¿Botón? Yo la llamé Abeto, fíjate. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba a la legua: perdida. Luego se acurrucó a mis pies, pobrecilla. Así que la metí en el coche para que no se quedara tiritando, dijo el hombre con una sonrisa
Tomasa, hija, ¿pero se puede ser más ceniza? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no te convenía? le soltaba la madre a Tomasa, cerrando los ojos como si así se ahuyentaran los males.
Tomasa bajaba la cabeza. Aunque hacía nada que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una niña a la que la han pillado sacando un suspenso.
Y, para rematar, Tomasa tenía un nudo de rabia en la garganta: por ella, por su familia fallida y por la pequeña Eva. Porque, justo antes de la Nochevieja, se habían quedado sin cabeza de familia.
Me voy, gruñó Víctor aquella tarde, agarrando el mando de la tele como si fuera el cetro de Fernando el Católico. Tomasa ni entendió muy bien de qué hablaba.
¿Que te vas? ¿Adónde? preguntó por inercia, mientras le ponía delante un plato de cocido humeante.
Si es que eres de otro planeta, Tomasa. ¡Cómo aguanté todos estos años! ¡Si no entiendes nada serio! soltó Víctor, rodando los ojos como si tuviera delante una tragedia de Lorca.
Antes de que Tomasa pudiera preguntar nada, él ya se explayaba:
¡No aguanto más! ¡Y tu perra esa, que no para de chillar! Eva siempre enferma, ninguna emoción en esta casa Mírate, ¡si pareces la fantasma de la ópera! remató.
Tomasa buscó en la puerta del aparador su reflejo, pero apenas vio más que unos ojos mojados. Las lágrimas, traicioneras, caían como lluvias por San Isidro; y ahí se quedó, plantada en la cocina como un cuadro de Goya.
A Víctor nunca le han ido los dramas. Lanzó una última mirada al cocido, suspiró teatralmente y se fue a hacer la maleta
Botón, la perrita, adivinando que se armaba drama, se enroscó a los tobillos de su dueña, gimiendo quedito.
Por fin voy a estar tranquilo, sin esos aullidos, proclamó Víctor desde el umbral, arrastrando la bolsa como si se fuera a colonizar América.
Víctor, y Eva, ¿eh? susurró Tomasa, temiéndole a la reacción de la niña que dormía plácidamente en su cuarto.
¡Apañatelas! Para eso eres su madre, ¿no? bufó él, y se largó bajo los lamentos lastimeros de Botón
Aquel fue un noche larga. Tomasa no se movió de la cocina, agarrada a la perrita como a un salvavidas. Botón la lamía, pegando calores de lengua en la mano. Sabía como lo sabe un buen perro que se había liado.
Durante varios días, Tomasa no se atrevió a contar la verdad a su madre. Cuando ésta llamaba, ella apuraba cosas de rutina, colgando pronto.
¿Y de trabajo qué, hija? Buscando algo decente, ¿no? Como te deje el sinvergüenza de Víctor, ¿de qué vais a vivir? rezongaba la madre en una de sus visitas.
Entonces, a Tomasa se le rompió por dentro y lloró, balbuceando que nadie la contrataba y que Víctor había batido el récord del portazo hacía días.
La madre resopló, ofendida, aunque ya se lo veía venir:
¿No te lo dije? Cinco años ahí, una niña y ni boda ni nada. ¡Vamos, Tomasa, hija, que lo ve hasta un ciego! bufó la mujer.
Al final, con cara de compasión regulera, preguntó:
¿Y ahora qué harás?
Tomasa se encogió de hombros:
Me busco algo de niñera en la guardería de Eva respondió, como quien se resigna ante el IVA.
Con el sueldo de una niñera no llegáis ni al Carrefour. ¡Y encima la perra esa que alimentar! zanjó la madre, que no tuvo nunca buen feeling con los animales, y menos aún con Botón, recogida de la calle por su hija, pecado mortal.
Fue a decir algo más, pero se mordió la lengua al ver a Tomasa haciendo equilibrios con las lágrimas.
En fin no llores, a ver si te ayudo. Si hace falta, me quedo con Eva medio prometió al final
Pasó otra semana.
Tomasa, ya empleada, marchaba cada mañana con Eva de la mano al trabajo. La niña, por lo menos, sonreía.
¡Mami! ¿Y si llevamos a Botón también de ayudante? Abuela siempre protesta que no quiere pasearla. Y Botón nos cuidaría la siesta y hasta podría lavar algún plato sugería la niña entre risas.
Tomasa no podía evitar abrazarla, aunque los ojos se le humedecían con la pregunta que más temía:
Mamá, ¿crees que papá volverá por Nochevieja?
A Eva no se lo contó. Se inventó una “misión secreta” y llamó varias veces a Víctor, que solo respondía con evasivas:
Tomasa, déjame vivir mi vida. Dile a Eva que me han mandado a una misión secreta, rollo James Bond. No cuentes conmigo estas fiestas Oye, ¿has visto mi corbata azul? Algo tendré que ponerme para Nochevieja.
Cuando acababa la llamada, Tomasa se quedaba pensando, sin saber ni cómo iban a celebrar ellas solas el año nuevo, ni cómo explicárselo a Eva.
Hasta que una mañana, de esas de rayos y truenos, la abuela acompañó a Eva al centro de salud. Al doblar la esquina, apareció Víctor.
¿Papá! Has vuelto? gritó Eva, corriendo a abrazarle.
Víctor, incómodo, le dijo bajito que ya no vivirían juntos. Después, desapareció como una promesa electoral.
Igual me paso algún día soltó por detrás.
Eva ni parpadeó; solo murmuró:
No hace falta que vuelvas.
Aquella noche, subió la fiebre. En dos días, médico en casa. Eva callada, y cada vez con menos ganas de comer.
Esto puede ser cosa del disgusto dictaminó el médico, escuchando su historia.
Tomasa se machacaba a sí misma:
Debí explicárselo, es lista, lo habría comprendido susurraba a su madre, que solo movía la cabeza.
Pero aún faltaba la traca final. Un par de días después, la abuela, en plena prisa, sacó a Botón sin correa. Y la perra, con más carácter que un cantaor, pegó un sprint y salió disparada.
¡Pues quédate en la calle! Así aprendes… masculló la abuela, entrando deprisa para atender a la nieta.
Eva, al enterarse, congeló la dieta: ni agua hasta que vuelva Botón. Por mucho que Tomasa le prometía buscarla, la niña no cedía.
Cuando vuelva Botón, entonces como sentenció Eva, de espaldas a la pared.
Esto es culpa tuya, Tomasa. La has malcriado. Ya te lo advertí empezó la madre.
Mejor habrías vigilado a la perra en vez de dar discursos, mamá saltó Tomasa, por primera vez en la vida.
Bueno, yo solo intento ayudar se ofendió la madre y cerró la puerta de casa.
Otra vez sola. Tomasa paseó horas buscando a Botón, sin suerte. Congelada, volvió al piso y no pegó ojo.
Por la mañana, Eva despertó exultante:
¡Mami, soñé con un abeto! ¡Lo decorábamos y aparecía Botón! exclamaba, esperanza en vena.
Sobre la mesa, una triste abetito de plástico. Año nuevo, sí, pero Eva insistía: “Tiene que ser grande y de verdad. Así vuelve Botón, como en el sueño”.
Tomasa suspiró. Comprar un abeto natural no estaba entre las sorpresas de su cartera, que ahora mismo daba para el pan y poco más. Llamó a su madre, que se negó rotundamente a visitarlas.
¡Prefieres un perro a tu propia madre! se quejó, cerrando la puerta metafórica y la del móvil.
Nada. Los días se fueron yendo. Eva estaba pachucha, la casa se llenaba de preparativos de segunda. Al ponerse el sol, Eva rompió a llorar:
No hay abeto, mamá. Y tampoco volverán Botón ni papá.
Tomasa la abrazó, aguantando las lágrimas como podía. Pidió a la vecina del quinto que vigilara a Eva y bajó corriendo a la calle
El aire cortaba y los copos parecían bailar sardanas bajo las farolas. Tomasa andaba sola, buscando a Botón, susurrando:
¿Dónde te has metido, pequeña?
Al rato, llegó al mercadillo de abetos. Un señor con aspecto sufrido cambiaba de pie junto a los últimos árboles. Tomasa se quedó tiesa.
¡Queda uno, mira! Y te hago rebaja, que ya quiero irme a casa le dijo el vendedor, con prisa de sobremesa.
Seguro que le espera su familia la cena lista y los niños mirando por la ventana pensó Tomasa.
De pronto, vio a una pareja comprar uno. Solo quedaba el último.
¿Lo quieres? Te lo llevo ofreció él.
Tomasa le miró angustiada. No tenía casi ni un euro.
Vio unas ramas tiradas en la furgoneta y se armó de valor:
¿Me puedo llevar esas ramas? Si no le sirven
El hombre miró los restos abatido y asintió:
Claro. Toma, que te ayudo sacó un fajo de ramas y se lo entregó.
Tomasa, agradeciendo como si fuera el Gordo de Navidad, empezó a explicar:
Verá, la niña enferma sueña con un abeto, y encima se nos ha perdido la perra, y todo sale torcido murmuraba Tomasa, riendo por no llorar.
El hombre la escuchaba en silencio. Había pasado por algo parecido: hacía poco le había dejado su mujer y la soledad se le hacía bola.
De pronto, apareció alguien:
¿A cuánto el abeto? preguntó otro cliente.
Ya está vendido. Ve al puesto de al lado, que allí igual queda algo respondió el vendedor señalando.
Tomasa abrió los ojos de par en par.
Venga, te echo una mano y lo llevamos a casa dijo el hombre, sonriendo.
Tomasa titubeó:
Pero si no tengo nada de dinero, de verdad.
Ya lo sé asintió él.
Y ahí vino la magia. Que estas cosas solo pasan por Nochevieja, en España o en los cuentos.
El hombre fue a abrir la furgoneta para coger el abeto y, allí, entre mantas y un jersey de lana, dormía Botón. Al principio no se enteró de nada.
¿Cómo tienes a Botón? Tomasa no sabía si reír, llorar o gritar.
¿Botón? ¡Yo le llamé Abeto! Ha estado todo el día por aquí, perdida Luego se arrimó a mis pies. Y, claro, la metí en el coche para que no pillara frío, pobrecilla contestó él con una sonrisa.
Se llamaba Pablo. Por cierto, adoraba los perros y se llevaba bien con niños.
Pronto la casa de Tomasa volvió a llenarse de vida, de calor humano. Quizá fue cosa de la magia de las fiestas, o tal vez estaba escrito en el destino Nadie lo sabe. Solo sabemos que ahora la nueva familia es feliz. Y que Botón, de vez en cuando, responde a dos nombres: Botón y Abeto.







