Margarita coloca dos tortitas de queso en el plato frente a su marido y se vuelve hacia la vitrocerámica para sacar el resto de la sartén. Al volver la vista, ve a Esteban removiendo la tortita sin ganas.
¿Qué te pasa hoy? Venga, come que vas a llegar tarde al trabajo.
Esteban termina a duras penas el desayuno y, suspirando, se levanta de la mesa.
No se te olviden los bocadillos le dice ella, entregándole el envoltorio de papel.
Tras la marcha de su marido, Margarita sigue con sus tareas diarias en casa. Luego se prepara para ir al mercado. En la escalera, se cruza con Fédor, el vecino del segundo.
¿Está Esteban en casa? Quería invitarle a una partida.
¿Qué partida? ¿Te has vuelto loco? le responde Margarita, mirándole severamente.
No te asustes, mujer. Hablo en sentido figurado. Quería llevármelo al patio a jugar al dominó. Vitín y su mujer se han ido al pueblo y nos falta gente. Fédor le muestra la caja de dominó.
Esteban está en el trabajo, ¿no lo sabes aún? Es viernes, claro que trabaja. Margarita ya está bajando otro tramo de escalera.
¿Otra vez trabajando? ¡Vaya con él! No se está quieto en casa ni jubilado. Fédor esboza una sonrisa, pero al ver la expresión de Margarita se corta y aparta la mirada, bajando un peldaño.
Espera, ¿qué has dicho? Margarita lo agarra del raído abrigo. No se ha marchado del trabajo, sigue en la fábrica.
Bueno, yo… mejor me voy… Fédor intenta soltarle el brazo, pero Margarita le retiene.
No, espera. ¿Sabes algo que yo no sepa? ¡Habla claro! baja un par de peldaños tras él y le sujeta otra vez.
Ay… Fédor se rasca la cabeza. Vale, lo cuento. Lo jubilaron, Margarita. Tiene sesenta y ocho años ya. Dos semanas hace. ¿No te lo dijo? Perdón, pensé que lo sabías. Así que no te lo ha dicho… Vaya… Entonces, ¿dónde está?
Eso mismo me pregunto yo dice Margarita, pensativa. Cada día salía a trabajar, con sus bocadillos… Ay, Esteban. Cuando vuelva, le saco toda la verdad. Jugando a espías a estas alturas… deja el brazo de su vecino y vuelve al piso.
Se sienta en el pequeño taburete del recibidor dándole vueltas a dónde irá su marido cada día. Recuerda cómo llegó hace dos semanas, diciendo que se encontraba mal, tumbado boca a la pared todo el fin de semana. Ella le cuidó con caldos y tés. Y el lunes, como si nada, se volvió a marchar a trabajar. Recuerda cómo esta mañana apenas probaba el desayuno. Debería haberme dado cuenta antes de que algo pasaba, piensa.
De pronto, se levanta de un salto. Tengo que encontrarle. La ciudad no es tan grande. Quizá esté en el río con los pescadores o Se encoge de hombros, agarra el bolso y sale con prisas.
Recorre toda la ciudad, mirando a ambos lados; no da con Esteban ni en el río ni en el parque. Considera ir a la fábrica, pero sabe que no lo dejarán entrar por orgullo. Molida y agotada, regresa a casa cerca de las cinco de la tarde. Se sienta en el sofá y cierra los ojos.
«¿En qué estaría pensando? Si ya mismo vuelve Esteban». Se incorpora deprisa y corre a la cocina a preparar la cena, olvidando que aún no ha comido nada en todo el día.
Pone las patatas a cocer y comienza a freír unas albóndigas. A las seis tiene todo listo, como siempre. Mira el reloj de pared y espera. Escucha el raspar de la cerradura. Margarita se pone en pie, pero se obliga a volver a sentarse, intentando mantener la calma.
Esteban entra lentamente, sin mirarla, y se sienta a la mesa.
¿Por qué hoy tan pronto? finge normalidad, intentando ocultar que ya sabe algo. ¿Estás pálido, te duele algo?
Lo de siempre. No he llegado pronto. Esteban aparta la cara.
Lávate las manos. Pongo la mesa y cenamos enseguida Margarita se levanta.
Espera Esteban le detiene con la mano, sin mirarla. De verdad estoy cansado. Voy a tumbarme. Después como. No te preocupes. Por primera vez, la mira y le sonríe.
Vale. ¿Quieres que te dé una pastilla para el corazón? Margarita nota su esfuerzo al levantarse, apoyado y encorvado, arrastrando los pies. Le oye dejarse caer pesadamente en el viejo sofá.
Ella se sienta y piensa cómo ayudarle a sentirse mejor. No pasa nada por quedarse en casa, le dice mentalmente. No tiene sentido fingir que va al trabajo. Le buscará ocupaciones, se lo asegura. Su hermana lleva tiempo invitándoles a la casa del pueblo; allí hay mucho trabajo. Pronto empezarán a salir setas… Margarita se anima y va al salón.
Esteban duerme de lado, la mano bajo la mejilla, la otra caída hacia el suelo. Margarita la intenta levantar, pero la mano cae otra vez, pesada. El leve movimiento hace temblar su cuerpo, pero Esteban no despierta.
¡Esteban! El grito de Margarita se ahoga en la garganta.
Se tapa la boca con la mano al comprender lo sucedido.
Se arrodilla junto al sofá, hunde el rostro en el costado de su marido y llora desconsoladamente. Cuando ya no le quedan fuerzas ni lágrimas, se levanta. Todo se ve borroso. Con delicadeza, coloca el brazo de Esteban a lo largo de su cuerpo, como a él le gustaba reposar.
Tambaleándose, baja hasta la puerta de los vecinos y llama con los nudillos, olvidando la campanilla. Fédor, en camiseta y pantalones de deporte, entiende enseguida por su gesto.
Fede… Esteban… no le salen las palabras, se apoya en el delgado pecho del vecino.
Juntos suben al piso. La mujer de Fédor, Ana, baja, menuda y rechoncha, y se persigna al entrar.
Hay que llamar a la ambulancia o pedir una funeraria… No, primero a emergencias dice Ana, tomando la iniciativa y yéndose a hacer la llamada.
Ay, Esteban… Era tres años menor que yo, fíjate. Fédor suspira.
Volvió, dijo que estaba cansado, que se tumbaba un rato. Ni cenó. Yo Todo fue en unos minutos. Cuando entré Margarita vuelve a llorar.
Era un buen hombre. Ni tan mayor… No lo soportó. Yo decía que cuesta al principio, luego te acostumbras, encuentras tu sitio. Pero le hirió que lo jubilaran, tantos años en la fábrica… musita Fédor.
Ya llamarán de urgencias. Vamos, ven a la cocina, tienes que beber algo Ana rodea a Margarita con el brazo y le da un vaso de agua con unas gotas de valeriana.
¿Y ahora qué hago? Cuarenta y ocho años juntos… Como si fuera ayer. Recién volvió de la mili y nos casamos… Ay, Dios de nuevo llora, pero ahora sólo solloza, meciéndose de lado a lado en la silla.
Suenan al timbre. Fédor abre y entran dos hombres con uniformes azules de emergencias, portando un maletín naranja. Revisan a Esteban, cubren el cuerpo, toman datos y apuntan el teléfono para organizar el traslado. Se van.
Margarita corre hacia Esteban, se arrodilla junto al sofá y se despide llorando. La camisa le queda empapada de lágrimas. El coche fúnebre llega dos horas después. No puede soportar ver cómo se llevan el cuerpo, se refugia en la cocina, llorando, mientras Fédor la sienta y la abraza por los hombros.
Gracias, Fede. ¿Me ayudarás con el entierro? mira a Fédor y a Ana, sin verles realmente.
No te preocupes. Mañana vamos juntos a la funeraria y organizamos todo, como corresponde. Prepara su ropa, lo que llevará puesto. Después la llevaremos. El entierro será, supongo, el lunes; los domingos no entierran. ¿Llamas tú a los hijos o quieres que lo haga yo?
Yo… lo haré yo… después. Margarita se seca los ojos con el dorso de la mano.
¿Y la misa? ¿Era creyente? pregunta Ana.
A Esteban no le gustaba eso… susurra Margarita.
No se puede dejar así. Yo iré mañana a la iglesia y veré qué se puede hacer. Siempre se puede hacer una oración, aunque sea sin cuerpo insiste Ana.
Margarita encoge los hombros, resignada.
Los días siguientes pasan con lentitud, entre el ajetreo de preparativos. Tras el entierro, los hijos volvieron a sus ciudades. Le insistieron a Margarita para que se fuera con ellos, pero ella se negó.
Pasea por la casa, lanzando miradas al sofá. Sabe que Esteban ya no está, pero sigue viéndolo allí, de lado, la mano bajo la mejilla. Y a veces cree que se incorpora a preguntarle: ¿He dormido mucho?
Todo se le confunde en la cabeza. No sabe si son imaginaciones o si realmente siente su presencia. Cree que se está volviendo loca, viendo a su marido dormido en el sofá.
De madrugada sigue levantándose temprano para preparar el desayuno, como siempre, para despedirlo al trabajo. Luego recuerda… y llora. Su hija le llama y la invita a pasar unos días en su casa, distraerse; Margarita accede, pero a la semana regresa. El piso la recibe con un silencio denso, casi hostil. Ya no ve a Esteban en el sofá.
Por las noches, saca las fotos antiguas y se pone a hablar con Esteban en voz alta.
Mira, nuestra boda. Y este eres tú, cuando me escribiste desde la mili…
Habla sin esperar respuesta. El silencio pesa más si se calla. Deja la tele encendida de fondo, bajito; así no parece estar sola. En las fotos y en su memoria, Esteban sigue joven y vivo. Siempre cerca.







