Diario personal, marzo
Conocí a mi amiga durante un curso al que me apunté para poder solicitar un trabajo en un sitio bastante prestigioso en Madrid. La verdad es que me costaba bastante entender algunas partes del temario, y ella me echó una mano muchas veces. Terminamos el curso y mantuvimos el contacto. Ella seguía dependiendo económicamente de sus padres, mientras que yo, ya casada, no contaba con ese respaldo familiar.
Estaba buscando trabajo y tuve la suerte de que un amigo me recomendara para una vacante. Sin embargo, todo ese proceso se alargó muchísimo. Nos vimos algunas veces, pero ella solía cancelar nuestras citas con la excusa de que ya era tarde. Yo también estaba liada con mis cosas, así que nos comunicábamos cuando podíamos, hasta que nos convocaron para entregar la documentación y hacer unas pruebas de acceso. Ya para entonces yo no trabajaba y ahorraba hasta el último euro para unos tratamientos médicos que necesitaba. Ella, por su parte, siempre tenía a sus padres para cubrir sus gastos.
En los exámenes, ella aprobó a la primera, mientras que a mí no me cogieron. Lo intenté dos veces más y tampoco hubo suerte. Le pedí ayuda para estudiar, pero siempre estaba ocupada. Luego desapareció durante diciembre y enero. Yo seguí buscando trabajo, sin éxito, hasta mediados de febrero: una época muy complicada para mí. Cuando por fin empecé a trabajar, tenía turnos de lunes a domingo. Apenas podía descansar.
A finales de febrero me escribió para decirme que quería quedar en marzo, que a ver si organizábamos algo. Sinceramente, dudé. Ya no quería relacionarme mucho con personas de aquel entorno laboral, porque seguía doliéndome el rechazo del trabajo, pero accedí porque para mí ella era importante. La cita era para un sábado, así que tuve que pedir en el trabajo que me cambiasen el turno. La escribí el viernes por la noche, pero no contestó. Tampoco respondió el sábado. Al final no nos vimos. Eso me creó problemas con mi jefe por el cambio de turno, mientras que mi “amiga” no dio señales de vida hasta el lunes, cuando me escribió por WhatsApp diciendo que había tenido un problema familiar.
Me enfadé bastante y estuve tres meses sin contestarle nada. Luego tuve que operarme y, casualmente, me llamó justo en ese momento. Le conté que acababa de salir de una operación y que estaba sensible, pero aún así hablé con ella. Me dijo:
Si quieres, duerme un poco y luego te llamo a ver cómo sigues.
Nunca llamó.
Pasaron otros dos meses y me dijo que quería verme, pero sólo podía entre semana. Yo ya estudiaba por las tardes y las clases me costaban una fortuna así que no podía faltar sólo para complacerla. A pesar de todo, primero acepté con dudas, pero acabé cancelando.
Después empezó a llamarme preguntando cómo estaba, pero sentí que no era sincera, como si se riera de mí. Hacía preguntas sobre mi familia y soltaba indirectas acerca de si mis padres ya se habían separado, igualando situaciones cuando en realidad no era así. Empecé a notar sus comentarios malintencionados y poco a poco fui distanciándome: a veces respondía de forma breve, otras incluso con alguna mentira piadosa.
Decidí eliminarla de mis redes sociales poco a poco, hasta que en marzo del año siguiente borré el último vínculo. Ella me escribió, pero la ignoré. Al día siguiente de mi cumpleaños me llamó para pedirme explicaciones. Me dijo que siempre había intentado ayudarme y que no entendía por qué me estaba comportando así. Le contesté que nunca tenía tiempo para mí, pero que, curiosamente, sí para compartir fotos con otras personas. Le dije:
Relaciónate con otra gente.
Me dijo que sólo quería ayudarme y que no volvería a buscarme. Lo cierto es que esto me hizo daño. Ahora siento que me cuesta confiar en la gente. Ella parecía preocuparse por mí, pero en realidad sólo quería que estuviera bien, pero nunca mejor que ella. Nunca le importé de verdad, aunque yo siempre tuve detalles y gestos de cariño hacia ella.
A veces pienso que quizá fui su interés romántico, porque hacía bromas sobre mi pareja, insistía en que lo trajera o comentaba las fotos de otras chicas. Yo fui muy sincera y abierta con ella supongo que ese fue mi error. Me duele porque, para ella, yo solo era alguien a quien mantener cerca, nunca una amiga de verdad. Creí que teníamos cosas en común, que nuestra amistad era auténtica, pero no era así. Ahora, confiar en la gente se me hace cuesta arriba. Ojalá pudiera tener más amigos, pero la vida aquí, en Madrid, se ha vuelto difícil para mí.







