¿Pero cómo que no quieres cambiarte el apellido? gritó mi suegra en la oficina de registro civil, con eco de las banderas rojigualdas ondeando en un pasillo que jamás terminaba.
Jimena tampoco había soñado nunca con casarse. Pero a los diecinueve años, se encontró embarazada de un compañero de clase con el que salía desde hacía tres otoños lluviosos en Salamanca. No tenía elección no quería que su hijo se criara sin padre, perdido como un turista en las ramblas de Madrid.
Él, aunque mayor en edad, era como un niño que nunca había salido de la falda de su madre, muy dado a los pucheros y a los domingos de cocido. Aun así, no huyó de la responsabilidad le dijo que sí, que se casarían, que criarían al niño como se crían los olivos en la Mancha, con paciencia. Empezaron entonces los preparativos para la boda.
A Jimena le habría bastado un sí sencillo y callado, pero los parientes exigieron una ceremonia con el estrépito de una verbena de San Isidro. No entendía por qué había que gastarse una fortuna en euros para contentar a otros, cuando el mismo dinero podía llenar las dos cómodas con lo necesario para el bebé. Nadie la escuchaba. Escogieron el restaurante por ella: unos salones en las afueras de Valladolid; eligieron también las invitaciones y el vestido, de blanco quebrado con ondas y cuentas brillantes que le recordaban los sueños más disparatados de Gaudí. ¿Quién? La suegra y la cuñada, siempre con prisas.
Cuando tocó la primera prueba del vestido, Jimena quiso resistirse. Se le aparecía aquella prenda en las noches, hinchada de volantes y diminutos cristales, como si una procesión de hadas hubiera perdido la cabeza. Ni la suegra ni la cuñada eran célebres por su gusto. Al oír su negativa, la acusaron de desagradecida y se ofendieron con la pasión de los toreros en la plaza mayor. Jimena pensaba en otra cosa: la selectividad, los exámenes, cómo prepararse para el nacimiento del pequeño.
Así que el día señalado, fue al registro civil de Burgos con un vestido blanco sencillo, que le sentaba francamente bien. Y ahí empezó el desfile de los absurdos.
Nadie del lado de los recién casados sabía que Jimena había decidido quedarse con su apellido, Ruiz del Bosque, como si fuera su amuleto familiar. El novio sabía, y le daba igual. Pero la suegra entró en erupción y comenzó a increpar delante de los funcionarios y las palomas que picoteaban en el patio:
¿Pero cómo que no quieres cambiarte el apellido?
Jimena sonrió, casi flotando, y se apartó. Mañana seguiría el episodio otra boda, esta vez en un pueblo perdido de León, con toda la parentela, desde el tío que olía a brandy hasta la tía que solo hablaba de fútbol. Tenía que conservar los nervios.
El matrimonio duró apenas unos años, como esas ferias de agosto que se desinflan al alba. Iván era un marido torpe y un padre ausente, que pasaba los fines de semana pegado a la pantalla del ordenador, sin escuchar ni los sollozos ni las risas de la casa. Cuando a Jimena se le agotó la paciencia, hizo la maleta y se marchó, dejando tras de sí solo el zumbido de una cafetera olvidada.
A la suegra aquella ruptura le supo a paella quemada. Pero Jimena suspiró, y comprendió por fin el extraño sabor de la libertad dulce, luminoso, y tan inesperado como un sueño de verano en cualquier rincón de Castilla.







