No puedo evitar llorar. Durante tantos años me han tratado como a una niñera. Han pasado 11 años desde que mi hija se casó. Me cayó muy bien su marido desde el principio: inteligente, educado y bastante amable. Cuando Marta se convirtió en su esposa, no podía estar más feliz. Un año después, me convertí en abuela, lo que me hizo aún más feliz. Como me jubilaba por motivos de salud, mi hija me sugirió que viviera con ellos. Me dijo que necesitaría ayuda para cuidar de los niños. Acepté encantada su propuesta y me mudé a su casa. Durante diez años trabajé muchísimo en el hogar. Cociné, lavé la ropa, limpié suelos y armarios, todo para que Marta y Pedro estuvieran cómodos y pudieran concentrarse en su trabajo. Un día, me dieron la mala noticia. Se irán de vacaciones con los niños. Sin mí. Querían un descanso de mi presencia. Me han tratado como a una niñera durante tantos años. No puedo evitar llorar.

No puedo evitar que las lágrimas me inunden los ojos. Han sido tantos años en los que me han tratado como a una simple niñera.

Han pasado ya once años desde que mi hija se casó. Recuerdo que desde el principio me cayó bien su marido: inteligente, culto, de trato agradable. Cuando Lucía se convirtió en su esposa, sentí que mi felicidad no podía ser mayor. Un año después, nacía mi primer nieto y la alegría en mi corazón crecía aún más. Justo entonces, al jubilarme por motivos de salud, mi hija me propuso ir a vivir con ellos; me necesitaba para echarle una mano con los niños. Acepté encantada y me mudé a su casa.

Durante diez años, no he parado de trabajar bajo ese techo, sin descanso. Cocinando, lavando ropa, fregando suelos y limpiando armarios siempre procurando que Lucía y Álvaro se sintieran cómodos, que pudieran centrarse en sus trabajos sin más preocupaciones. Hace poco, me soltaron la noticia que tanto temía.

Van a irse de vacaciones con los niños. Sin mí. Quieren tomarse un respiro de mi presencia. Me han tratado como a la señora que cuida niños durante demasiado tiempo, y no puedo evitar que el corazón se me encoja. Las lágrimas me caen sin remedio.

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No puedo evitar llorar. Durante tantos años me han tratado como a una niñera. Han pasado 11 años desde que mi hija se casó. Me cayó muy bien su marido desde el principio: inteligente, educado y bastante amable. Cuando Marta se convirtió en su esposa, no podía estar más feliz. Un año después, me convertí en abuela, lo que me hizo aún más feliz. Como me jubilaba por motivos de salud, mi hija me sugirió que viviera con ellos. Me dijo que necesitaría ayuda para cuidar de los niños. Acepté encantada su propuesta y me mudé a su casa. Durante diez años trabajé muchísimo en el hogar. Cociné, lavé la ropa, limpié suelos y armarios, todo para que Marta y Pedro estuvieran cómodos y pudieran concentrarse en su trabajo. Un día, me dieron la mala noticia. Se irán de vacaciones con los niños. Sin mí. Querían un descanso de mi presencia. Me han tratado como a una niñera durante tantos años. No puedo evitar llorar.
El taxista que guardaba silencio