Atragantaos —¿Podemos empezar? —el notario se recolocó las gafas y abrió la carpeta. Ana asintió, aunque sentía un nudo en la garganta. El pañuelo de su padre —antiguo, de cuadritos, impregnado de su colonia— llevaba media hora estrujándolo entre las manos. Dimitri le cubrió la mano con la suya y Ana le apretó los dedos, agradecida. Hace tres días, papá aún estaba vivo. Hace tres días charlaban por teléfono y él se reía de su chascarrillo sobre el gato de la vecina. Ahora, sentada en aquel despacho sofocante, escuchaba como un desconocido leía la última voluntad de su padre. Su madre estaba a la derecha, recta e impasible. Ni una lágrima en toda la mañana. Al lado, Svetlana —su hermana menor— mordía una uña y miraba el reloj. Iba tarde a algún sitio, parece. —Yo, Igor Serguéievich Korneev, en plenas facultades… Ana oía pero no escuchaba. Ante sus ojos aparecía su padre: silencioso, pensativo, siempre con un matiz de culpabilidad. Él sabía. Por supuesto que sabía que mamá prefería a Sveta. Pero callaba —años, décadas. A veces, le miraba a Ana con una tristeza tan grande que ella solo quería abrazarle y decirle: «Papá, tranquilo. Sé cuidar de mí». —…el piso en la calle Gran Vía, número doce, piso cuarenta y siete, pasa a ser propiedad de pleno derecho de Svetlana Igorievna Korneeva. Ana parpadeó. Repitió: —¿Perdón? El notario repitió, paciente. Centro de Madrid. Ciento veinte metros cuadrados. Para Svetlana. —A Ana Igorievna Korneeva le lego la parcela rústica en la sierra de Madrid con construcciones… La casa de campo. Una casita desvencijada en Malahueca, a la que iban en la infancia. Sin calefacción, con el baño en el patio. Dmitri se irguió de golpe: —Aquí tiene que haber un error. —El documento está debidamente validado —el notario movió las manos—. La firma es auténtica. Ana miró a su madre. Elena examinaba sus propios anillos con tanto detenimiento como si los viera por primera vez. Ya en casa, mientras recogían las cosas de papá, Ana se dirigió a su madre. —Mamá. Explícamelo. —¿Qué quieres que te explique, Anita? —Elena giró la cara hacia la ventana—. Eso fue decisión de tu padre. —¿Decisión de papá? ¿O lo decidiste tú por él? Silencio. Y después, el tono habitual, dulce y ponzoñoso a la vez: —Svetita lo necesita más. Ya sabes. Se le vino abajo el salón de belleza, rompió con Maxim. Ahora mismo no tiene dónde ir. Y tú tienes a Dima, un trabajo bueno… —Yo venía cada semana, mamá —la voz de Ana era baja pero cada palabra costaba—. Daba dinero. Pagaba las medicinas de papá. ¿Y cuántas veces vino Sveta en seis meses? ¿Dos? —No empieces a contar, Ana. Es de mala educación. Dmitri entró al oír la última frase: —¿De mala educación? En serio, ¿después de todo lo que tu hija ha hecho por esta familia y solo le dejáis la casucha esa? ¿Eso es justo? —Dima —Ana le tocó el hombro. —No, Ana. Se acabó el callarse. Vamos a impugnar ese testamento. Elena frunció los labios: —Ni se os ocurra. —Y tanto que se nos ocurre. Demostraremos que tuviste influencia sobre tu marido, sacaremos la versión anterior del testamento. Lo impugnaremos todo. Salieron de allí. Ana no pronunció palabra en todo el camino, apoyada contra el cristal frío. De noche, miraba el techo, despierta. La traición de una madre. Así era. Dolorosa, sucia. Los recuerdos del pasado desfilaban ante su memoria. Décimo cumpleaños: a Sveta una bici, a Ana un libro. “Anita es lista, le gustan los libros”. ¿El baile de graduación? Mamá pasó horas ayudando a Sveta con el vestido. Ana se las apañó sola. “Tú eres muy independiente”. Sveta rompía el jarrón de la abuela —“da igual, fue sin querer”. Ana sacaba un ocho en mates —“nos has decepcionado”. Siempre. Siempre igual. —El abogado dice que hay motivos para revisar el testamento —Dima se sentó en la cama a su lado—. Se puede probar que papá firmó bajo presión. Los vecinos dirán que hubo discusiones. Ana cerró los ojos. Plearse con su madre ante extraños, airear la suciedad familiar en un tribunal. —No sé, Dima. —Solo tienes miedo. Sí, miedo. No a perder —a derribar el último hilo familiar. Pero, ¿qué quedaba ya en pie? Al día siguiente, Ana fue de todas formas a ver a su madre: hablar, aclararlo, buscar solución. Elena le abrió con mala cara, como si viniera a pedirle dinero. —Mamá, por favor, hablemos tranquilamente… —¿Qué hay que hablar? —su madre entró en el salón sin mirarla—. ¿Quieres quitarle lo único a tu hermana? —¿Lo único? ¿Un piso en el centro de Madrid? Ese piso era para las dos. La puerta se abrió de golpe —Svetlana irrumpió en la entrada, sonrojada, móvil en mano. —¿Consejo familiar sin mí? —se quitó los tacones en mitad del pasillo—. Mamá, lo he oído todo. ¿Otra vez Ana de abanderada? —Sveta, solo quiero entender… —¿Para qué? —su hermana se dejó caer en el sofá, encogiendo las piernas—. Tú siempre tienes suerte. Buen trabajo, buen marido. ¿Y yo? ¿Quién me ayuda? Ana se quedó de piedra. ¿Suerte? Quince años en contabilidad, noches sin dormir cerrando balances, la hipoteca que apenas habían terminado de pagar… —Lo ves —Elena acarició la cabeza de Svetlana—. Mi niña ha sufrido mucho, se quedó sin salón de belleza, Maxim la dejó… —Maxim te dejó porque le engañabas —Ana se sorprendió de decirlo en voz alta. Sveta se revolvió: —¿Y tú cómo lo sabes? ¿Me espiabas? —Lo fuiste contando en Nochevieja. ¿No recuerdas? —¡Mamá! ¿Oyes? ¡Además me quiere avergonzar! Elena se giró hacia su hija mayor: —Ana, te estás pasando. Algo se rompió dentro. —No, mamá. La que te has pasado eres tú. Cuando decidiste que una hija valía más que la otra. Ana cogió el bolso y fue hacia la puerta. —No pienso impugnar el testamento. Quédate con el piso. Atragantaos. Pero no volveréis a verme. —¡Ana! ¡No te atreverás! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti! Ana miró una vez más desde el umbral: —¿Qué habéis hecho exactamente, mamá? Silencio. Dimitri la esperaba en el coche. Al ver su cara, no preguntó nada —la abrazó. —No voy a meterme en juicios —Ana le susurró en el hombro—. Pero tampoco pienso volver. Nunca. —¿Segura? —Convencida. Él asintió tras una pausa: —Pues vamos a ver esa casita en la sierra, lo que te ha tocado. La casa olía a humedad y olvido. Tres habitaciones, un porche con un cristal roto, el jardín cubierto de maleza. Dimitri silbó: —Esto es mucho curro… —Podremos con ello. Y lo lograron. Ana clavaba los clavos con rabia —en cada golpe fijaba algo nuevo en los cimientos de su vida. Tejado, aislamiento, fontanería. Al final del verano, la casa había cambiado. Era otra, completamente otra cosa. Por las noches leía el diario de su padre. “Ana vino otra vez, trajo medicinas. Elena ni me preguntó cómo estaba. Me duele verlo. Ojalá fuera más valiente…” Más adelante: “Mi mayor es la persona más fuerte que conozco. Qué pena que no lo sepa”. Las lágrimas caían sobre las páginas amarillentas. Papá veía. Papá sabía. Papá la quería—calladamente, con culpa, pero la quería. Cuatro meses después, sonó el teléfono. Número de su madre. —Anita… —Dime. —Svetlana… vendió el piso. Todo por un negocio, inversiones… La estafaron. Ahora está sin casa, sin dinero… Ana miró el jardín: manzanos jóvenes, parterres, el cenador que construyó junto a Dima. —¿Qué quieres de mí, mamá? —¡Ayuda! ¡No vas a dejar a tu hermana tirada! —No. —¿Cómo que “no”? —Eso. No. Arreglaos vosotras. Yo ya no formo parte de esto. Te lo dejé claro: no volveríais a verme. Colgó y volvió a cuidar las flores. Este año las dalias eran espectaculares —grandes, luminosas, con olor a sol. En el refugio de animales la aguardaban ocho perros y catorce gatos. Mañana —toca voluntariado. Dimitri salió a la terraza con dos tazas de té: —¿Llamaban? —Sí. Sveta la ha vuelto a liar; perdió el piso. —¿Y? —Y nada. Su marido sonrió y se sentó a su lado. El sol del atardecer doraba las copas de los manzanos. En la hierba crujían los grillos. El dolor no desapareció —solo dejó de gobernar la vida de Ana. Quedaba mucho por delante: amistades nuevas, nuevas pasiones, amaneceres sobre su propio jardín. Y nunca más habría nadie que le dijera que no era suficiente.

¿Podemos empezar? el notario se ajusta las gafas y abre la carpeta.

Ana asiente, aunque la garganta se le cierra. Lleva media hora retorciendo entre las manos el pañuelo de su padre viejo, de cuadros pequeños, impregnado en su colonia. Diego le cubre la mano con la suya, y Ana la aprieta con gratitud. Hace solo tres días, su padre estaba vivo. Hace tres días hablaban por teléfono y él reía con su chiste sobre el gato de la vecina.

Ahora está sentada en este despacho asfixiante mientras un desconocido lee la última voluntad de su padre.

Su madre, Mercedes, está a la derecha, recta y recogida. Ni una lágrima en toda la mañana. Junto a ella, la hermana menor, Carmen, se muerde una uña mirando el reloj de reojo. Parece que tiene prisa para irse a algún sitio.

Yo, José Luis Pérez Martínez, en pleno uso de mis facultades…

Ana escucha sin oír. Ante sus ojos ve a su padre: callado, pensativo, siempre algo apesadumbrado. Él lo sabía. Claro que sí, sabía que mamá siempre quiso más a Carmen. Pero se callaba durante años, décadas. Solo a veces miraba a Ana con tal tristeza que ella quería abrazarle y decirle: Papá, está bien. Yo puedo con todo.

el piso de la calle Gran Vía, número veinticinco, piso cuarto izquierda, pasa en pleno usufructo a Pérez Carmen José.

Ana parpadea. Pregunta de nuevo:

¿Perdón?
El notario repite con paciencia. Pleno centro de Madrid. Ciento veinte metros cuadrados. Para Carmen.

A Pérez Ana José le lego la parcela con casa en El Escorial

El chalé de El Escorial. Una casa vieja, casi en ruinas, con baño exterior, donde pasaban los veranos de niñas.

Diego se endereza en la silla:

Tiene que haber un error.
El documento es plenamente válido se encoge de hombros el notario. La firma es auténtica.

Ana mira a su madre. Mercedes examina sus anillos como si fuera la primera vez que los ve.

Ya en casa, cuando recogen las cosas de su padre en la vivienda familiar, Ana se acerca a su madre.

Mamá, explícame esto.
¿Qué te voy a explicar, Anita? Mercedes gira hacia la ventana Tu padre lo decidió así.
¿Tu padre, o tú por él?
Silencio. Después, el tono de siempre, esa dulzura cargada de veneno:

Carmen lo necesita más. Su peluquería quebró, ha roto con Marcos y no tiene a dónde ir. Tú tienes a Diego, un trabajo bueno…
Todas las semanas venía a veros, mamá. Os traía dinero. Pagaba las medicinas de papá. ¿Y Carmen? ¿Cuántas veces vino en seis meses? ¿Dos?
No hagas cuentas, Ana. Es feo eso.

Diego entra rápido justo al oírlo:

¿Feo? ¿En serio? Tu hija sosteniendo esta familia año tras año y solo le dejáis esa casucha. ¿Eso es bonito?

Diego Ana le toca el hombro.
No, Ana, basta de callar. Vamos a impugnar el testamento.
Mercedes aprieta los labios.

No os atreváis.
Por supuesto que sí. Demostraremos que influiste en tu marido, sacaremos el testamento anterior. Vamos a por todas.
Salen. Ana calla durante el trayecto, con la frente pegada al cristal helado. Esa noche no duerme, mirando el techo. Así es la traición materna. Dolorosa, amarga.

Los recuerdos refluyen, vivos. El cumpleaños número diez: a Carmen la bicicleta, a Ana un libro. Anita es muy lista, a ella le gustan los libros. Fin de curso: mamá horas ayudando a Carmen con el vestido, Ana haciéndolo sola. Tú puedes sola, cielo.

Carmen rompió el jarrón de la abuela no pasa nada, fue sin querer. Ana saca un bien en matemáticas: Nos has decepcionado.

Siempre. Toda la vida.

El abogado dice que hay argumentos para revisar el testamento Diego se sienta a su lado. Podemos alegar que tu padre firmó bajo presión. Los vecinos pueden declarar que discutían mucho.

Ana cierra los ojos. ¿Llevar a su madre a juicio, airear los trapos sucios ante extraños?

No lo sé, Diego.
Solo tienes miedo.
Sí, lo tiene. No a perder, sino a destruir el último lazo que queda con esa familia. ¿Aunque qué queda ya?

Al día siguiente Ana va a ver a su madre. Necesita hablar, encontrar alguna salida. Mercedes le abre la puerta con la cara de quien teme que vengas a pedirle dinero.

Mamá, hablemos tranquilamente…
¿Pero de qué? va a la sala sin mirar atrás. ¿Quieres quitarle el piso a tu hermana?
¿Quitarle? ¿Un piso en pleno Madrid? ¿Que deberíamos compartir?
La puerta se abre de golpe Carmen llega acelerada, teléfono en mano y las mejillas encendidas.

¿Reunión familiar sin mí? Se quita los tacones y los deja en mitad del pasillo. Mamá, la he oído toda. Ana otra vez queriendo mandar.
Carmen, solo intento entender…
¿Entender? Se deja caer en el sofá, abrazando las piernas. Siempre lo tuviste fácil. Hombre bueno, trabajo fijo. ¿Y yo? ¿Quién me ayuda?
Ana se queda helada. ¿Fácil? Quince años en una asesoría, noches con facturas, hipoteca cerrada al fin hace un año…

¿Ves? Mercedes acaricia la cabeza de Carmen. Bastante ha sufrido ya. La peluquería quebrada, Marcos que se fue…
Marcos la dejó porque ella le fue infiel Ana se sorprende de escucharse eso a sí misma.

Carmen salta del asiento.

¿Y tú qué sabes? ¿Me sigues?
Tú misma lo dijiste en Nochevieja, ¿ya no te acuerdas?
¡Mamá! ¿La oyes? ¡Encima me avergüenza!

Mercedes mira severa a su hija mayor:

Ana, te estás pasando los límites.
Algo cruje por dentro.

No, mamá. El límite lo pasaste tú hace tiempo. Cuando decidiste que una hija valía más que otra.

Ana agarra el bolso, va hacia la puerta.

No pienso pelear por el piso. Quedaos con él, atragantaos. Pero a mí no me volvéis a ver.
¡Ana! ¿No te atreverás! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti!
Ana gira ya en el umbral:

¿Qué habéis hecho por mí? Dime una cosa, solo una.
Silencio.

Diego está esperando en el coche. Cuando ve su cara, no pregunta nada. Solo la abraza.

No voy a demandarles Ana se entierra en su hombro. Pero tampoco volveré. Jamás.
¿Estás segura?
Segurísima.
Él asiente, después de un instante:

Entonces vamos a ver esa casa en El Escorial.

La parcela la recibe con olor a humedad y abandono. Tres cuartos, una terraza con el cristal roto, un huerto cubierto de maleza. Diego silba entre dientes:

Esto va a costar…
Podremos con ello.
Y lo logran. Ana clava los clavos con furia: cada golpe consolida algo nuevo en su propia vida. Tejado, aislamiento, fontanería. Al final del verano, la casa es otra: luminosa, renovada.

Por la noche lee el diario de su padre. Ana ha vuelto, trajo las medicinas. Mercedes ni preguntó cómo estoy. Duele Me gustaría tener más valor. Y después: Mi hija mayor es la persona más fuerte que conozco. Ojalá ella lo supiera.

Las lágrimas caen sobre las páginas amarillentas. Papá veía. Papá sabía. Papá la quisocallado, torpe, pero la quiso.

Cuatro meses después, suena el teléfono. Número de su madre.

Anita…
Dime.
Carmen vendió el piso. Invirtió en un negocio… La han estafado. Ahora está sin casa, sin un euro…
Ana mira por la ventana, al huerto donde relucen los manzanos jóvenes, el cenador que ha construido con Diego.

¿Y qué quieres de mí, mamá?
¡Ayúdanos! ¡No vas a dejar a tu hermana en la calle!
No.
¿Cómo que no?
Que lo resolváis vosotras. Yo ya dije que no me volveríais a ver.
Cuelga y regresa a las flores. Las dalias este año son espectaculares: grandes, coloridas, huelen a sol. En la protectora la esperan ocho perros y catorce gatos. Mañana le toca voluntariado.

Diego sale al porche con dos tazas de té.

¿Han llamado?
Sí. Carmen lo ha perdido todo.
¿Y?
Nada.
Él sonríe y se sienta a su lado. El sol de la tarde tiñe de oro las copas de los manzanos. En la hierba chirrían los grillos.

El dolor no ha desaparecido solo ha dejado de dominar la vida de Ana. Le esperan amistades nuevas, pasiones nuevas, amaneceres distintos sobre su propio jardín. Y nadie más le va a decir nunca que ella no es suficiente.

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Atragantaos —¿Podemos empezar? —el notario se recolocó las gafas y abrió la carpeta. Ana asintió, aunque sentía un nudo en la garganta. El pañuelo de su padre —antiguo, de cuadritos, impregnado de su colonia— llevaba media hora estrujándolo entre las manos. Dimitri le cubrió la mano con la suya y Ana le apretó los dedos, agradecida. Hace tres días, papá aún estaba vivo. Hace tres días charlaban por teléfono y él se reía de su chascarrillo sobre el gato de la vecina. Ahora, sentada en aquel despacho sofocante, escuchaba como un desconocido leía la última voluntad de su padre. Su madre estaba a la derecha, recta e impasible. Ni una lágrima en toda la mañana. Al lado, Svetlana —su hermana menor— mordía una uña y miraba el reloj. Iba tarde a algún sitio, parece. —Yo, Igor Serguéievich Korneev, en plenas facultades… Ana oía pero no escuchaba. Ante sus ojos aparecía su padre: silencioso, pensativo, siempre con un matiz de culpabilidad. Él sabía. Por supuesto que sabía que mamá prefería a Sveta. Pero callaba —años, décadas. A veces, le miraba a Ana con una tristeza tan grande que ella solo quería abrazarle y decirle: «Papá, tranquilo. Sé cuidar de mí». —…el piso en la calle Gran Vía, número doce, piso cuarenta y siete, pasa a ser propiedad de pleno derecho de Svetlana Igorievna Korneeva. Ana parpadeó. Repitió: —¿Perdón? El notario repitió, paciente. Centro de Madrid. Ciento veinte metros cuadrados. Para Svetlana. —A Ana Igorievna Korneeva le lego la parcela rústica en la sierra de Madrid con construcciones… La casa de campo. Una casita desvencijada en Malahueca, a la que iban en la infancia. Sin calefacción, con el baño en el patio. Dmitri se irguió de golpe: —Aquí tiene que haber un error. —El documento está debidamente validado —el notario movió las manos—. La firma es auténtica. Ana miró a su madre. Elena examinaba sus propios anillos con tanto detenimiento como si los viera por primera vez. Ya en casa, mientras recogían las cosas de papá, Ana se dirigió a su madre. —Mamá. Explícamelo. —¿Qué quieres que te explique, Anita? —Elena giró la cara hacia la ventana—. Eso fue decisión de tu padre. —¿Decisión de papá? ¿O lo decidiste tú por él? Silencio. Y después, el tono habitual, dulce y ponzoñoso a la vez: —Svetita lo necesita más. Ya sabes. Se le vino abajo el salón de belleza, rompió con Maxim. Ahora mismo no tiene dónde ir. Y tú tienes a Dima, un trabajo bueno… —Yo venía cada semana, mamá —la voz de Ana era baja pero cada palabra costaba—. Daba dinero. Pagaba las medicinas de papá. ¿Y cuántas veces vino Sveta en seis meses? ¿Dos? —No empieces a contar, Ana. Es de mala educación. Dmitri entró al oír la última frase: —¿De mala educación? En serio, ¿después de todo lo que tu hija ha hecho por esta familia y solo le dejáis la casucha esa? ¿Eso es justo? —Dima —Ana le tocó el hombro. —No, Ana. Se acabó el callarse. Vamos a impugnar ese testamento. Elena frunció los labios: —Ni se os ocurra. —Y tanto que se nos ocurre. Demostraremos que tuviste influencia sobre tu marido, sacaremos la versión anterior del testamento. Lo impugnaremos todo. Salieron de allí. Ana no pronunció palabra en todo el camino, apoyada contra el cristal frío. De noche, miraba el techo, despierta. La traición de una madre. Así era. Dolorosa, sucia. Los recuerdos del pasado desfilaban ante su memoria. Décimo cumpleaños: a Sveta una bici, a Ana un libro. “Anita es lista, le gustan los libros”. ¿El baile de graduación? Mamá pasó horas ayudando a Sveta con el vestido. Ana se las apañó sola. “Tú eres muy independiente”. Sveta rompía el jarrón de la abuela —“da igual, fue sin querer”. Ana sacaba un ocho en mates —“nos has decepcionado”. Siempre. Siempre igual. —El abogado dice que hay motivos para revisar el testamento —Dima se sentó en la cama a su lado—. Se puede probar que papá firmó bajo presión. Los vecinos dirán que hubo discusiones. Ana cerró los ojos. Plearse con su madre ante extraños, airear la suciedad familiar en un tribunal. —No sé, Dima. —Solo tienes miedo. Sí, miedo. No a perder —a derribar el último hilo familiar. Pero, ¿qué quedaba ya en pie? Al día siguiente, Ana fue de todas formas a ver a su madre: hablar, aclararlo, buscar solución. Elena le abrió con mala cara, como si viniera a pedirle dinero. —Mamá, por favor, hablemos tranquilamente… —¿Qué hay que hablar? —su madre entró en el salón sin mirarla—. ¿Quieres quitarle lo único a tu hermana? —¿Lo único? ¿Un piso en el centro de Madrid? Ese piso era para las dos. La puerta se abrió de golpe —Svetlana irrumpió en la entrada, sonrojada, móvil en mano. —¿Consejo familiar sin mí? —se quitó los tacones en mitad del pasillo—. Mamá, lo he oído todo. ¿Otra vez Ana de abanderada? —Sveta, solo quiero entender… —¿Para qué? —su hermana se dejó caer en el sofá, encogiendo las piernas—. Tú siempre tienes suerte. Buen trabajo, buen marido. ¿Y yo? ¿Quién me ayuda? Ana se quedó de piedra. ¿Suerte? Quince años en contabilidad, noches sin dormir cerrando balances, la hipoteca que apenas habían terminado de pagar… —Lo ves —Elena acarició la cabeza de Svetlana—. Mi niña ha sufrido mucho, se quedó sin salón de belleza, Maxim la dejó… —Maxim te dejó porque le engañabas —Ana se sorprendió de decirlo en voz alta. Sveta se revolvió: —¿Y tú cómo lo sabes? ¿Me espiabas? —Lo fuiste contando en Nochevieja. ¿No recuerdas? —¡Mamá! ¿Oyes? ¡Además me quiere avergonzar! Elena se giró hacia su hija mayor: —Ana, te estás pasando. Algo se rompió dentro. —No, mamá. La que te has pasado eres tú. Cuando decidiste que una hija valía más que la otra. Ana cogió el bolso y fue hacia la puerta. —No pienso impugnar el testamento. Quédate con el piso. Atragantaos. Pero no volveréis a verme. —¡Ana! ¡No te atreverás! ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti! Ana miró una vez más desde el umbral: —¿Qué habéis hecho exactamente, mamá? Silencio. Dimitri la esperaba en el coche. Al ver su cara, no preguntó nada —la abrazó. —No voy a meterme en juicios —Ana le susurró en el hombro—. Pero tampoco pienso volver. Nunca. —¿Segura? —Convencida. Él asintió tras una pausa: —Pues vamos a ver esa casita en la sierra, lo que te ha tocado. La casa olía a humedad y olvido. Tres habitaciones, un porche con un cristal roto, el jardín cubierto de maleza. Dimitri silbó: —Esto es mucho curro… —Podremos con ello. Y lo lograron. Ana clavaba los clavos con rabia —en cada golpe fijaba algo nuevo en los cimientos de su vida. Tejado, aislamiento, fontanería. Al final del verano, la casa había cambiado. Era otra, completamente otra cosa. Por las noches leía el diario de su padre. “Ana vino otra vez, trajo medicinas. Elena ni me preguntó cómo estaba. Me duele verlo. Ojalá fuera más valiente…” Más adelante: “Mi mayor es la persona más fuerte que conozco. Qué pena que no lo sepa”. Las lágrimas caían sobre las páginas amarillentas. Papá veía. Papá sabía. Papá la quería—calladamente, con culpa, pero la quería. Cuatro meses después, sonó el teléfono. Número de su madre. —Anita… —Dime. —Svetlana… vendió el piso. Todo por un negocio, inversiones… La estafaron. Ahora está sin casa, sin dinero… Ana miró el jardín: manzanos jóvenes, parterres, el cenador que construyó junto a Dima. —¿Qué quieres de mí, mamá? —¡Ayuda! ¡No vas a dejar a tu hermana tirada! —No. —¿Cómo que “no”? —Eso. No. Arreglaos vosotras. Yo ya no formo parte de esto. Te lo dejé claro: no volveríais a verme. Colgó y volvió a cuidar las flores. Este año las dalias eran espectaculares —grandes, luminosas, con olor a sol. En el refugio de animales la aguardaban ocho perros y catorce gatos. Mañana —toca voluntariado. Dimitri salió a la terraza con dos tazas de té: —¿Llamaban? —Sí. Sveta la ha vuelto a liar; perdió el piso. —¿Y? —Y nada. Su marido sonrió y se sentó a su lado. El sol del atardecer doraba las copas de los manzanos. En la hierba crujían los grillos. El dolor no desapareció —solo dejó de gobernar la vida de Ana. Quedaba mucho por delante: amistades nuevas, nuevas pasiones, amaneceres sobre su propio jardín. Y nunca más habría nadie que le dijera que no era suficiente.
Sal en el corazón, miel en los labios