Tengo 65 años y, aunque siempre me he sentido bastante tranquila respecto a mi aspecto, últimamente las canas han empezado a ganar la partida. No hablo de dos pelos sueltos, sino de mechones enteros en las raíces. Ir a la peluquería ya no me parecía tan sencillo como antes; entre la falta de tiempo, el precio y la espera, empecé a pensar que quizá no era tan grave teñirse una misma en casa. Después de todo, llevo toda la vida haciéndolo. ¿Qué podría salir mal?
Caminé por las calles tortuosas de mi barrio en Madrid, bajo un cielo que parecía pintado al óleo y entré en la droguería de la esquina, no en ninguna tienda especializada. Pedí tinte para cubrir canas. La dependienta, de nombre Estrella, me preguntó qué color prefería. Respondí: castaño normal, sin misterio. Me mostró una caja sobria y discreta, con la foto de una mujer de melena impecable en la portada. Cubre canas al 100%, ponía en mayúsculas doradas. Eso me convenció sin que leyese nada más. Volví a casa segura de que en una hora mi mundo volvería a estar en calma.
Me puse una camiseta vieja, cogí una toalla que olía a verano pasado y preparé la mezcla según el folleto, aplicando el tinte frente al espejo empañado del baño. Al principio todo pareció normal; el color oscuro de siempre. Aproveché el tiempo de espera para fregar los platos flotando en el fregadero y recoger la cocina, mientras me acompañaba un murmullo de voces lejanas de la radio.
Pero después de veinte minutos, algo en el aire cambió de textura. Miré al espejo y mi pelo ya no era castaño; un resplandor violeta, casi de cuento, ondeaba en mi coronilla. Pensé que era un truco de la luz, esas bromas que hacen las bombillas viejas. Decidí ignorarlo.
Cuando llegó la hora de aclarar, supe que había cometido un error con aroma a surrealismo. Al rozar el agua mi cabello, vi cómo el color se derramaba, primero violeta, después marrón oscuro y, finalmente, casi negro como tinta de calamar. Al mirarme en el reflejo brumoso, era yo, sí, pero con destellos lila y malva y un color imposible de ponerle nombre. Las canas se habían ido, claro. Pero, ¿a qué precio?
Intenté secar el pelo con el secador, confiando en que el aire caliente lo haría volver a su ser. Pero no; el color estallaba aún más vibrante. Parecía salida de una extraña sesión fotográfica en la Gran Vía, más que una mujer de 65 años. No pude hacer otra cosa que reírme sola, porque el sueño ya era total.
Llamé a mi hija, que se llama Aitana, por videollamada. Al verme, los ojos casi se le caen de la risa y dice:
Mamá ¿pero qué te has hecho?
Solo le respondí:
Reserva una cita con tu peluquera, por favor.
Al día siguiente tenía que salir a la calle, así, con el pelo rebelde. Me até una pañoleta en la cabeza, pero el violeta asomaba como si quisiera ver mundo. En la tienda de ultramarinos, la dependienta me preguntó si era mi nuevo look. Una señora en la panadería me dijo que era muy valiente por atreverme con esos colores. Yo asentía, sonriente, como si todo formara parte de un plan maestro.
Dos días más tarde, fui a la peluquería, en la calle Mayor, sin pizca de orgullo. La peluquera, al verme entrar se llamaba Carmen, lo entendió todo con una mirada. No me juzgó. Solo dijo:
Esto pasa más veces de lo que imaginas.
Salí del salón con el pelo arreglado, la cartera 38 euros más ligera y una lección rescatada de algún sueño: una cree que todavía puede hacer lo de antes hasta que acaba con el pelo color lavanda. Desde ese día, acepté dos cosas: las canas llegan sin pedir permiso y algunas batallas es mejor dejarlas en manos de profesionales.
Nada de drama familiar, solamente una anécdota auténtica, como bailada en la Plaza Mayor bajo la luna de neón de mis sueños.







