Estamos en la estación, tienes media hora para pedirnos un taxi premium para mí y los niños soltó mi hermana, regalando órdenes como si nada.
¿Pero tú eres mi hermana o es que simplemente pasabas por aquí? ¡No te da vergüenza comportarte así, y encima delante de los niños! ¿Es que te cuesta tanto comprarle ropa a tus queridos sobrinos? ¿Por qué tengo que pedirte yo que les compres cosas? ¡Deberías ofrecerte tú misma! ¡Y ayudarme económicamente! Al fin y al cabo tú no has podido tener hijos, y dudo que lo consigas ¡Y yo soy madre soltera! Laura lanzaba sus palabras como dardos, una tras otra, intentando herirme y pisotear todos mis límites personales.
Te confieso, Clara nunca fue la favorita en casa. Mi madre me tuvo sin estar casada, y en cuanto se casó, la primogénita de repente comenzó a sobrar. Mi padrastro no perdía ocasión para echarme en cara la comida que comía, y mi madre descargaba su malestar conmigo, pensando en lo rápido que tuvo que casarse para no quedarse sola conmigo. Cuando nació mi hermana pequeña, Laura, de repente la vida mejoró algo para mi madre, ya que enseguida encontraron utilidad para mí: mis padres decidieron que la hermana mayor sería la niñera de la pequeña.
Siempre tenía que estar con mi hermana, darle de comer, entretenerla, enseñarle cosas, aunque yo también tenía mi vida, deberes y extraescolares. Si no me daba tiempo a cambiarle la ropa o alimentarla como debía, me quedaba sin salir con amigas o sin ir a los cumpleaños de mis compañeras. Con los años, Laura empezó a tratarme igual que mis padres: como si fuera poco más que una criada.
A los dieciocho, cuando acabé el bachillerato, decidí cambiar el rumbo de mi vida. Elegí la universidad más lejana de Madrid que encontré, hice la maleta y me fui, decidida a no volver jamás. Durante la siguiente década apenas supe nada de mis padres y de mi hermana pequeña. Rara vez llamaban, y si lo hacían, era solo para pedir dinero. Jamás me devolvieron nada, claro.
Nunca me apeteció volver a casa, pero sí que supe por terceras personas que Laura fue madre a los diecisiete y, en cuanto cumplió los dieciocho, se casó a toda prisa y tuvo otro hijo, para que no llamaran al marido para la mili. Tuvieron suerte y salieron gemelos, pero el joven padre, cuando descubrió lo que era de verdad la paternidad, salió corriendo y le pidió el divorcio.
Desde entonces, los mensajes y llamadas aumentaron. Resulta que, contrariamente a mi hermana, yo había conseguido bastante más en estos años que simplemente tener niños. Me saqué la carrera, conseguí trabajo en una empresa en Valencia, y al poco tiempo me promocionaron porque vieron mi valía. Tenía un empleo estable y, aunque la nómina subía despacio, pude permitirme una hipoteca. No era un piso grande, pero era mío.
Mis padres, al saber que la hija mayor ya no pasaba penurias, empezaron a llamarme prácticamente cada semana para pedir un favor, es decir, dinero. Siempre para los niños de Laura.
Clara, a Pablo se le ha roto el abrigo. Manda ciento veinte euros, ¡urgente! Que no tiene nada para ir a la guardería por las mañanas.
Clara, los gemelos necesitan dinero para sus regalos de cumpleaños. Laura ya los ha encontrado. Son cosa tuya, son trescientos euros.
¡Clara! Laura está otra vez en el paro. No entienden que una madre con tantos hijos tiene otras prioridades. Así que vas a pagar la guardería de los gemelos y los cursos de iniciación de Pablo.
Cada vez que llamaban sonaba a orden, no a petición. Nunca me preguntaron si yo realmente tenía ese dinero ni si podía enviar esas cantidades. Tampoco se interesaban por cómo me iba a mí; mi madre nunca pensó que me podía ir mal, seguro que creía que solo con haberme alejado de ellos ya vivía bien. No se sentía orgullosa de mis logros, más bien lo veía como una oportunidad para que trabajara más y enviase más ayuda.
El caso es que nunca logré quitarme ese sentimiento de culpa de encima. Desde pequeña lo tenía clavado y me costaba horrores decirle que no a mi madre. Cada vez que colgaba, me ponía a repasar mis cuentas y pensaba de qué tendría que prescindir ese mes.
Mi vida amorosa era bastante más discreta que la de mi hermana, pero tampoco me libré del fracaso matrimonial. Nada más empezar a trabajar, conocí a un compañero e intentamos formalizar la relación. Pero antes de la boda, descubrió que yo no podía tener hijos. Así que él decidió que no quería una esposa así y me dejó. Lo pasé sola, y solo se lo conté a mi madre un par de años después. Desde entonces, eso se convirtió en un tema recurrente en cualquier conversación familiar.
Clara es un caso perdido Sin suerte, la pobre. Al menos Laura sí que me ha dado nietos solía decir mi madre. Por un tiempo me dejaron en paz, pero un día mi hermana pequeña decidió que ya era hora de demostrarme todo su cariño.
Una mañana, en uno de mis escasos fines de semana libres en casa, sonó el timbre.
Clara, ¿pero dónde estás? ¿Tengo que venir con los niños en autobús? Pídenos un taxi pero nada cutre, ¿eh? Que los niños se marean en los taxis baratos que nunca ventilan. Así que nada de racanear.
Hola, ¿pero tú dónde estás? ¿Y por qué tengo que pedirte un taxi? pregunté, un poco desconcertada.
¿No te dijo nada mamá? He decidido mudarme contigo. No hay nada que hacer en este pueblo. Me voy para tu casa. Estoy en la estación, tienes media hora para pedirnos un taxi. Y colgó.
Me quedé sentada, porque la noticia, la verdad, no era para alegrarse. Después de haberme ido a más de setecientos kilómetros, resulta que ni así me libraba de mi hermana.
Por la tarde ya se dedicaba a repartir órdenes:
Mañana mismo quiero que me consigas trabajo en tu oficina, que ahora eres jefa. Pero relajado, ¿eh? Y que haya chicos jóvenes en plantilla, que yo quiero ambiente. Y que me den permiso para salir cuando se me antoje. Para los gemelos, una litera; no vamos a apretujarnos todos en el sofá. Hoy, si eso, dormiré yo en tu cama con los niños, y tú con Pablo en el sofá. Además, viene el frío, hay que comprar ropa de abrigo para todos; nada de hacerme pasar vergüenza delante de nadie. Que ya tengo bastante con ser madre soltera.
Yo la escuchaba pensar: ¿cómo podía ser que siguiera consintiendo semejante caradura en mi casa? ¿Por qué aguantaba ese trato? ¿Por qué no había puesto límites? Y ahí, al sentir rabia y una dignidad que llevaba dormida años, me levanté de golpe, hice un gesto para que se callara y le solté:
Hoy os quedáis aquí a dormir, pero mañana te llevo a la estación y te vuelves con mamá y papá. No pienso seguir manteniéndote ni mandando dinero para los críos. ¡Son tuyos, así que te encargas tú! Ya está bien. No te parí yo, no tengo por qué cargar con tus problemas. Con todos estos años ayudando, quedamos en paz. Si mañana sigues aquí, llamo a la policía, y me da igual que haya niños. Son tus hijos, tus cosas. Y por cierto, hoy dormiréis todos en el sofá, y yo, como siempre, en mi cama.
Lo dije tan segura que mi hermana ni rechistó. Refunfuñó toda la tarde, llamó llorando a mi madre, pero yo decidí no reaccionar. Por la mañana ni siquiera la llevé a la estación. La saqué de casa y le di un poco de dinero para el taxi y el billete.
Se acabó. Olvídate del camino a mi casa. Mi vida es mía, no la tuya dije cerrando la puerta. Lloré mucho después, pero supe que era lo correcto. Si no, me habrían acabado desgastando del todo esa gran familia.
Por fin, tras quitarme un peso de encima, pude respirar. Al poco tiempo, conocí a un hombre estupendo. Dos años después nos casamos y adoptamos a dos niños. Ahora somos felices, y nunca más he sentido culpa por pensar en mí misma.







