«¿Cuándo encontraré yo a esa mujer?» (humor) Soy una señora temporalmente soltera, y de vecina tengo a Manolo —acaba de reformar el chalet y mudarse. Parece empresario, pero no va de sobrado. Algo más joven que yo; él tendrá unos treinta y cinco y yo ya he cumplido dieciocho… unas cuantas veces. Un día se acerca y me dice: — Doña María del Carmen, ¿me haría el favor, como vecina, de acompañarme a un evento como mi pareja? Le contesto que antes de proponerme eso, le conviene encargar primero los servicios de una funeraria. — ¡No me ha entendido! —se disculpa Manolo—. Es que voy a una fiesta de la alta sociedad y queda mal ir sin acompañante. Entre empresarios es normal ir con una señora guapa. Además, estará mi ex. Que vea, la muy víbora, que soy feliz sin ella y que aquí nadie está de más. Lo de “señora guapa” me gustó. Ponerle los dientes largos a la ex de Manolo también parecía divertido. Pero… — No puede ser, Manolo —le digo—. Mírame, no soy de vuestro establo. Ni piernas largas, ni trasero de silicona. Contrata una profesional del acompañamiento. Ellas saben hasta protocolo y puedes sobarlas sin vergüenza. — Las profesionales no me convencen —responde Manolo—. Se les nota a kilómetros, llevan la tarifa escrita en la frente. Yo quiero una mujer natural, auténtica, a la que nadie conozca. — De autenticidad voy sobrada —le digo—. Pero yo soy de alto standing. ¿Y qué me pongo para esa bacanal? Con mis fachas, solo me dejarían entrar en la cena de los fontaneros. Manolo se hace cargo: vestido, zapatos, manicura, peluquería. ¿Qué remedio? Había que echarle una mano al muchacho. Y nos plantamos por la noche, emperifollados, en aquel garito. El local se llamaba “La Opulencia Azul”. Si nunca habéis ido a un sarao de sociedad, mejor no lo intentéis. Un jaleo y un aburrimiento, como una granja de avestruces en época de inseminación artificial. Ellos de esmoquin, ellas con silicona. Comen poco, beben menos. Fuerzan sonrisa de boca llena de diamantes y no paran de cotillear y alardear. Manolo me señala a su ex: típica modelo pasada de moda, escote hasta el ombligo, boca hinchada a más no poder. ¿Qué le vería? Se hace llamar Selena, aunque seguro que de niña era Soco por el DNI. Los amigos llaman a Manolo para hablar de negocios, él me da un beso en la mejilla y me deja junto a la mesa. Yo, por la cintura, no me corto, y comida hay a mares. Así que me dedico a zampar canapés. Uno en la mano, otro mirando y el tercero ya para dentro. Se empiezan a acercar las cotillas del cotarro y Selena también escucha de cerca. —¿Tú vienes con Manolo? —me aborda una—. Encantada, soy Nika. ¿Tienes agencia, boutique, academia de baile? Y yo, masticando, pienso a qué me dedico. Recuerdo haber vendido una cómoda a una amiga y suelto que me dedico a los muebles. Después caigo en que la cómoda estaba decente, así que matizo que vendo muebles de lujo. —¡Genial! —dice Nika—. Justo quiero renovar muebles en casa. ¿Cómo se llama tu tienda? Pesada la tía. Tiro de imaginación: después de aquella cómoda no he vendido nada… Así que suelto que lo de los muebles ya pasó. —Del mueble, pasé a la ropa de abrigo —contesto. El invierno pasado vendí una estola de perro a otra amiga por cuarenta euros, así que tengo derecho a decirlo. Varias suspiran que necesitan nuevos abrigos y se ofrecen a visitar mi tienda si les doy la dirección. ¿Me están interrogando o qué? Por suerte, recuerdo haber vendido dos ruedas viejas del coche que dejó mi exmarido. Así que salgo del apuro: —Por desgracia, los abrigos tampoco dan para mucho. Ahora vendo recambios de coche: quien necesite inyectores, manguitos, culatas, que me diga. Las señoras se rinden: parece que los manguitos no se llevan en su círculo. —¿Y tú qué antidepresivos tomas? —me ataca Nika—. ¿A qué psicólogo vas? ¡Hoy en día es imposible ganar dinero y no estar medicada! Mi antidepresivo es una copita de coñac cada noche. Psicóloga solo tengo una: mi gata, la señora Kuksa. Le cuento mis penas, te mira, menea el rabo y se va a tirar la tierra de las macetas. Terapia normalita, aunque deja la casa como un cristo. Así que respondo que mi medicina es el “cognacino fresco” y mi psicóloga se llama Kuska Muriel Gataeva. No entendieron nada, pero coló. Por fin se acerca la ex, Selena, a verme de cerca. —Hola, pajarita —me dice—. ¿Eres la nueva conquista de Manolo? Te aviso de buena fe: es terrible. (Acompaña foto de archivo). —Peor que tú no será —respondo. Y me zampo una bandeja de ostras. —Con Manolo es imposible convivir, ya lo verás —me sisea la relamida Selena—. ¡Un tirano! Te atrasas un minuto, bronca. Te gastas cien euros de más, pelea. —Nosotros estamos de maravilla —respondo—. Ni ruido, ni golpes. Llega a casa cuando quiere… y yo también. Notad que ni he mentido. No aclaré que cada uno vive en su casa. —¡Te diré más! —baja la voz Selena—. Tiene un tornillo flojo. Habla solo. Yo le invito a un crucero, a la ópera, lo que sea… y él mirando las estrellas, siempre repite: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?” ¡Como si yo no estuviera a su lado! Yo, ni caso. Todos buscamos algo. —Veo que comilona eres un rato —sigue Selena, venenosa—. Eso también te saldrá caro. Por cada kilo que subía, Manolo me hacía la vida imposible. ¡Y vuelta a gritar: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Le decía: “¿Pero de quién hablas? ¡Si estoy aquí!” Y él mirando a otro lado. —Conmigo no se queja ni del peso, ¿apostamos? —le salto. Y remato otra bandeja de delicatessen. Manolo me hace un gesto animándome desde lejos. Al ver aquello, a la Selena le cambia la cara. —Por el día aún… —sigue—. Pero por las noches, para matarlo. Ronca como un martillo neumático, dan ganas de tirarle al balcón. ¡Y hasta dormido suspira: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Me encogí de hombros, nunca he oído a Manolo gemir de noche; tampoco conté que entre nuestros colchones median cincuenta metros y una verja. Total, que la víbora de Selena no pudo conmigo, por mucho que lo intentara. Yo me lo pasé a pedir de boca: até la tripa, brindé, hasta me di un chapuzón en la cubitera de champán. El vestido nuevo me dio pena, pero sabía que en una semana no me iba a cerrar igual. ¿Para qué lamentarse? Kuksa y el brandy, consuelo tengo. *** —¡María, te agradezco de corazón! —me elogió Manolo al día siguiente—. Naciste para brillar en sociedad. La pandilla de snobs quedó flipando y Selena llena de bilis. ¡Eso es la naturalidad y la gracia castiza! —Encantada de ayudar —le dije—. Pero la próxima vez, sin mí. No estoy hecha para esos ambientes; me pone la moral en órbita. Si fuera tu mujer, ni iría ni te dejaría ir a ti. Me regaló flores y fruta, y se fue, murmurando algo raro: —Dios mío, ¿será ella la mujer que busco? No sé a quién se refería. Pero bueno, si ha encontrado a alguien, me alegro…

«¿Cuándo encontraré a esa mujer?» (humor)

Diario de Carmela Muñoz, jueves.

A veces me doy cuenta de que navego sola en este mar de la vida, aunque sólo sea temporalmente. En el piso de al lado acaba de mudarse Alfonso recientemente ha restaurado el ático y ha cambiado de barrio. Dicen que tiene un par de negocios, pero no es el típico empresario chulo. Algo más joven que yo: debe de rondar los treinta y cinco, y yo ya he cumplido los dieciocho unas cuantas veces.

El caso es que un día aparece y me dice:

Carmela, ¿te importaría hacerme un pequeño favor de vecindad y acompañarme como pareja a un evento?

Por supuesto, le respondí que antes de proponerme semejante tontería, debería ir encargando su propio velatorio.

¡No lo entiendas mal! se disculpó Alfonso rápidamente. Es que tengo una cena de gala con otros empresarios, y presentarse solo es de poco fuste. Primero, todos llevan a una dama elegante, y, segundo, va a estar mi ex. Para que vea, la muy víbora, que la vida sigue después de ella y que nadie es imprescindible.

Eso de ser dama elegante me hizo cierta gracia. Y dejarle claro a la ex de Alfonso que no es el ombligo del mundo, también tenía su morbo. Pero

Eso va a estar complicado, Alfonsito le dije. Mírame; yo no soy de las tuyas. Ni piernas eternas, ni trasero postizo de cirugía. Mejor contrata una profesional, las hay bien entrenadas y saben moverse entre esta fauna.

No sirve una profesional replicó Alfonso. Se les ve a leguas; parecen llevar la tarifa escrita en la frente. Necesito una mujer auténtica de la que nadie sepa nada.

De autenticidad, voy sobrada asentí. Pero no salgo barata. ¿Con qué voy vestida entonces? ¡Que así sólo podría ir a la convención nacional de fontaneros!

Alfonso asumió la logística: vestido, zapatos, manicura, peinado. ¿Qué vas a hacer? Hay que ayudar al muchacho. Y así, esa noche nos plantamos en el sarao, bien emperifollados.

El local se llamaba La Opulencia Azul. Si nunca habéis ido a un cóctel de alta sociedad, no lo hagáis. El ambiente, más tenso y gris que la granja de avestruces el día de la inseminación artificial. Caballeros de esmoquin, señoras de silicona, todos comiendo nada, bebiendo menos, sonriendo a la fuerza para lucir sus sesenta y un dientes de porcelana, murmurando y midiendo egos ajenos con la mirada.

Alfonso me señaló a su ex: una modelo trasnochada con escote hasta el ombligo y labios hinchados. ¿Qué le encontró? Se hace llamar Estrella, aunque seguro que de niña era Encarnita o algo así.

Un grupo de amigos llamó a Alfonso para algún asunto de negocios y me dejó junto a la mesa con un besito en la mejilla. Mi figura no es de las que lloren por la cintura, y la comida era abundante. Así que, allí me quedé degustando canapés. Cogía uno, miraba el siguiente, me metía el tercero

Al poco, las cotillas de rigor se acercaron a curiosear, y también Estrella, que escuchaba disimuladamente.

¿Vienes con Alfonso? me soltó una, presentándose como Clara. Encantada, ¿a qué te dedicas? ¿Llevas una agencia de eventos, salón de belleza, academia de baile?

Mientras masticaba, intenté hacer memoria: la última vez vendí una mesilla a una amiga Así que dije que me dedicaba al mueble. Pero era una mesilla bastante decente y poco cascada, así que añadí que sólo vendía mobiliario de alta gama.

¡Qué maravilla! exclamó Clara. Precisamente me apetece renovar el salón. ¿Cómo se llama tu tienda?

¡Ya me había cazado! Había vendido solo esa pieza. Así que improvisé que ya no me dedicaba a la venta de muebles.

El mundillo acabó saturándome y ahora me he pasado a la ropa de invierno respondí. El año anterior vendí una bufanda de perro de agua calvo (poca cosa, de verdad) por cincuenta euros a otra amiga, así que me sentí con derecho a decirlo.

Varias señoras se entusiasmaron con la idea de renovar sus abrigos de piel. Volvieron a preguntar mi dirección para ir de compras. ¿Me estaban sacando información?

Por suerte, recordé que también vendí dos ruedas que sobraron de mi exmarido. Así que volví a salir del paso:

Pues mira, el negocio de pieles tampoco compensa ya. Me he pasado a los recambios de coche. Quien necesite inyectores, tubos, culatas ¡que me lo diga!

Y, en ese momento, las señoras se esfumaron. Está visto que los tubos no son su punto fuerte.

¿Y qué tomas para la ansiedad? insistió Clara. ¿A qué psicóloga vas? Hoy es imposible ganar dinero sin estar medio drogada por el estrés.

Antidepresivos tengo uno: mi copita de brandy cada tarde, para ahuyentar la morriña. Y mi psicóloga es mi gata, Pelusa. Le cuento mis cosas, ella mueve la cola y se va a tirar la tierra de los tiestos. Una terapia estupenda, aunque luego tengas que barrer toda la casa. Así que aseguré que uso brandy fresco para la depresión y que mi psicóloga se llama Pelusa Gatasánchez. Nadie lo pilló. Pero coló.

En esto, Estrella se acercó abriéndose paso, para examinarme de cerca.

Hola, pajarilla dice. ¿Eres la nueva conquista de Alfonso? Te lo advierto por bien: es un hombre peligroso.

¡No más que tú! respondí, sirviéndome una bandeja de ostras.

Es imposible convivir con él, ya verás resopló, toda monísima. ¡Un tirano! Tardas cinco minutos más donde sea y te monta un número. Gastas cien pavos de más y arma la de San Quintín.

Pues a nosotros nos va de maravilla contesté. Ni broncas ni peleas, entra y sale cuando quiere y yo, igual.

Fijaos que no mentí en nada; solo omití que vivimos en pisos distintos.

Y te digo más susurró Estrella. Alfonso está algo tocado. ¡Habla solo! Yo lo llevaba de crucero, a la ópera, a mil planes y él mirando al cielo balbuceando: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo al lado, invisible.

No respondí; ¿quién no tiene sus neuras? Todos buscamos algo.

Ya veo que no te privas a la hora de comer añadió la víbora. Y eso te va a pasar factura. Alfonso me traía por la calle de la amargura con cada gramo subido. Siempre repitiendo: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo: ¿pero si ya me tienes aquí? Él ni caso.

Conmigo no se va a atrever a soltarme ni una palabra por la comida, ¿apuestas? le repliqué, metiéndome otra montaña de tapas.

Alfonso me saludó desde lejos, como diciendo ¡sigue, no te cortes!. Estrella se puso negra de la rabia.

Y te lo diré claro apuntó de día bueno, pero por las noches me daban ganas de estrangularlo. ¡Ronca como un león! Y entre ronquido y ronquido se lamenta: ¿cuándo encontraré a esa mujer?

Me encogí de hombros: yo nunca oí esos lamentos nocturnos aunque claro, nos separan cincuenta metros de pasillo y una puerta blindada.

En fin, por mucho que pataleó la Estrella, no pudo conmigo. Me lo pasé la mar de bien: comí, bebí, hasta acabé en la cubitera del champán. Pena del vestido nuevo, pero sabía que en una semana no iba a entrar en él de todos modos. ¿Qué más da? Para penas, Pelusa y mi copita de brandy.

***

¡Carmela, de verdad, muchísimas gracias! me felicitó Alfonso al día siguiente. Has nacido para esto, has causado sensación entre ese rebaño de esnobs; Estrella se puso verde de celos. Eso sí que es naturalidad y saber estar.

Encantada de ayudar respondí. Pero la siguiente vez, sin mí. Tanto postureo me da urticaria moral. Como esposa tuya, no iría ni dejaría que fueras.

Me dejó flores y una cesta de naranjas, y al marchar murmuró por lo bajo:

Virgen Santa, ¿será que por fin he encontrado a esa mujer?

No sé a qué se refería exactamente. Pero si él ha encontrado lo que busca, pues mira, me alegro por élEsa noche me eché en la cama, exhausta pero contenta, con Pelusa roncando a mis pies. Repasé lo ocurrido: los canapés, las señoras, la víbora, el vestido a la saca. ¿Y Alfonso? A saber lo que busca. Lo mismo espera tropiezos románticos, que chicas flexibles de calendario y sonrisas de anuncio. Quién entiende a los hombres: quieren a alguien diferente, pero les entra un repelús bárbaro en cuanto aparecen las genuinas.

Aún sonreía, medio dormida, cuando escuché sonidos en el pasillo. Era Alfonso, con un paquete en la mano y cara de conspiración. Llamó despacito, por si el alma de la comunidad se despertaba.

Carmela, he traído algo. Flor de azahar y brandy del bueno. Por si te animas a seguir siendo mi mujer auténtica de alquiler dijo, alzando la bolsa.

No sé si esa mujer que él busca existe ni falta que hace. Pero mientras yo siga acumulando historias para contar, manteles para manchar y gatos para escucharme, lo cierto es que con la vida tengo más que suficiente.

Me reí bajito y abrí la puerta. Pelusa lo miró con aires de jefa. Y yo, tan pancha, pensé para mis adentros: ¿Cuándo encontrarás a esa mujer, Alfonso? Bueno pues cuando amaine el temporal, y se te ocurra llamar, aquí me tendrás. Que para ser única, no hay manual.

Y así, entre naranjas, brandy y una gata, di por zanjado el asunto. Lo demás, que espere su turno: yo tengo la agenda muy ocupada sobreviviendo a carcajadas.

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«¿Cuándo encontraré yo a esa mujer?» (humor) Soy una señora temporalmente soltera, y de vecina tengo a Manolo —acaba de reformar el chalet y mudarse. Parece empresario, pero no va de sobrado. Algo más joven que yo; él tendrá unos treinta y cinco y yo ya he cumplido dieciocho… unas cuantas veces. Un día se acerca y me dice: — Doña María del Carmen, ¿me haría el favor, como vecina, de acompañarme a un evento como mi pareja? Le contesto que antes de proponerme eso, le conviene encargar primero los servicios de una funeraria. — ¡No me ha entendido! —se disculpa Manolo—. Es que voy a una fiesta de la alta sociedad y queda mal ir sin acompañante. Entre empresarios es normal ir con una señora guapa. Además, estará mi ex. Que vea, la muy víbora, que soy feliz sin ella y que aquí nadie está de más. Lo de “señora guapa” me gustó. Ponerle los dientes largos a la ex de Manolo también parecía divertido. Pero… — No puede ser, Manolo —le digo—. Mírame, no soy de vuestro establo. Ni piernas largas, ni trasero de silicona. Contrata una profesional del acompañamiento. Ellas saben hasta protocolo y puedes sobarlas sin vergüenza. — Las profesionales no me convencen —responde Manolo—. Se les nota a kilómetros, llevan la tarifa escrita en la frente. Yo quiero una mujer natural, auténtica, a la que nadie conozca. — De autenticidad voy sobrada —le digo—. Pero yo soy de alto standing. ¿Y qué me pongo para esa bacanal? Con mis fachas, solo me dejarían entrar en la cena de los fontaneros. Manolo se hace cargo: vestido, zapatos, manicura, peluquería. ¿Qué remedio? Había que echarle una mano al muchacho. Y nos plantamos por la noche, emperifollados, en aquel garito. El local se llamaba “La Opulencia Azul”. Si nunca habéis ido a un sarao de sociedad, mejor no lo intentéis. Un jaleo y un aburrimiento, como una granja de avestruces en época de inseminación artificial. Ellos de esmoquin, ellas con silicona. Comen poco, beben menos. Fuerzan sonrisa de boca llena de diamantes y no paran de cotillear y alardear. Manolo me señala a su ex: típica modelo pasada de moda, escote hasta el ombligo, boca hinchada a más no poder. ¿Qué le vería? Se hace llamar Selena, aunque seguro que de niña era Soco por el DNI. Los amigos llaman a Manolo para hablar de negocios, él me da un beso en la mejilla y me deja junto a la mesa. Yo, por la cintura, no me corto, y comida hay a mares. Así que me dedico a zampar canapés. Uno en la mano, otro mirando y el tercero ya para dentro. Se empiezan a acercar las cotillas del cotarro y Selena también escucha de cerca. —¿Tú vienes con Manolo? —me aborda una—. Encantada, soy Nika. ¿Tienes agencia, boutique, academia de baile? Y yo, masticando, pienso a qué me dedico. Recuerdo haber vendido una cómoda a una amiga y suelto que me dedico a los muebles. Después caigo en que la cómoda estaba decente, así que matizo que vendo muebles de lujo. —¡Genial! —dice Nika—. Justo quiero renovar muebles en casa. ¿Cómo se llama tu tienda? Pesada la tía. Tiro de imaginación: después de aquella cómoda no he vendido nada… Así que suelto que lo de los muebles ya pasó. —Del mueble, pasé a la ropa de abrigo —contesto. El invierno pasado vendí una estola de perro a otra amiga por cuarenta euros, así que tengo derecho a decirlo. Varias suspiran que necesitan nuevos abrigos y se ofrecen a visitar mi tienda si les doy la dirección. ¿Me están interrogando o qué? Por suerte, recuerdo haber vendido dos ruedas viejas del coche que dejó mi exmarido. Así que salgo del apuro: —Por desgracia, los abrigos tampoco dan para mucho. Ahora vendo recambios de coche: quien necesite inyectores, manguitos, culatas, que me diga. Las señoras se rinden: parece que los manguitos no se llevan en su círculo. —¿Y tú qué antidepresivos tomas? —me ataca Nika—. ¿A qué psicólogo vas? ¡Hoy en día es imposible ganar dinero y no estar medicada! Mi antidepresivo es una copita de coñac cada noche. Psicóloga solo tengo una: mi gata, la señora Kuksa. Le cuento mis penas, te mira, menea el rabo y se va a tirar la tierra de las macetas. Terapia normalita, aunque deja la casa como un cristo. Así que respondo que mi medicina es el “cognacino fresco” y mi psicóloga se llama Kuska Muriel Gataeva. No entendieron nada, pero coló. Por fin se acerca la ex, Selena, a verme de cerca. —Hola, pajarita —me dice—. ¿Eres la nueva conquista de Manolo? Te aviso de buena fe: es terrible. (Acompaña foto de archivo). —Peor que tú no será —respondo. Y me zampo una bandeja de ostras. —Con Manolo es imposible convivir, ya lo verás —me sisea la relamida Selena—. ¡Un tirano! Te atrasas un minuto, bronca. Te gastas cien euros de más, pelea. —Nosotros estamos de maravilla —respondo—. Ni ruido, ni golpes. Llega a casa cuando quiere… y yo también. Notad que ni he mentido. No aclaré que cada uno vive en su casa. —¡Te diré más! —baja la voz Selena—. Tiene un tornillo flojo. Habla solo. Yo le invito a un crucero, a la ópera, lo que sea… y él mirando las estrellas, siempre repite: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?” ¡Como si yo no estuviera a su lado! Yo, ni caso. Todos buscamos algo. —Veo que comilona eres un rato —sigue Selena, venenosa—. Eso también te saldrá caro. Por cada kilo que subía, Manolo me hacía la vida imposible. ¡Y vuelta a gritar: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Le decía: “¿Pero de quién hablas? ¡Si estoy aquí!” Y él mirando a otro lado. —Conmigo no se queja ni del peso, ¿apostamos? —le salto. Y remato otra bandeja de delicatessen. Manolo me hace un gesto animándome desde lejos. Al ver aquello, a la Selena le cambia la cara. —Por el día aún… —sigue—. Pero por las noches, para matarlo. Ronca como un martillo neumático, dan ganas de tirarle al balcón. ¡Y hasta dormido suspira: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Me encogí de hombros, nunca he oído a Manolo gemir de noche; tampoco conté que entre nuestros colchones median cincuenta metros y una verja. Total, que la víbora de Selena no pudo conmigo, por mucho que lo intentara. Yo me lo pasé a pedir de boca: até la tripa, brindé, hasta me di un chapuzón en la cubitera de champán. El vestido nuevo me dio pena, pero sabía que en una semana no me iba a cerrar igual. ¿Para qué lamentarse? Kuksa y el brandy, consuelo tengo. *** —¡María, te agradezco de corazón! —me elogió Manolo al día siguiente—. Naciste para brillar en sociedad. La pandilla de snobs quedó flipando y Selena llena de bilis. ¡Eso es la naturalidad y la gracia castiza! —Encantada de ayudar —le dije—. Pero la próxima vez, sin mí. No estoy hecha para esos ambientes; me pone la moral en órbita. Si fuera tu mujer, ni iría ni te dejaría ir a ti. Me regaló flores y fruta, y se fue, murmurando algo raro: —Dios mío, ¿será ella la mujer que busco? No sé a quién se refería. Pero bueno, si ha encontrado a alguien, me alegro…
Su propio silencio A las siete y cinco la cama de don Alejandro se estremeció como si alguien la hubiera empujado, y en la pared junto al cabecero se clavó el estruendo de un taladro. Primero a sacudidas cortas, luego con un chirrido agudo y persistente. Don Alejandro se incorporó de golpe. La almohada rodó al suelo. El corazón se le hundió en el estómago y allí palpitó, rápido e irregular. Se quedó sentado, aferrado al colchón, hasta que el ruido pasó a formar parte del fondo. En la esquina parpadeaba la pantalla de su antiguo radiodespertador: 7:06. «De buena mañana, vaya gente…», pensó, buscando las zapatillas con los pies. La izquierda seguía bajo la butaca, así que llegó a la cocina con una sola, arrastrando la planta desnuda por el linóleo. Abrió el grifo, llenó un vaso, bebió dos grandes sorbos. El agua era tibia, de la noche. Le alivió algo el pecho. El taladro tras la pared enmudeció. Don Alejandro incluso logró relajar los hombros, pero en lugar del chirrido comenzó un golpe sordo: machacaban algo con un mazo o rompían baldosas. Una explosión de risas, un grito: — ¡Kike, déjalo recto! Las voces eran jóvenes, masculinas. Seguramente los nuevos vecinos del 5ºB, que llegaron hace un mes. Los había visto un par de veces: dos chavales con chaquetas deportivas, delgados, cargados de cajas y rollos bajo el brazo. En el rellano uno de ellos le dijo entonces educadamente: — Buenos días, abuelo. Don Alejandro murmuró algo incomprensible, incómodo por aquel «abuelo». Después recordaría largo tiempo cuándo fue la última vez que le llamaron por su nombre completo y no como a un mueble más del portal. Llevaba dos años jubilado. Treinta trabajando de ingeniero en la fábrica, acostumbrado a los planos, al silencio, a pensar mejor cuando sólo zumban las lámparas y susurran los papeles. Tras el cierre de la fábrica, fue encadenando pequeños trabajos. En los últimos años hacía planos por ordenador para una empresa pequeña—en casa, frente a la ventana donde tenía el escritorio. El piso, en la novena planta, le gustaba por la tranquilidad. Bajo las ventanas, un patio recogido, un banco, dos álamos. La carretera quedaba tras los edificios, reducida a un rumor amortiguado, que él recibía como otro telón de fondo. El último mes se le descuajaringó todo. Primero el 3ºA, cambiando ventanas: una semana de cortes y golpes de martillo. Después el 1ºC, alicatando el baño, el olor a polvo se metía en el portal tanto que apetecía lavar la nariz. Ahora el 5ºB. Parecía que los taladros se iban pasando el relevo de piso en piso. Intentó aguantar. Se decía que en algún momento terminarían las obras. Ponía la radio más alta en la cocina, trataba de leer noticias en la tablet. Pero el taladro lo mismo callaba, lo mismo aullaba de nuevo, y en la cabeza latía un dolor sordo. La tensión subía, las pastillas contra la hipertensión hacían falta más a menudo. Por la noche, cuando en teoría todo se calmaba, los jóvenes del décimo empezaban su vida: risas, música, graves que retumbaban por las paredes. Una tarde no pudo más. Era casi medianoche y el estruendo de abajo hacía temblar los cristales del aparador. Se levantó, se puso los pantalones viejos de estar por casa, se calzó las deportivas sin calcetines y salió al rellano. Tiró de la cadena, abrió la puerta, salió al pasillo. Las paredes vibraban, las puertas de los buzones daban saltitos. Detrás de la puerta del 5ºB chillaba el disco de una radial. Don Alejandro apretó el puño y golpeó la puerta. Tres fuertes golpes. El estruendo se cortó al instante. Segundos después, la puerta se entreabrió: un chico desaliñado, con gafas de protección en la frente y manchas blancas de yeso en la camiseta. — ¿Qué pasa?—preguntó, para corregirse seguido—. Perdone, buenas noches, ¿le ocurre algo? — Ocurre —soltó Don Alejandro—. Es muy tarde. Ya es de noche. De repente se oyó cómo le temblaba la voz, y eso le molestó aún más. — Sí, sí…—el chico miró hacia atrás—. Ya vamos a acabar, es que hoy no tenemos tiempo, sólo podemos… — ¿Hasta la madrugada? —saltó Don Alejandro—. ¿Les da igual que las paredes parezcan que bailan? Aquí hay gente mayor, enferma. Mañana tengo médico y no he dormido. Sus palabras le sonaron ajenas, vociferantes, como en los programas de la tele. El joven bajó la mirada, como si le hubieran golpeado de verdad. — Vale, vale —murmuró—. No volverá a pasar. Perdón. La puerta se cerró con cuidado. El ruido no volvió. En el silencio se oyó arriba cómo se cerraba la puerta del ascensor. Don Alejandro se quedó un momento en el rellano, notando cómo el calor se le aflojaba dentro. Al volver a entrar, se fijó en el ojo de la puerta del 3ºA—el piso estaba vacío, pero le pareció que alguien le vigilaba. Cruzando el pasillo, se encontró de frente en el espejo: cansado, envejecido. «Gritando a los chicos… Menudo héroe», pensó con una amarga ironía. Esa noche no le costó dormir por el ruido, sino por la vergüenza. Recordó cuando en los años de la comunal, sobre su cabeza partían leña hasta la madrugada. Pensó que nunca sería de los que golpean el techo con la escoba. Por la mañana no lo despertó el taladro sino el timbre. Miró el reloj: 8:50. Se puso una camisa, fue al recibidor. Por el visor—el chico de ayer, con camiseta limpia, una bolsa en la mano. — Buenos días —le dijo al abrir—. Ayer, bueno… No calculamos. Esto es para usted. Chocolate. Y también… Si volvemos a hacer ruido, avísenos por favor, no importa negociar. En la bolsa había una tableta de chocolate negro y una caja de té. Don Alejandro, incómodo, musitó un agradecimiento, asintió. Estuvieron un segundo indecisos en la puerta, luego se despidieron. Hasta el atardecer reinó la calma, pero el desasosiego no se marchaba. Como si hubiera ganado una pequeña batalla, pero perdido algo por dentro. Pensar que tendría que volver a tocar a alguna puerta le oprimía el pecho. Al siguiente día el taladro volvió. Al menos no hasta las diez, no desde las siete. Pero estuvo casi hasta las nueve. En los descansos, la música de los jóvenes del décimo: bajos que no le dejaban dormir. Aún no se había quejado—no se atrevía. Se ponía tapones, pero el rumor seguía latiendo. Al terminar la semana notó que se despertaba antes de que sonara el despertador, atento al silencio como si fuera un campo minado. Cualquier golpe anunciaba el inicio del infierno. Las pastillas se acabaron y tocó ir a la farmacia por más. De camino entró en la oficina de la comunidad, donde estaba la administradora—una mujer baja con gafas colgando. — Don Alejandro, ¿cómo anda la salud? —le sonrió, ordenando papeles. — Mucho ruido —dijo él—. Obra tras obra. ¿Esto se puede tener así todo el día? Ella suspiró. — Según la Ley de Ruido, se permite hacer obras de nueve a una y de tres a siete. Los domingos menos. Nosotros sólo podemos pedir, colgar un aviso. ¿Quiere que ponga un anuncio? Frunció el ceño. Los avisos colgaban años: «No aparcar bicis», «Saquen la basura», «Prohibido fumar». La gente los leía y cada uno a lo suyo. — No, gracias —dijo. Dudó—. ¿Y la representante del portal sigue activa? — ¿Doña Natalia? Por supuesto. Pone orden a todos. También está en el chat del portal. El chat. Él usaba aún móvil de teclas, pero su nieta le regaló hace seis meses un smartphone y se lo configuró. Tenía ya el grupo, aunque sólo lo usaba para mandarle emoticonos a la nieta. En casa buscó su papel de claves, abrió el chat del portal: «Edificio 14, Portal 3». Lo encontró rápido. Cuarenta vecinos: fotos de gatos, anuncio del ascensor, quejas de limpieza. Tardó en escribir. Los dedos iban inseguros por la pantalla. Al principio pensó en: «Queridos vecinos, por favor, basta de ruido», pero lo borró. Lo cambió por algo más neutro. «Buenas tardes. Soy Alejandro del 9ºD. Mucha obra y música en el portal. Duermo mal, tengo presión alta. ¿Podemos acordar horarios para los ruidos?» La respuesta llegó antes de apartar los ojos del móvil. «Don Alejandro, soy Natalia, la representante. Tiene razón, lo hablamos». Después llovieron mensajes. Gente quejándose del taladro del 5ºB. Otros defendiendo a los obreros, «ellos también necesitan vivir». Una joven del 1ºC comentó: «Tengo un bebé que duerme a mediodía. Si hay ruido, se despierta y llora. Detallemos los horarios». Don Alejandro leyó y sintió un curioso alivio. No era el único molesto. Pero no le salía exigir. Sugirió: «Existe la ley del ruido. Se puede hasta la una y de tres a siete. De noche no. ¿Ponemos regla común para este portal? Y si hay obra—informad aquí». El chat se animó dos horas. Doña Natalia propuso «reunión de vecinos». El chico del 5ºB intervino: «Soy Kike del 5ºB. Estamos de reformas. Nos adaptamos. Hablemos». Doña Natalia llamó por la tarde. Su voz era firme, de mando. — Don Alejandro, nada de regañar por chat, hay que tratar cara a cara. Mañana a las siete voy al portal, vamos juntos con los del décimo y el 5ºB. ¿Le parece? Colgó, sorprendido por la rapidez. Le daba algo de miedo, pero tenía claro que ya no podía echarse atrás. Pasó la noche repasando el discurso: cómo decir que también fue joven, que escuchaba Serrat a todo volumen, pero que ahora tiene corazón y medicinas; pedir respeto. Cada vez el discurso se le quebraba. Al día siguiente limpió el pasillo, cambió el perchero de sitio. A las siete menos cinco, ya estaba junto a la puerta, atento al portal. El ascensor tintineó, apareció una mujer corpulenta de gabardina clara, carpeta en mano. — Bueno, ¿vamos? —sonrió doña Natalia. Asintió. Subieron al décimo, los «músicos». Allí vivían una pareja joven de alquiler. Sólo los reconocía por el ruido: por la música y las risas nocturnas. En persona eran una chica pálida de pelo teñido y un chico con gafas. — Buenas tardes—empezó doña Natalia—. Venimos del portal. No se preocupen, no venimos a reñir. El chico se puso tenso, la chica agarró fuerte la toalla. — Sus altavoces suenan demasiado fuerte por la noche—continuó—. Hay mayores, niños. Hemos acordado una propuesta. Aquí está. Sacó una tabla impresa: días y horas en que se podía hacer ruido, cuándo tocaba silencio. Don Alejandro puso su mano en la hoja—había estado la víspera ajustando celdas en el ordenador. — Si no pasamos de las once… —musitó el chico—. Es para pelis. Somos jóvenes, nos… Miró a don Alejandro, pidiendo comprensión. Él supo que era su momento para decir algo. — Les entiendo. Nosotros también poníamos discos de jóvenes. Pero ahora no puedo… El corazón. Me despiertan sus graves, como si trabajaran en mi cuarto. Si a partir de las diez bajan el volumen, me ayudan mucho. Además, los niños duermen. Y si alguna vez van de fiesta, avisen por el chat. Así tomo la pastilla y cierro la ventana. No es lo mismo si sé que va a ser sólo una hora. Se sorprendió de haberlo dicho en alto. El tono le salió sereno, recto. La chica aflojó la toalla. — No pensábamos que se oyera tanto—admitió—. Los que había antes gritaban más que la música. Vale. Desde las diez, con auriculares. Pelis bajito. Cuando tengamos jaleo, aviso. Y, si acaso, recuérdennos por el chat. — Hecho —remató doña Natalia. Bajaron al 9º, al 5ºB. Olía a yeso y cola. Abría Kike, su compañero asomó la cabeza. La casa con plásticos, cables por el suelo. — Hombre, conocidos—saludó Kike—. Otra vez el escándalo. — No venimos a reñir—repitió doña Natalia—, venimos a pactar. Los dos atendieron atentos. Se les enseñó el horario, se habló de la siesta del bebé del 1ºC, de la presión de don Alejandro, de la ley municipal. — Tenemos entrega de obra en dos semanas—dijo el compañero—. Ojalá pudiéramos ir despacio, pero no llegamos. Don Alejandro vio cómo le temblaba la mano con el destornillador. Entendió que esos plazos eran una losa también. — ¿Alguien les obliga a trabajar en horario nocturno? —preguntó suave—. Hagan esto: ruido sólo de diez a una y de tres a siete. El resto, cosas sin taladro. Yeso, papeles, lo que puedan. Sabemos que no están rompiendo paredes por gusto. Kike sonrió de medio lado. — Por gusto no, desde luego. Lo haremos así. Si alguna vez nos retrasamos, avisamos por el chat. — Y en fiestas, sólo hasta las cuatro—intervino doña Natalia—. La gente necesita descansar. Se dieron la mano. Al cerrar la puerta del 5ºB el pasillo quedó en silencio. Sólo abajo un niño pataleaba porque no quería lavarse las manos. — Ya está—dijo doña Natalia—. Lo importante, don Alejandro, es que no gritamos, no amenazamos. Dialogamos. Y si alguien no quiere escuchar, ya se verá. Él asintió. Por dentro se sentía vacío, como tras un examen temido. Y a la vez una leve dignidad. No héroe, no policía, pero alguien que da la cara y habla. Al día siguiente el taladro empezó sólo a las diez y calló a la una y media; después rugió a las tres y acabó a las siete. Por la tarde, un aviso en el chat: «Hoy hasta las 20:00, lo siento. Kike, 5ºB». Debajo, varios emojis de disgusto y un «me gusta» de algún joven. Don Alejandro lo leyó y escribió: «¿Mañana una hora extra de silencio? Saludos, 9ºD». Kike respondió con un corazón. Por la noche la música de arriba sonó más baja. Los graves, apenas. A las nueve, la chica del décimo avisó en el chat: «Vecinos, hoy vienen amigos, estaremos tranquilos hasta las 23:00. Si molestamos, avisad». Don Alejandro se recostó. Era extraño notar cómo todo lo que antes parecía hostil y caótico ahora cabía en mensajes y horarios. El ruido seguía atravesando ocasionalmente las paredes. A veces el bebé del 1ºC lloraba a mitad de la siesta, arriba se caía algo, Kike se pasaba quince minutos con el taladro. Pero el ruido tenía nombre, cara, piso. Se podía llamar, escribir. Ceder una hora si era necesario. Y eso, el saberse parte de la negociación, le parecía más importante que el silencio perfecto. Un día, sentado con el plano junto a la ventana abierta, oyó a alguien golpeando metal en la calle. Antes hubiera cerrado de golpe. Ahora pensó que era horario laboral y volvió a sus líneas. El corazón no se aceleró, las manos no sudaron. Una tarde sacó el viejo transistor, lo puso en la cocina, sintonizó su emisora. Ocho en punto, el locutor lee las noticias. Se sorprendió subiendo el volumen más de lo habitual. Antes procuraba ser invisible, temeroso de molestar con su propio sonido. Pero pensó: a las siete, tiene el mismo derecho que Kike con su taladro. Por la pared se oían risas—quizá los jóvenes del décimo, discutiendo una serie. Abajo, el taladro chilló una vez y paró, como si al mirar el reloj el dueño lo apagara enseguida. Don Alejandro se sirvió un té fuerte, sacó la tableta de chocolate del bolso y la rompe en una onza que deja en el plato. En el chat del portal, alguien subía una foto de una alfombra nueva en el ascensor. Otro preguntaba por el patinete de su hijo. El ruido, convertido en mensajes y fotos, se convertía en voces conocidas. El silencio que reinaba en su cocina entre las noticias y los golpes de la cucharilla, no le parecía ya algo frágil o fortuito. Era un espacio negociado, acordado, donde todos los vecinos daban un pequeño paso. El ruido en la casa no disminuyó. Pero al despertar y mirar por la ventana, Don Alejandro sabía que podía abrir el chat, marcar un número, tocar una puerta con el horario en la mano. Y esa conciencia iba endureciendo poco a poco sus noches, y haciéndole sentir que en la vejez cabía algo más que impotencia.