Cuando la vida te trae un gato torpe rescatado de la basura y termina llegando a casa también un chihuahua “temible”: la historia de Nievik, el gato más gafe de España, y Rex, su inseparable compañero de desventuras, entre calderos de cocido, vasos caídos, brujas castizas y un accidente que lo cambió todo… porque en casa, en vez de un alma con mala suerte, ¡ahora ya son dos!

La esposa llevaba al perro al veterinario y ya empezaba a sospechar que había cometido un error fatal. Ahora, en vez de tener solo a un ser infortunado en casa, se habían hecho con dos

Esto se hizo evidente en cuanto el gatito llegó al hogar. Bueno, llegó no es exacto: lo encontraron en un contenedor, alguien lo había tirado como a una bolsa cualquiera.

La esposa bajó a tirar la basura y, en vez de volver con las manos vacías, regresó con un nuevo miembro para la familia. Le pusieron de nombre Gafe. Por lo de gafe, claro, porque buena suerte no parecía traer.

Su primera hazaña fue meter las dos patas delanteras en la olla de cocido caliente. Mientras la esposa lo recogía, aullando el pobre de dolor, metió las traseras en el bol de nata. Y a partir de ahí, empezó el espectáculo

Gafe acumulaba anécdotas a diario. Se torció las cuatro patas de un salto tontorrón de la cama.

Al tirar vasos, platos o jarrones de las mesas y las mesillas, conseguía que estos le cayeran encima. Saltaba al suelo como si buscara colocarse justo bajo lo que él mismo acababa de tirar.

Si en la mesa había sal, todo el mundo la protegía con la mano; sabían que Gafe estaba al acecho y que en nada acabaría embadurnado en ella.

Tres veces recibó descargas eléctricas. Y normalmente los gatos no sobreviven a eso, pero algún Ángel de la Guarda le debía de proteger. Tres veces el veterinario le arrancó de la otra vida

También intentó ahogarse varias veces en el cubo del agua para fregar el suelo. Después de esos sustos, aprendieron a no dejar los cubos a su alcance.

Saltaba también de un modo bastante original, nunca apuntaba bien. Se daba contra esquinas, espejos o reposabrazos En fin, ya pueden imaginarse el panorama.

La esposa lo llevó a ver a unas curanderas de las afueras. Ellas se reían, pero cobraban igual, y le pasaban huevos por el lomo para quitarle el mal fario. Sin embargo, tras saltar Gafe y romperle la vajilla a cada una, su fama creció tanto que ningún brujo ni bruja quería saber nada de él.

Cansada de tanta calamidad, la esposa pidió consejo a una amiga, quien le recomendó buscarle una compañera: otra gata o, quizá, un perrito.

Esto alegró a la mujer una barbaridad. Así que, tras pagar una buena cantidad de euros, y para alegría de su hija y de ella misma, entró en casa un perro feo de narices, de raza chihuahua.

¿Feo? Si han visto uno de cerca, saben a qué me refiero. ¿Han oído ese aullido que lo mismo parece tos que ladrido? Pues eso, si lo han vivido, me entienden.

Todo quedó más claro al día siguiente. Es que vivían en un chalet, y había ratones

Gafe no es que les tuviera miedo. Al contrario, le fascinaba observarlos y hasta jugaba a pillar con ellos. Por eso tenían ratoneras por toda la casa.

En una de ellas acabó pillado el perro, aquel chihuahua llamado Roco

La esposa, viendo al pobre perrillo chillar de dolor, lo llevó al veterinario de nuevo. Y en su cabeza, el pensamiento era claro: había cometido el peor error de su vida. Ahora en su hogar, además del gato salado, tenían otro animal con igual mala pata

Gafe, en un arranque de solidaridad, tomó a Roco bajo su guardia. Salían juntos al patio y era imprescindible vigilarles sin perderles de vista.

Se metían en líos con hormigas, avispas y abejas. Los gansos intentaban morderles, mientras las gallinas los picoteaban. Vamos, que el trabajo se duplicó.

Hasta que un día, la suerte, o el destino, o el mismísimo azar, cambió todo

El marido de la señora tenía el coche aparcado siempre delante de la casa; por suerte, sitio no faltaba. Cada mañana salía con su taza de café en la mano, cerraba la verja, subía al coche y se iba al trabajo.

Esa mañana en particular, Gafe, que siempre volcaba el café y tiraba el bocadillo al suelo, no corrió a esconderse debajo de la mesa. Extrañamente, se plantó ante la puerta cual muro infranqueable.

El hombre intentó apartarle, pero recibió un zarpazo juguetón y una espalda arqueada.

¡Pero mira que eres liado! gritó. ¡No contento con tirar el café y el bocadillo, encima eres rebelde! ¡Venga, fuera de aquí!

Intentó apartar al gato con el pie, pero en ese momento

De debajo de la cama salió corriendo el aterrador ser canino, Roco, que, entre tos y chihuahua-ladridos, se puso delante del gato.

Allí estaba el perrillo, con sus patitas finas y temblorosas, tapando a Gafe. Tosía y mostraba sus minúsculos dientes, pero en sus ojos solo había coraje:

Todo él gritaba: ¡No le toques! ¡Antes debes pasar por encima de mí!.

La cosa se ponía seria.

¡Pero bueno! protestó el marido. ¡Que llego tarde al trabajo!

Fue corriendo al dormitorio, donde la esposa seguía medio dormida.

¡Despierta, por favor! Me tengo que ir, pero estos dos no me dejan salir.

¿Qué? ¿Cómo? preguntó ella, confundida.

Salieron los dos juntos y, mientras llegaban a la puerta custodiada por la pareja de animales gafes, se oyó fuera un estruendo.

Corrieron a la calle y vieron una escena desgarradora: un camión lechero a toda velocidad, sin frenos, acababa de empotrar su enorme mole contra el coche del marido, dejándolo reducido a un amasijo de hierros.

La taza de café del hombre se estrelló en el suelo El conductor del camión terminó en ambulancia, sobrepasado por un infarto. Hay días así.

*****

Desde ese día, Gafe y Roco dejaban salir tranquilamente al hombre, pero él, antes de marchar, se paraba ante ellos y les preguntaba:

Chicos, ¿cómo está el patio? ¿Todo tranquilo ahí fuera?

Roco enseñaba los colmillos y asentía con gesto campechano.

¿Pensarán que se convirtieron en afortunados? Nada de eso.

Seguían metiéndose en todos los líos posibles e imposibles. Pero la diferencia es que ya nadie contaba las desgracias ni calculaba los daños. Nadie se quejaba de la mala suerte.

Ahora son mimados y besados, limpiados de nata y cocido. Roco luce un caro y vistoso collar nuevo, y a Gafe le han puesto rascadores por toda la casa y una cama propia de lujo.

Eso sí, no duerme en ella: prefiere acurrucarse a los pies de los dueños, de donde cada noche acaba rodando al suelo entre maullidos.

Entonces, Roco acude al rescate desde su propia camita, soltando ladridos que parecen ataques de tos y dispuesto a defender a su mejor amigo de cualquier amenaza.

Media hora después, la familia vuelve a dormir: los peluditos entre los dos, hasta que amanece.

¿No entienden el porqué de esta historia? Pues tampoco importa.

Al final, como siempre, trata sobre lo mismo: el amor. Créanme, Gafe y Roco no son queridos por ser afortunados o desafortunados, sino, simplemente, porque están aquí.

Y eso, sí que es tener suerte.

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Cuando la vida te trae un gato torpe rescatado de la basura y termina llegando a casa también un chihuahua “temible”: la historia de Nievik, el gato más gafe de España, y Rex, su inseparable compañero de desventuras, entre calderos de cocido, vasos caídos, brujas castizas y un accidente que lo cambió todo… porque en casa, en vez de un alma con mala suerte, ¡ahora ya son dos!
Una abuela castiza adoptó un cachorro de mastín español. El perrito crecía y vigilaba toda la casa: devoraba una fuente de comida en un segundo, rascaba el lomo contra la valla hasta dejarla torcida, ¡e incluso intentó arrastrar a la abuela de un tirón!