31 de diciembre
Hoy ha sido uno de esos días que, aunque te esmeres hasta el último detalle, el universo parece tener otros planes para ti.
Desde la mañana, en nuestro piso de Madrid con ese parquet reluciente y las molduras restauradas, reinaba una calma engañosa. En el aire flotaba el aroma a piel de naranja, jengibre y canela; llevaba tres días con el maratón culinario para la Nochevieja.
Sobre las bandejas de vidrio compradas adrede en El Corte Inglés coloqué canapés de queso de cabra y mermelada de higos, minitartaletas de paté de setas y rollitos de jamón ibérico con pera. En la nevera aguardaba, perfectamente marinado con miel y romero, un codillo de cerdo. Y en el horno, a esos constantes 95 grados, mi pavo jugoso según la receta de ese chef andaluz al que sigo en Instagram.
He repasado la cocina, satisfecha y orgullosa de mi trabajo. La mesa estaba ya vestida con un mantel blanco inmaculado, las copas de cristal brillaban y un centro de piñas, mandarinas y ramas de abeto remataban mi idea del Año Nuevo perfecto.
Se acercó Alfonso a abrazarme por detrás, besándome la cabeza: Huele a restaurante de lujo, Lucía. Los ojos de mi madre van a salirse de las órbitas cuando vea esto.
Ojalá le guste Recuerdas el año pasado y el comentario sobre mi crema de calabaza, ¿no? Eso es comida de guardería imité su voz, medio en broma, medio inquieta.
No le hagas caso, es de otra generación dijo Alfonso, encogiéndose de hombros. Quiere que todo el mundo esté feliz.
A las diez y media, cuando por fin me había cambiado y lucía mi mono de seda nuevo, sonó el timbre. No fue un timbrazo normal: minutos de insistencia y luego la voz:
¡Alfoooonso! ¡Luci! ¡Abridme ya, que me caen los brazos!
Abrió Alfonso y, como un vendaval, entraron Carmen y Rogelio.
Carmen y su marido parecían una expedición lista para sobrevivir a una hambruna. Rogelio acarreaba dos ollas gigantescas tapadas y Carmen, roja de cara, colgaba una nevera portátil y una de esas bolsas de red de toda la vida, de la que asomaba una bolsa de mayonesa y varios manojos de cebolleta.
Buenas noches, hijos. El padre se ha venido también, claro proclamó Carmen, marchando directa hacia la cocina. ¿Qué hacéis ahí de pie? ¡Ayudad a vuestro padre! ¡Pensábamos que aquí con tanto queso y gambas ibais a desfallecer de hambre! ¡Esto sí es fiesta, leches!
Me quedé atónita en la puerta del salón. Carmen pero ya está todo hecho. Hay comida de sobra.
Lo tuyo son medias tapas, hija soltó Carmen, ya tomando el control absoluto. Nochevieja es para llenar el estómago como Dios manda, con algo para acompañar un buen orujo. Roge, pon las ollas al fuego, que hay que recalentar todo.
Alfonso me miró con súplica silenciosa: Aguanta, lo hacen con toda la intención del mundo.
Cariño, Lucía tiene el pavo en el horno intentó argumentar él, sin convicción.
¿El pavo? bufó Carmen. Menuda carne reseca. ¿Quién se lo va a comer? Aquí traigo, levantó la olla con orgullo, ensaladilla rusa de la de antes, con mortadela buena, y una vinagreta que quita el sentido, y mi ensalada de arenques con remolacha. ¡Y por supuesto, mis empanadillas que le encantan a Alfonso!
El olor a cebolla frita y aceite requemado invadió la casa al abrir la tapa.
Mi vitro reluciente ahora salpicada de gotas de aceite Carmen apagó el horno sin miramientos.
Ya vale de tortura, mujer. Eso tiene que estar más que hecho. Saca esa sartén grande, tengo que darle un golpe de calor a las empanadillas.
Carmen, ¿me dejas? intenté, acercándome tímida.
Ni hablar, tú siéntate y descansa. Bastante has hecho con esas monerías. Yo me apaño, Alfonso me ayuda. Hijo, corta cebolleta para el arenque, en trozos grandotes, que se note.
Media grogui, me retiré al salón. Rogelio ya se había acomodado en el sillón y puesto las campanadas.
Bien que hace Carmen sentenció, sin apartar la vista. Para fiesta, que reviente el pantalón. Tus canapés muy monos, Lucía, pero eso no llena. Esto es lo que da energía para todo el año.
La cocina mejor dejarlo. Todo manchado. Restos aquí y allá. Alfonso cortando cebolletas a destajo.
Mis platos finos desplazados al fondo de la estantería, reemplazados por aquellos viejos y despostillados, con motivos florales, especial para ensaladas, que no se te estropeen los bonitos, según Carmen.
El apogeo llegó a las 23:40. Carmen, a fuego vivo con las empanadillas, convirtió la cocina en un espectáculo de humo. Saltó la alarma de incendios. El revuelo por desconectarla terminó con Alfonso tirando una bandeja: varios canapés por el suelo.
Y al abrir la puerta del horno, donde asomé aterrada, un humo negrísimo lo invadía. El pavo, a ratos apagado y luego recalentado por error, se había convertido en un trozo de carbón.
¡Vaya tela! gritó Carmen ventilando con un trapo. Pero mira, las empanadillas recién hechas. El pavo ni quien lo eche de menos, nadie se lo habría comido. ¡Lucía, a la mesa!
El espectáculo era digno de cuadro. Mesa blanca, copas de Bohemia y en medio, dos fuentes inmensas de metal abollado: una con ensaladilla rusa a raudales, jugosa y blanqueada con mayonesa, decorada con cebolleta; la otra, arenques con montañas de bechamel y remolacha chorreando. Empanadillas apiladas y el aroma, madre mía: mezcla de cebolla, mayonesa y pescado.
¡Por nosotros, que venga un año bueno! alzó su copa Carmen cuando el reloj marcó medianoche. Que no se pierdan las tradiciones, que basta ya de modernidades, ¡lo de toda la vida! Alfonso, sírvele al padre, que ya ha vaciado la suya sin que lo notemos.
No sé describir bien mi ánimo. Sostenía la copa pensando en el ambiente cálido y bonito que había soñado, y nada de eso estaba.
¿Estás bien, Lucía? me sacó Alfonso de mis pensamientos, rozando mi brazo. Prueba, todo está rico, mamá se ha matado en la cocina.
Le di un sorbo al cava, que había elegido con tanta ilusión. Me supo amargo.
Sí muy abundante todo dije, forzando la sonrisa.
¿Ves? aprobó Rogelio, masticando arenque y empanadillas. Tus bocaditos muy bien están, pero para picoteo. La comida de Carmen es para sobrevivir hasta los Reyes Mañana los restos, ¡qué alegría!
Vi a Carmen rellenar el plato de Alfonso con tres cucharones de ensaladilla y me entró escalofrío.
Mi Nochevieja perfecta, cuidadosamente organizada, había sido arrollada y sepultada por buena voluntad, mayonesa y mucha cebolleta. Alfonso, satisfecho, me apretó el hombro.
Vaya noche, ¿eh? No se puede decir que mamá no anime el cotarro
Sólo asentí con la cabeza, contemplando cómo Carmen refunfuñaba recogiendo los platos: Estos trastos modernos, resbalan un montón.
Hasta las cuatro, Carmen iba y venía con comidas, platos y comentarios a todo volumen.
Al final de la noche, me guiñó un ojo, cómplice y orgullosa: He tirado tu pavo ¿Para qué iba a ocupar sitio y humear? ¿No es mejor así?
Yo, que todavía no asimilaba el desastre de mi Nochevieja en familia, sólo pude asentir.
Tienes un gesto triste, hija. ¿No estarás mala? me preguntó Carmen.
No, está todo bien le respondí, logrando sonreírle. Habéis hecho todo de maravilla.
Con eso, mi suegra brilló satisfecha y se sentó de nuevo.
Hoy lo he decidido: jamás vuelvo a celebrar la Nochevieja con los suegros, aunque se enfaden. Se lo conté a Alfonso esta mañana. Al principio protestó, pero al ver mi cara de pocos amigos, se lo pensó mejor y decidió quedarse callado.







