¡Atrévete y divórciate, solo conseguirás avergonzar al pueblo! Y no olvides que la casa está a nombre de tu abuela, así que, ¿dónde piensas vivir?

¡Tira palante y divorciate si tienes lo que hay que tener, mujer! ¡Que no haces más que dejar en evidencia a todo el pueblo! Y no se te olvide que la casa está a nombre de la abuela, ¿dónde piensas quedarte tú?

Clara llevaba once años trabajando como enfermera. La conocía todo el mundo y más de uno la llamaba la Madre Teresa porque ayudaba a quien se le pusiera por delante, fuera rico, pobre, del pueblo o del chiringuito de al lado.

Esa tarde, Clara apretaba el paso rumbo a Valladolid. Tenía que llegar pronto porque el juzgado abría a las diez y hoy, por fin, se quitaba de encima la mayor cruz de su vida. Cruz en forma de marido: un tío que la había puesto a caldo, que no había tenido reparo en subir la voz ni la mano ni en airear sus cuernos de aquí a la Plaza Mayor…

Cuando acabó la carrera en Salamanca, Clara consiguió una plaza en un pueblito de Segovia. Otra habría llorado desconsolada por el destierro, pero ella siempre tuvo claro para qué hacía las cosas. Eso sí, ir y venir todos los días era un peñazo, así que preguntó por el pueblo y acabó hablando con Bárbara, que le apañó una habitación de alquiler.

Allí conoció al nieto de Bárbara, que acabó siendo su futuro marido. Era simpático, sí, pero a Clara tampoco es que se le cayeran las bragas por él. Vivieron como pareja un año, y al final, pues por presión social y por no armar lío, se casaron. La abuela más feliz que unas castañuelas: la nuera tenía fama de buena cocinera y la gente le tenía cariño.

Como regalo de boda, la abuela les cedió un terreno bien majo donde empezaron a levantar una casa. Ocho años se tiró Clara currando como una mula para un día cruzar esa puerta y sentir al fin que estaba en su hogar.

Pero, en todos esos años, Clara y su marido vivían más como amigos que otra cosa, cumpliendo con el expediente matrimonial. Clara, ingenua, pensaba que igual si tenían un hijo, el esposo cambiaría de actitud. Pero el pueblo quemaba las lenguas hablando de que le daba palizas y de su descaro ligando con la panadera. Y lo del niño… pues nunca llegaba.

Hasta que un día Clara explotó. Me quiero divorciar, no aguanto ni un minuto más le soltó al marido.

¡Adelante, valiente! Solo nos vas a hacer quedar mal al resto le saltó la abuela. Y recuerda que la casa es mía. Ya me contarás tú dónde vas a dormir.

La pobre Bárbara ya sentía a Clara como a una hija y no quería que se fuera, pero Clara ya lo tenía más claro que el agua: tocaba mirar por ella misma. La casa la había levantado con sus ahorros y la escalera la había pintado ella sola. Animada por unas amigas muy bien avenidas, decidió buscarse un abogado.

Ahí entró en escena Diego. Nada más ver el nombre en el portero automático supo que era el mismo que tiempo atrás vio por el hospital. Hubo chispazo de serie española, vamos. Él decía que Clara le tenía robado el corazón y ella sentía lo mismo pero no se atrevió nunca a corresponderle por estar casada.

Pasaron unos seis meses, hasta que un día entró al despacho y Diego la reconoció al instante. Estaba más guapa y más segura que nunca, y él casi se le cae la pluma del asombro. No se creyó nunca que esta fuera la mujer que le quitó el sueño y que se le fue de entre los dedos por otro.

Diego llevaba todo el tiempo sin comprometerse, porque el corazón lo tenía guardado para Clara. La miraba de arriba abajo sin atreverse ni a decir buenos días.

Clara guardó silencio un rato y luego fue contándole sus razones para el divorcio. Primero con rodeos, pero Diego insistió de abogado tenaz en que necesitaba saber todos los detalles. Clara terminó desgranándole todo: los malos tratos, los cuernos… y demás lindezas.

Diego se llevó las manos a la cabeza. ¿Pero cómo podía alguien tener tan poca vergüenza con una mujer así?

Gracias a la pericia y a la labia de Diego, Clara ganó el juicio. El ex tuvo que soltarle la mitad del valor de la casa. Que, oye, en euros sigue doliendo.

Clara, en todo este tiempo solo ha habido una mujer que habitara en mi cabeza y, como bien sabes, también en mi corazón. He estado más solo que la una pensando que estabas entre los brazos de otro, y ahora aquí estás, tan sonriente… No me lo creo. Sé que apenas nos hemos visto dos veces, pero me gustaría que te vinieras a vivir conmigo. ¿Tú qué opinas?

Pues que encantada de la vida le soltó ella, que ya empezaba a sentir ese hormigueo bueno por dentro.

Seis meses después, Diego le pidió matrimonio a Clara. Y un añito después, nació su hija.

Ahora Clara mira atrás y no se cree que aguantara tanto. Ahora tiene un marido que la adora, una niña maravillosa y, sobre todo, la tranquilidad de haber dado el paso. Porque sí, a veces todo se arregla teniendo un poco de valor y un pelín de suerte.

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