Desde que mi marido y yo vivimos juntos, él nunca ha trabajado duro y, al llegar a la jubilación, se…

Desde que mi marido y yo comenzamos a vivir juntos, jamás trabajó con gran empeño, y cuando llegó a la edad de jubilarse, se convirtió en todo un amo de casa.

Tengo ya 57 años. Estoy casada con mi marido desde hace más de treinta, y en todo ese tiempo siempre he velado por él: lavando la ropa, preparando las comidas y cuidando de que el hogar tuviera calor y alegría familiar.

Siempre he sido una mujer trabajadora. Tuve varios empleos para poder mantener a nuestros hijos, los cuales han estudiado en los mejores colegios de Madrid, criados y educados como Dios manda. Desde que tengo uso de razón, nunca he parado quieta. Jamás bajé el ritmo, ni siquiera cuando eran pequeños. Y gracias a ello, han tenido cuanto necesitaban, e incluso algún capricho.

Desde que vivimos bajo el mismo techo, mi marido nunca ha sido amigo del trabajo, y al llegar la jubilación se acomodó aún más. Yo continúo yendo cada día a trabajar y ayudando a nuestros hijos con sus propios niños, mis nietos. Además, todas las labores de la casa siguen recayendo sobre mí.

En tantas ocasiones le rogué que buscase algún empleo sencillo, aunque fuera de portero o vigilante nocturno, pero él insiste en que ya nos apañamos, que no le hace falta trabajar más. Alfonso, que así se llama, tiene un defecto, ¡le encanta comer! Y para mí se ha vuelto una pesadilla preparar la cena. A veces llego a casa después de la jornada y ha devorado todo lo bueno, dejándome tan sólo un poco de caldo. Así es cada día; siempre mira sólo por sí mismo.

Hace poco, charlando con mi vecina Pilar, me aconsejó que cocinara diferentes platos: para él, con ingredientes baratos, y para mí, con lo mejor que pueda permitirme. Así que al llegar a casa, le conté a Alfonso que el médico me había recomendado una dieta especial, y que, por tanto, comeríamos cosas distintas; así no podría echar mano de mi comida.

Aprendí a esconder los dulces en el armario y, cuando Alfonso baja al trastero, yo aprovecho para prepararme un té y saborear algo rico a escondidas. Los embutidos y el queso los escondo bien al fondo del frigorífico, lejos de su alcance, y cuando no vigila, los como tranquila. Esto me salva porque contamos con dos neveras: una para la comida diaria y otra para los encurtidos y conservas, donde escondo mis provisiones.

Los hombres, por regla general, no ponen mucho interés en la cocina, y lo aproveché en mi favor. Para él compré carne de pavo bien barata y le hacía albóndigas al vapor, mientras que para mí elegí ternera. Aunque no siempre era fresca, con un poco de especias quedaba apañada y Alfonso se lo comía sin rechistar. La pasta para él es la más corriente cuesta unos céntimos y para mí, sémola de trigo duro de mejor calidad.

No pienso que haga mal alguno al seguir casada con él. Si tanto quiere comida recomendable y fresca, que se busque la vida y encuentre trabajo si tan poco le agrada lo mío. Separarnos a nuestra edad me parece un disparate: ya hemos recorrido juntos casi toda la vida. Tendríamos que vender el piso y dividir el dinero, y a ninguno nos apetece meternos en semejante lío a estas alturasA veces me paro a pensar en todo lo que he hecho, en lo mucho que he dado por los que quiero, y sonrío para mis adentros. No porque no me duelan las espaldas o porque Alfonso se haya convertido en otrono, él sigue dormitando en su sillón tras cenar, viendo el televisor con el plato vacío a un lado. Sonrío porque, por fin, me reservo un poco de algo para mí. Ya no me siento culpable por esconderme un trocito de felicidad al fondo de la nevera o un par de tazas de té tranquila mientras él no está. Es más: me alegra saber que, a pesar de las rutinas, los años y las renuncias, aún me queda la picardía de una chica joven y las ganas de cuidarme.

A veces, cuando me reúno con mis nietos y me muero de risa jugando al escondite, pienso que la vida tiene sus ironías: he pasado años desvelada cuidando de todos, y ahora encuentro mis pequeños refugios, aunque sea en lo más cotidiano. Quizás eso sea la auténtica victoria. El amor no siempre es un cuento de hadas, pero la vida, a pesar de sus vueltas, me regala cada día un rincón donde ser feliz a mi manera.

Alfonso no cambiará, pero yo sí. Sigo siendo la mujer de siempre, pero ahora también soy mi propia aliada. Y si dentro de unos años mis nietos se preguntan el secreto, les diré la verdad bien clarita: nunca olvidéis qué os hace felices, aunque sea un trozo de queso escondido entre las conservas. Porque a veces, la mejor parte de la vida está en saber reservarse un pequeño festín para el alma.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × 2 =

Desde que mi marido y yo vivimos juntos, él nunca ha trabajado duro y, al llegar a la jubilación, se…
El Amor Maldito