Me enteré de que mi exmarido me estaba poniendo los cuernos porque empezó a barrer la calle. Así de surrealista es la historia. Él era electricista y trabajaba desde casa, con un taller en el trastero del garaje, rodeado de cables, destornilladores y clientes que aparecían a cualquier hora. Lo de hacer tareas domésticas, nada de nada: ni por asomo. No porque fuera machista ni nada por el estilo, sino simplemente porque no le apetecía. Si tenía un rato libre, lo usaba para echar la siesta, ver el fútbol, tomarse una caña con los colegas o darle a la brasa en el jardín. Era un tipo apacible, de esos a los que no se les mueve un pelo ni cuando el Madrid mete un gol en el último minuto. No era de fiestas, ni celoso ni de los que levantan sospechas por sistema.
Nuestra calle en las afueras de Valladolid era de tierra, ancha y llena de plataneros que, por lo visto, no hacían más que tirar hojas. Aquello estaba lleno de barro, polvo y más porquería que la plaza del mercado después de San Juan. Barrer era una batalla diaria; casi siempre lo hacía yo mientras preparaba el café y las tostadas. Un buen día, la casa de al lado, que solían alquilar, tuvo nueva inquilina. Nada fuera de lo normal, porque por allí pasaba mucha gente y cada vez cambiaban los inquilinos.
Unos meses después de su llegada, a mi marido le dio por decirme:
Nada, mujer, hoy barro yo.
Al principio pensé que era un detallazo, así que aproveché para fregar los platos, limpiar el baño o recoger la ropa. Ni se me ocurrió vigilarlo, para qué. Pero lo que empezó siendo un día se convirtió en costumbre. En concreto, en ritual. Siempre a la misma hora, las siete en punto de la mañana. Nunca en la vida tuvo horario fijo ni para ducharse, pero ahora, sí. Me empezó a llamar la atención, así que una mañana, por pura curiosidad, eché un ojo tras la cortina.
Y voilá. Allí estaba él, con la escoba en la mano, parado, más tieso que un palo, charlando y sonriendo de oreja a oreja ¿con quién? Con la vecina, claro. Lo achaqué a la casualidad. Pero a la mañana siguiente, igual. Y la siguiente. Siempre que él salía a barrer, ella ya estaba fuera también. Como si se hubiesen dado cita en la acera, oiga.
Cada vez me picaba más la mosca. Y no solo era por las mañanas. Un sábado, que solía irse a tomar unas cañas con los amigos, justo cuando salía por la puerta, noté un algo raro. Miré, y ahí estaba la vecina, saliendo justo en ese momento.
¡Hola, vecino! Que tengas buena noche dijo ella medio en voz alta.
Él, como quien no quiere la cosa, le responde.
¡Qué casualidad! Yo también voy para allá.
Y se fueron de paseo juntos por la calle, como si nada.
A la semana siguiente, que iba a ver un partido de fútbol (cosa que no hacía nunca, por cierto), salió y a los minutos, la vecina, con el mismo paso y hablando con alguien por el móvil, siguió en la misma dirección. No tenía pruebas, ni mensajes, ni fotos, ni cotilleos de la portera; solo relojes y rutinas que ya solo podían ser señales.
Un día, harta, lo senté en la cocina. No pregunté nada, lo dije tal cual:
Sé que te lías con la vecina.
Me miró como si le hablara en latín. Al principio, negó todo:
Que no, mujer, deja de imaginar cosas.
Pero yo, tan tranquila:
Si os he visto, todos los días, más que a la lotería de Navidad. No me mientas.
Ahí bajó la mirada, callado como una estatua de la Plaza Mayor. Y suelta:
Pues sí. Estoy con ella. Me he enamorado.
Le grité que cogiera la maleta y se largara de mi casa. No teníamos hijos, ni perro, ni gato, ni nada que negociar. Y lo mejor vino después: se fue a vivir a la casa de al lado, con ella.
No duraron ni dos meses. Un día hicieron las maletas y, como quien se va a Benidorm después de las vacaciones, desaparecieron del barrio. Nadie supo qué había pasado exactamente. Ni rastro. Los vecinos lo comentaron, mis primas chismorreaban pero yo decidí que ya no quería saber nada más.







