«¿Cuándo encontraré yo a esa mujer?» (humor) Soy una señora temporalmente soltera, y de vecina tengo a Manolo —acaba de reformar el chalet y mudarse. Parece empresario, pero no va de sobrado. Algo más joven que yo; él tendrá unos treinta y cinco y yo ya he cumplido dieciocho… unas cuantas veces. Un día se acerca y me dice: — Doña María del Carmen, ¿me haría el favor, como vecina, de acompañarme a un evento como mi pareja? Le contesto que antes de proponerme eso, le conviene encargar primero los servicios de una funeraria. — ¡No me ha entendido! —se disculpa Manolo—. Es que voy a una fiesta de la alta sociedad y queda mal ir sin acompañante. Entre empresarios es normal ir con una señora guapa. Además, estará mi ex. Que vea, la muy víbora, que soy feliz sin ella y que aquí nadie está de más. Lo de “señora guapa” me gustó. Ponerle los dientes largos a la ex de Manolo también parecía divertido. Pero… — No puede ser, Manolo —le digo—. Mírame, no soy de vuestro establo. Ni piernas largas, ni trasero de silicona. Contrata una profesional del acompañamiento. Ellas saben hasta protocolo y puedes sobarlas sin vergüenza. — Las profesionales no me convencen —responde Manolo—. Se les nota a kilómetros, llevan la tarifa escrita en la frente. Yo quiero una mujer natural, auténtica, a la que nadie conozca. — De autenticidad voy sobrada —le digo—. Pero yo soy de alto standing. ¿Y qué me pongo para esa bacanal? Con mis fachas, solo me dejarían entrar en la cena de los fontaneros. Manolo se hace cargo: vestido, zapatos, manicura, peluquería. ¿Qué remedio? Había que echarle una mano al muchacho. Y nos plantamos por la noche, emperifollados, en aquel garito. El local se llamaba “La Opulencia Azul”. Si nunca habéis ido a un sarao de sociedad, mejor no lo intentéis. Un jaleo y un aburrimiento, como una granja de avestruces en época de inseminación artificial. Ellos de esmoquin, ellas con silicona. Comen poco, beben menos. Fuerzan sonrisa de boca llena de diamantes y no paran de cotillear y alardear. Manolo me señala a su ex: típica modelo pasada de moda, escote hasta el ombligo, boca hinchada a más no poder. ¿Qué le vería? Se hace llamar Selena, aunque seguro que de niña era Soco por el DNI. Los amigos llaman a Manolo para hablar de negocios, él me da un beso en la mejilla y me deja junto a la mesa. Yo, por la cintura, no me corto, y comida hay a mares. Así que me dedico a zampar canapés. Uno en la mano, otro mirando y el tercero ya para dentro. Se empiezan a acercar las cotillas del cotarro y Selena también escucha de cerca. —¿Tú vienes con Manolo? —me aborda una—. Encantada, soy Nika. ¿Tienes agencia, boutique, academia de baile? Y yo, masticando, pienso a qué me dedico. Recuerdo haber vendido una cómoda a una amiga y suelto que me dedico a los muebles. Después caigo en que la cómoda estaba decente, así que matizo que vendo muebles de lujo. —¡Genial! —dice Nika—. Justo quiero renovar muebles en casa. ¿Cómo se llama tu tienda? Pesada la tía. Tiro de imaginación: después de aquella cómoda no he vendido nada… Así que suelto que lo de los muebles ya pasó. —Del mueble, pasé a la ropa de abrigo —contesto. El invierno pasado vendí una estola de perro a otra amiga por cuarenta euros, así que tengo derecho a decirlo. Varias suspiran que necesitan nuevos abrigos y se ofrecen a visitar mi tienda si les doy la dirección. ¿Me están interrogando o qué? Por suerte, recuerdo haber vendido dos ruedas viejas del coche que dejó mi exmarido. Así que salgo del apuro: —Por desgracia, los abrigos tampoco dan para mucho. Ahora vendo recambios de coche: quien necesite inyectores, manguitos, culatas, que me diga. Las señoras se rinden: parece que los manguitos no se llevan en su círculo. —¿Y tú qué antidepresivos tomas? —me ataca Nika—. ¿A qué psicólogo vas? ¡Hoy en día es imposible ganar dinero y no estar medicada! Mi antidepresivo es una copita de coñac cada noche. Psicóloga solo tengo una: mi gata, la señora Kuksa. Le cuento mis penas, te mira, menea el rabo y se va a tirar la tierra de las macetas. Terapia normalita, aunque deja la casa como un cristo. Así que respondo que mi medicina es el “cognacino fresco” y mi psicóloga se llama Kuska Muriel Gataeva. No entendieron nada, pero coló. Por fin se acerca la ex, Selena, a verme de cerca. —Hola, pajarita —me dice—. ¿Eres la nueva conquista de Manolo? Te aviso de buena fe: es terrible. (Acompaña foto de archivo). —Peor que tú no será —respondo. Y me zampo una bandeja de ostras. —Con Manolo es imposible convivir, ya lo verás —me sisea la relamida Selena—. ¡Un tirano! Te atrasas un minuto, bronca. Te gastas cien euros de más, pelea. —Nosotros estamos de maravilla —respondo—. Ni ruido, ni golpes. Llega a casa cuando quiere… y yo también. Notad que ni he mentido. No aclaré que cada uno vive en su casa. —¡Te diré más! —baja la voz Selena—. Tiene un tornillo flojo. Habla solo. Yo le invito a un crucero, a la ópera, lo que sea… y él mirando las estrellas, siempre repite: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?” ¡Como si yo no estuviera a su lado! Yo, ni caso. Todos buscamos algo. —Veo que comilona eres un rato —sigue Selena, venenosa—. Eso también te saldrá caro. Por cada kilo que subía, Manolo me hacía la vida imposible. ¡Y vuelta a gritar: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Le decía: “¿Pero de quién hablas? ¡Si estoy aquí!” Y él mirando a otro lado. —Conmigo no se queja ni del peso, ¿apostamos? —le salto. Y remato otra bandeja de delicatessen. Manolo me hace un gesto animándome desde lejos. Al ver aquello, a la Selena le cambia la cara. —Por el día aún… —sigue—. Pero por las noches, para matarlo. Ronca como un martillo neumático, dan ganas de tirarle al balcón. ¡Y hasta dormido suspira: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Me encogí de hombros, nunca he oído a Manolo gemir de noche; tampoco conté que entre nuestros colchones median cincuenta metros y una verja. Total, que la víbora de Selena no pudo conmigo, por mucho que lo intentara. Yo me lo pasé a pedir de boca: até la tripa, brindé, hasta me di un chapuzón en la cubitera de champán. El vestido nuevo me dio pena, pero sabía que en una semana no me iba a cerrar igual. ¿Para qué lamentarse? Kuksa y el brandy, consuelo tengo. *** —¡María, te agradezco de corazón! —me elogió Manolo al día siguiente—. Naciste para brillar en sociedad. La pandilla de snobs quedó flipando y Selena llena de bilis. ¡Eso es la naturalidad y la gracia castiza! —Encantada de ayudar —le dije—. Pero la próxima vez, sin mí. No estoy hecha para esos ambientes; me pone la moral en órbita. Si fuera tu mujer, ni iría ni te dejaría ir a ti. Me regaló flores y fruta, y se fue, murmurando algo raro: —Dios mío, ¿será ella la mujer que busco? No sé a quién se refería. Pero bueno, si ha encontrado a alguien, me alegro…

«¿Cuándo encontraré a esa mujer?» (humor)

Diario de Carmela Muñoz, jueves.

A veces me doy cuenta de que navego sola en este mar de la vida, aunque sólo sea temporalmente. En el piso de al lado acaba de mudarse Alfonso recientemente ha restaurado el ático y ha cambiado de barrio. Dicen que tiene un par de negocios, pero no es el típico empresario chulo. Algo más joven que yo: debe de rondar los treinta y cinco, y yo ya he cumplido los dieciocho unas cuantas veces.

El caso es que un día aparece y me dice:

Carmela, ¿te importaría hacerme un pequeño favor de vecindad y acompañarme como pareja a un evento?

Por supuesto, le respondí que antes de proponerme semejante tontería, debería ir encargando su propio velatorio.

¡No lo entiendas mal! se disculpó Alfonso rápidamente. Es que tengo una cena de gala con otros empresarios, y presentarse solo es de poco fuste. Primero, todos llevan a una dama elegante, y, segundo, va a estar mi ex. Para que vea, la muy víbora, que la vida sigue después de ella y que nadie es imprescindible.

Eso de ser dama elegante me hizo cierta gracia. Y dejarle claro a la ex de Alfonso que no es el ombligo del mundo, también tenía su morbo. Pero

Eso va a estar complicado, Alfonsito le dije. Mírame; yo no soy de las tuyas. Ni piernas eternas, ni trasero postizo de cirugía. Mejor contrata una profesional, las hay bien entrenadas y saben moverse entre esta fauna.

No sirve una profesional replicó Alfonso. Se les ve a leguas; parecen llevar la tarifa escrita en la frente. Necesito una mujer auténtica de la que nadie sepa nada.

De autenticidad, voy sobrada asentí. Pero no salgo barata. ¿Con qué voy vestida entonces? ¡Que así sólo podría ir a la convención nacional de fontaneros!

Alfonso asumió la logística: vestido, zapatos, manicura, peinado. ¿Qué vas a hacer? Hay que ayudar al muchacho. Y así, esa noche nos plantamos en el sarao, bien emperifollados.

El local se llamaba La Opulencia Azul. Si nunca habéis ido a un cóctel de alta sociedad, no lo hagáis. El ambiente, más tenso y gris que la granja de avestruces el día de la inseminación artificial. Caballeros de esmoquin, señoras de silicona, todos comiendo nada, bebiendo menos, sonriendo a la fuerza para lucir sus sesenta y un dientes de porcelana, murmurando y midiendo egos ajenos con la mirada.

Alfonso me señaló a su ex: una modelo trasnochada con escote hasta el ombligo y labios hinchados. ¿Qué le encontró? Se hace llamar Estrella, aunque seguro que de niña era Encarnita o algo así.

Un grupo de amigos llamó a Alfonso para algún asunto de negocios y me dejó junto a la mesa con un besito en la mejilla. Mi figura no es de las que lloren por la cintura, y la comida era abundante. Así que, allí me quedé degustando canapés. Cogía uno, miraba el siguiente, me metía el tercero

Al poco, las cotillas de rigor se acercaron a curiosear, y también Estrella, que escuchaba disimuladamente.

¿Vienes con Alfonso? me soltó una, presentándose como Clara. Encantada, ¿a qué te dedicas? ¿Llevas una agencia de eventos, salón de belleza, academia de baile?

Mientras masticaba, intenté hacer memoria: la última vez vendí una mesilla a una amiga Así que dije que me dedicaba al mueble. Pero era una mesilla bastante decente y poco cascada, así que añadí que sólo vendía mobiliario de alta gama.

¡Qué maravilla! exclamó Clara. Precisamente me apetece renovar el salón. ¿Cómo se llama tu tienda?

¡Ya me había cazado! Había vendido solo esa pieza. Así que improvisé que ya no me dedicaba a la venta de muebles.

El mundillo acabó saturándome y ahora me he pasado a la ropa de invierno respondí. El año anterior vendí una bufanda de perro de agua calvo (poca cosa, de verdad) por cincuenta euros a otra amiga, así que me sentí con derecho a decirlo.

Varias señoras se entusiasmaron con la idea de renovar sus abrigos de piel. Volvieron a preguntar mi dirección para ir de compras. ¿Me estaban sacando información?

Por suerte, recordé que también vendí dos ruedas que sobraron de mi exmarido. Así que volví a salir del paso:

Pues mira, el negocio de pieles tampoco compensa ya. Me he pasado a los recambios de coche. Quien necesite inyectores, tubos, culatas ¡que me lo diga!

Y, en ese momento, las señoras se esfumaron. Está visto que los tubos no son su punto fuerte.

¿Y qué tomas para la ansiedad? insistió Clara. ¿A qué psicóloga vas? Hoy es imposible ganar dinero sin estar medio drogada por el estrés.

Antidepresivos tengo uno: mi copita de brandy cada tarde, para ahuyentar la morriña. Y mi psicóloga es mi gata, Pelusa. Le cuento mis cosas, ella mueve la cola y se va a tirar la tierra de los tiestos. Una terapia estupenda, aunque luego tengas que barrer toda la casa. Así que aseguré que uso brandy fresco para la depresión y que mi psicóloga se llama Pelusa Gatasánchez. Nadie lo pilló. Pero coló.

En esto, Estrella se acercó abriéndose paso, para examinarme de cerca.

Hola, pajarilla dice. ¿Eres la nueva conquista de Alfonso? Te lo advierto por bien: es un hombre peligroso.

¡No más que tú! respondí, sirviéndome una bandeja de ostras.

Es imposible convivir con él, ya verás resopló, toda monísima. ¡Un tirano! Tardas cinco minutos más donde sea y te monta un número. Gastas cien pavos de más y arma la de San Quintín.

Pues a nosotros nos va de maravilla contesté. Ni broncas ni peleas, entra y sale cuando quiere y yo, igual.

Fijaos que no mentí en nada; solo omití que vivimos en pisos distintos.

Y te digo más susurró Estrella. Alfonso está algo tocado. ¡Habla solo! Yo lo llevaba de crucero, a la ópera, a mil planes y él mirando al cielo balbuceando: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo al lado, invisible.

No respondí; ¿quién no tiene sus neuras? Todos buscamos algo.

Ya veo que no te privas a la hora de comer añadió la víbora. Y eso te va a pasar factura. Alfonso me traía por la calle de la amargura con cada gramo subido. Siempre repitiendo: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo: ¿pero si ya me tienes aquí? Él ni caso.

Conmigo no se va a atrever a soltarme ni una palabra por la comida, ¿apuestas? le repliqué, metiéndome otra montaña de tapas.

Alfonso me saludó desde lejos, como diciendo ¡sigue, no te cortes!. Estrella se puso negra de la rabia.

Y te lo diré claro apuntó de día bueno, pero por las noches me daban ganas de estrangularlo. ¡Ronca como un león! Y entre ronquido y ronquido se lamenta: ¿cuándo encontraré a esa mujer?

Me encogí de hombros: yo nunca oí esos lamentos nocturnos aunque claro, nos separan cincuenta metros de pasillo y una puerta blindada.

En fin, por mucho que pataleó la Estrella, no pudo conmigo. Me lo pasé la mar de bien: comí, bebí, hasta acabé en la cubitera del champán. Pena del vestido nuevo, pero sabía que en una semana no iba a entrar en él de todos modos. ¿Qué más da? Para penas, Pelusa y mi copita de brandy.

***

¡Carmela, de verdad, muchísimas gracias! me felicitó Alfonso al día siguiente. Has nacido para esto, has causado sensación entre ese rebaño de esnobs; Estrella se puso verde de celos. Eso sí que es naturalidad y saber estar.

Encantada de ayudar respondí. Pero la siguiente vez, sin mí. Tanto postureo me da urticaria moral. Como esposa tuya, no iría ni dejaría que fueras.

Me dejó flores y una cesta de naranjas, y al marchar murmuró por lo bajo:

Virgen Santa, ¿será que por fin he encontrado a esa mujer?

No sé a qué se refería exactamente. Pero si él ha encontrado lo que busca, pues mira, me alegro por élEsa noche me eché en la cama, exhausta pero contenta, con Pelusa roncando a mis pies. Repasé lo ocurrido: los canapés, las señoras, la víbora, el vestido a la saca. ¿Y Alfonso? A saber lo que busca. Lo mismo espera tropiezos románticos, que chicas flexibles de calendario y sonrisas de anuncio. Quién entiende a los hombres: quieren a alguien diferente, pero les entra un repelús bárbaro en cuanto aparecen las genuinas.

Aún sonreía, medio dormida, cuando escuché sonidos en el pasillo. Era Alfonso, con un paquete en la mano y cara de conspiración. Llamó despacito, por si el alma de la comunidad se despertaba.

Carmela, he traído algo. Flor de azahar y brandy del bueno. Por si te animas a seguir siendo mi mujer auténtica de alquiler dijo, alzando la bolsa.

No sé si esa mujer que él busca existe ni falta que hace. Pero mientras yo siga acumulando historias para contar, manteles para manchar y gatos para escucharme, lo cierto es que con la vida tengo más que suficiente.

Me reí bajito y abrí la puerta. Pelusa lo miró con aires de jefa. Y yo, tan pancha, pensé para mis adentros: ¿Cuándo encontrarás a esa mujer, Alfonso? Bueno pues cuando amaine el temporal, y se te ocurra llamar, aquí me tendrás. Que para ser única, no hay manual.

Y así, entre naranjas, brandy y una gata, di por zanjado el asunto. Lo demás, que espere su turno: yo tengo la agenda muy ocupada sobreviviendo a carcajadas.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

ten − 7 =

«¿Cuándo encontraré yo a esa mujer?» (humor) Soy una señora temporalmente soltera, y de vecina tengo a Manolo —acaba de reformar el chalet y mudarse. Parece empresario, pero no va de sobrado. Algo más joven que yo; él tendrá unos treinta y cinco y yo ya he cumplido dieciocho… unas cuantas veces. Un día se acerca y me dice: — Doña María del Carmen, ¿me haría el favor, como vecina, de acompañarme a un evento como mi pareja? Le contesto que antes de proponerme eso, le conviene encargar primero los servicios de una funeraria. — ¡No me ha entendido! —se disculpa Manolo—. Es que voy a una fiesta de la alta sociedad y queda mal ir sin acompañante. Entre empresarios es normal ir con una señora guapa. Además, estará mi ex. Que vea, la muy víbora, que soy feliz sin ella y que aquí nadie está de más. Lo de “señora guapa” me gustó. Ponerle los dientes largos a la ex de Manolo también parecía divertido. Pero… — No puede ser, Manolo —le digo—. Mírame, no soy de vuestro establo. Ni piernas largas, ni trasero de silicona. Contrata una profesional del acompañamiento. Ellas saben hasta protocolo y puedes sobarlas sin vergüenza. — Las profesionales no me convencen —responde Manolo—. Se les nota a kilómetros, llevan la tarifa escrita en la frente. Yo quiero una mujer natural, auténtica, a la que nadie conozca. — De autenticidad voy sobrada —le digo—. Pero yo soy de alto standing. ¿Y qué me pongo para esa bacanal? Con mis fachas, solo me dejarían entrar en la cena de los fontaneros. Manolo se hace cargo: vestido, zapatos, manicura, peluquería. ¿Qué remedio? Había que echarle una mano al muchacho. Y nos plantamos por la noche, emperifollados, en aquel garito. El local se llamaba “La Opulencia Azul”. Si nunca habéis ido a un sarao de sociedad, mejor no lo intentéis. Un jaleo y un aburrimiento, como una granja de avestruces en época de inseminación artificial. Ellos de esmoquin, ellas con silicona. Comen poco, beben menos. Fuerzan sonrisa de boca llena de diamantes y no paran de cotillear y alardear. Manolo me señala a su ex: típica modelo pasada de moda, escote hasta el ombligo, boca hinchada a más no poder. ¿Qué le vería? Se hace llamar Selena, aunque seguro que de niña era Soco por el DNI. Los amigos llaman a Manolo para hablar de negocios, él me da un beso en la mejilla y me deja junto a la mesa. Yo, por la cintura, no me corto, y comida hay a mares. Así que me dedico a zampar canapés. Uno en la mano, otro mirando y el tercero ya para dentro. Se empiezan a acercar las cotillas del cotarro y Selena también escucha de cerca. —¿Tú vienes con Manolo? —me aborda una—. Encantada, soy Nika. ¿Tienes agencia, boutique, academia de baile? Y yo, masticando, pienso a qué me dedico. Recuerdo haber vendido una cómoda a una amiga y suelto que me dedico a los muebles. Después caigo en que la cómoda estaba decente, así que matizo que vendo muebles de lujo. —¡Genial! —dice Nika—. Justo quiero renovar muebles en casa. ¿Cómo se llama tu tienda? Pesada la tía. Tiro de imaginación: después de aquella cómoda no he vendido nada… Así que suelto que lo de los muebles ya pasó. —Del mueble, pasé a la ropa de abrigo —contesto. El invierno pasado vendí una estola de perro a otra amiga por cuarenta euros, así que tengo derecho a decirlo. Varias suspiran que necesitan nuevos abrigos y se ofrecen a visitar mi tienda si les doy la dirección. ¿Me están interrogando o qué? Por suerte, recuerdo haber vendido dos ruedas viejas del coche que dejó mi exmarido. Así que salgo del apuro: —Por desgracia, los abrigos tampoco dan para mucho. Ahora vendo recambios de coche: quien necesite inyectores, manguitos, culatas, que me diga. Las señoras se rinden: parece que los manguitos no se llevan en su círculo. —¿Y tú qué antidepresivos tomas? —me ataca Nika—. ¿A qué psicólogo vas? ¡Hoy en día es imposible ganar dinero y no estar medicada! Mi antidepresivo es una copita de coñac cada noche. Psicóloga solo tengo una: mi gata, la señora Kuksa. Le cuento mis penas, te mira, menea el rabo y se va a tirar la tierra de las macetas. Terapia normalita, aunque deja la casa como un cristo. Así que respondo que mi medicina es el “cognacino fresco” y mi psicóloga se llama Kuska Muriel Gataeva. No entendieron nada, pero coló. Por fin se acerca la ex, Selena, a verme de cerca. —Hola, pajarita —me dice—. ¿Eres la nueva conquista de Manolo? Te aviso de buena fe: es terrible. (Acompaña foto de archivo). —Peor que tú no será —respondo. Y me zampo una bandeja de ostras. —Con Manolo es imposible convivir, ya lo verás —me sisea la relamida Selena—. ¡Un tirano! Te atrasas un minuto, bronca. Te gastas cien euros de más, pelea. —Nosotros estamos de maravilla —respondo—. Ni ruido, ni golpes. Llega a casa cuando quiere… y yo también. Notad que ni he mentido. No aclaré que cada uno vive en su casa. —¡Te diré más! —baja la voz Selena—. Tiene un tornillo flojo. Habla solo. Yo le invito a un crucero, a la ópera, lo que sea… y él mirando las estrellas, siempre repite: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?” ¡Como si yo no estuviera a su lado! Yo, ni caso. Todos buscamos algo. —Veo que comilona eres un rato —sigue Selena, venenosa—. Eso también te saldrá caro. Por cada kilo que subía, Manolo me hacía la vida imposible. ¡Y vuelta a gritar: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Le decía: “¿Pero de quién hablas? ¡Si estoy aquí!” Y él mirando a otro lado. —Conmigo no se queja ni del peso, ¿apostamos? —le salto. Y remato otra bandeja de delicatessen. Manolo me hace un gesto animándome desde lejos. Al ver aquello, a la Selena le cambia la cara. —Por el día aún… —sigue—. Pero por las noches, para matarlo. Ronca como un martillo neumático, dan ganas de tirarle al balcón. ¡Y hasta dormido suspira: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Me encogí de hombros, nunca he oído a Manolo gemir de noche; tampoco conté que entre nuestros colchones median cincuenta metros y una verja. Total, que la víbora de Selena no pudo conmigo, por mucho que lo intentara. Yo me lo pasé a pedir de boca: até la tripa, brindé, hasta me di un chapuzón en la cubitera de champán. El vestido nuevo me dio pena, pero sabía que en una semana no me iba a cerrar igual. ¿Para qué lamentarse? Kuksa y el brandy, consuelo tengo. *** —¡María, te agradezco de corazón! —me elogió Manolo al día siguiente—. Naciste para brillar en sociedad. La pandilla de snobs quedó flipando y Selena llena de bilis. ¡Eso es la naturalidad y la gracia castiza! —Encantada de ayudar —le dije—. Pero la próxima vez, sin mí. No estoy hecha para esos ambientes; me pone la moral en órbita. Si fuera tu mujer, ni iría ni te dejaría ir a ti. Me regaló flores y fruta, y se fue, murmurando algo raro: —Dios mío, ¿será ella la mujer que busco? No sé a quién se refería. Pero bueno, si ha encontrado a alguien, me alegro…
Una huérfana criada en un hogar de menores consigue empleo como camarera en un renombrado restaurante, pero al derramar sopa sobre un cliente adinerado, su destino cambia drásticamente.