He cambiado de idea —Cata, que no sé qué hacer —suspiraba Xusa, sentada en la cocina de casa de sus padres, apoyada en la mano, removiendo la patata fría con el tenedor—. No he conseguido los puntos. Tres miserables puntos me han separado de la beca. Catarina dejó el móvil a un lado y miró a su hermana. Diez años de diferencia; a veces le parecía que las separaba un abismo. Xusa tiene dieciocho, toda la vida por delante, pero ya lleva esa mirada apagada de quien cree que el mundo se ha caído encima. —¿Y pagando? —preguntó Catarina con cautela. —2250 al año —Xusa sonrió amargamente—. ¿De dónde voy a sacar yo ese dinero? Si mamá y papá van justísimos, ya lo sabes. Catarina lo sabía. Padre en la fábrica, madre auxiliar en el ambulatorio. Juntos no llegaban a los mil euros, que ya era bastante para el pueblo. —Tenía tanta ilusión, Cata —Xusa apartó el plato—. Desde 4º de la ESO preparándome. Sin dormir antes de Selectividad. Y ahora… tres puntos y todo a la mierda. No lloraba. Sería más fácil si llorase. Se quedaba con ese rostro petrificado, y a Catarina se le encogía algo dentro. —Xusa —Catarina se acercó—, dame un mes. Intentaré encontrar una solución. —¿Qué vas a encontrar tú? —negó la hermana—. Cuatro mil quinientos en dos años… Eso es imposible. —Solo pídeme un mes. Xusa la miró sin esperanza y encogió los hombros. No creyó ni una palabra, claro. ¿Quién creería algo así? Un mes después, Catarina regresó a casa de sus padres. En el bolso, un sobre gordo y pesado. —¿Y eso? —mamá se secaba las manos en el delantal, extrañada. —Cuatro mil quinientos —dejó el sobre sobre la mesa—. Para dos años. He sacado todos mis ahorros. Silencio. Papá bajó el periódico. Xusa se quedó en el umbral. —Cata, pero si… —mamá se abrazó a las palabras—. ¿Tú no estabas ahorrando para el piso? Toda la vida con ello… —Bueno, ya ahorraré otra vez —Catarina forzó una sonrisa, aunque por dentro temblaba—. Ahora lo necesita Xusa. Los sueños no esperan, mamá. Xusa saltó sobre ella como un vendaval y la abrazó tan fuerte que casi le partió las costillas. —Estás loca —susurró con voz rota—. Catarina, de verdad, se me ha ido la pinza. Te lo devolveré… te juro que te lo devuelvo… —Cuando te hagas rica, sí —le acarició la cabeza, como de niña—. Ahora céntrate en estudiar. Papá vino, le puso una mano pesada sobre el hombro. No dijo nada. Solo la apretó con fuerza: eso valía más que cualquier palabra. —Empezará en otoño —mamá seguía mirando el sobre como si no creyera nada—. Nuestra hija empezará la uni. Catarina se marchó ya de noche cerrada. Miró hacia la ventana de la casa de sus padres; había luz, se intuyó la silueta de Xusa. Levantó la mano. Por dentro sentía calor y vacío a la vez. Años de ahorro, el sueño del piso propio, todo eso quedó en aquel sobre en la mesa de la cocina. Pero Xusa estudiaría. Su hermana iba a cumplir su sueño. Y ahora, por algún motivo, eso parecía más importante… …El verano pasaba despacio, pegajoso como la miel. Catarina llamaba a Xusa una vez por semana, a veces más, para saber cómo iba el ingreso, si tenía miedo, si estaba ilusionada. —Todo bien, Cata, me han cogido —en el teléfono sonaba contenta, pero dispersa—. Mira, ahora no puedo, hablamos otro rato, ¿vale? —¿Xusa, espera, quería preguntarte por…? —Luego, luego, ¡que llego tarde! Tonos cortos. Catarina miró la pantalla apagada y sonrió. Así es la uni: amigos, líos, no hay tiempo ni para hablar con tu hermana. Así fue ella también… …En septiembre las llamadas se hicieron aún más breves. Xusa respondía con monosílabos, siempre iba con prisas, a las preguntas sobre la uni contestaba vagamente: “Todo bien”, “Las clases bien”, “Los profes duros, pero se aguanta”. Catarina pensó que era normal, la adaptación del primer curso siempre cuesta, lo recordaba bien. En octubre, la ciudad se cubrió de lluvia y oscureció antes. Catarina, en casa con un té, pasaba el rato mirando el móvil. De repente, entró al perfil de Xusa. Hacía mucho que no cotilleaba, pero le dio curiosidad saber cómo iba la vida universitaria. La primera foto la dejó helada… Xusa sentada en un restaurante de mantel blanco y copas de cristal, no en una cafetería de estudiantes. Llevaba una blusa de seda, imposible de imitación, en la mano un iPhone de última generación. El mismo por el que Catarina hubiera pagado media nómina el mes pasado. Pasó a las siguientes: Xusa en un club, con vestido de espalda al aire. Xusa delante de un coche carísimo. Xusa en un spa con amigas, copa en mano. Xusa, Xusa, Xusa: radiante, rebosante de marcas y lujo. El té se heló. Catarina seguía deslizando la pantalla, y en el pecho pesaba algo feo, amargo. ¿De dónde? ¿De dónde sacaba una universitaria de primero el dinero para todo eso? ¿La beca? Ni de broma. ¿Un curro? Imposible con ese ritmo de fiestas. Al día siguiente, Catarina volvió a la cocina donde seis meses antes había dejado el sobre. Mamá cocinaba, papá veía la tele. —Mamá —contuvo la rabia—, quiero preguntarte algo de Xusa. —¿Qué pasa? —¿De dónde saca el dinero? He visto su cuenta. Restaurantes, ropa, un móvil nuevo. ¿Cómo compagina eso con la uni? ¿Cuándo va a clase siquiera? Mamá se quedó rígida, la espátula quieta sobre la sartén. —¿Mamá? Un silencio muy largo. Mamá apagó el fuego y, sentándose, levantó la mirada: tenía cara de culpa, derrotada. —Cata —suspiró—, Xusa no estudia… Se oyó el portazo de la entrada y bolsas arrastrando por el pasillo. Xusa irrumpió eufórica, con las manos llenas de bolsas de firmas. Al ver a su hermana se frenó un instante, pero luego sonrió. —¡Cata! ¿Qué haces aquí? Si me avisas… —Tú no estudias. La sonrisa desapareció. Bajó las bolsas al suelo. —¿Se lo has contado, mamá? —Su voz era filo y cristal. —¿Acaso había que seguir mintiendo? —Catarina estaba de pie. —Me has tomado el pelo: clases, profesores, exámenes. Y en realidad… te lo has fundido todo en restaurantes y tiendas. Xusa cruzó los brazos y levantó la barbilla. —He cambiado de idea. —¿Cómo? —He cambiado, Catarina. Mi sueño ya no es matarme a estudiar cinco años, es vivir bien. Así, como ahora: restaurantes, ropa buena, amigas… No quiero volver a ponerme esos trapos viejos del instituto. Catarina la miraba sin poder creerlo. ¿Esa era su hermana? ¿La misma que lloraba por tres puntos? ¿La que no dormía preparando la Selectividad? —Xusa —trató de serenarse—, era mi dinero. Lo ahorré para comprarme un piso. Durante años. ¿Y tú te los has gastado en fiesta y ropa? —¡No, lo gasté en VIVIR! —espetó la hermana—. ¡En saber lo que es una vida de verdad! —Pues devuélvelo. Xusa no respondió. Papá apareció en la puerta. —Cata —se aclaró la garganta—, el dinero se ha gastado. No hay nada que devolver. —Cuatro mil quinientos euros —pronunció despacio—, en caprichos. —¡No lo entiendes! —protestó Xusa—. ¡Tú solo sabes ahorrar, vivir gris, esperar años por un piso! ¡Yo quiero color, quiero intensidad! ¡Tengo dieciocho, quiero disfrutar, no… Catarina se acercó casi tocándola. Xusa era más alta, pero ahora parecía encogida. —Pues disfruta —le dijo mirándola a los ojos—. Porque serán los últimos “colores” que recibas de mí. Ni un euro más. ¿Quieres lujos? Trabaja y gástatelo tú. Xusa palideció. Tembló, pero Catarina ya no la escuchaba: cruzó la casa, sin mirar atrás. Fuera lloviznaba. Al caminar hacia el coche, sólo pensaba en lo tonta que había sido en mayo. Debería haberlo dicho desde el principio: ¿quieres estudiar? Trabaja y págatelo tú. Pero se dejó llevar, creyó en el drama y en los ojillos de “hermana pequeña”. Lección aprendida: no volvería a dar ni un euro. Que se busquen las habichuelas, que así lo hizo ella.

Lucía, no sé qué hacer Susana estaba sentada en la cocina de casa de sus padres, con la mejilla apoyada en la mano y espachurrando una patata fría con el tenedor. No me llegaron los puntos. Por tres míseros puntos me he quedado fuera del público.

Lucía dejó el móvil y miró a su hermana. Diez años de diferencia y, a veces, parecía que entre ellas habría un océano. Susana tenía dieciocho años, toda la vida por delante, pero ya parecía llevar encima toda la frustración del mundo.

¿Y en privado? preguntó Lucía, con cautela.
Oye, que son once mil euros al año respondió Susana, dejando escapar una risa que sonó bastante amarga . ¿De dónde saco yo ese dinero? Mamá y papá justo llegan para el arroz y los chorizos y tú lo sabes.

Vaya si lo sabía. El padre en una fábrica y la madre, enfermera en el ambulatorio. Juntos traían a casa poco más de dos mil, y eso ya era bonito para el pueblo.

Me hacía tanta ilusión, Lucía Susana apartó el plato . Desde cuarto de la ESO me estaba preparando. No dormía antes de la EVAU. Y ahora, por tres puntos, adiós a todo.

No lloraba. Habría sido más fácil si llorara. Pero ahí estaba, tiesa como un palo, con esa cara congelada, y Lucía sentía algo apretado por dentro.

Susana Lucía se acercó y se sentó a su lado, Dame un mes. Intentaré pensar en algo.
¿Y qué se te va a ocurrir? Susana negó con la cabeza. Veintidós mil euros en dos años. Es que suena surrealista.
Solo dame un mes.

Susana la miró largo, acabó por encogerse de hombros. No se lo creyó ni de lejos. ¿Y cómo hacerlo, la verdad?

Un mes después, Lucía regresó a casa de sus padres. En el bolso llevaba un sobre grueso y bien pesado.

¿Eso qué es? preguntó la madre, secándose las manos en el delantal y mirando a su hija como si viera a la Virgen.
Veintidós mil euros Lucía dejó el sobre sobre la mesa . Para los dos años de carrera. He sacado todos mis ahorros.

Silencio. El padre bajó el periódico con lentitud. Susana asomó por la puerta.

Lucía, tú la madre se cortó . Llevabas años ahorrando para una vivienda
Para piso ya ahorraré otra vez Lucía sonrió, por fuera, porque por dentro era gelatina . Pero ahora Susana lo necesita. Los sueños no pueden esperar, mamá.

Susana se lanzó encima, como una tromba. La abrazó tan fuerte que Lucía sintió cómo los huesos crujían.

Estás como una cabra decía su hermana, medio ahogada en su hombro. De verdad, Lucía, estás fatal de la cabeza. Te lo devolveré, te juro que te lo devuelvo, ya verás
Cuando te hagas rica me lo das, Lucía le revolvió el pelo, como cuando eran crías . Pero primero, estudia.

El padre se acercó, le puso la mano en el hombro. No dijo nada, pero apretó, y aquello decía mucho más que cualquier palabra.

En otoño entrará en la universidad la madre miraba el sobre como si no creyese que fuera real. Nuestra hija será universitaria en otoño.

Lucía se fue ya de noche, con todas las luces del piso familiar encendidas. Desde la ventana, Susana la despidió moviendo la mano.

Sentía calor y un vacío a la vez. Años de ahorrar, el sueño de la casa propia todo se quedaba en ese sobre en la mesa de la cocina. Pero bueno, Susana iba a estudiar. Su hermana cumpliría su sueño. Y, de alguna manera, eso de pronto parecía lo más importante del mundo.

…El verano transcurrió más lento que el tráfico en hora punta en la M-30. Lucía llamaba a Susana cada semana, a veces más. Quería saber cómo estaba, el papeleo, si le daba miedo esa vida nueva.

Todo bien, Lucía, ya estoy dentro la voz de Susana sonaba animada, pero algo dispersa . Oye, ahora no puedo hablar, ¿te llamo luego?
Solo quería preguntarte por
Otro día, que tengo prisa, ¡ya hablamos!

Piiii. Lucía miró la pantalla negra y se encogió de hombros. Pues eso, vida universitaria. Nuevas amigas, mil cosas, ni tiempo para la hermana pesada. Nada raro; ella era igual hace años.

En septiembre, las llamadas ya eran aún más cortas. Susana casi no hablaba, siempre apurada, y las preguntas sobre la carrera se las quitaba de encima: bien, lo típico, clases normales, los profes, bien, un poco serios. Lucía lo achacaba a la adaptación: primer año, mucho trajín.

Llegó octubre, con lluvias y anochecer a las siete. Lucía estaba en casa con un té de esos que ya ni humeaba, pasando el dedo por las noticias del móvil. Se topó con el perfil de Susana, que llevaba tiempo sin mirar, y de pronto le entró curiosidad por ver cómo le iba la vida de estudiante.

La primera foto la dejó tiesa.

Susana, sentada en la mesa de un restaurante. Pero no de esos de menú del día, ni cafetería de sillas de plástico, sino restaurante-restaurante, con mantel blanco y copas que pesan. Llevaba una blusa de seda, que no era de mercadillo, y el móvil en la mano era un iPhone último modelo. El mismo por el que Lucía habría sacrificado media nómina hace un mes.

Siguiente foto. Susana en un club, con un vestido de esos de fiesta. Susana junto a un carro caro. Susana en el spa con amigas, copa de champán en mano. Susana, Susana, Susana, radiante, encantada, colgando marcas y lujos por todas partes.

El té hacía siglos que estaba frío. Lucía no podía parar de mirar la pantalla, y una incomodidad creciente le retorcía el pecho. ¿Pero de dónde sacaba esa cría dinero para todo eso? ¿La beca? Que no le hicieran reír. ¿Trabajo a tiempo parcial? ¿Con ese itinerario de vida social?

Al día siguiente, Lucía estaba sentada en la misma cocina donde soltó el sobre medio año atrás. La madre trajinaba en los fogones, el padre en el salón con la tele.

Mamá Lucía peleó por mantener la voz tranquila, aunque por dentro era una olla exprés , quiero hablar de Susana.

¿Qué pasa?

¿De dónde saca el dinero? He visto su Instagram. Restaurantes, ropa, el móvil nuevo ¿Cómo lo puede compaginar con la carrera? ¿Es que no va a clase nunca?

La madre se quedó tiesa, con la espátula flotando encima de la sartén.

¿Mamá?

Silencio. De los largos, de los incómodos. La madre apagó el fuego y se giró despacio. Y, entonces, Lucía vio su cara: un poema, entre vergüenza y confusión.

Lucía la madre se dejó caer en la silla como si pesara el triple . Susana, hija Susana no está estudiando.

Se oyó el portazo de la entrada, ruido de bolsas de compra.

Susana irrumpió en la cocina sonrosada, contenta, cargada de bolsas de marca. Al ver a Lucía dudó, pero al momento ya estaba sonriendo.

¡Hombre, Lucía! Si avisas, hago hueco también para ti
No estás estudiando.

La sonrisa se desvaneció. Soltó las bolsas al suelo, sin ganas de disimular.

¿Mamá, se lo has contado? la voz de Susana era ahora un cepillo de alambre.
¿Y qué iba a hacer, seguir mintiendo? Lucía se incorporó. Me has estado tomando el pelo: clases, profes, historias mientras tú de restaurantes y primeras marcas.

Susana se cruzó de brazos y levantó la barbilla.

He cambiado de idea.
¿Cómo?
Que he cambiado de idea, Lucía. Mi sueño ha cambiado. Ya no quiero pasarme cinco años hincando codos. Quiero vivir bien. Salir, restaurantes, amigas, ropa bonita, no esos trapos que he llevado siempre.

Lucía la miraba con cara de póker. ¿Era realmente su hermana? ¿La misma que lloraba por tres puntos menos en la EVAU? ¿La que no dormía para estudiar?

Susana Lucía tragó saliva , ese dinero era mío. Lo había estado ahorrando para una casa. Lo gastaste en ropa y cenas caras.

Lo he usado para vivir respondió Susana, harta . Para vivir una vida decente.

Pues devuélvemelo.

A Susana se le gripó la réplica. El padre asomó en la puerta.

Lucía dijo en voz baja . El dinero ya está gastado. No hay nada que devolver.

Veintidós mil euros pronunció Lucía, recalcando cada sílaba en ropa y comida.

¡No lo entiendes! Susana estampó el pie, indignada . ¡Tú te conformas con una vida gris, acumulando año tras año para un piso! ¡Yo quiero emociones! Colores intensos. Tengo dieciocho años y quiero disfrutar, ¿o qué?

Lucía se le acercó tanto que Susana, alta como era, encogió el cuello.

Pues disfrútalo ahora le espetó mirándola fijamente. Porque no vas a ver ni un céntimo más de mi parte. Ni uno. ¿Quieres marcas, móviles caros? Pues búscate la vida y trabaja. Así lo tuve que hacer yo.

Susana se quedó helada. Le temblaron los labios. Pero Lucía ya no escuchaba. Salió, dejando atrás a sus padres, la cocina, la decepción.

En la calle chispeaba. Lucía caminaba hacia el coche, preguntándose cómo se le pudo ocurrir semejante majadería en mayo. Tendría que haber dicho desde el principio: quieres universidad, pues trabaja y ahorra. Pero se ablandó, creyó en sus lágrimas y sus ojos tristes.

Lección aprendida. Ni un céntimo más para nadie. Si quieren lujos, a currar. Ella también se las apañó sola.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nine + seven =

He cambiado de idea —Cata, que no sé qué hacer —suspiraba Xusa, sentada en la cocina de casa de sus padres, apoyada en la mano, removiendo la patata fría con el tenedor—. No he conseguido los puntos. Tres miserables puntos me han separado de la beca. Catarina dejó el móvil a un lado y miró a su hermana. Diez años de diferencia; a veces le parecía que las separaba un abismo. Xusa tiene dieciocho, toda la vida por delante, pero ya lleva esa mirada apagada de quien cree que el mundo se ha caído encima. —¿Y pagando? —preguntó Catarina con cautela. —2250 al año —Xusa sonrió amargamente—. ¿De dónde voy a sacar yo ese dinero? Si mamá y papá van justísimos, ya lo sabes. Catarina lo sabía. Padre en la fábrica, madre auxiliar en el ambulatorio. Juntos no llegaban a los mil euros, que ya era bastante para el pueblo. —Tenía tanta ilusión, Cata —Xusa apartó el plato—. Desde 4º de la ESO preparándome. Sin dormir antes de Selectividad. Y ahora… tres puntos y todo a la mierda. No lloraba. Sería más fácil si llorase. Se quedaba con ese rostro petrificado, y a Catarina se le encogía algo dentro. —Xusa —Catarina se acercó—, dame un mes. Intentaré encontrar una solución. —¿Qué vas a encontrar tú? —negó la hermana—. Cuatro mil quinientos en dos años… Eso es imposible. —Solo pídeme un mes. Xusa la miró sin esperanza y encogió los hombros. No creyó ni una palabra, claro. ¿Quién creería algo así? Un mes después, Catarina regresó a casa de sus padres. En el bolso, un sobre gordo y pesado. —¿Y eso? —mamá se secaba las manos en el delantal, extrañada. —Cuatro mil quinientos —dejó el sobre sobre la mesa—. Para dos años. He sacado todos mis ahorros. Silencio. Papá bajó el periódico. Xusa se quedó en el umbral. —Cata, pero si… —mamá se abrazó a las palabras—. ¿Tú no estabas ahorrando para el piso? Toda la vida con ello… —Bueno, ya ahorraré otra vez —Catarina forzó una sonrisa, aunque por dentro temblaba—. Ahora lo necesita Xusa. Los sueños no esperan, mamá. Xusa saltó sobre ella como un vendaval y la abrazó tan fuerte que casi le partió las costillas. —Estás loca —susurró con voz rota—. Catarina, de verdad, se me ha ido la pinza. Te lo devolveré… te juro que te lo devuelvo… —Cuando te hagas rica, sí —le acarició la cabeza, como de niña—. Ahora céntrate en estudiar. Papá vino, le puso una mano pesada sobre el hombro. No dijo nada. Solo la apretó con fuerza: eso valía más que cualquier palabra. —Empezará en otoño —mamá seguía mirando el sobre como si no creyera nada—. Nuestra hija empezará la uni. Catarina se marchó ya de noche cerrada. Miró hacia la ventana de la casa de sus padres; había luz, se intuyó la silueta de Xusa. Levantó la mano. Por dentro sentía calor y vacío a la vez. Años de ahorro, el sueño del piso propio, todo eso quedó en aquel sobre en la mesa de la cocina. Pero Xusa estudiaría. Su hermana iba a cumplir su sueño. Y ahora, por algún motivo, eso parecía más importante… …El verano pasaba despacio, pegajoso como la miel. Catarina llamaba a Xusa una vez por semana, a veces más, para saber cómo iba el ingreso, si tenía miedo, si estaba ilusionada. —Todo bien, Cata, me han cogido —en el teléfono sonaba contenta, pero dispersa—. Mira, ahora no puedo, hablamos otro rato, ¿vale? —¿Xusa, espera, quería preguntarte por…? —Luego, luego, ¡que llego tarde! Tonos cortos. Catarina miró la pantalla apagada y sonrió. Así es la uni: amigos, líos, no hay tiempo ni para hablar con tu hermana. Así fue ella también… …En septiembre las llamadas se hicieron aún más breves. Xusa respondía con monosílabos, siempre iba con prisas, a las preguntas sobre la uni contestaba vagamente: “Todo bien”, “Las clases bien”, “Los profes duros, pero se aguanta”. Catarina pensó que era normal, la adaptación del primer curso siempre cuesta, lo recordaba bien. En octubre, la ciudad se cubrió de lluvia y oscureció antes. Catarina, en casa con un té, pasaba el rato mirando el móvil. De repente, entró al perfil de Xusa. Hacía mucho que no cotilleaba, pero le dio curiosidad saber cómo iba la vida universitaria. La primera foto la dejó helada… Xusa sentada en un restaurante de mantel blanco y copas de cristal, no en una cafetería de estudiantes. Llevaba una blusa de seda, imposible de imitación, en la mano un iPhone de última generación. El mismo por el que Catarina hubiera pagado media nómina el mes pasado. Pasó a las siguientes: Xusa en un club, con vestido de espalda al aire. Xusa delante de un coche carísimo. Xusa en un spa con amigas, copa en mano. Xusa, Xusa, Xusa: radiante, rebosante de marcas y lujo. El té se heló. Catarina seguía deslizando la pantalla, y en el pecho pesaba algo feo, amargo. ¿De dónde? ¿De dónde sacaba una universitaria de primero el dinero para todo eso? ¿La beca? Ni de broma. ¿Un curro? Imposible con ese ritmo de fiestas. Al día siguiente, Catarina volvió a la cocina donde seis meses antes había dejado el sobre. Mamá cocinaba, papá veía la tele. —Mamá —contuvo la rabia—, quiero preguntarte algo de Xusa. —¿Qué pasa? —¿De dónde saca el dinero? He visto su cuenta. Restaurantes, ropa, un móvil nuevo. ¿Cómo compagina eso con la uni? ¿Cuándo va a clase siquiera? Mamá se quedó rígida, la espátula quieta sobre la sartén. —¿Mamá? Un silencio muy largo. Mamá apagó el fuego y, sentándose, levantó la mirada: tenía cara de culpa, derrotada. —Cata —suspiró—, Xusa no estudia… Se oyó el portazo de la entrada y bolsas arrastrando por el pasillo. Xusa irrumpió eufórica, con las manos llenas de bolsas de firmas. Al ver a su hermana se frenó un instante, pero luego sonrió. —¡Cata! ¿Qué haces aquí? Si me avisas… —Tú no estudias. La sonrisa desapareció. Bajó las bolsas al suelo. —¿Se lo has contado, mamá? —Su voz era filo y cristal. —¿Acaso había que seguir mintiendo? —Catarina estaba de pie. —Me has tomado el pelo: clases, profesores, exámenes. Y en realidad… te lo has fundido todo en restaurantes y tiendas. Xusa cruzó los brazos y levantó la barbilla. —He cambiado de idea. —¿Cómo? —He cambiado, Catarina. Mi sueño ya no es matarme a estudiar cinco años, es vivir bien. Así, como ahora: restaurantes, ropa buena, amigas… No quiero volver a ponerme esos trapos viejos del instituto. Catarina la miraba sin poder creerlo. ¿Esa era su hermana? ¿La misma que lloraba por tres puntos? ¿La que no dormía preparando la Selectividad? —Xusa —trató de serenarse—, era mi dinero. Lo ahorré para comprarme un piso. Durante años. ¿Y tú te los has gastado en fiesta y ropa? —¡No, lo gasté en VIVIR! —espetó la hermana—. ¡En saber lo que es una vida de verdad! —Pues devuélvelo. Xusa no respondió. Papá apareció en la puerta. —Cata —se aclaró la garganta—, el dinero se ha gastado. No hay nada que devolver. —Cuatro mil quinientos euros —pronunció despacio—, en caprichos. —¡No lo entiendes! —protestó Xusa—. ¡Tú solo sabes ahorrar, vivir gris, esperar años por un piso! ¡Yo quiero color, quiero intensidad! ¡Tengo dieciocho, quiero disfrutar, no… Catarina se acercó casi tocándola. Xusa era más alta, pero ahora parecía encogida. —Pues disfruta —le dijo mirándola a los ojos—. Porque serán los últimos “colores” que recibas de mí. Ni un euro más. ¿Quieres lujos? Trabaja y gástatelo tú. Xusa palideció. Tembló, pero Catarina ya no la escuchaba: cruzó la casa, sin mirar atrás. Fuera lloviznaba. Al caminar hacia el coche, sólo pensaba en lo tonta que había sido en mayo. Debería haberlo dicho desde el principio: ¿quieres estudiar? Trabaja y págatelo tú. Pero se dejó llevar, creyó en el drama y en los ojillos de “hermana pequeña”. Lección aprendida: no volvería a dar ni un euro. Que se busquen las habichuelas, que así lo hizo ella.
Madre por conveniencia