Esto solo es una conocida
Marta, ¿piensas seguir contando céntimos en este piso de mala muerte? Vale, supongamos que pedimos la hipoteca, ¿y luego qué? insistía Javier, mirándome con esa mezcla de reproche y angustia. Luego toca pagarla, si no lo has olvidado. Y con lo que ganamos… ¡Mira lo que nos está costando ahorrar para la entrada! Te lo digo en serio, esto que me propone Daniel es seguro, ¡segurísimo! Nos conocemos desde el instituto, nunca me aconsejaría algo malo.
Yo evité su mirada y me quedé observando una grieta en el hule barato que cubre nuestra mesa. No me quedaban energías para discutir, ni una sola. Después de la jornada laboral, sólo quería tirarme en el sofá y no levantarme en veinticuatro horas. Pero ahí estaba él, de nuevo, con sus planes y sus apuros.
Javi… dije al fin, suspirando. Ese dinero es nuestro colchón de emergencia. Son tres años privándonos de todo. Si nos endeudamos hasta el cuello, bueno, al menos será para dejar de tirar el dinero en alquiler. Eso sí que es seguro. Como mucho, nos quedamos como estábamos. Pero lo que tú planteas es jugársela en un negocio turbio de reventa…
¡No es turbio, es rentable! interrumpió él, nervioso, dando vueltas por la cocina. No lo entiendes, ahora el rollo este de traer cosas de fuera es oro puro. Con tantas restricciones… Daniel doblará nuestro dinero en un mes. ¡En seis, igual nos compramos el piso sin hipotecarnos! Marta, piénsatelo. Lo hago por los dos. Quiero verte como una reina, no currando por un sueldo de risa.
Se detuvo a mi espalda y me puso las manos en los hombros. Solían darme calma, pero ahora sólo sentí agobio y una inquietud muy extraña. Me daba miedo decirle que no.
Está bien… Te haré la transferencia cedí, por no discutir más. Habla con tu Daniel.
¡Eso es! sonrió, plantándome un beso en la cabeza. Me ducho rápido y voy con él. Dejo hablado lo del contrato, y vuelvo enseguida. Eres la mejor, Marta.
Me quedé sola, mirando la mesa. Por el pasillo vibró el móvil de Javier. Tanta prisa tenía por su negocio rentable que ni se llevó el teléfono, pese a que últimamente no se separaba de él ni para dormir.
Dudé sólo unos segundos. Sabía la clave; se la vi una vez, pero jamás se me pasó por la cabeza mirar sus cosas privadas. Hoy sí tenía motivos. Llevábamos meses sin acercarnos y últimamente él estaba más frío y raro.
Han vuelto a llamar… Cariño, ¿cómo va todo, lo lograrás? Tengo miedo… escribía un tal Conejito.
Un apodo curioso, desde luego. No parecía de Daniel.
Empecé a repasar la conversación y sentí un escalofrío recorriéndome. Desde luego, aquello no era una conversación de negocios. Era el reverso de mi matrimonio. Cientos de mensajes, corazones, emoticonos de besos, fotos medio desnuda de una chica vulgar con labios hinchados. Pero lo más duro fue otro detalle…
El 5 de marzo, la tal Conejito se quejó de no tener nada que ponerse para la fiesta de empresa. Javier le prometió ayuda. Y por lo que vi, se la dio. Recuerdo ese día. Él llegó a casa de morros, dijo que en su trabajo les habían quitado el plus y ese mes tocaba apretarse el cinturón. Estuve dos semanas comiendo macarrones con tomate.
El 20 de abril, Conejito le pidió dinero para un cursillo de uñas. Ese mismo día, Javier me pidió una pasta del presupuesto familiar para medicamentos de su madre. Yo justo iba a pedir cita para el dentista por el dichoso dolor de muelas, pero cancelé; me salía más barato el paracetamol y así tiré otro mes.
Mes tras mes, Javier inventaba gastos para su coche viejo o vete tú a saber qué, y apenas traía nada a la casa. Era un patrón: cada mensaje iba quitándome la venda de los ojos. No era un pobrecillo… era calculador y, mientras yo me duchaba con jabón de niños ahorrando hasta en el champú, él gastaba mis ahorros en su querida amante.
De nuevo, repasé los últimos mensajes.
Amor, se están poniendo muy pesados. Han vuelto a llamar. Quieren el dinero ya, o dicen que se plantan en mi trabajo. ¡Son casi diez mil euros! No sé qué hacer, me da pánico que me echen si se presentan. Igual tengo que buscarme otro curro. No sé si podré verte tanto… Te quiero pero no puedo hacer nada.
Menudos Danieles de orejas largas hay ahora… y de labios también, pensé con un suspiro, al leer la efusiva respuesta de Javier. Por supuesto, le prometía ayudarla. ¿Y yo? ¿Qué hago yo, la esposa?
Ni siquiera lloré. Las lágrimas saldrían después; ahora sólo pensaba en salvarme y proteger mis ahorros. Me quedaban unos minutos, diez, con suerte quince si Javier decidía afeitarse antes de su charla seria. Me lancé al dormitorio, llené la bolsa de viaje, cogí lo indispensable, me cambié de ropa y salí disparada. Recuerdo poco del taxi, solo mis manos temblando al sacar la tarjeta del bolso.
Ahí estaba. Ese trozo de plástico de colores que me costó tres años de mi vida. Tres años sin vacaciones, sin comidas decentes ni alegrías. En vez de ver el saldo veía botas no compradas, dientes sin arreglar y pelo cayéndose por falta de vitaminas. ¿Y todo eso para que él lo malgastara en una cualquiera que le llama amor cuando le transfiere dinero?
¡Jamás!
Saqué mi móvil y abrí la app del banco. Tardó una eternidad. Pero en cuanto vi el saldo, transferí todo el dinero a mi cuenta personal y bloqueé la tarjeta. Motivo: extraviada. Así de simple. Como mi confianza.
Al fin pude respirar.
Ya cerca del destino, me di cuenta de que había dicho la dirección de mi madre. No era raro. Cuando una toca fondo, sólo quiere refugiarse donde la quieren de verdad, sin condiciones ni chantajes.
¡Ay, Martita! ¿Pero qué te ha pasado, hija? se alarmó mi madre, Rosa María, al abrirme la puerta. ¿Algo con Javi?
Sí, está bien. Se va de cita con la amante, igual la última…
Mi madre enarcó las cejas, pero no alcanzó a preguntar más. Mi móvil empezó a sonar. Era una foto de nosotros dos, sonriendo en la playa dos veranos atrás. Entonces éramos felices, o eso creía.
¡Marta! ¿Dónde estás? Javier trataba de sonar sereno, pero se le notaba el pánico. He salido del baño y no estás. La casa desmontada, la puerta abierta, tus cosas por todas partes. ¿Dónde te has metido? Teníamos lo del negocio con Daniel, ¡él te espera!
Apreté los labios. Javier seguía interpretando su papel, pensaba tener los hilos.
Javi… respondí tranquila. Ya sé en qué negocio te has metido durante nuestro matrimonio. Vaya con tu Daniel, se parece más a un conejo… y a mí me has dejado con orejas.
¿Qué…? ¡Marta, no digas tonterías!
Mejor esto que regalarle los ahorros a tus amantes.
Silencio. Supongo que Javier pensaba entre seguir presionándome o hacerse el ofendido.
Javi, cogí tu móvil confesé. Lo he leído todo. No pienso mantener a tus queridas.
Marta, escúchame… cambió de tono, suplicante. No lo entiendes, es sólo una amiga, necesitaba ayuda. No te lo conté por no preocuparte. Todo iba a volver a ti, lo prometo. Es una movida grave, está gente peligrosa de por medio.
Que le aproveche le corté, sin más. Ya moví el dinero a mi otra cuenta y bloqueé la tarjeta. No vuelvo a casa. Suerte con el conejito. A ver si además te besa por pena, cuando sepa que no queda ni un euro. Yo lo dudo.
Colgué sin escuchar sus insultos, y bloqueé su número. Luego miré a mi madre.
Ella me miraba con lágrimas en los ojos.
Mamá, ¿te apetecen unos sushi? le dije, casi con humor. Llevo tres años a dieta de fantasías, creo que es hora de mimarme un poco.
Las semanas siguientes fueron raras, como vivir en una nube. Javier intentó cualquier cosa: llamadas desde otros números, esperar en la portería de mi madre, mensajes con súplicas y amenazas. Ni los leí. Los borraba sin más, como se tira la basura.
Él desapareció para siempre en el momento en que leí Conejito. Por fin, aparecí yo. Ahora estaba en el supermercado delante del mostrador de cosmética. Antes agarraba el jabón más barato a toda prisa. Hoy, mi mano fue directa al bote más caro de mascarilla para el pelo. Jamás habría pagado ese precio, antes. Con eso compras un pollo y arroz para la semana, decía la antigua Marta. Que le dé al arroz, respondía la nueva.
Eché al carrito de todo: exfoliante de café, champú profesional, cremas bonitas.
No compraba cosméticos, compraba pedacitos míos. Los que había perdido con Javier.
Pasó otra semana. El avión despegaba y bajo el ala quedaban las calles grises, la lluvia fría. Allí, a saber, Javier se buscaba la vida con los deudas de su querida. Me daba igual.
Me recliné en el asiento. El destino era Turquía. No era el Caribe, pero servía. Sólo quería desconectar y recordarme a mí mismo que soy una persona con derecho a vivir, no solo a ahorrar.
Saqué el espejito del bolso. Las arrugas seguían en los ojos, pero ahora las adornaba una sonrisa, no el cansancio. El pelo recién teñido brillaba, las uñas rojas tamborileaban alegres. Empezaba mi nueva vida, cuidadosa y fuerte. Y, aunque lucharé por mi futuro y un hogar propio, jamás volveré a olvidarme de mí por nadie.
La lección es clara: nadie vale más que tu propia paz y tu dignidad.






