Manzanas sobre la nieve…
Vivía en nuestras afueras, justo al borde del encinar centenario, en esa franja donde los pinos parecen sostener el cielo y hasta de día reina una penumbra verde, Don Julián Cortés García. Era un hombre recio como una encina vieja.
Pasó toda su vida trabajando en el monte, contratista forestal del ayuntamiento, conocía cada árbol, cada arroyo, cada madriguera, cada sendero de jabalí de la zona. Tenía unas manos enormes, llenas de callos y curtidas por la resina y el trabajo, manos de hombre de campo; y su corazón… su corazón parecía tallado del mismo roble firme, seguro, sólido, pero también áspero y poco dado a la ternura.
Llevaba treinta años de matrimonio con su mujer, Eulalia, y formaban una pareja envidiable en el pueblo. Si alguna vez pasabas al atardecer junto a su casa blanquísima, allí estaban, sentados en el porche. Julián tocando discretamente una vieja bandurria y Eulalia acompañándole con la voz suave; el uno complementando al otro con una compenetración que hacía detenerse y escuchar a cualquiera. Su casa era ejemplo de orden y gusto: celosías de madera trabajada, pintadas de azul, el mismo azul que los ojos de Eulalia, el jardín repleto de malvas y rosas, y la huerta, limpia como una patena, cada lechuga en su fila.
Recuerdo cuando plantaron el huerto de manzanos. Julián abría los hoyos en la tierra negra y fértil, sudando bajo el sol, y Eulalia sostenía los plantones, les arreglaba las raíces con la delicadeza de quien peina a un hijo pequeño y murmuraba: Creced, dulces, creced para regalar sonrisas a los niños. Julián la miraba entonces, enjugándose el sudor de la frente, y sonreía con esa luz en la cara que luego no se le volvió a ver jamás. El manzanal creció precioso; cada primavera florecía como un manto blanco, y en otoño los frutos crujientes y jugosos inundaban el aire con su aroma semanas enteras.
Pero los dioses quisieron llevarse a Eulalia demasiado pronto. Enferma y consumida en apenas tres meses, se marchó calladamente una noche, su mano enlazada aún a la de Julián. Él ennegreció de pena, pero ni una lágrima; un hombre no debe llorar se decía. Sólo se le escuchaba rechinar los dientes en la oscuridad y se le puso el pelo blanco en una noche, más blanco que la sal.
Se quedó Julián solo con su hija pequeña, Leocadia, una niña tardía y luminosa que fue su luz, su ancla en el silencio del bosque, lo único que le mantenía en el mundo. La adoraba, la protegía ferozmente; a su modo, de hombre áspero y poco dado a perder, la envolvía en cuidado. Tan celoso era, que la mantenía alejada hasta del viento primaveral. El miedo de perder también a Leocadia le atenazaba y terminó por ahogarla en su afán por retenerla.
Tú, Leo, eres mi esperanza le decía, pasándole la mano gruesa por la cabeza. Crecerás y serás la señora de la casa. La dejaré en tus manos, no quiero que te vayas jamás. ¿Para qué buscar mundo fuera? Allí fuera sólo hay engaños, truhanes, lobos con piel de cordero.
Leocadia se convirtió en un prodigio de mujer, con una trenza dorada como las mieses y gruesa como un puñado, los ojos profundos y azules, herencia de su padre. Y su voz Salía al campo y donde entonara un fandango, hasta los pájaros callaban y los hombres en las viñas dejaban la azada para escuchar, boquiabiertos.
Las mujeres del pueblo decían que era puro talento de la madre, quizás aún más. Su don venía de lejos, de otro mundo. Leocadia soñaba con ser cantante, mudarse a Madrid y entrar en el Conservatorio. Leía libros de solfeo, aprendía partituras, y pasaba los días desgastando viejos discos en el tocadiscos prestado.
Pero Julián Julián pensaba como siempre se pensó en el campo: Donde naciste, ahí vales. El mundo de la ciudad le asustaba más que una tormenta en agosto; pensaba que Madrid era un monstruo insaciable.
¡Ni hablar! gruñía, y la vajilla temblaba en el aparador. ¡Te harás labradora o te casarás con Ismael, el de la bodega, muchacho trabajador! Tendrás hijos como todas y aquí te quedas. ¿Artista tú? ¡Eso solo trae deshonra a la familia!
Y entonces, un octubre lluvioso, la presa reventó. La callada Leocadia estalló; hizo su maleta vieja y se plantó ante la puerta. Julián, fuera de sí, gritó, pataleó, la repudió.
¡Si te vas, tienes padre ni casa! ¡No te dejaré cruzar el umbral!
Y cuando ella desapareció bajo la lluvia, sin volverse, cogió el hacha y la hundió con furia en el escalón del porche. Saltaron las astillas como si fuera sangre.
¡Ya no tengo hija! gimió en la casa vacía. ¡Está muerta!
Pasaron doce años. Incontables inviernos y primaveras. Los niños del pueblo crecieron, se casaron, otros se fueron, y la casa de Julián quedó como un monumento a la soledad. El manzanal se cubrió de zarzas, los brotes silvestres ahogaban los troncos, el porche inclinado y el hacha oxidada marcaba la herida en la madera.
Llegó el pasado noviembre y vinieron los fríos duros antes de tiempo. Sin apenas nieve ni escarcha, la tierra negra estaba helada, y el termómetro marcando cinco bajo cero ya al atardecer.
Volvía yo de un aviso, cuando vi que no salía humo de la chimenea de Julián. Y eso, en el pueblo, es señal fatal.
El corazón encogido, abrí la verja sin cerrojo; Azafrán, el perro anciano, ni salió de la caseta, sólo gimoteó y movió el rabo.
Entré en la casa y allí el frío era peor, de tumba. El agua del cubo, helada; el olor, rancio, a enfermedad y soledad.
Julián temblaba bajo el capote, los dientes le castañeaban.
¡Julián! grité. ¿Qué estás haciendo?
Abrió los ojos, turbios, inflamados. No me reconocía.
Lali susurró, llamaba a su difunta mujer. Lali, hace frío ¿Dónde está Leo? Dile que cante algo
Está delirando, pensé. Pulmonía.
Esa noche no me fui. Encendí la estufa, saqué mantas, le pinché la medicación. Julián llamaba a su hija en sueños:
Leocadia, vuelve No cruces el bosque, hay lobos Perdóname Te quise
Yo le escuchaba, tejiendo junto a la lumbre, y llorando por dentro. Qué cantidad de amor sin gastar en ese hombre de piedra y cuánta pena autodirigida; su amor la aprisionó como una reja.
Al amanecer, pasó la fiebre. Ya sin delirar, me miró, derrotado.
Carmen murmuró. La he esperado cada día. Al amanecer miraba por la ventana. Por la noche, atento a ver si sonaba la verja.
Lo sé le respondí, arropándole. Y ella te escribía. Lo decía Martina, la cartera.
¿Escribía? se incorporó, los ojos vidriosos. ¿Dónde están las cartas? ¡Clavé la caja del buzón! Pensé que me olvidó, que me sacó de su vida para siempre.
Martina las guardó. No pudo tirarlas.
Al alba corrí a buscarlas. Martina aún en bata me entregó una caja de cartón. Se la llevé a Julián.
Cómo las leyó Había que verlo. Esas manos de gigante temblaban, las lágrimas caían sobre las cartas, borrando la tinta. Besaba las fotos de sus nietos, las apretaba en el pecho como tesoros, acariciando con el dedo sus caras diminutas.
Nietos, Carmen Dos tengo
En una carta rota encontramos un número de teléfono. Faltaban las cuatro últimas cifras. El destino parecía reírse de nosotros.
Es complicado dije. Tenemos dirección, pero Madrid es enorme. Escribir tardaría semanas
Yo voy. A gatas si hace falta, pero voy.
Quieto, valiente. Tú no vas a ningún lado le encajé de nuevo en la cama. Hay soluciones mejores; estamos en el siglo XXI.
Fui en busca de Gabriel, el hijo de la vecina; buen muchacho que arregla ordenadores y que justo ese fin de semana visitaba a su madre.
Le expliqué: Busca en Internet, por favor. Él ajustó las gafas, se arremangó el jersey:
No es fácil, Carmen, pero vamos a probar. ‘Facebook’, ‘Tuenti’ ¿Apellido del marido? ¿Alarcón? Bien
¡La encontramos! Foto de ella, estado: Echo de menos el pueblo. Gabriel escribió: Leo, soy Gabriel de San Martín. Tu padre está muy malo, te busca. Es urgente.
Esperamos. Una hora, dos. Internet en el pueblo es un suspiro. El router parpadea, la señal se pierde. El viento azotando los postigos.
Julián, blanco, bebiendo valeriana a litros.
No responde susurraba. No me perdonará. Yo no lo haría, la maldije
Y de repente un cling, agudo, digital.
¡Ha respondido! grita Gabriel. Dice que da el teléfono del marido.
Llamamos. Los tonos se arrastran, pesan. El corazón detenido.
Contesta un hombre, voz áspera.
¿Diga? ¿Quién es?
Julián muda la voz, le falta el aire. Le doy un codazo.
Soy Julián Cortés El padre de Leocadia
Silencio largo y duro. Oímos su respiración. Al fin, seco:
¿El padre? ¿Ahora se acuerda? Son diez años.
¡Dámela! se oye a Leo, apurada.
¿Sí? suena ella, cauta, fría.
Leocadia hija ¿estás viva?
Silencio. Diez segundos y sólo se oye el chisporroteo de la línea.
¿Para qué llama ahora? pregunta al fin muy bajo. Tiembla, resiste. ¿Qué sucede?
Me muero, hija, dice Julián con honestidad brutal. Soy culpable contigo. Te he fallado siempre. Sólo quería oír tu voz Perdóname si puedes.
Ella llora. No un llanto desgarrado, sino amargo, contenido.
No sé, papá He esperado tantos años. Tantas cartas sin respuesta. No sé
No pido nada, murmura Julián. Sólo que sepas que te quise. Como supe. Como pude. Fui un necio.
Iremos dice de repente, firme, aunque sigue fría. No puedo dejarte morir solo. Iremos. Espéranos.
Cuelga Julián. No hay felicidad en su cara, sólo alivio y miedo.
Vendrá, musita. Por deber. ¿Me perdonará? Sólo Dios lo sabe.
¿Y dónde los vas a recibir? le increpo. ¡En esta pocilga! ¡Mira la mugre, la vajilla, la vergüenza ante tu yerno y tus nietos!
Tranquilo, dije en mi mejor tono de ATS. A trabajar.
Reactivé media calle, limpiamos la casa de arriba abajo. Julián no era el mismo, nervioso, diciendo todo el rato: No va a reconocer la casa, se irá disgustada.
Llega el día. Aparca un Seat León. Baja Leocadia. Mujer moderna, elegante. Detrás, los nietos y su marido.
Julián espera en el porche, la boina en la mano.
Ella se detiene en la verja, mirando el escalón ese donde antes estuvo el hacha, mirándole. Entre ambos se ve cómo hierve la vieja herida y también la compasión.
Julián avanza indeciso.
Hola, Leo.
Ella aguanta la mirada.
Hola, papá susurra.
Y se limita a abrazarle. Rígida, como a un desconocido. Él se queda petrificado, luego la aferra, mete la cara en la bufanda de ella y rompe a temblar, sin llanto.
Ella permanece con los brazos caídos, sólo resbalan lágrimas. No hay felicidad, sólo una tristeza feroz por el tiempo perdido.
Entramos en casa. El aire, denso. Los nietos se recluyen detrás del padre; el marido, Alfonso, examina todo con recelo.
Se sientan. Silencio, sólo las cucharas golpeando platos de loza.
Julián cede y se sirve un trago, temblando; se levanta.
Gracias por venir, dice, la voz apenas audible. Nunca lo esperé, o sí, pero no creía ya. Alfonso, Leo sin vosotros mi vida se hundió.
Alfonso mira a Leocadia, la observa temblar. Suspira, levanta la copa.
Bueno, Don Julián dice finalmente, solemne. El pasado es pasado. Hemos venido porque Leocadia no podía más. Es de buena madera, como su madre. Somos familia, hagamos por la concordia.
Y entonces, el pequeño Gabriel, el nieto menor, pregunta:
Abuelo, ¿por qué ya no tienes hacha en el porche? Mamá contó que
Leo le corta, pálida:
¡Gabri, come!
Julián mira al niño y sonríe amargamente:
El hacha se pudrió, hijo. Y la rabia también. Sólo queda ceniza. Mañana te llevaré a ver el monte. El monte vivo.
El hielo se iba rompiendo poco a poco. Vivieron juntos tres días, adaptándose unos a otros. Julián servicial, temiendo estorbar.
La tercera tarde Leocadia se pasó por el centro de salud, ojos rojos:
Carmen suspiró, ¿tienes algo para el corazón? Me pesa
Le serví una infusión de menta y manzanilla.
¿No se va la pena?
No, admitió, apretando la taza entre las manos. Lo veo viejo, desolado, haciendo cosas de abuelo, y se me rompe el alma. Pero recuerdo aquella tarde de lluvia, sus gritos Quise soltarle de todo, cómo lloré en la residencia, cómo me sentí sola dando a luz y sin un ‘enhorabuena’
¿Y?
No pude. Vi su espalda curva, las manos temblorosas Se ha castigado bastante. Doce años en una cárcel que ha construido él mismo. No quise rematarlo.
Eso es madurez, Leocadia le dije. Perdonar no es olvidar. Es comprender que quiso, aunque mal, y que el miedo puede más que la razón.
Ella calló, terminó su té.
Hoy le calentó a Gabriela las zapatillas en el brasero, igual que hacía conmigo. Al verlo, algo se me aflojó por dentro. No mucho, pero algo Viviremos. Por los niños. Quizá la herida cierre.
Se marcharon a la semana, pero prometieron volver en verano. Y cumplieron.
Aquel verano Julián ya era otro hombre. Recobró el mando en la casa; restauró el huerto, podó el manzanal. Y sucedió el milagro. Los manzanos que parecían secos florecieron. Un manto blanco cubría la casa.
Al pasar una tarde vi a Julián y Leocadia sentados en el porche, hombro con hombro. No hablaban, miraban el cielo anaranjado. Gabriela trenzaba coronas de flores en el jardín.
Julián me saludó con la mano, la paz en el rostro.
Leocadia me sonrió. Había tristeza, sí, pero la ira se había esfumado.
¡Carmen! gritó Julián, ¡pásate a tomar un té con mermelada de manzana! ¡Leocadia ha hecho tarros, dorados como el ámbar!
Entré. Tomamos té en la galería mientras el aroma de las manzanas flotaba con el verano y la quietud.
Dicen que se puede arreglar una taza rota. Queda la grieta, sí. Pero se puede beber en ella, y hasta el té sabe mejor, porque uno la cuida con esmero.
La vida es corta, tan corta como un día de enero. Parpadeas y ya es de noche. Siempre pensamos: Ya perdonaré, ya llamaré, ya iré. Pero el ya puede no llegar. La casa se hiela, el teléfono calla, y el buzón puede quedarse vacío para siempre.







