La Elección
Pues resulta que Fernando está casadísimo hasta las trancas… suspiraba Sonsoles, sentada en un banco de la plaza, apretando en el bolsillo la hoja para la cita en la clínica.
Las compañeras del piso universitario la miraban con envidia cuando la veían con aquel moreno de ojos azules, siempre impecable y con modales de caballero. Decían que le había tocado la lotería sentimental. Envidia para nada, como tantas veces pasa.
A Sonsoles le recorrió un escalofrío al recordar el primer (y último) encontronazo con la mujer de Fernando, que la cazó a la salida de la fábrica y le vino a dejar clarito el asunto.
Vaya, así que tú eres Sonsoles, ¿no? empezó.
¿Perdón, quién es usted? se tensó Sonsoles, sintiendo la mirada de rayos X de una mujer alta, delgada, de melena rubio ceniza.
Pues yo soy Olga, la legítima esposa de Fernando Martínez.
¿Qué?
Lo que oyes.
Otra ingenua más dijo la mujer con toda la calma del mundo, cuántas habrá como tú, nunca se acabarán las cazadoras de felicidades ajenas.
¿Pero qué se ha creído?
Escucha la rubia la cogió con delicadeza por el codo, ¿quién crees que eres tú? Yo, la esposa, he visto tus escarceos con mi marido y aún tienes la cara de ponerte chulita. Lo normal sería que pidieras perdón y te despidieras avergonzada. Pero bueno… eso es para gente decente, y parece que tú no caes en esa categoría.
Le lanzó una mirada de arriba a abajo.
Como tú ha habido tantas que no me alcanzan los dedos de las manos y los pies para contarlas.
Te has liado con un casado, ¡menuda caradura!
Él es hombre, cazador. ¿Lo pillas?
Para él solo eres una anécdota pasajera. Te entretiene un rato y te olvidas. Así que aléjate.
Por cierto, tenemos dos hijas; si quieres, te enseño una foto familiar. Olga sacó una foto de las vacaciones y se la puso delante a una Sonsoles petrificada. ¡Mira! Prueba de amor verdadero. Es de nuestro viaje a Benidorm, hace dos meses…
¿Y qué, te has quedado muda?
¿Y qué quiere usted de mí? Arregle lo suyo con su marido.
Eso haré, no sufras. Hace poco que se ha metido en esta fábrica, el sueldo es decente y justo apareces tú para liar las cosas.
Déjalo por las buenas. Y no te creas nada, Fernando no piensa divorciarse. No pierdas el tiempo tontamente. ¿Cuántos tienes, treinta?
¡Veinticinco! protestó Sonsoles, herida.
Pues eso, con más razón. Aún tienes tiempo para casarte y tener familia. A Fernando, déjalo en paz.
Sonsoles ya no se quedó a oír más; se marchó tambaleante, con las piernas flojas, sintiendo cómo aquella esposa invasora le tiraba por tierra sus castillos de ensueño en un solo golpe.
Traidor… murmuraba Sonsoles mientras un nudo se le subía a la garganta, aunque no se permitió desmoronarse allí en plena calle, no quería dar de qué hablar en la fábrica.
Esa tarde, como si nada, Fernando se plantó en casa de Sonsoles con flores. Ella, con los ojos hinchados, lo mandó a paseo, a pesar de sus súplicas de amor eterno y promesas de divorcio que en realidad, llevaban años sin ser pareja, según él.
Durante dos semanas Sonsoles estuvo como en coma. Fernando desapareció de su mapa y si se cruzaban, giraba la cara.
Por si fuera poco, llegaron las náuseas matutinas y los mareos. Ella lo achacó al disgusto, pero la naturaleza demostró ser más ingeniosa que tanta lógica y precaución: el fruto de su fogoso amor con Fernando venía en camino.
«Seis semanas», sonó en su cabeza como sentencia.
Sonsoles no quería ser madre soltera. Le daba pavor. Sentía que todo el mundo lo intuía y la juzgaba; se había dejado llevar por un hombre al que, en realidad, no conocía.
Fernando le ocultó su estado civil. ¿Qué podía haber hecho, pedirle el DNI en la primera cita? No llevaba alianza, aunque claro, no todos los casados la usan.
¿Y cómo no sospechó cuando aquel galán insistía en ocultar la relación en el trabajo?
Él jugó con ella, pero saberlo no aliviaba mucho el golpe. Para colmo, entre sus compañeros ya corría la historia de la visita de Olga, desmenuzada en cada detalle.
Estoy embarazada aprovechando el descanso, Sonsoles se enfrentó al ex-novio.
Pues toma dinero y arréglalo le soltó él, seco como el esparto.
Al día siguiente, Fernando dimitía y se evaporaba del todo de su vida.
Sonsoles sabía que no podía retrasar más la decisión; pese a las advertencias del médico, se llevó el papel de la «intervención».
Allí estaba ella, sentada en un banco, apretando el papel como si fuera de oro.
¿Tiene prisa? preguntó de repente un chico de traje, plantándose a su lado con un ramo enorme de crisantemos burdeos.
¿Cómo? ella le miró vacía, como si las palabras fueran de otro idioma.
Que el reloj le va adelantado dijo, señalando su reloj dorado.
Siempre me adelanta diez minutos… Lo pongo bien y nada, siempre igual dijo Sonsoles, girando la cara.
Hace un día ideal, ¿no le parece? Un veroño en pleno otoño. A mi madre le encanta. Dice que fue en un día así cuando tomó la mejor decisión de su vida y no se ha arrepentido jamás.
¿Sabe usted? Dios, qué hablador el chico, pensó ella. ¡Mi madre es lo más! y mostró el pulgar. Se lo debo todo.
¿Y tu padre? le salió a Sonsoles sin querer.
De mi padre nunca habla. Yo tampoco pregunto; veo que le cuesta.
Vengo de una entrevista, imagínese: me han escogido entre diez para un puesto buenísimo en una empresa. ¡Sin experiencia ni nada! Ni me lo creo
Mi madre me enseñó a confiar en mí.
Ya tengo claro en qué me gastaré el primer sueldo: un viaje para que mamá vea el mar. Nunca ha ido.
¿Y usted?
No, nunca le miró Sonsoles, y por algún motivo se fijó en la corbata burdeos.
El chico, sonriente, irradiaba felicidad.
Es regalo de mamá dijo acariciando la corbata con orgullo, notando la mirada de Sonsoles.
Seguro que estoy siendo un pesado, pero me apetecía compartir alegría con alguien… Y usted tiene una cara tan triste
Pensé que necesitaba hablar. ¿Le molesto?
Sonsoles negó con la cabeza. El parlanchín no la incomodaba en absoluto. De hecho, había conseguido apagar los pensamientos oscuros. Y su devoción por la madre le conmovía.
«¡Esa sí es una historia de amor!», pensó observándole con curiosidad. «Qué suerte tiene esa mujer Ojalá yo tuviera un hijo así.»
Bueno, me voy. Mi madre estará esperándome y se pone nerviosa. ¡No tenga prisa!
¿Perdón?
Lo digo por su reloj sonrió.
Ah respondió Sonsoles, devolviendo la sonrisa.
Al minuto, el chico había desaparecido y, sin pensarlo, Sonsoles rompió en pedacitos el papel de la clínica.
Se quedó un buen rato sentada, respirando el aire limpio del otoño.
Gracias a aquel desconocido tan cercano, Sonsoles se sintió menos sola. Aquella mujer había criado sola a un hijo ejemplar. Se arrepintió de no haberle preguntado el nombre, pero ya da igual…
La decisión estaba tomada.
***
Veintitrés años después…
¡Mamá, que llego tarde! exclamaba Esteban delante del espejo, mientras su madre le ajustaba la corbata burdeos que le había comprado para la ocasión, un proceso de selección importante.
Que no pasa nada…
Es por dar seguridad. Tú confía, todo irá bien. Te van a coger fijo… ¡Ya está! dijo Sonsoles satisfecha, admirando a su hijo.
Ay, qué nervios ¿y si?
Ese puesto es tuyo; responde claro y sonríe. Nadie puede resistirse a ese encanto.
Bueno, mamá Esteban le plantó un beso y salió pitando.
Sonsoles, desde la ventana, vio cómo el ser más querido de su vida se alejaba rumbo a la parada de autobús.
Un escalofrío le recorrió de pronto el cuerpo…
¿Dónde había vivido esa escena antes?
El muchacho del parque, hace más de veinte años
Ahora Esteban, de traje, era casi una fotocopia.
Había olvidado aquel instante durante años, pero la memoria lo devolvía, fresco como el jazmín.
¿Cómo podía ser?
Tal vez la vida le dio entonces la oportunidad de ver con sus propios ojos al hijo que pensaba no tener qué palabra más fea, y la dirigió por el buen camino en el último segundo.
¿Y por qué no se atrevió a preguntarle el nombre, por qué no conoció a su madre? Ahora da igual.
Todo salió como debía salir…
Por la tarde, Esteban entró en casa con un ramo enorme de crisantemos burdeos, a juego con la corbata, y le anunció a Sonsoles que le habían cogido.
Y además, prometió a su madre que por fin irían juntos al mar, porque ella nunca lo había pisado.
Ahora le tocaba a él cuidar de su madre y mover cielo y tierra por ella.
Por difíciles que hayan sido los años, abrazarse al hijo le quitaba el peso del mundo.
Superaron todo y no se rompieron.
Sonsoles nunca se arrepintió de su decisión. Fue la mejor para ella.
Y así debía ser.







