— ¡Fíjate, Eudocia, hombres hay a montones! Pero ni aquí has encontrado novio, — se reía Lucía. En un pueblo castellano vivía Eudocia, una mujer solitaria que, a sus treinta y tres años, no tenía marido ni hijos. Era guapa y simpática, pero nunca encontró pareja en el pueblo y jamás salió de allí. Hace una década, Federico del barrio de al lado quiso cortejarla, pero Lucía, siempre al acecho, le quitó el pretendiente. En el pueblo había quien la compadecía y quien, como Lucía, se burlaba de su suerte: “Eso de no pillar marido les viene de familia, lo llevo diciendo tiempo”, gritaba Valeria en la plaza. “Mirad: hombre en esa casa no ha habido desde los tiempos del abuelo, que desapareció antes de que la madre de Eudocia naciera. El padre, que en paz descanse, se fue al otro barrio cuando la niña solo tenía tres años. Y Eudocia ni ha visto hombre de cerca. Así que sola se quedará de por vida. ¿Quién la va a querer a esta edad? Eso es cosa de mal de ojo…” — ¿Mal de ojo? Anda ya —se reía Lucía—, si simplemente es una mujer rara, por eso los hombres salían corriendo. Y ahora ya es tarde. Los hombres buenos del pueblo están todos cogidos… A lo mejor nuestra Eudocia se va a la ciudad, pero allí tampoco la esperan —remató entre risas. Terminó el invierno y en los alrededores del pueblo descubrieron un yacimiento de carbón. Se decidió construir un barrio minero y, en primavera, llegaron cuadrillas de hombres de toda Castilla. Mandaron a las mujeres del pueblo a ayudar con las tareas, incluida Eudocia. Pero los muchachos eran muy jóvenes, y los mayores ya estaban todos casados. — Mira, Eudocia, hombres los hay a patadas, pero ni aquí encuentras novio —seguía con sus pullas Lucía. Eudocia no contestó, se dio la vuelta y se marchó en silencio. Le dolía recordar cómo Lucía le había quitado a Federico, que tanto le gustaba. Pero ya no le importaba. Federico se había echado a la botella y trataba fatal a Lucía… Poco después, llegó al barrio minero otra cuadrilla, cuyo jefe era un hombre al que todas las mujeres rehuían. — Chicas, ¿habéis visto a ese hombre? Cuando se me acercó hoy, hasta la cuchara se me cayó del susto. ¿Será joven o viejo? ¡Qué feo es! —decía Valeria. — Mira que si ese fija sus ojos en nuestra Eudocia —intervenía Lucía entre risas—. Dicen que tiene una enfermedad, pero no recuerdo el nombre. Mejor ni acercarse, ¡es contagioso! Después de aquello, si el hombre se acercaba a alguna, salían corriendo. Lo apodaron “el feo” y nadie supo nunca su nombre. — Oye, guapa, se me ha roto el chaleco. ¿Me lo puedes arreglar? —le pidió “el feo” a Eudocia una tarde. — Claro que sí… A ver, enséñamelo. Aquí hace falta un buen remiendo, pero yo te lo apaño, no te preocupes. Te lo devuelvo mañana… — Gracias, guapa. — No me des las gracias antes de tiempo… — Mirad, chicas, Eudocia ya tiene algo de hombre en casa: ¡el chaleco de un tío! Igual lo cuelga en el mejor sitio de su cuarto —ironizó Lucía. Eudocia estaba tan nerviosa mientras cosía que le temblaban las manos, pero hizo un trabajo impecable. Por la mañana, mientras iba a devolver el chaleco, sentía una alegría extraña por tener algo ajeno de hombre en casa. Se lo entregó deprisa, sin querer mirarle mucho. — No me rehuyas, mujer. Sé lo que dicen de mí, pero no estoy enfermo. Estoy quemado. ¿Cómo te llamas? — Eudocia… — Yo soy Anatolio. Tolo para los amigos. Ni sé mi apellido verdadero. Me trajeron de niño huérfano a un hospicio tras la guerra. Ya estaba quemado. Me dieron el apellido Quemado. Calcularon que tendría como dos años. Apuntaron como fecha de nacimiento el día que entré allí. Así que tengo treinta y uno… Parezco mayor, pero… — No, no pensaba nada. — Gracias, Eudocia. ¿No te reñirá tu marido por haber cosido el chaleco de otro hombre? — No tengo marido, así que nadie me puede reñir… — Si un día necesito algo, ¿me ayudarás? — Claro que sí. Eudocia no rechazó a Tolo. Incluso le pidió ayuda para reparar la valla, que llevaba treinta años caída. Resultó que Tolo tenía unas manos de oro y un corazón aún mejor. La familia Quemado prosperó en el pueblo, para envidia de todos. Lucía casi se atragantó con su propia malicia. Eudocia amaba a su marido. Anatolio la adoraba y se desvivía por sus hijas, Marina y Natalia… Y qué más daba el aspecto, ¡si era un hombre de alma hermosa! ¡Dale a “Me gusta” y deja tu comentario!

Pero mira, Socorro, hombres hay a montones. Pero ni aquí has encontrado pretendiente se reía Remedios.

En el pueblo vivía una mujer sola, Socorro. Ya contaba treinta y tres primaveras, pero ni marido ni hijos. Era una mujer guapa, con su punto de dulzura, pero en el pueblo nunca halló pareja, y jamás había puesto un pie fuera de su tierra.

Hace como diez años le pretendió Julián, de la calle de arriba, pero fue Remedios, siempre viva y alborotadora, quien le birló el pretendiente. En el pueblo todos se hacían cruces con la suerte de Socorro: algunos la lamentaban, otros la tomaban a broma, como Remedios.

Si os digo la verdad, abuelas, esto es cosa de mal fario, viene por las mujeres de su casa clamaba Tomasa . Fijaos: en su familia no ha habido hombre en siglos. El abuelo de Socorro desapareció antes de que su madre naciera. El padre, que en paz descanse, se fue de este mundo cuando la niña apenas tenía tres años. Y Socorro ni cerca ha visto a un hombre de verdad. Y así se va a quedar, solterona para siempre. ¿Quién la va a querer a esta edad? Digo que es cosa de hechizo…

Ni hechizo ni gaitas se reía Remedios . Es que no vale nada, y por eso los hombres se han ido yendo. Ahora es tarde. Los del pueblo todos con sus mujeres, y en la ciudad no le esperan precisamente. ¡Que vaya la tonta de Socorro, a ver si la quieren! y volvió a reír Remedios.

Pasó el invierno y ocurrió que en los campos del extrarradio hallaron una buena veta de carbón. Decidieron construir una colonia minera. En primavera llegaron un buen puñado de cuadrillas, todos hombres jóvenes.

Mandaron allí a las mujeres del pueblo, a echar una mano en las labores; entre ellas fue Socorro. Pero los hombres, la mayoría, unos chavales. Y los más maduros, todos casados.

Pues mira, Socorro, a reventar de hombres y ni uno te mira reía Remedios.

Socorro no respondía, se marchaba callada. Le dolía, aún recordaba cómo Remedios le quitó a Julián, que tan querido le era.

Ahora no lo lamentaba. Julián se había echado a la botella, y Remedios le aguantaba las tundas…

Poco después llegó a la obra otra cuadrilla, y entre ellos el capataz, un tipo al que nadie se quería acercar.

Ay, ¿habéis visto a ese hombre? Hoy se me ha acercado y se me ha caído la cuchara contaba Tomasa . No sé si es joven o viejo. Qué feo es, madre mía.

A ver si por lo menos a Socorro le mira se carcajeó Remedios . Yo he oído que eso es una enfermedad. No sé cómo se llama, pero os advierto, no os acerquéis, ¡eh! Que se pega.

Con los consejos de Remedios, cuando aquel hombre intentaba acercarse, todas salían huyendo. Nadie le sabía el nombre; entre ellas, el Feo.

Un día, el Feo se acercó a Socorro.

Señora, se me ha roto el chaleco. ¿Podría darme unas puntadas?

¿Cómo no? A ver, que eso más que puntadas necesita un remiendo. No te preocupes, te lo dejo como nuevo para mañana.

Gracias de veras, señora.

Dímelo cuando lo veas acabado…

Mirad, mirad Socorro se conforma hasta con el chaleco de un hombre murmuró Remedios . Seguro lo cuelga en su habitación para contemplarlo, ¡qué vida!

Socorro, temblándole las manos, cosió el chaleco con más esmero que un hábito nuevo.

Por la mañana fue a devolverlo, y hasta le pesaba desprenderse de él; sentía tanto la soledad que hasta una prenda ajena hacía compañía en la casa. Se lo dio al hombre y se marchó antes de que viera las lágrimas.

No me rehuyas, mujer. Sé lo que dicen de mí. Pero no estoy enfermo, estoy quemado. ¿Cómo te llamas?

Socorro

Yo, Aniceto. Aunque apenas sé quién soy. Me trajeron durante la guerra a un hospicio sin nombre ni apellido. Llegué ya quemado, y me llamaron Aniceto Quemado. Se calcula que tendría dos años. Usaron la fecha de ingreso como cumpleaños. Así que treinta y uno tengo ahora. ¿Pensabas que era un viejo?

Ni lo pensé

Gracias, Socorro. ¿No te reñirá tu marido por coserme el chaleco?

No tengo marido. Así que, nadie que me riña

Si vuelvo a pedirte un favor ¿me lo negarás?

No te lo niego.

Y no lo hizo. Fue Socorro quien después pidió a Aniceto que le arreglara la valla del huerto, caída de pura vejez: treinta años sin un hombre en esa casa. Y mira qué manos, las de Aniceto, de oro, y el corazón aún más.

La familia Queimado vivió después como para que les tuvieran envidia en todo el pueblo. Remedios, de celos, casi se ahoga en su propio veneno.

Socorro quería a su marido con locura. Aniceto trataba a su mujer como reina, y a las niñas Marina y Natividad como flores de azafrán. ¿Y qué importaba la fealdad, si el alma era noble y hermosa?

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— ¡Fíjate, Eudocia, hombres hay a montones! Pero ni aquí has encontrado novio, — se reía Lucía. En un pueblo castellano vivía Eudocia, una mujer solitaria que, a sus treinta y tres años, no tenía marido ni hijos. Era guapa y simpática, pero nunca encontró pareja en el pueblo y jamás salió de allí. Hace una década, Federico del barrio de al lado quiso cortejarla, pero Lucía, siempre al acecho, le quitó el pretendiente. En el pueblo había quien la compadecía y quien, como Lucía, se burlaba de su suerte: “Eso de no pillar marido les viene de familia, lo llevo diciendo tiempo”, gritaba Valeria en la plaza. “Mirad: hombre en esa casa no ha habido desde los tiempos del abuelo, que desapareció antes de que la madre de Eudocia naciera. El padre, que en paz descanse, se fue al otro barrio cuando la niña solo tenía tres años. Y Eudocia ni ha visto hombre de cerca. Así que sola se quedará de por vida. ¿Quién la va a querer a esta edad? Eso es cosa de mal de ojo…” — ¿Mal de ojo? Anda ya —se reía Lucía—, si simplemente es una mujer rara, por eso los hombres salían corriendo. Y ahora ya es tarde. Los hombres buenos del pueblo están todos cogidos… A lo mejor nuestra Eudocia se va a la ciudad, pero allí tampoco la esperan —remató entre risas. Terminó el invierno y en los alrededores del pueblo descubrieron un yacimiento de carbón. Se decidió construir un barrio minero y, en primavera, llegaron cuadrillas de hombres de toda Castilla. Mandaron a las mujeres del pueblo a ayudar con las tareas, incluida Eudocia. Pero los muchachos eran muy jóvenes, y los mayores ya estaban todos casados. — Mira, Eudocia, hombres los hay a patadas, pero ni aquí encuentras novio —seguía con sus pullas Lucía. Eudocia no contestó, se dio la vuelta y se marchó en silencio. Le dolía recordar cómo Lucía le había quitado a Federico, que tanto le gustaba. Pero ya no le importaba. Federico se había echado a la botella y trataba fatal a Lucía… Poco después, llegó al barrio minero otra cuadrilla, cuyo jefe era un hombre al que todas las mujeres rehuían. — Chicas, ¿habéis visto a ese hombre? Cuando se me acercó hoy, hasta la cuchara se me cayó del susto. ¿Será joven o viejo? ¡Qué feo es! —decía Valeria. — Mira que si ese fija sus ojos en nuestra Eudocia —intervenía Lucía entre risas—. Dicen que tiene una enfermedad, pero no recuerdo el nombre. Mejor ni acercarse, ¡es contagioso! Después de aquello, si el hombre se acercaba a alguna, salían corriendo. Lo apodaron “el feo” y nadie supo nunca su nombre. — Oye, guapa, se me ha roto el chaleco. ¿Me lo puedes arreglar? —le pidió “el feo” a Eudocia una tarde. — Claro que sí… A ver, enséñamelo. Aquí hace falta un buen remiendo, pero yo te lo apaño, no te preocupes. Te lo devuelvo mañana… — Gracias, guapa. — No me des las gracias antes de tiempo… — Mirad, chicas, Eudocia ya tiene algo de hombre en casa: ¡el chaleco de un tío! Igual lo cuelga en el mejor sitio de su cuarto —ironizó Lucía. Eudocia estaba tan nerviosa mientras cosía que le temblaban las manos, pero hizo un trabajo impecable. Por la mañana, mientras iba a devolver el chaleco, sentía una alegría extraña por tener algo ajeno de hombre en casa. Se lo entregó deprisa, sin querer mirarle mucho. — No me rehuyas, mujer. Sé lo que dicen de mí, pero no estoy enfermo. Estoy quemado. ¿Cómo te llamas? — Eudocia… — Yo soy Anatolio. Tolo para los amigos. Ni sé mi apellido verdadero. Me trajeron de niño huérfano a un hospicio tras la guerra. Ya estaba quemado. Me dieron el apellido Quemado. Calcularon que tendría como dos años. Apuntaron como fecha de nacimiento el día que entré allí. Así que tengo treinta y uno… Parezco mayor, pero… — No, no pensaba nada. — Gracias, Eudocia. ¿No te reñirá tu marido por haber cosido el chaleco de otro hombre? — No tengo marido, así que nadie me puede reñir… — Si un día necesito algo, ¿me ayudarás? — Claro que sí. Eudocia no rechazó a Tolo. Incluso le pidió ayuda para reparar la valla, que llevaba treinta años caída. Resultó que Tolo tenía unas manos de oro y un corazón aún mejor. La familia Quemado prosperó en el pueblo, para envidia de todos. Lucía casi se atragantó con su propia malicia. Eudocia amaba a su marido. Anatolio la adoraba y se desvivía por sus hijas, Marina y Natalia… Y qué más daba el aspecto, ¡si era un hombre de alma hermosa! ¡Dale a “Me gusta” y deja tu comentario!
Sentada cómodamente en el sofá de la cafetería, esperaba su pedido, disfrutando de su capuchino favorito y un eclair antes de comenzar la jornada laboral.