Lucía, no sé qué hacer Susana estaba sentada en la cocina de casa de sus padres, con la mejilla apoyada en la mano y espachurrando una patata fría con el tenedor. No me llegaron los puntos. Por tres míseros puntos me he quedado fuera del público.
Lucía dejó el móvil y miró a su hermana. Diez años de diferencia y, a veces, parecía que entre ellas habría un océano. Susana tenía dieciocho años, toda la vida por delante, pero ya parecía llevar encima toda la frustración del mundo.
¿Y en privado? preguntó Lucía, con cautela.
Oye, que son once mil euros al año respondió Susana, dejando escapar una risa que sonó bastante amarga . ¿De dónde saco yo ese dinero? Mamá y papá justo llegan para el arroz y los chorizos y tú lo sabes.
Vaya si lo sabía. El padre en una fábrica y la madre, enfermera en el ambulatorio. Juntos traían a casa poco más de dos mil, y eso ya era bonito para el pueblo.
Me hacía tanta ilusión, Lucía Susana apartó el plato . Desde cuarto de la ESO me estaba preparando. No dormía antes de la EVAU. Y ahora, por tres puntos, adiós a todo.
No lloraba. Habría sido más fácil si llorara. Pero ahí estaba, tiesa como un palo, con esa cara congelada, y Lucía sentía algo apretado por dentro.
Susana Lucía se acercó y se sentó a su lado, Dame un mes. Intentaré pensar en algo.
¿Y qué se te va a ocurrir? Susana negó con la cabeza. Veintidós mil euros en dos años. Es que suena surrealista.
Solo dame un mes.
Susana la miró largo, acabó por encogerse de hombros. No se lo creyó ni de lejos. ¿Y cómo hacerlo, la verdad?
Un mes después, Lucía regresó a casa de sus padres. En el bolso llevaba un sobre grueso y bien pesado.
¿Eso qué es? preguntó la madre, secándose las manos en el delantal y mirando a su hija como si viera a la Virgen.
Veintidós mil euros Lucía dejó el sobre sobre la mesa . Para los dos años de carrera. He sacado todos mis ahorros.
Silencio. El padre bajó el periódico con lentitud. Susana asomó por la puerta.
Lucía, tú la madre se cortó . Llevabas años ahorrando para una vivienda
Para piso ya ahorraré otra vez Lucía sonrió, por fuera, porque por dentro era gelatina . Pero ahora Susana lo necesita. Los sueños no pueden esperar, mamá.
Susana se lanzó encima, como una tromba. La abrazó tan fuerte que Lucía sintió cómo los huesos crujían.
Estás como una cabra decía su hermana, medio ahogada en su hombro. De verdad, Lucía, estás fatal de la cabeza. Te lo devolveré, te juro que te lo devuelvo, ya verás
Cuando te hagas rica me lo das, Lucía le revolvió el pelo, como cuando eran crías . Pero primero, estudia.
El padre se acercó, le puso la mano en el hombro. No dijo nada, pero apretó, y aquello decía mucho más que cualquier palabra.
En otoño entrará en la universidad la madre miraba el sobre como si no creyese que fuera real. Nuestra hija será universitaria en otoño.
Lucía se fue ya de noche, con todas las luces del piso familiar encendidas. Desde la ventana, Susana la despidió moviendo la mano.
Sentía calor y un vacío a la vez. Años de ahorrar, el sueño de la casa propia todo se quedaba en ese sobre en la mesa de la cocina. Pero bueno, Susana iba a estudiar. Su hermana cumpliría su sueño. Y, de alguna manera, eso de pronto parecía lo más importante del mundo.
…El verano transcurrió más lento que el tráfico en hora punta en la M-30. Lucía llamaba a Susana cada semana, a veces más. Quería saber cómo estaba, el papeleo, si le daba miedo esa vida nueva.
Todo bien, Lucía, ya estoy dentro la voz de Susana sonaba animada, pero algo dispersa . Oye, ahora no puedo hablar, ¿te llamo luego?
Solo quería preguntarte por
Otro día, que tengo prisa, ¡ya hablamos!
Piiii. Lucía miró la pantalla negra y se encogió de hombros. Pues eso, vida universitaria. Nuevas amigas, mil cosas, ni tiempo para la hermana pesada. Nada raro; ella era igual hace años.
En septiembre, las llamadas ya eran aún más cortas. Susana casi no hablaba, siempre apurada, y las preguntas sobre la carrera se las quitaba de encima: bien, lo típico, clases normales, los profes, bien, un poco serios. Lucía lo achacaba a la adaptación: primer año, mucho trajín.
Llegó octubre, con lluvias y anochecer a las siete. Lucía estaba en casa con un té de esos que ya ni humeaba, pasando el dedo por las noticias del móvil. Se topó con el perfil de Susana, que llevaba tiempo sin mirar, y de pronto le entró curiosidad por ver cómo le iba la vida de estudiante.
La primera foto la dejó tiesa.
Susana, sentada en la mesa de un restaurante. Pero no de esos de menú del día, ni cafetería de sillas de plástico, sino restaurante-restaurante, con mantel blanco y copas que pesan. Llevaba una blusa de seda, que no era de mercadillo, y el móvil en la mano era un iPhone último modelo. El mismo por el que Lucía habría sacrificado media nómina hace un mes.
Siguiente foto. Susana en un club, con un vestido de esos de fiesta. Susana junto a un carro caro. Susana en el spa con amigas, copa de champán en mano. Susana, Susana, Susana, radiante, encantada, colgando marcas y lujos por todas partes.
El té hacía siglos que estaba frío. Lucía no podía parar de mirar la pantalla, y una incomodidad creciente le retorcía el pecho. ¿Pero de dónde sacaba esa cría dinero para todo eso? ¿La beca? Que no le hicieran reír. ¿Trabajo a tiempo parcial? ¿Con ese itinerario de vida social?
Al día siguiente, Lucía estaba sentada en la misma cocina donde soltó el sobre medio año atrás. La madre trajinaba en los fogones, el padre en el salón con la tele.
Mamá Lucía peleó por mantener la voz tranquila, aunque por dentro era una olla exprés , quiero hablar de Susana.
¿Qué pasa?
¿De dónde saca el dinero? He visto su Instagram. Restaurantes, ropa, el móvil nuevo ¿Cómo lo puede compaginar con la carrera? ¿Es que no va a clase nunca?
La madre se quedó tiesa, con la espátula flotando encima de la sartén.
¿Mamá?
Silencio. De los largos, de los incómodos. La madre apagó el fuego y se giró despacio. Y, entonces, Lucía vio su cara: un poema, entre vergüenza y confusión.
Lucía la madre se dejó caer en la silla como si pesara el triple . Susana, hija Susana no está estudiando.
Se oyó el portazo de la entrada, ruido de bolsas de compra.
Susana irrumpió en la cocina sonrosada, contenta, cargada de bolsas de marca. Al ver a Lucía dudó, pero al momento ya estaba sonriendo.
¡Hombre, Lucía! Si avisas, hago hueco también para ti
No estás estudiando.
La sonrisa se desvaneció. Soltó las bolsas al suelo, sin ganas de disimular.
¿Mamá, se lo has contado? la voz de Susana era ahora un cepillo de alambre.
¿Y qué iba a hacer, seguir mintiendo? Lucía se incorporó. Me has estado tomando el pelo: clases, profes, historias mientras tú de restaurantes y primeras marcas.
Susana se cruzó de brazos y levantó la barbilla.
He cambiado de idea.
¿Cómo?
Que he cambiado de idea, Lucía. Mi sueño ha cambiado. Ya no quiero pasarme cinco años hincando codos. Quiero vivir bien. Salir, restaurantes, amigas, ropa bonita, no esos trapos que he llevado siempre.
Lucía la miraba con cara de póker. ¿Era realmente su hermana? ¿La misma que lloraba por tres puntos menos en la EVAU? ¿La que no dormía para estudiar?
Susana Lucía tragó saliva , ese dinero era mío. Lo había estado ahorrando para una casa. Lo gastaste en ropa y cenas caras.
Lo he usado para vivir respondió Susana, harta . Para vivir una vida decente.
Pues devuélvemelo.
A Susana se le gripó la réplica. El padre asomó en la puerta.
Lucía dijo en voz baja . El dinero ya está gastado. No hay nada que devolver.
Veintidós mil euros pronunció Lucía, recalcando cada sílaba en ropa y comida.
¡No lo entiendes! Susana estampó el pie, indignada . ¡Tú te conformas con una vida gris, acumulando año tras año para un piso! ¡Yo quiero emociones! Colores intensos. Tengo dieciocho años y quiero disfrutar, ¿o qué?
Lucía se le acercó tanto que Susana, alta como era, encogió el cuello.
Pues disfrútalo ahora le espetó mirándola fijamente. Porque no vas a ver ni un céntimo más de mi parte. Ni uno. ¿Quieres marcas, móviles caros? Pues búscate la vida y trabaja. Así lo tuve que hacer yo.
Susana se quedó helada. Le temblaron los labios. Pero Lucía ya no escuchaba. Salió, dejando atrás a sus padres, la cocina, la decepción.
En la calle chispeaba. Lucía caminaba hacia el coche, preguntándose cómo se le pudo ocurrir semejante majadería en mayo. Tendría que haber dicho desde el principio: quieres universidad, pues trabaja y ahorra. Pero se ablandó, creyó en sus lágrimas y sus ojos tristes.
Lección aprendida. Ni un céntimo más para nadie. Si quieren lujos, a currar. Ella también se las apañó sola.







