El Amor Maldito

¿Qué será ahora? preguntó Olalla, temblorosa, más a sí misma que al hombre que amaba.
¿Y qué? respondió él, impasible. Enviaré a los compadres que nos presenten. Espera.

Olalla volvió del encuentro que cambiaría su vida, alegre y enigmática. Contó a sus dos hermanas menores, Cayetana y Leocadia, cada detalle de la cita con Boris. Las chicas sabían que Olalla estaba locamente enamorada de él. Boris había prometido casarse con ella en otoño, tras terminar los trabajos urgentes en la finca.

Ahora, tras aquel cercano encuentro en el granero del pueblo, el joven debía ofrecerle su mano. Pero los campos ya estaban cosechados, la cosecha guardada en los graneros, el Año Nuevo se acercaba y no se veía a ningún compadre.

La madre de Olalla, María, y la tía Chona empezaron a notar cambios en la hija mayor. Olalla, siempre risueña, se volvió melancólica y su cuerpo cobró una forma irregular. Tuvieron una conversación sincera, y después de la amarga confesión de Olalla, la tía Chona quiso mirar a los ojos del supuesto yerno y, de paso, averiguar si los compadres se habían perdido.

Sin dudarlo, la tía Chona se dirigió al pueblo vecino donde vivía Boris. Allí la recibió la madre de él, una mujer que nada sospechaba de la vida privada de su hijo. La tía Chona expuso todo lo que pensaba y ambas mujeres se volvieron contra Boris, que respondió con desdén:

¿Cómo voy a saber de quién será el hijo de Olalla? En el pueblo hay muchos muchachos. ¿Tengo que reconocer a todos como mis hijos?

La tía Chona, furiosa, salió del hogar y solo le dejó a Boris una frase que, según se dice, llegó hasta los cielos:

¡Que te cases por siempre, sinvergüenza!

Boris, años después, acabaría casado cuatro veces.

Olalla, al leer el rostro de su madre, entendió el oscuro desenlace de aquella reunión. La tía Chona, severa, advirtió a sus hijas:

¡No digáis nada al padre! Lo resolveremos nosotras.

Olalla, ve a Zafra a ver a los parientes. Cuando nazca el niño, déjalo en el hospital. Si no, en el pueblo las mujeres no dejarán de cuchichear, y nunca podréis limpiaros la culpa Que Dios nos ayude.

El esposo de la tía Chona, Denis Valeriano, era un respetado maestro del pueblo, llamado siempre por su nombre y patronímico. Era duro pero justo, y todos acudían a él en busca de consejo.

De pronto, su propia hija trajo a la luz a un niño. ¡Una vergüenza para el colectivo! La tía Chona, sin derecho a tal sorpresa, echó a la hija infractora de la casa y le dijo al marido:

Que Olalla se vaya a la ciudad a trabajar. Lleva veinte años sin hacerlo.

Así, la tía Chona vigiló más de cerca a sus hijas menores. Cayetana, la del medio, pronto se trasladó a un instituto en la capital, mientras que Leocadia partió a Madrid.

Los rumores llegaron a oídos de Denis Valeriano, quien supo de sus propios alumnos que había problemas en su familia. No se puede tapar la boca con la mano ajena Denis dio una bronca sin precedentes a su esposa:

¿Cómo pudiste pensar en entregar al niño al orfanato? ¡Es tu primera nieta! Quiero verlo pronto en casa.

La tía Chona no anticipó tal reacción. Sabía que la niña ya estaba en un albergue y temía visitar, temía también reconocer la sangre que la unía. Mamá comía moras, pero la madre se atragantó, se lamentaba.

Poco después, la tía Chona y Olalla llevaron a la niña al pueblo. La llamaron Ana. Hasta el primer año, Ana no supo quién era su familia. Ese pecado lo cargaría Olalla toda su vida. Por más travesuras que Ana cometiera, Olalla la recibiría siempre con paciencia y sin protestar.

Criaron a Ana el abuelo Denis, la abuela Chona y Olalla. Olalla recordaba constantemente el último encuentro con Boris: el perfume a hierba seca, los momentos dulces y desbordantes de amor en el granero Aún amaba a Boris, aunque lo hubiera deshonrado, engañado y herido. ¡Qué amor tan condenado! El amor no es una patata que puedas lanzar por la ventana.

Así, Olalla se convirtió en madre soltera. Al ver a Ana, notaba en ella rasgos de Boris, y su carácter parecía heredado: una niña de carácter fuerte. Olalla vivía como en una niebla; nada le sonreía. Incluso la risueña Ana le producía melancolía. ¡Ah, la falta de padre!

Cuando Olalla cumplió veinticinco años, empezó a recibir a un pretendiente llamado Federico, un hermano de la infancia. La tía Chona tenía una hermana que se había casado con un viudo de tres hijos; Federico era uno de esos niños. En el mismo pueblo vivían todos.

Olalla aceptó a regañadientes los galantes de Federico. Con un niño a cuestas, la vida no era fácil, y ella aún era joven. Federico sería un buen marido, si no fuera por Ana ¿Cómo la trataría? Federico conocía toda la historia de la desdichada amorosa de Olalla. Sin embargo, la veneraba desde niña. Tomaría a Olalla como esposa y a sus tres hijos, pero ¿qué haría con Ana?

Así se celebró una boda rústica y bulliciosa. Federico y su nueva familia se mudaron a Madrid, lejos de miradas indiscretas, pues ahora el pequeño núcleo guardaba un secreto delicado.

Olalla dio a luz a una hija, Lucía. Para Federico ambas niñas eran suyas; adoptó a Ana sin distinción. Vivía y respiraba su familia.

Olalla resultó ser una excelente ama, madre y esposa. Federico le devolvió la vida, sanó su alma rota. En su hogar reinaban la paz y la comprensión.

Pasaron diez años. Un verano, Ana, Lucía y otros cuatro nietos pasaban las vacaciones en la casa de la abuela Chona. La abuela, orgullosa, recorría el pueblo con paso firme; tres hijas casadas, todos con hijos, ahora tenía tres nietos y tres nietas.

Una tarde, la nieta del medio hurgaba en un armario abandonado y encontró, entre papeles polvorientos y cuadernos de su abuelo, un pequeño cuaderno. Se acomodó y empezó a leer. ¡Qué sorpresa! Cada línea llevaba el nombre de Boris. La niña comprendió que había descubierto el diario personal de la tía Olalla.

No tardó en contarle a su prima Ana lo que había leído. Ana, tomando el cuaderno como prueba, corrió hacia la abuela Chona pidiendo explicaciones. La anciana, con el corazón en la mano, confesó todo, lamentando no haber quemado aquel maldito cuaderno antes.

Ana no pudo asimilar la noticia. ¿Cómo le habían ocultado el verdadero padre tantos años? Deseó conocerlo de inmediato; la abuela Chona le dio la dirección de aquel padre que nunca existió.

Ana llevó a su hermana desenmascaradora y ambas se dirigieron al pueblo vecino. Allí les recibió la madre de Boris. Reconoció a la nieta al instante, sin palabras. Ana se parecía a su padre por los ojos azules.

La mujer, agitada, preparó una mesa con dulces y, entre lágrimas, pidió perdón a su nieta, diciendo que siempre la había recordado, pero su hijo le prohibía acercarse. En ese momento salió Boris de la habitación contigua.
Observó a las dos jóvenes y preguntó:

¿Quién de vos es mi hija?

Ana respondió con osadía:

¡Podría ser la vuestra!

Boris asintió y la invitó a salir al patio. Salió, pero volvió minutos después enfadada. La madre, viendo que el ambiente se calentaba, los invitó a todos a la mesa, sirviendo un buen vaso de aguardiente. Las chicas, riendo, dijeron:

¡¿Qué hacéis bebiendo? En la ciudad a nuestra edad no se bebe!

Y bebieron.

Al volver a casa, el camino se les escapó de la mente. En el trayecto, la curiosidad llevó a la hermana a preguntar a Ana:

¿De qué hablaste con tu padre en el patio?

De nada. Me ofreció dinero. ¿Querías comprar mi silencio? Yo no lo acepté, y además, no me gustó ese papá. ¡Ni siquiera me reconoció, aunque soy su copia! exclamó Ana.

La abuela Chona, siempre curiosa, les preguntó:

¿Cómo fue la reunión? ¿Qué os habéis tomado? ¿Queréis que le cuente a Federico y a Olalla?

Ana respondió:

Aparte de mi papá Federico, no tengo otro padre.

Desde entonces guardó rencor a su madre. Criticó a Olalla por dejarse amedrentar por el chisme. La culpó de haber entregado a su propia sangre al orfanato.

Olalla, toda su vida, repetía:

¡Perdóname, Ana, tu madre desorientada!

Pasaron los años. Ana y Lucía crecieron, se casaron. Ana dio a luz a dos hijos; el mayor llevaba el nombre de Boris, como homenaje a su abuelo.

¿Y qué fue de Boris? No olvidó a Olalla. A veces se encontraban en Madrid.

Olalla asistía a esos escasos encuentros, mostrando una vida cómoda, plena y sin necesidad de él. No le confesó a Boris que Ana la había impedido ver a los nietos durante diez años, y Ana tampoco le hablaba. Los pecados del pasado proyectaban largas sombras.

Olalla comprendía su dolor y sufría. Su consuelo era su esposo Federico, quien veía en ella un sol sin manchas. Nunca la reprendió; antes de la boda, bromeó:

A la manzana roja no le falta una gusita.

Olalla se aferró al corazón de Federico; era imposible no amarlo.

Llegaron a su bodas de oro. Llegaron hijos, nietos y bisnietos. En medio del festejo, Ana, con lágrimas, tomó a Olalla a un lado y dijo:

Perdóname, madre, por todo. No tuve derecho a juzgarte.

Boris también llamó por teléfono para felicitar a la familia:

No viviré para ver la boda de oro. Con mi última esposa llevo diez años, la cuarta Perdóname, Olalla. No entiendo por qué, necio, te rechacé.

Olalla lo interrumpió:

No sigas, no vale la pena. Si me rechazaste, no me amabas. Imagina, soy muy feliz. Sí, pagué por mis errores jóvenes, pero ahora lo tengo todo. Lo principal es mi Federico. No te culpo. Ya te perdoné hace tiempo.

Y así, con la voz quebrada, se despidió de él.

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