, en el fondo, queríamos a nuestra “vecina gruñona”, porque en algún momento a todos nos había echado una mano…

La víspera de Nochevieja, fui con mi madre al El Corte Inglés de la Gran Vía de Madrid y allí vi un vestido que me fascinó y me horrorizó de lo mucho que lo quería. Era rojo, de punto, con un ribete azul brillante en el bajo y en las mangas.

Íbamos solo a por una tontería, alguna guirnalda o espumillón para adornar la casa. Pero yo me planté y empecé a suplicar a mi madre para que me dejara probar aquel vestido.

Me lo puse y me quedaba como un guante, como si lo hubieran hecho para mí. Enseguida mi cabeza empezó a soñar. Había un chico en clase que me gustaba muchísimo, y deseaba que me viera con ese vestido durante la fiesta de Navidad en el colegio.

Allí estaba yo, casi llorando, sin querer quitarme el vestido. Mi madre vio la escena y, suspirando, me dijo: «Venga, hija, cuando cobre la nómina en unos días, lo compramos». Volví a casa emocionado, casi como un niño con zapatos nuevos.

Decoramos el piso, pusimos el belén y la estrella en el árbol. Pero, la comida en la nevera era solo un poco de mantequilla y hielo. Esperábamos la paga de mi madre con nerviosismo. Hay que recordar que, en aquellos años 80 en España, incluso el 31 de diciembre la gente trabajaba, aunque algunos podían salir antes de la oficina.

Mi madre llegó aquella tarde a casa cabizbaja: la empresa había retrasado el pago de la nómina. Tenía los ojos llenos de lágrimas, la voz rota y, sobre todo, mucha vergüenza porque no tendríamos mesa de fiesta.

Sin embargo, te aseguro que yo no me sentí nada triste. Seguía con la ilusión a flor de piel, sentado delante de la tele viendo las películas típicas de Nochevieja, que en esos días parecían un tesoro: tampoco es que tuviéramos muchos canales, sólo TVE1 y TVE2.

Mi madre pelo unas patatas, las mezcló con un poco de mantequilla, ralló una zanahoria y la espolvoreó con azúcar. No había absolutamente nada más en casa.

Nos sentamos a la mesa y, al poco, mi madre rompió a llorar. Yo intenté consolarla y, sin darme cuenta, me puse a llorar también. No era por la falta de manjares, sino porque me dolía en el alma ver a mi madre así.

Al final nos tumbamos juntos bajo la manta en el sofá, abrazados, viendo el especial musical de La 1.

Y entonces, llegaron las campanadas de medianoche. En el rellano, los vecinos salieron con copas de cava a felicitar el año nuevo a gritos, cantando, montando jaleo. Nosotros no salimos.

De repente, sonó el timbre con insistencia. Mi madre fue a abrir y ahí estaba la señora Carmen, la vecina cascarrabias: siempre se quejaba de mí, que si no limpiaba el portal cuando era mi turno, que si hacía ruido, en fin Nadie del barrio tenía mucha simpatía por ella, nos echaba la bronca a los chavales del bloque por hacer ruido en el parque.

Carmen ya llevaba varias copas y no oí qué le dijo a mi madre, pero la vi entrar resoplando y echando un vistazo a nuestra mesa con las patatas en el centro. Sin decir nada, dio media vuelta y se fue.

Pasados veinte minutos, nadie llamaba, pero empezaron a aporrear la puerta a patadas. Mi madre me prohibió salir y ella fue a abrir.

Al momento, entró señora Carmen como una tromba. Llevaba bolsas llenas de tarteras, latas, platos y bajo el brazo una botella de cava. Sin dejar hablar a mi madre, le gritó que la ayudara y empezó a sacar ensaladilla rusa, chorizo de Cantimpalos, una lata de pepinillos en vinagre, medio pollo asado, bombones y hasta unos cuantos polvorones y mandarinas.

Mi madre volvió a llorar, pero esta vez distinto. Carmen la llamó tonta, le secó la cara con un pañuelo y se fue sin más.

Después de eso, Carmen siguió siendo la sargenta del bloque, mandona como siempre. Nunca volvió a mencionar aquella Nochevieja.

Y cuando, años después, la despedimos entre todo el edificio en su funeral, descubrimos que, a su manera, Carmen había ayudado a todos más de una vez. Al final, todos queríamos a nuestra gruñona vecina.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

twelve + 18 =

La víspera de Nochevieja fuimos mi madre y yo a “El Corte Inglés Kids”… Y me enamoré perdidamente de un vestido: rojo, de punto, con un vivo azul brillante en el bajo y las mangas. Íbamos solo a por unas cosillas —quizá unas guirnaldas, tal vez espumillón—, pero me encapriché y no paraba de suplicarle a mi madre que me dejara probármelo. El vestido me sentaba como un guante, como si lo hubieran cosido a medida para mí. De inmediato empecé a imaginar: había un chico en clase que me gustaba mucho, y deseaba que me viera con ese vestido en la fiesta de fin de año. Allí estaba, al borde del llanto, sin querer quitármelo. Mi madre lo notó y dijo: “Bueno, en nada cobro la paga, vamos a llevárnoslo.” Vuelta a casa fui más feliz que unas castañuelas. Decoramos el piso, pusimos el árbol… Pero en la nevera solo quedaban hielo y un trozo de mantequilla. Esperábamos ansiosas el sueldo de mi madre —como sabéis, en tiempos de la España de antes, la gente trabajaba también el 31 de diciembre, aunque les dejaban salir antes—. Mi madre volvió del trabajo triste: no le habían pagado, lo habían retrasado. Tenía lágrimas en los ojos, la voz dolida y sobre todo vergüenza de no poder darme una cena especial. Pero sinceramente, yo no me llevé ningún disgusto: seguía con el ánimo festivo, viendo pelis navideñas en la tele, esas que solo ponían en fiestas porque de normal la tele era bastante monótona y solo había dos canales, creo. Mi madre coció patatas, les puso mantequilla, ralló zanahoria y la espolvoreó con azúcar. No había nada más en casa. Nos sentamos a la mesa y se puso a llorar; al consolarla yo también terminé llorando, pero no por la comida, sino porque me daba muchísima pena ver así a mi madre. Terminamos las dos acurrucadas en el sofá bajo la manta, viendo el especial de Nochevieja. Dieron las doce, los vecinos del rellano salieron con copas de cava a felicitarse y cantar, pero nosotras no salimos. De pronto, un timbrazo insistente: mi madre fue a abrir y era la vecina que siempre refunfuñaba conmigo, la típica abuela cascarrabias a la que los niños temían porque te regañaba por hacer ruido y te mandaba a limpiar el portal. Iba bien alegre de cava y, tras hablar con mi madre, entró, echó un vistazo a nuestra humilde mesa y se fue en silencio. A los veinte minutos, en vez de llamar, aporrearon la puerta. Nos llevamos un susto, mi madre me prohibió salir y fue ella. Al momento entró la señora Vero, que traía bolsas llenas de latas, cajas, platos, una botella de cava bajo el brazo. Le lanzó una bronca cariñosa a mi madre por quedarse parada y empezó a sacar ensaladas, embutido, un tarro de pepinillos, media gallina cocida, caramelos y hasta mandarinas. Mi madre volvió a llorar, pero diferente. Vero la llamó tonta, le secó las lágrimas con la manga gigante y se marchó. Tras Nochevieja, la señora Vero siguió mandando en el bloque y el patio. Jamás volvió a mencionar aquella noche… Pero cuando años después la despedimos todo el bloque, resultó que todos, en el fondo, queríamos a nuestra “vecina gruñona”, porque en algún momento a todos nos había echado una mano…
— He tirado tu pavo, — guiñó con picardía la suegra. — ¿Para qué iba a estar ocupando sitio en el horno y soltando humo? El (aparente) silencio prenavideño en el piso de Marina y Arturo, con una reforma de lujo, era engañoso. En el aire flotaba un delicado aroma a ralladura de naranja, jengibre y canela: la dueña de casa acababa de concluir su maratón de tres días de preparativos festivos. Sobre las bandejas de cristal, compradas expresamente para la ocasión, se lucían canapés de queso de cabra con mermelada de higos, mini-tartaletas de paté de setas y rollitos de jamón serrano con pera. En la nevera aguardaba un jamón marinado en miel y romero, y en el horno, a constante temperatura de 95 grados, se asaba el pavo — jugoso y tierno, según la receta de su chef favorito de un blog. Marina se secó las manos y repasó con satisfacción su “campo de batalla”. La mesa vestía mantel blanco como la nieve, copas de cristal resplandecían, y un centro de ramas de abeto, mandarinas y piñas redondeaba la imagen de su Nochevieja ideal. — ¿Qué tal? — Arturo la abrazó por detrás, besándole el cabello. — Huele como en los mejores restaurantes. Qué bonito todo. Cuando venga mi madre, se va a quedar boquiabierta. — Espero que le guste, — reconoció Marina con cierta inquietud. — ¿Te acuerdas cuando criticó mi crema de calabaza diciendo que era comida de guardería? — No le hagas caso, — zanjó Arturo. — Es otra generación. Pero sólo quiere lo mejor para todos. A las 22:30, con Marina ya enfundada en su nuevo mono de seda, no sonó un simple timbrazo, sino uno largo e insistente, seguido de un grito: — ¡Arturo! ¡Marina! ¡Abrid, que ya no siento los brazos! Arturo abrió la puerta y, atropellando el felpudo de la entrada, irrumpieron Valentina y Pedro. Parecían una expedición preparada para sobrevivir en condiciones extremas de aislamiento culinario. Pedro venía cargado con dos enormes ollas tapadas y Valentina, colorada por el frío y la emoción, acarreaba una bolsa térmica gigante y una malla repleta, asomando por ella un paquete de mayonesa y una ristra de cebollas. — ¡Buenas noches, hijos! ¡Papá también ha querido venir conmigo! — retumbó Valentina, yendo derechita a la cocina. — ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Ayudad a vuestro padre a descargar! Ya sabíamos que con vuestros langostinos y quesos os ibais a morir de hambre. ¡Una fiesta no es lo mismo sin comida de verdad! Marina se quedó de piedra en el umbral del salón. — Valentina, lo tenemos todo ya listo. La mesa está puesta… — Bueno, hija, tú has puesto tus tapitas, — concedió la suegra, conquistando la cocina con decisión. — Pero la Nochevieja hay que celebrarla en condiciones, para que no falte picoteo con el champán. Pedro, pon las ollas en el fuego, que hay que calentar. Arturo lanzó a Marina una mirada suplicante: “Aguanta, que lo han hecho con la mejor intención”. — Mamá, Marina tiene el pavo en el horno, — intentó protestar Arturo. — ¿Pavo? — resopló Valentina. — Eso está más seco que el esparto, ¿quién va a comerse eso? Yo he traído — agitó la olla con orgullo — ¡ensaladilla rusa, receta familiar, con mortadela, como hacía la abuela! Y vinagreta, y arenques con mayonesa, y empanadillas caseras, tus favoritas, Arturo. En cuanto abrió la tapa, el olor a cebolla frita y aceite recalentado inundó la cocina. Marina gimió al ver su impecable vitrocerámica manchada de salpicaduras. Sin pensárselo, Valentina apagó el horno del pavo. — ¿Para qué torturarlo más? Seguro que ya está hecho. Pásame la sartén grande, que hay que darle el último toque a las empanadillas, que están frías del viaje. — Valentina, déjame que te ayude… — empezó Marina, intentando acercarse a la cocina. — Siéntate, que ya has hecho bastante faena con esas modernidades tuyas. Yo me apaño sola. Arturo, pela la cebolla para el arenque, en trozos grandes, ¡que se note! En estado de semi shock, Marina se retiró al salón, donde Pedro ya veía la tele acomodado en el sillón. — Bien hecho, Valen, — aprobó sin apartar la vista de la pantalla. — La fiesta es la fiesta. Hay que salir rodando de la mesa, sino no es fiesta. Tus aperitivos están bonitos, Marina, pero ¿quién se llena con eso? En la cocina reinaba el caos. Las superficies, cubiertas de gotas, migas y cáscaras de cebolla. Arturo, resignado, cortaba cebollas y, entre estornudos, intentaba sonreír a su mujer. Marina observaba, horrorizada, cómo sus preciosos platos se relegaban al fondo del armario, sustituidos por loza desportillada —“que estos son para las ensaladas, no queremos estropear tus platos finos”. El clímax llegó a las 23:40. Valentina, friendo las empanadillas al máximo fuego, llenó la cocina de humo. Saltó la alarma de incendios. En el caos, Arturo derribó la bandeja de canapés, que volcaron por todo el suelo. Mientras, del horno salió una nube negra. El pavo —apagado dos horas antes y luego dejado encendido por la suegra— se había carbonizado. — ¡Válgame Dios! — exclamó Valentina, abanicando el detector de humo. — Bueno, no pasa nada, que las empanadillas están recién hechas. El pavo ni importa, nadie lo iba a comer. ¡Ven, Marina, que la cena está lista! El banquete de Nochevieja era digno de ver. Sobre el mantel blanco, junto a las copas resplandecientes, dos fuentes enormes y deslucidas dominaban la escena. Una, con ensaladilla rusa amarillenta bañada en mayonesa y bien cargada de cebolla. Otra, con arenques a la vinagreta escurriendo jugo de remolacha. Al lado, una montaña de empanadillas aceitosas y pan con sardinas decorado con aros de cebolla cruda. El fragante aroma era un cóctel de mayonesa, cebolla frita y pescado. — ¡Vamos, chicos, feliz año nuevo! — brindó Valentina cuando las campanadas marcaron la medianoche. — Por la tradición y las mesas de verdad. Que en el año nuevo no estemos con mariconadas internacionales, sino que comamos lo de siempre, lo que nos enseñaron los abuelos. Arturo, sírvete vino, y ponle al padre, ¡que ya se lo ha acabado! Marina permanecía inmóvil con la copa, deseando haber vivido ese momento rodeada de belleza e intimidad. — ¿Qué te pasa, Marina? — murmuró Arturo, dándole un codazo. — Bebe un poco, que todo está riquísimo, mamá se lo ha currado. Ella llevó mecánicamente la copa a los labios. El champán, que había seleccionado meticulosamente, le sabía amargo. — Sí, muy… contundente, — murmuró. — ¡Eso es! — celebró Pedro, zampándose una empanadilla con arenque. — Tus rollitos de cangrejo con sésamo están bien, pero después de tres días de trabajo, se acaban en un suspiro. Lo de mi Valen es para recordarlo; mañana repetimos. Marina veía cómo la suegra rellenaba el plato de Arturo con una montaña de ensaladilla, y se le revolvía el ánimo. Su Nochevieja había sido desplazada, invadida de mayonesa y cebolla, con la mejor de las intenciones. Arturo, feliz y repleto, abrazó a su mujer por los hombros. — Bueno, ¿a qué ha estado animado? Mi madre sí que sabe cómo montar una fiesta. Marina asintió en silencio, mientras la suegra ya protestaba recogiendo platos: “Esta vajilla moderna resbala, casi la rompo”. Hasta las cuatro de la mañana, Valentina iba y venía de la cocina al salón, rellenando fuentes una y otra vez. — Por cierto, he tirado tu pavo… — le guiñó a Marina después, con complicidad. — ¿Para qué iba a estar ahí molesto, echando humo en el horno? ¿No te parece bien? Marina, aún en shock por una Nochevieja arruinada por sus suegros, asintió en silencio. — Te noto mustia, ¿no estarás mala? — indagó Valentina. — No, todo perfecto, — forzó Marina una sonrisa. — Habéis hecho lo correcto. Eso animó de inmediato a su suegra, que se sentó satisfecha a la mesa. Marina la observó y tomó una decisión: jamás volvería a pasar las campanadas con sus suegros, aunque se ofendieran. Se lo contó a su marido a la mañana siguiente. Arturo quiso protestar, pero viendo la cara sombría de Marina, prefirió no discutirlo.