¿Botón? Yo la llamé Aceituna. Anduvo correteando por aquí toda la mañana. Se notaba enseguida, la pobre se había perdido. Y después vino a acurrucarse a mis pies. Así que la metí en el coche para que no se quedara helada, pobrecilla sonrió el hombre…
Lidia, ¿cómo puedes ser tan desgraciada? Ya te dije mil veces que ese Valentín no era para ti le reprochaba su madre a Lidia.
La mujer permanecía cabizbaja. Y aunque hacía poco que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una chiquilla que había llevado una nota mala a casa.
Además, sentía una tristeza amarga e impotencia consigo misma, por su matrimonio fallido y por su pequeña hija. Porque, justo en vísperas de la noche más mágica del año, se habían quedado sin el cabeza de familia.
Me voy de casa soltó Valentín aquella tarde de manera despreocupada, como quien habla del tiempo. Lidia ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo.
¿A dónde te vas? preguntó automáticamente, sirviéndole un plato de cocido humeante.
De verdad, Lidia, pareces vivir en la luna. ¡Nunca entiendes nada serio! ¿Cómo he aguantado tanto tiempo contigo? puso los ojos en blanco Valentín, dramáticamente.
Antes de que Lidia pudiera preguntar algo, él mismo se despachó a gusto:
¡No aguanto más! ¡Y además, esa perra tuya que nunca para de ladrar! La niña siempre enferma Nada de romanticismo, Lidia. ¡Mírate! ¿A quién te pareces ya? terminó, visiblemente enfadado.
Lidia intentó encontrarse en el reflejo de la puerta del armario de la cocina, pero no lo consiguió. Las lágrimas le corrían solas por las mejillas y se quedó allí, de pie, en medio de la cocina, completamente sola.
A Valentín le incomodaban las lágrimas. Echó una última mirada triste al cocido, se levantó y empezó a preparar su bolso…
La perrita Aceituna, notando que algo no iba bien, se puso a girar sobre las piernas de su dueña, gimoteando, intentando consolarla.
Al menos descansaré de tanto ruido de una vez dijo Valentín, asomando en el pasillo con una maleta al hombro.
Valentín, ¿y cómo le explico yo esto a Marta? susurró Lidia, pensando en la carita de su hija de cinco años, dormida en ese momento en su habitación.
¡Apañátelas como puedas! ¡Al final eres tú la madre! contestó el hombre, que, entre los lamentos de Aceituna, salió de la casa.
Lidia pasó la noche sentada en la cocina, abrazando a la perrita. Aceituna le lamía las manos, intentando animarla, porque intuía que había pasado algo terrible.
Durante varios días, Lidia no supo cómo contarle a su madre lo ocurrido. Esta la llamaba preguntando cómo estaban, y Lidia respondía rápido que todo bien antes de apagar el móvil.
¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo decente? Porque al primer problema que tengas, ese Valentín se irá y os quedaréis a dos velas le soltó la madre cuando fue de visita.
Y entonces Lidia no pudo más y rompió a llorar, confesando que llevaba días sin trabajo y que Valentín se marchó hacía ya casi una semana.
La madre se llevó las manos a la cabeza, sin estar preparada para semejante noticia.
No me sorprende. Cinco años juntos, una hija y ni siquiera se ha dignado casarse contigo, ¡ese sinvergüenza! contestó la madre, dolida por su hija y por su nieta.
¿Y ahora qué? preguntó, finalmente.
Lidia se encogió de hombros:
Algo se me ocurrirá. Me meteré de cuidadora en la guardería de Marta contestó resignada.
No llegaréis a final de mes con ese sueldo Y la perra habrá que alimentarla sentenció la madre, poco amante de los animales, y menos aún de Aceituna, a la que Lidia había recogido de la calle.
A punto estuvo de seguir regañando, pero al ver a su hija al borde de las lágrimas, se calló al fin.
Venga, no llores. Ya te ayudaré. Si hace falta, me encargaré de Marta intentó consolarla.
Así pasó otra semana.
Lidia consiguió un trabajo y desde entonces iba todos los días con Marta a la guardería. La niña estaba encantada.
Mamá, ¿por qué no llevamos también a Aceituna para que nos ayude? La abuela siempre protesta porque está cansada de sacarla a pasear. Aceituna podría ayudarte a fregar los platos y vigilarnos durante la siesta decía la niña, sonriendo.
Lidia reía y abrazaba a su hija, aunque se le nublaban los ojos cuando Marta preguntaba:
Mamá, ¿y papá volverá pronto? ¿Crees que llegará para Nochevieja?
Nunca se atrevió a contarle la verdad. Inventó algo sobre un viaje de trabajo. Llamaba a Valentín e intentaba que viera a la niña, pero él siempre tenía una excusa:
No me molestes, Lidia. Dile a Marta que soy espía y me mandaron a una misión especial. Que no espere verme pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata azul? No encuentro nada para ponerme en fin de año masculló al colgar.
Lidia se quedaba pensando largo rato. No tenía ni idea de cómo sería aquel año sin él, ni cómo explicárselo a Marta.
Todo cambió una mañana. La abuela llevaba a Marta de camino al centro de salud, y la niña que estaba en proceso de recuperarse de un resfriado iba animada. Cuando, al doblar una esquina, se toparon de frente con Valentín.
¡Papá, papito! ¿Has vuelto? gritó Marta, corriendo hacia él.
El hombre se sobresaltó, luego forzó una sonrisa y le explicó que mamá y él ya no vivirían juntos. Después, se marchó con prisas.
Quizá te vea otro día, hija dijo, alejándose.
Marta se quedó paralizada y murmuró bajito:
No vuelvas más…
Esa noche, le volvió a subir la fiebre y, a los dos días, un médico visitaba su casa.
Marta no quería hablar con nadie, ni, al parecer, quería curarse.
Es probable que sea por el disgusto diagnosticó el médico, tras oír la historia.
Lidia se culpaba.
Debí contárselo todo desde el principio. Marta es lista, habría entendido… lamentaba a su madre, que solo negaba con la cabeza.
Dos días más tarde, una nueva desgracia. La abuela, apurada, sacó a Aceituna sin correa. Y la perrita, al oírle regañar, se rebeló y salió corriendo a toda velocidad.
¡Ah, sí! ¡Vete, para que aprendas! Ya volverás tú sola con este frío bufó la abuela, entrando de nuevo al portal.
Pero Marta, al enterarse de que Aceituna se había perdido, dejó de comer y de beber. Lidia le prometió que la encontraría, pero la niña era inflexible:
Cuando aparezca Aceituna, entonces comeré dijo, dándole la espalda.
Todo esto es culpa de tu crianza, Lidia. Has consentido demasiado a esa niña. Claro, así estamos empezó su madre.
Más valiera que vigilaras a la perra y no te dedicaras sólo a dar lecciones saltó Lidia, normalmente tranquila.
¡Pues bueno! Yo lo hago todo por vosotras se indignó la madre, y se marchó enfadada.
Lidia volvió a quedarse sola. Aquella noche deambuló mucho tiempo alrededor de casa, con la esperanza de que Aceituna regresara. Pero no hubo suerte. Entrada la madrugada, volvió al piso helada y se quedó dormida, inquieta.
Marta se despertó temprano:
Mamá, he soñado con un abeto. Lo decorábamos y encontrábamos a Aceituna dijo entusiasmada.
Lidia sonrió tristemente, mirando la pequeña artificiosa rama de abeto en el salón. El año nuevo estaba al caer y habían decorado apenas lo que podían.
Pero Marta insistía en que el abeto tenía que ser grande y de verdad.
Así seguro que vuelve Aceituna. Como en el sueño lloriqueaba.
Lidia suspiró. Comprar un árbol era impensable, no le llegaba ni para eso. Llamó a su madre, pero esta se negó de plano a ir a su casa.
Ya veo que te importa más esa perra que yo, tu propia madre dijo dolida.
Lidia se resignó. Al menos llegaba el fin de semana.
Marta seguía débil y se negaba a levantarse. Al anochecer, mientras preparaban todo para la nochevieja, la niña rompió a llorar:
No hay abeto, mamá. Y Aceituna tampoco volverá igual que papá.
Lidia le acariciaba el pelo y contenía el llanto. Encargó a la vecina de al lado, una señora mayor, que cuidara de la niña un momento, y bajó a la calle desesperada.
El aire frío cortaba la cara y los copos danzaban en remolinos. Gente sonriente iba y venía, pero Lidia no veía a nadie. Solo buscaba a Aceituna.
¿Dónde estarás, pequeña? murmuraba, recorriendo una y otra vez las calles.
Entonces llegó a un pequeño puesto de abetos. Un hombre con boina y zamarra se mantenía junto a los últimos árboles. Lidia se detuvo.
¿Un abeto? Me quedan solo dos. Te puedo hacer rebaja ofreció el vendedor, ansioso por irse a casa.
Seguro que le esperan su mujer y sus hijos a la mesa pensó Lidia.
De repente, una pareja joven compró uno de los abetos.
¿Te lo llevas o no? Este es el último Te ayudo a subirlo si quieres le ofreció el hombre.
Lidia le miró con tristeza. No tenía dinero encima, y ni aun yendo al piso iba a poder pagarlo.
Entonces vio que en el furgón del hombre quedaban ramas cortadas apiladas.
¿Puedo llevarme esas ramas si no las vas a usar? preguntó en voz baja.
El hombre miró las ramas, suspiró y asintió.
Por supuesto. Espera, te ayudo y puso las ramas en un haz para ella.
Lidia aceptó, agradecida, y empezó a justificar su situación:
Verá, mi hija está malita sueña con un abeto, la perrita se nos perdió y todo se viene cuesta arriba, justo en estas fechas
Él la escuchó en silencio. También había pasado por un abandono recientemente y la soledad le pesaba.
Entonces se acercó otro hombre.
¿A cómo tienes el abeto? preguntó.
Ya está vendido. Mi vecino aún tiene alguno contestó el vendedor.
Lidia le miró, aún más sorprendida.
Vamos, te ayudo a llevarlo a casa sonrió finalmente.
Y comprendió que, bajo su aspecto adusto, el hombre tenía buen corazón.
Pero no tengo dinero, de verdad balbuceó Lidia.
Lo sé respondió él.
Y entonces sucedió lo insólito, de esas cosas de vísperas mágicas…
El hombre abrió el furgón y Lidia vio, acurrucada en el asiento, a Aceituna. Envuelta en un jersey, la perrita bostezó y parpadeó despacio.
Pero ¿cómo es que tiene usted a Aceituna? tartamudeó, a punto de romper a llorar.
¿Aceituna? Yo la llamé Abeto. Anduvo correteando por aquí toda la mañana, se notaba perdida Se sentó a mi lado y la subí al coche para que no tirite rió el hombre.
Se llamaba Pablo. Amaba los animales y se entendía bien con los niños.
Pronto, volvió a haber calor y alegría en casa de Lidia. Tal vez fue el influjo de la Nochevieja, que juntó a dos almas buenas, o tal vez estaba escrito en el destino desde hacía mucho.
Nadie lo sabe. Solo una cosa es cierta: ahora la nueva familia es feliz. Y a Aceituna, a veces, todavía la llaman Abeto.







