Pero mira, Socorro, hombres hay a montones. Pero ni aquí has encontrado pretendiente se reía Remedios.
En el pueblo vivía una mujer sola, Socorro. Ya contaba treinta y tres primaveras, pero ni marido ni hijos. Era una mujer guapa, con su punto de dulzura, pero en el pueblo nunca halló pareja, y jamás había puesto un pie fuera de su tierra.
Hace como diez años le pretendió Julián, de la calle de arriba, pero fue Remedios, siempre viva y alborotadora, quien le birló el pretendiente. En el pueblo todos se hacían cruces con la suerte de Socorro: algunos la lamentaban, otros la tomaban a broma, como Remedios.
Si os digo la verdad, abuelas, esto es cosa de mal fario, viene por las mujeres de su casa clamaba Tomasa . Fijaos: en su familia no ha habido hombre en siglos. El abuelo de Socorro desapareció antes de que su madre naciera. El padre, que en paz descanse, se fue de este mundo cuando la niña apenas tenía tres años. Y Socorro ni cerca ha visto a un hombre de verdad. Y así se va a quedar, solterona para siempre. ¿Quién la va a querer a esta edad? Digo que es cosa de hechizo…
Ni hechizo ni gaitas se reía Remedios . Es que no vale nada, y por eso los hombres se han ido yendo. Ahora es tarde. Los del pueblo todos con sus mujeres, y en la ciudad no le esperan precisamente. ¡Que vaya la tonta de Socorro, a ver si la quieren! y volvió a reír Remedios.
Pasó el invierno y ocurrió que en los campos del extrarradio hallaron una buena veta de carbón. Decidieron construir una colonia minera. En primavera llegaron un buen puñado de cuadrillas, todos hombres jóvenes.
Mandaron allí a las mujeres del pueblo, a echar una mano en las labores; entre ellas fue Socorro. Pero los hombres, la mayoría, unos chavales. Y los más maduros, todos casados.
Pues mira, Socorro, a reventar de hombres y ni uno te mira reía Remedios.
Socorro no respondía, se marchaba callada. Le dolía, aún recordaba cómo Remedios le quitó a Julián, que tan querido le era.
Ahora no lo lamentaba. Julián se había echado a la botella, y Remedios le aguantaba las tundas…
Poco después llegó a la obra otra cuadrilla, y entre ellos el capataz, un tipo al que nadie se quería acercar.
Ay, ¿habéis visto a ese hombre? Hoy se me ha acercado y se me ha caído la cuchara contaba Tomasa . No sé si es joven o viejo. Qué feo es, madre mía.
A ver si por lo menos a Socorro le mira se carcajeó Remedios . Yo he oído que eso es una enfermedad. No sé cómo se llama, pero os advierto, no os acerquéis, ¡eh! Que se pega.
Con los consejos de Remedios, cuando aquel hombre intentaba acercarse, todas salían huyendo. Nadie le sabía el nombre; entre ellas, el Feo.
Un día, el Feo se acercó a Socorro.
Señora, se me ha roto el chaleco. ¿Podría darme unas puntadas?
¿Cómo no? A ver, que eso más que puntadas necesita un remiendo. No te preocupes, te lo dejo como nuevo para mañana.
Gracias de veras, señora.
Dímelo cuando lo veas acabado…
Mirad, mirad Socorro se conforma hasta con el chaleco de un hombre murmuró Remedios . Seguro lo cuelga en su habitación para contemplarlo, ¡qué vida!
Socorro, temblándole las manos, cosió el chaleco con más esmero que un hábito nuevo.
Por la mañana fue a devolverlo, y hasta le pesaba desprenderse de él; sentía tanto la soledad que hasta una prenda ajena hacía compañía en la casa. Se lo dio al hombre y se marchó antes de que viera las lágrimas.
No me rehuyas, mujer. Sé lo que dicen de mí. Pero no estoy enfermo, estoy quemado. ¿Cómo te llamas?
Socorro
Yo, Aniceto. Aunque apenas sé quién soy. Me trajeron durante la guerra a un hospicio sin nombre ni apellido. Llegué ya quemado, y me llamaron Aniceto Quemado. Se calcula que tendría dos años. Usaron la fecha de ingreso como cumpleaños. Así que treinta y uno tengo ahora. ¿Pensabas que era un viejo?
Ni lo pensé
Gracias, Socorro. ¿No te reñirá tu marido por coserme el chaleco?
No tengo marido. Así que, nadie que me riña
Si vuelvo a pedirte un favor ¿me lo negarás?
No te lo niego.
Y no lo hizo. Fue Socorro quien después pidió a Aniceto que le arreglara la valla del huerto, caída de pura vejez: treinta años sin un hombre en esa casa. Y mira qué manos, las de Aniceto, de oro, y el corazón aún más.
La familia Queimado vivió después como para que les tuvieran envidia en todo el pueblo. Remedios, de celos, casi se ahoga en su propio veneno.
Socorro quería a su marido con locura. Aniceto trataba a su mujer como reina, y a las niñas Marina y Natividad como flores de azafrán. ¿Y qué importaba la fealdad, si el alma era noble y hermosa?
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